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La oración fúnebre la pronunció el padre Rafael Zepeda Monraz, quien dijo que la Providencia lo había salvado de sufrir la misma muerte del padre Galván, ya que el “mártir” lo había invitado a llevar el auxilio espiritual a los moribundos; pues aquella mañana fuerzas villistas y carrancistas se habían enfrentado entre el barrio del Santuario y el barrio del Retiro y había muchos muertos y heridos graves…

Hacia Nuestros Centenarios 1810-1910-2010

NARRATIVA

Por Leonardo Reichel Urroz

—Desde Zapopan, Jalisco, México, exclusiva de Culturadoor.com—

Día de publicación: 20-Octubre-2009

—¡Pobre padre David! ¿Vites? ¡Lo dejaron como coladera!
—¡Cállate Candelaria! ¡No blasfemes!
—Pos’ es la meritita verdad, Cirilo. La profe Chonita, que’stubo en el anfitiatro del Hospital de Belén y que vio el cuerpo, dijo que a lo menos tenía cinco boquetes asina de gordos en el pecho, pal’ lado del corazón, y como si no estuvieran conformes con eso, todavía le dieron el tiro de gracia, como si juera un perro rabioso y no el santo varón que jue siempre el pagrecito.

Cirilo saca una talega de tabaco y forja un cigarro de hoja. El cortejo ha avanzado varias cuadras por las calles empedradas de Guadalajara. La distancia entre el Colegio del Niño Jesús, entonces situado por Pedro Loza, donde fue velado la noche del 30 de enero y el panteón de Mezquitán donde sería sepultado la tarde del día 31, era basta. Pero el féretro recorrió esa distancia sobre hombros. Grupos de seis hombres se turnaban en pequeñas distancias para cargarlo.

La procesión de deudos, entre familiares que iban al frente, siguiendo al estandarte con la Virgen de Guadalupe que sostenía una mujer vestida de negro. Las profesoras María Soledad Dueñas y María Dolores Alcaraz, quienes recogieron el cuerpo y se hicieron cargo del servicio fúnebre, eran precedidas de una carroza tirada por dos caballos en la que se llevaban las flores, coronas y arreglos que durante toda la noche de la velación fueron llegando; algunos religiosos, seminaristas y amigos del difunto, y mucha gente del pueblo que lo conocieron y lo estimaban. Personas de todos los estratos sociales, desde inditos que marcaban huella de huarache terciado, hasta damas de la más rancia aristocracia jalisciense.

—Pero el infierno es poco, Cirilo. Un suplicio eterno es el que le espera a ese carranclán jediondo del Teniente Coronel Enrique Vera, que es el único culpable de este crimen—, dice Candelaria, quien desde unas cuadras atrás se esfuerza en hacer pasar desapercibido su rengueo, por el dolor de coyunturas.

—Pos’ a sigún lo que dicen, jue el mesmito gobernador Diéguez quien resolvió que pasaran por las armas al padrecito—, increpa Cleotilde, la secretaria de la Acción Católica, quien avanza al lado de ellos.

—Eso mesmo dicen—,increpó Cirilo. —Pero porque Vera jue’ a verlo con intrigas y falsedades. Ya ven ustedes que en cuanto unas personas de buena fe hablaron con el gobernador, a luego que les extiende un indulto, pero cuando llegaron con el papel hasta donde sería la ejecución, ya era tarde.

—Mesmamente, anoche la profesora Lola explicó todo eso. Si también iban a matar al padre Chema Araiza, pero con el indulto, lo regresaron vivito al cuartel del 37 Regimiento, donde dicen que estará hasta que se deslinden responsabilidades—, comentó Candelaria.

Durante el trayecto de la procesión fúnebre, un viento helado no dejaba de soplar. En el cielo, negros nubarrones anunciaban tormenta, pero cuando el cortejo iba llegando al Panteón de Mezquitán, las nubes comenzaron a difuminarse sin que cayera una sola gota de lluvia.

