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“Que se derrumbe si quiere, si la mitad de lo que amaba ya no está conmigo, si el llanto metálico de un niño no me provoca una tremenda ternura que haga nacer una canción de amor entre mis manos… está bien… que se derrumbe si quiere… si es así, olvidarla será mi venganza…”

Poeta salvadoreño
—Especial de Culturadoor.com—

Yo no tengo casa

Día de publicación: 31-marzo-2009

La mitad de lo que amaba ya no está conmigo
Unos (casi todos) se han quedado
Otros simplemente partieron
Mi hermano urgentemente me escribe de México:
La casa se derrumba
hay que venderla
y pienso: ¿es que aún tenemos casa?
Mi padre se quedó sin comprarse aquella camisa
o aquel pantalón que tanto le gustaba
sin ir al cine los domingos
sin viajar al país con el que tanto soñó
y se conformó con visitar un parque
en donde mirarle el rostro al caballo
y al general que lo montaba en una estatua
Todo por comprarnos una casa
Una pequeña y modesta casa donde vivir
y a la que hoy solamente se le ocurre derrumbarse
Por mí
que se derrumbe si quiere
Si la mitad de lo que amaba ya no está conmigo
si los niños no se amelcochan frente a la ventana
y si a mi hermana se le quebró la sonrisa frente al espejo
aquella terrible noche de junio
antes de la tormenta y el canto del gallo
si el llanto metálico de un niño
no me provoca una tremenda ternura
que haga nacer una canción de amor entre mis manos
por mí que se derrumbe;
y que vuelvan a construir un día si quieren
pero será sobre cenizas
Mi voz
no vibrará más en sus paredes
Tus cartas de amor Mariana
no llegarán con su olor a perfume hasta mis manos
Al caer la Navidad estaré siempre lejos
y solitarias habitaciones poblarán la casa
que según cuenta mi hermano en su carta:
ya perdió sus primeros cristales
Está bien
que se derrumbe si quiere
si es así
olvidarla será mi venganza
porque yo hace tiempo
mucho tiempo
que no tengo casa.

“Vos sabés que yo confundo todos los lugares… la torre de París con las de electricidad que daban frente a mi casa… Sí…la verdad es que lo confundo todo…hasta el color de tu pelo con la espesa oscuridad de los cafetales…”

Breve poema de amor

Vos sabés que yo
vengo de la melancolía a la melancolía
que confundo todos los lugares
la Plaza del Zócalo
con el Parque Ula Ula
el Danubio con el Lempa
a los niños andaluces con los de Panchimalco
la torre de París
con las de electricidad que daban frente a mi casa
allá en San Martín
cerca de Suchitoto

la verdad es que lo confundo todo
hasta el color de tu pelo
con la espesa oscuridad de los cafetales.

“Detrás de un barril oxidado un niño que se esconde me mira fijamente sus ojos me persiguen atravesando el cristal de mi ventana preguntando qué haré ahora que lo he visto todo…”

Boulevard del ejército

Arrastran sus cuerpos por el pavimento.
Intentan que alguien abra la puerta
pero nadie hace nada.
El conductor del autobús
con la mirada fija y perdida
es un sujeto indiferente.

El resto de pasajeros
sólo curiosean por las ventanillas
haciendo tímidos comentarios en voz baja.

Como queriendo decir:
Es un cálido día manchado de sangre.
El tráfico avanza lentamente
esperando que los cuerpos zigzagueantes
se retiren del camino
hasta colocarse moribundos en la acera.
Algunas mujeres lloran
imaginando quizá a sus hijos o maridos.
Los más pequeños
no pueden evitar imitarlas
y también lloran.

La confusión es enorme
Son muchos los cuerpos que ruedan
y se mueven a duras penas
producto de las heridas.

A lo lejos resuenan pequeñas detonaciones.
El tránsito recupera poco a poco
su monótona normalidad.

A los costados
entre los arriates verdes
se ven banderas rojas
colgadas de las ramas
o sujetas a las vallas metálicas
de una fábrica de zapatos.

Detrás de un barril oxidado
un niño que se esconde
me mira fijamente.

Sus ojos me persiguen
atravesando el cristal de mi ventana
Preguntando qué haré ahora
que lo he visto todo.

Pasados los años
lo encontré con su voz muda entre la multitud
por la calle Corrientes o cerca del Notre Dame
oculto tras los marsupiales en Melbourne
vagando descalzo por Chongqing
a media noche y sin rumbo fijo.

