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Quizá tenga razón el escritor que dijo que “la infancia es un país extranjero”. Entonces, recobrar la infancia sólo sería posible en el reino de la imaginación.

Por Sigifredo E. Marín

I
Se dice que si quieres ser un artista, un poeta o un pintor, acaso un novelista, tienes que ser como un niño, pero devenir niño no es fácil cuando ya uno es adulto. Ni siquiera se sabe a ciencia cierta si sea posible o viable. Hasta hoy, cronológicamente resulta imposible. Aunque se suela expresar que los ancianos son como niños, lo cierto es que fuera de la aparente similitud de usar pañales o mojar la cama, hay muy poco en común. La mirada de cansancio milenario que se carga un viejo dista radicalmente de los ojos risueños del infante.

II
Se habla del devenir niño como de la experiencia mística de Dios, casi todos aluden el tema, muy pocos lo abordan y acaso alguno sugiere la tentativa real de encuentro. Fuera de los rumores teológicos en este caso, y estéticos en aquél, no hay nada. Heráclito de Éfeso, aristócrata solitario y gruñón, fue el primero en hablar de un supuesto juego divino de la inocencia. Más tarde, el devenir niño fue anunciado por un profeta como doctrina parasitaria del eterno retorno. En efecto, fue el Zaratustra -personaje filosófico- de Nietzsche quien profetizó el devenir niño como la frontera que tendría que surcar el superhombre para superar al cansino hombre moderno. La locura sumergió a Nietzsche en un devenir irreconocible e intransitable. Luego el filósofo Deleuze hizo una adaptación nietzscheana –un performance– del concepto del devenir como estrategia para enfrentar la crisis de la filosofía, crisis que data desde su génesis. El devenir deleuziano afirma de forma absoluta y festiva la diferencia, la cual es un proceso múltiple de transformaciones radicales que nos afecta y cuestiona la identidad. Pero el suicidio hizo entrar a Deleuze en un devenir larva craneal. Y desde entonces el devenir niño quedó como un intento más de superar las ruinas del nihilismo y el cansancio de Occidente.

III
El devenir hace que nuestra persona sea una máscara viviente. En el límite de lo conceptual, el devenir ha sido pensado como flujo, corriente de intensidades y maremoto de fuerzas. Algo que es capaz de elevar la afirmación de la vida a un umbral desconocido e inédito. El devenir comprende la subjetividad en términos corporales y afectivos. Al remitir a incesantes metamorfosis del cuerpo, logra sacar al concepto a su afuera, lo confronta con lo repelente a cualquier estrategia discursiva. En tanto implica un descentramiento sin fin, el devenir nos libera de la identidad fija y la unidad cerrada. Abre una línea de fuga, quiebra y disloca. Devenir “no es alcanzar una forma (identificación, imitación, Mimesis), sino encontrar la zona de vecindad, de indiscernibilidad o de indiferenciación tal que ya no quepa distinguirse de una mujer, de un animal o de una molécula: no imprecisos ni generales, sino imprevistos, no preexistentes, tanto menos determinados en una forma cuanto que se singularizan en una población” (Gilles Deleuze, Critique et clinique). Pero el devenir no es algo nuevo, ya los antiguos griegos, en el rito y mito de Dionisos, dios de las transformaciones, habían experimentado en carne propia el devenir como una fiesta de éxtasis y excesos. Dionisos enseña el arte corporal de devenir otro al que se es; muestra cómo hacer del cuerpo un viaje chamánico.

IV
Génesis de todo arte y artefacto, el arte del devenir no está dentro de las bellas artes, pues su carácter trágico y su fondo numinoso lo hacen una actividad mortalmente peligrosa que amenaza de continuo con la ruina total. El arte del devenir es un juego, sí, pero un juego donde se arriesga el pellejo propio. Un juego sagrado que atraviesa y trastoca el umbral del ser humano y nos regresa a formas prehumanas y posthumanas; todas, modos de lo informe. El juego y algunos deportes atisban el arte del devenir: nos sugieren una disolución de toda subjetividad monocentrada y operan una sutil apertura al derroche y excedente gratuito. El arte del devenir nos transporta a una zona de pérdida y riesgo donde el arte pierde su poder catártico y estético, se vuelve un magma de fuerzas, poderes informes y potencias cósmicas que terminan por disolverlo todo. De ahí que arruine y traicione cualquier código de expresión. En última instancia, el devenir, propiamente hablando, no es ningún arte, aunque esté a la base de la expresión y creación; sinsentido y destrucción hacen que el arte del devenir sea en el límite lo innombrable; al borde de la locura Nietzsche conoció muy bien la fuerza indomesticable de estos poderes, en su poema Ecce homo escribió con sangre y fuego:

¡Sí! ¡Sé de donde procedo!
Insaciable cual la llama
quemo, abraso y me consumo.
Luz se vuelve cuanto toco
y carbón cuanto abandono:
llama soy sin duda alguna.

El arte del devenir instaura una política cósmica del desastre y risa loca. Risa que hace temblar la piel del mundo.

V
Un niño habita en el espíritu juguetón del artista y cada instante el niño renace bajo la ceniza parda de la vejez y la molicie –al menos eso es lo que se rumora entre artistas. Mientras que el poeta cree que un niño aflora en su fantasía y enciende su sueño creador en la vigilia, el psicoanalista considera que los problemas existenciales del hombre moderno se deben a que ha reprimido a un niño interior que no se expresa libremente, por tanto, propone hacer una arqueología de la infancia como si se tratara de un acto de iniciación. Y una periodista asegura que la infancia es una etapa mágica aunque ya no tiene información fidedigna. Quizá tenga razón el escritor que dijo que “la infancia es un país extranjero”. Entonces, recobrar la infancia sólo sería posible en el reino de la imaginación.

VI
Después de haber contemplado un cuadro, un desairado espectador le dijo a Joan Miró: “eso lo puede hacer un niño”, el pintor le espetó “sí, eso lo podría pintar un niño, pero no un adulto como tú”. Fábula o hecho verídico, esta anécdota nos plantea el peliagudo problema del retorno a la infancia. El retorno a la infancia es imposible porque la infancia es imposible después de la infancia, porque no hay verdadero retorno, pues siempre que regresamos a la misma parte, todo ha cambiado, incluso vestigios y huellas que nos permitirían dar cuenta del cambio. Y si todo cambia, en realidad nadie ni nada nos asegura que las cosas sean otras, por tanto, la infancia rememorada, mitificada e idealizada quizá sea otra infancia: la utopía por excelencia.
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Contacte a Sigifredo Esquivel Marin: sigifredo@cantera.reduaz.mx


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  2. May 28, 2011: Devenir-niño « revistahospitalaria
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