La oración fúnebre la pronunció el padre Rafael Zepeda Monraz, quien dijo que la Providencia lo había salvado de sufrir la misma muerte del padre Galván, ya que el “mártir” lo había invitado a llevar el auxilio espiritual a los moribundos; pues aquella mañana fuerzas villistas y carrancistas se habían enfrentado entre el barrio del Santuario y el barrio del Retiro y había muchos muertos y heridos graves.

—Yo le dije al padre Galván que no era obligado ir a llevar los santos oleos al campo de batalla. Le expliqué que aquello era muy peligroso y le sugerí que uniéramos nuestras oraciones para pedir por las almas de los caídos; pero él insistió. ¡Yo no estoy obligado a ir, puesto que no soy párroco ni ministro!, le dije… Y el padre David Galván, con su voz mansa pero firme se limitó a replicar: “No es por obligación, hagámoslo por caridad”…

Llantos angustiados y gritos de desesperación se mezclaban con los padres nuestros y las aves marías, cuando el ataúd era bajado al sepulcro. Una anciana que llevaba un rosario terciado al cuello, lloraba desesperada y amenazaba con arrojarse al sepulcro. Fue necesario que varias personas la detuvieran y la apartaran.

—Es la conciencia la que la está quemando, Pánfila. — exclamó Lucas el zapatero.
—¿Por qué dice eso don Lucas?

—Porque esa mujer es la madre del subteniente Martín Ocampo, que fue el que remató al padrecito, según dijo Petrita Lozano, que presenció la ejecución desde la entrada de su casa. A ella yo la conozco, una vez me llevó a arreglar unas botas alejandrinas del militar y me comentó que era su hijo—, explicó el interpelado.

Don Lucas conocía a David Galván desde la niñez del sacerdote, ya que había sido amigo de don Trini, su padre, desde muchos años atrás.

Ambos habían sido chícharos del taller de zapatería de don Onofre, en el barrio de Analco y juntos habían aprendido el oficio.

—José Trenida’ quería que el muchacho aprendiera bien el oficio y le entrara a atender el taller; y al chamaco le gustaba trabajar el cuero, forjar tacones, zurcir suelas; pero pos se impuso la influencia de Marianita, que siempre le inculcó la vocación sacerdotal — comentó don Lucas.

—¿A poco Usted conoció a mi tío Trenidad?, preguntó una joven de tez morena, cuerpo esbelto que vestía luto riguroso y que llevaba un grueso ramo de blancas flores.

—Pero ¿cómo no? Si “juimos” rete amigos. ¿No me diga que uste’ es pariente del padrecito?.

—Mesmamente. Y por los dos lados de la familia.Soy hija de Chóforo Rodríguez que es primo hermano de Marianita Bermúdez Rodríguez, la madre del Padre David; y mi mamá era prima segunda del tío José Trenidad, no por los Galván sino por los Trejo.

—Pos’ yo escuché ques’que al pagrecito lo mataron el día de su cumpliaños. Qui’ acababa de cumplir los 34—, comentó Chito Nátera “el gallero”, quien desde hacía rato escuchaba la conversación.

—En “efeito” —, señaló Silvina Rodríguez, quien acababa de referir su parentesco con el sacerdote inmolado. —El padre David cumplió los 34 años el viernes 29, y ya ven que su martirio fue el sábado 30…Hasta nos habían invitado, porque en casa de la profesora Alcaraz le iban a celebrar con su atole y sus tamalitos de rajas; pero pos’ ese mismo día lo tomaron preso.

—Sí cierto— exclamó Pánfila con su voz resonante:—A mi me habían invitado y ”taba” apurada queriendo terminar de tejerle una bufanda al Pagrecito, pa’ llevársela de “riegalo”.

Gritos y llantos desesperados se escucharon entre quienes estaban más cerca de la fosa, al momento en que el ataúd era bajado. Los comentarios cesaron y solo se escuchaban lamentos. Algunos de los concurrentes que estaban más próximos arrojaron puños de tierra y flores solitarias sobre el cajón, antes de que los sepultureros hicieran su trabajo.