Y continúo petrificado sin el valor suficiente
de gritar al chófer del autobús que abra la puerta
para que aquel niño pueda subir y se salve.

“Supe que mi nombre sonaba bien la primera vez que lo pronunciaste tú… ”

Primer Amor

Para Yanira L. Martínez

Me conformaba
con acompañarte.

Con caminar a tu lado.
Ni siquiera esperaba una sonrisa.
Una mirada tuya habría bastado.

Supe que mi nombre sonaba bien
la primera vez que lo pronunciaste tú.

Pero sólo éramos
dos estudiantes de primaria
regresando de la escuela
por una calle polvorienta.

Desapareciste un verano
dejándome solitario en el camino.

Tu futuro era Ilobasco y no yo.
Lo comprendí con los años.
Fue aquella tarde en que bailé contigo
—para ser más exactos—

y porque
cuando pronunciaste mi nombre
ya no sonaba tan bien.

“… Cuando una señora le acercó la caja vacía la muchacha con una sonrisa tímida dijo adiós desde el umbral de la puerta… la vimos alejarse que parecía una virgen, la vimos alejarse con su cajita made in Italia montada sobre aquella burra escuálida…”

La reina

Bajó de una burra
que ató al tronco de un árbol
que en su copa albergaba nidos de torogoces.
Atravesó la puerta mayor de la ermita.
Se arrodilló al tiempo que cerraba sus ojos.

El cabello pelirrojo le hacía juego con sus pecas.
Su vestido de colores vivos parecía nuevo.
En la misa hablaban de cosas
que tenían que ver con la comunidad.

Todos guardaban silencio.
Incluso el cantar de los pájaros
resultaba discreto.

Luego llegó el momento de la repartición del arroz.
Una bolsita de 25 libras para cada familia.
Los mayores al escuchar su nombre
se acercaban hasta el púlpito
firmaban con su huella digital
y eso bastaba porque había confianza.

Al lado se fue formando otra fila
pero en ninguna estaba la muchacha pelirroja
que al fondo se le veía callada y solitaria.

La segunda fila
esperaba paciente una de las cajas sobrantes de cartón
que harían servir para guardar la ropa.
A la pecosita —según comentaron las ancianas—
le daba vergüenza hacer cola.

Hacía una semana
que la habían elegido reina del cantón.
Por eso desfiló con su corona
a lomos de un caballo brioso
mientras todos le lanzaban
pétalos de flores silvestres.

Cuando una señora le acercó la caja vacía.
La muchacha con una sonrisa tímida
dijo adiós desde el umbral de la puerta.
La vimos alejarse que parecía una virgen.
La vimos alejarse con su cajita made in Italia.
Montada sobre aquella burra escuálida.
Los campesinos tenían la mirada triste.
Era su reina.

¿Quién es Carlos Ernesto García?

Escritor, poeta y corresponsal de prensa salvadoreño (Santa Tecla, 1960). Autor de los libros de poesía Hasta la cólera se pudre (Barcelona, 1994) que ese mismo año aparecería en Nueva York bajo el título Even rage will rot en traducción al inglés a cargo de Elizabeth Gamble Miller y A quemarropa el amor (Barcelona, 1996). En la actualidad Carlos Ernesto García, escribe un libro de relatos y trabaja en varios proyectos de novela; es corresponsal en España del Diario Co Latino y del semanario Contrapunto, además de colaborar de manera habitual con otros medios de prensa. Desde finales del 2004 es director de la productora cultural C&Duke, con sede en Barcelona, que ha producido entre otras, la exposición itinerante Escoles d’altres mons (Escuelas de otros mundos), de la que a finales de 2007 editó el libro bajo el mismo título, edición que recoge la participación de 80 escritores de más de 30 países, entre ellos 10 Premios Nobel de Literatura y cuatro Premios Cervantes, quienes han realizado de su puño y letra, breves manuscritos al pie de cada una de las 80 imágenes que conforman la muestra en blanco y negro, de la que Carlos Ernesto es asimismo su curador o comisario. Desde finales de 1980 vive en Barcelona, desde donde, invitado por diversas entidades culturales y académicas ha visitado varias ciudades de América Latina, Europa y Asia. Su poesía ha sido traducida al inglés, chino, portugués e italiano.

Contacte al autor: garcia.carlos_ernesto@yahoo.com


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