Una tenue llovizna empezó a caer, y la multitud a dispersarse. Unas cuantas carrozas tiradas por caballos se alejaron por la calle empedrada, mientras la mayoría regresaba por las aceras, caminando con ligereza por la amenaza de lluvia; sin embargo, al poco rato las nubes se fueron disolviendo y el cielo se limpió poco antes del anochecer.

El sacerdote José María Araiza, tras de la muerte del padre Galván tuvo que pasar cinco días más en las mazmorras del cuartel militar, hasta que sus allegados reunieron una fuerte suma de dinero que los militares exigieron para liberarlo.

—¡Por un pelito te salvaste, cura! —, le dijo el subteniente Martín Ocampo, quien minutos antes había disparado contra el sacerdote. En sus manos sostenía la orden de indulto para ambos religiosos firmada por el General Manuel Macario Diéguez, gobernador del estado de Jalisco. Los portadores del documento habían llegado tarde para salvar al padre David, pero a tiempo para preservar la vida del padre Araiza.

El 2 de febrero, un grupo de vecinos se reunió junto al muro del Panteón de Belén, donde el padre Galván había sido sacrificado y levantaron un pequeño altar, con ofrendas florales, velas e imágenes religiosas. Allí se rezó el primero de nueve rosarios por el alma del sacerdote. Los siguientes fueron por Pedro Loza, en casa de la profesora María Dolores Alcaraz, donde el sacerdote había vivido sus últimos días, contigua a la escuela donde su cuerpo fue velado.

El 10 de Junio de 1922, los restos del padre Galván fueron exhumados del panteón de Mezquitán y depositados en un templo de estilo neogótico que estaba siendo construido por la calle Hospital entre Juan José Baz y Alameda, consagrado a la Virgen del Rosario, pero desde entonces conocido como “El templo del Padre Galván”.

El 22 de noviembre de 1992 el padre David Galván fue beatificado por el Papa Juan Pablo II y el 21 de mayo del año 2000 fue canonizado como San David Galván, mártir.

Para entonces, durante los 85 años que habían transcurrido desde su muerte, millares de personas afirmaban haberlo visto caminar por la calle Coronel Calderón, junto al muro del Panteón de Belén, para llevar auxilio espiritual a quienes lo necesitan. Los milagros atribuidos al padre David Galván se contaban por millares, según los vecinos del barrio del Retiro.

Durante los siguientes días, posteriores a la muerte de Galván, el Padre Araiza no podía apartar de sus pensamientos la imagen del mártir. Su entereza y resignación. Su entrega. El valor con el que supo enfrentar su destino y la fe en las promesas divinas.

El padre Araiza conocía al padre David Galván desde la niñez. Ambos fueron monaguillos de la Catedral de Guadalajara y formaron parte del coro infantil.Conoció a don José Trinidad Galván Trejo, su padre, y a doña Victoriana Medina, madrastra del padre David, con quien don Trinidad contrajo segundas nupcias a la muerte de doña Mariana Bermúdez Rodríguez, la madre de David Galván.

Ambos fueron compañeros en el Seminario de San José, al que David ingresó en Octubre de 1895 y por cinco años estudiaron juntos latín y humanidades; pero mientras el padre Araiza continuó la carrera sacerdotal, David siguió otro camino, porque deseaba conocer el mundo.

Durante tres años, David permaneció fuera del seminario. Trabajó en el taller de zapatos de su padre, donde aprehendió el oficio de zapatero e incluso ayudó a organizar una unión de los trabajadores de ese oficio para defender sus intereses y derechos. El padre Araiza estaba enterado de todo ello por los comentarios que seguían llegando al Seminario, sobre la vida de su antiguo condiscípulo.

También escuchó que el David había conseguido un empleo como profesor de primeras letras en una escuela primaria, supo que tenía una novia y planes matrimoniales, que estaba llevando una vida licenciosa y pendenciera y que incluso fue encarcelado por haber protagonizado un episodio de violencia contra su novia.
Pero el camino de David Galván estaba definido y tres años después de su deserción regresó al Seminario y pidió ser readmitido.

El Semanario de Guadalajara se encontraba ubicado cerca del Mercado Corona, por la calle Santa Mónica, junto al templo consagrado a la referida santa, donde ahora se encuentran el cuartel e instalaciones de la XV Zona Militar.

David Galván fue readmitido como seminarista por el Prefecto General Miguel de la Mora, pero fue advertido de que tendría que hacer méritos para volver a ganarse la confianza de sus superiores y maestros.

Durante un año fue sometido a todo género de pruebas, pero antes que renunciar, estas le ayudaban a reafirmar su vocación. Pareció que desde su reingreso se había operado una conversión profunda en su personalidad. Su carácter violento y su altivez dieron paso a la humildad y mansedumbre. Pasaba las horas entregado a la oración y al estudio de los tratados teológicos y los libros santos.

Su devoción mariana fue cobrando fuerza.Diariamente rezaba el rosario y dedicaba horas a la contemplación mística.

El sábado 7 de noviembre de 1903, el Arzobispo José de Jesús Ortiz le concedió la primera tonsura clerical y dos años más tarde, la víspera de Navidad de 1905, las órdenes menores.

El padre de la Mora lo invitó a formar parte de la planta de maestros del seminario y en 1907 comenzó a impartir clases de latín. Al año siguiente se incorporó con más tiempo e interés y desde 1908 dictó las cátedras de Derecho Natural, Lógica y Sociología a los nuevos seminaristas.

El 20 de mayo de 1909, durante una ceremonia solemne que tuvo lugar en el templo de la Soledad, el cual se localizaba a un costado de la Catedral de Guadalajara, fue ordenado sacerdote por el Arzobispo Ortiz.

Tras de su ordenación sacerdotal fue nombrado Superior del Seminario de Guadalajara y entre diciembre de 1910 y marzo de 1912 dirigió la revista “Vos de aliento”, la cual era la publicación oficial del Seminario de Guadalajara. En ese lapso de tiempo se publicaron 17 números de la publicación.
Además de sus obligaciones en el Semanario, el padre David Galván, que era un torrente de fuerza y energía, entre 1909 y 1914 fue el capellán del Orfanatorio de la Luz y del Hospital de San José, los cuales se encontraban en el vecindario de la Capilla de Jesús.

El padre Araiza sumido en los recuerdos, sintió que sus ojos se humedecían. Enjuagó sus párpados con las mangas de la sotana y besó el crucifijo que pendía de su cuello.

Recordó el rostro moreno del padre Galván esa mañana, el brillo sereno de su único ojo, la sonrisa esbozada por sus labios, aún cuando la certeza de que les esperaba un final violento, iba apoderando de ellos.

—¡Ni siquiera hemos desayunado! — había exclamado con desesperanza, recordó; y en sus oídos volvió a retumbar la respuesta del padre David: —¿Qué importa? ¡Hoy comeremos con Dios!…

Después de la caída del gobierno maderista, altos prelados del clero jalisciense habían reconocido al gobierno del General Victoriano Huerta y apoyado al gobierno estatal del General José María Mier, quien además de gobernador de Jalisco era jefe la División de Occidente del gobierno federal, con cinco mil hombres y cuatro piezas de artillería a su mando.

La amistad entre el Arzobispo de Guadalajara Francisco Orozco y Jiménez y el General Mier, había despertado la antipatía de los constitucionalistas hacia el clero, la cual era alimentada por los grupos políticos anticlericales y las logias masónicas de fuerte influencia política.

Los constitucionalistas habían avanzado desde Sonora y controlado Sinaloa y Nayarit. Camino del Distrito Federal la principal oposición la constituían las fuerzas de Mier en Guadalajara. En Junio de 1914 la División del Noroeste al mando del General Álvaro Obregón, con 14 mil hombres y ocho piezas de artillería, llegó a Jalisco.

Don Venustiano Carranza había nombrado gobernador del Estado al General Manuel M. Diéguez quien acompañaba a Obregón, junto a los generales Benjamín Hill Salido, Lucio Blanco, Rafael Buelna y Ramón Sosa.

El primer combate importante entre las fuerzas de Obregón y el ejército federal fue en los llanos de Orendain el 6 de julio. Otros enfrentamientos decidieron el triunfo de la División del Noroeste sobre las tropas comandadas por el General huertista Miguel Bernard, las cuales entraron en desbandada.

El propio General Mier, que encabezaba a un grupo en retirada fue alcanzado en un lugar llamado El Castillo por las fuerzas de Lucio Blanco y murió en el combate.
El 8 de julio de 1914 los Constitucionalistas entraron triunfantes en Guadalajara y entre sus primeras acciones emprendieron una serie de arrestos de sacerdotes y clérigos, así como fusilamientos de civiles y religiosos acusados de haber apoyado al gobierno de Huerta.

Conventos, templos y edificios religiosos fueron expropiados a la Iglesia por el gobierno de Diéguez, quien ordenó que fueran empleados como escuelas, hospitales y edificios del servicio público.

El Arzobispo Orozco y Jiménez, ordenó al padre Galván disolver el seminario, y dirigirse a Amatitlán, Jalisco, como Vicario local, después de la detención de 120 religiosos y el fusilamiento de varios de ellos en Guadalajara. Poco después el propio Seminario de Guadalajara fue convertido en cuartel militar.

En Amatitlán, pequeña población serrana, ubicada en el municipio de Sayula, el Padre Galván tuvo un encuentro con un militar constitucionalista a quien conocía desde la infancia, el capitán Enrique Vera, quien había ofrecido matrimonio a una jovencita, no obstante que él era casado y había abandonado a su familia.

Vera exigió al padre Galván que lo casara con la joven; pero el sacerdote que conocía su situación, no sólo se negó a hacerlo, sino que alertó a los padres de la joven sobre el estado civil de Vera.

El capitán Vera, enfurecido ordenó a las tropas a su cargo que lo arrestaran y lo condujeran a la población de Tequila, Jalisco, donde quedó detenido.

El capitán Vera, tratando de obtener la solidaridad del gobernador Diéguez, intrigó acusando al sacerdote de estar organizando a un grupo armado para levantarse en armas contra las fuerzas constitucionalistas.

La situación política estatal favorecía sus intrigas, ya que en Octubre de 1914 las fuerzas constitucionalistas habían roto relaciones con la División del Norte comandada por Francisco Villa y con el Ejército del Sur, quienes integraron la Convención de Aguascalientes, y quienes desconocieron al Presidente Carranza.

La convención nombró Presidente a Eulalio González y éste designó gobernador de Jalisco al villista Julián Medina, con beneplácito del clero. El gobierno de Diéguez tuvo que retirarse a Ciudad Guzmán, pero mantenía el control militar de casi todo el estado, menosde Guadalajara.
En Tequila, Jalisco, el señor Juan González Mercado, logró que se le permitiera contacto con el sacerdote y le aconsejó que se fugara, pero el sacerdote le respondió:

—¡No debo nada, ni estoy ligado a nadie, solamente temo por usted que nomas viene a acompañarme! —.

De Tequila trasladaron al padre Galván a Ameca, Jalisco y para diciembre de 1914, las fuerzas de Diéguez retomaron Guadalajara, y entrando enero el propio gobernador constitucionalista entró a la ciudad. El padre Galván fue entonces conducido a Guadalajara y encerrado en la prisión de Escobedo, pero solo unos días después tuvieron que ponerlo en libertad, al descubrir que las acusaciones del Capitán Vera eran infundadas.

La lucha por el control de Guadalajara continuó durante algunos meses. Enfrentamientos entre tropas de Diéguez y guerrilleros de medina se enfrentaron en el barrio de Las Juntas, a las orillas de Guadalajara el 18 de enero de 1915.

Durante aquella batalla muchos fueron heridos y murieron, otros fueron tomados presos y fusilados. El padre Galván después de aquel combate acudió al campo de batalla llevando auxilio espiritual y los santos oleos a los moribundos.

El 30 de julio, de nuevo los villistas de Medina atacaron Guadalajara, pero fueron rechazados por las fuerzas constitucionalistas. El padre Galván había decidido llevar la ayuda espiritual a los caídos, pero cuando se dirigía al barrio de El Retiro, donde se escenificó la batalla, había sido arrestado junto al padre Araiza, y nuevamente había caído en manos de Enrique Vera, para entonces ascendido a Teniente Coronel.

Siete días después, las fuerzas villistas arreciaron los ataques contra Guadalajara, y el 11 de febrero el gobernador Manuel M. Diéguez tuvo que instalar su gobierno en Ciudad Guzmán y la ciudad cayó en manos de Julián Medina, Rodolfo Fierro y Calixto Contreras…

Don Rosalío Lozano llegó a su casa ubicada por la calle Coronel Calderón, a espaldas del Panteón de Belén y se dejó caer sobre una poltrona, las manos encrispadas y el rostro contraído de indignación.

—¿Qué sucedió, Chalío? — preguntó su esposa.

—Los carranclanes, se llevaron presos a dos sacerdotes que iban al Hospital Civil a dar la extremaunción a los heridos de los combates de esta madrugada. Los aprehendieron cruzando el Jardín Botánico.

—¡Hay Chalío! ¡Y con lo sanguinarios que han resultado esos “comecuras”, que según dicen hasta la caballada meten a abrevar en las pilas de agua bendita de los templos.

—Y no poder hacer nada, mujer. ¡Eso es lo que más pena me da! —, afirmó Rosalío.

El Panteón de Belén se extendía bordeado por gruesos muros de seis metros de altura, contiguo al Hospital Civil. La entrada principal se encontraba sobre la calle Belén donde eran sepultados los difuntos con familias pudientes, a todo lujo, entre monumentos y auténticas obras de arte escultórico y arquitectónico. Rumbo a la Calle Hospital colindaba con el mismo Hospital Civil en la sección donde solían practicarse la autopsia de los cadáveres. Al Norte colindaba con un leprosario ubicado en la esquina de Belén y Tenerías; seguía la sección de la fosa común hasta la esquina de Tenerías y Coronel Calderón y sobre esta última calle su sección para pompas fúnebres económicas que se extendía nuevamente hasta el edificio del Hospital Civil.

Dada la extensión del camposanto, cerraba tres calles que venían desde Fray Antonio Alcalde: Arista, Sarcófago y Guillermo Prieto. La calle central era Sarcófago (Hoy llamada General Eulogio Parra), la cual daba a las puertas de ingreso al Panteón de Belén. La familia Lozano vivía entonces por Coronel Calderón casi con Sarcófago, a unos pasos de la entrada Este del Cementerio.

Los rayos del sol caían casi verticales. Era el mediodía del 30 de enero de 1915, Petrita Lozano, la hija de don Rosalío se encontraba sentada en el quicio de la puerta, cuando vió que un grupo de soldados avanzaba por Coronel Calderón, formando dos columnas. Serían 12 o 13 y entre las dos columnas venían dos sacerdotes.

Petrita reconoció al Padre David Galván, lo había visto antes en varias ocasiones. Llevaba las manos atadas a su espalda, y de su pecho caía una gran bufanda blanca que contrastaba con su sotana negra. No era muy alto y si esbelto y musculoso, tez morena y cabello muy negro y recortado. Llevaba la cabeza inclinada como mirando al piso con su único ojo.

La formación se detuvo casi junto al entronque de Sarcófago. Los sacerdotes fueron separados. Al padre Galván lo condujeron junto al muro y desataron sus manos. El oficial que dirigía la maniobra intentó vendarle los ojos. El sacerdote lo rechazo con su mano y enderezó su cuerpo, dando muestras de entereza.
Petrita no daba crédito a lo que estaba viendo, se sentía aterrada, ni siquiera sentía fuerzas para moverse, aunque sentía que su corazón iba a estallar y que sus ojos escaparían de sus órbitas. No había duda: aquellos soldados iban a ejecutar al sacerdote.

El Padre Araiza permanecía como paralizado. David Galván esculcó el bolsillo de su sotana, sacó algunas monedas, un crucifijo de plata y el frasco de los santos oleos y los entregó a dos soldados que estaban montando guardia junto a él y luego dirigiéndose al pelotón exclamó con viva voz: —¡Yo les perdono lo que van a hacer conmigo! —.

El oficial alzó el sable y con voz de mando exclamó:

—Pelotón: ¡Formen cuadro! ¡Ya! ¡Preparen armas! ¡Ya!¡Posición de tirador! ¡Apunten!…

El sacerdote se llevó la mano al pecho e interrumpiendo al oficial dijo: —¡Aquí, al corazón! —.

—¡Fuego!

Y una descarga de fusilería vomitó plomo y muerte. El cuerpo del sacerdote cayó hacia atrás mientras su sangre chispeaba el muro y humedecía sus ropas perforadas.

El subteniente Martín Ocampo todavía se aproximó, sacó su pistola e hizo fuego sobre el rostro del sacerdote ejecutado, para asegurarse que no sobreviviría.

Una carreta tirada por caballos avanzaba a ritmo de galope por Coronel Calderón.

—¡Alto! ¡No disparen!— gritaba la profesora María Soledad Dueñas que fue la primera en bajar del carromato. En sus manos blandía un documento, era el indulto firmado por el gobernador Manuel Macario Diéguez, quien ordenaba suspender las ejecuciones.

Hasta entonces, Petrita Lozano que desde unos cuantos metros había presenciado el fusilamiento, pudo estallar en llanto y un —¡No! — desgarrador atrajo la atención de militares y civiles. La niña corrió al interior de su casa. Las mujeres lloraban, el padre Araiza temblaba.

—¡Demasiado tarde para él! ¡Demasiado tarde! — dijo el Subteniente señalando al cuerpo sin vida del padre Galván, que yacía en medio de un charco de sangre.

Contacte a la autor: lrurroz@hotmail.com



4 Comentarios a “Fusilado en el Panteón de Belén”

  1. Por: ana maria restrepo en Oct 29, 2011

    Para el niño Jose Albeiro Lopez Gomez k lo amo muchísimo a pezar de k ya no está conmigo k lo amo con todas las fuerzas de mi corazón… eres mi vida entera amor me haces mucha falta pork me dejastes sola…

    Ana María Restrepo
    lachiqui1315@hotmail.com

  2. Por: Grace Arreola en Ene 22, 2013

    Me encanta este tipo de sitios..rescata nuestra historia llena de leyendas y mitos que sacian a la curiosidad interna…..lamentablemente nuestro gobierno se inclina muy poco en dar cultura e historia a los ciudadanos, y todo lo que nos pudo hacer vivir un poco ese tiempo se ha destruido por pura ignorancia de quienes nos gobiernan..son mínimas las personas los que se esmeran y esfuerzan en rescatar y mostrar para vivirlo y conservar algo de lo que nos quedó…..ya que ni un tren vía ni un tren…bueno ya ni que hablar de casas…las destruyen sin un poco de consideración..tan bello que es todo……en fin gracias a ustedes……..

    Grace Arreola
    Gaornela@telmex.com

  3. Por: Raymundo Montoya Saldaña en Mar 27, 2014

    Me gustaría saber si tienen alguna anécdota o fotos de la garita Buena Vista que era una de las entradas a Guadalajara lo que ahora es la calle Alameda a espaldas del monumento a la Madre

    Raymundo Montoya Saldaña
    ray_montoya@hotmail.com

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  2. Nov 17, 2015: Panteón de Belén | Puras Vagancias
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