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Cruzando la frontera…
Corrían a todo lo que podían brincando los arbustos que se travesaban en el camino como si los fuera siguiendo el diablo…

¡A salto de mata!

Por Oscar L. Cordero

Corrían a todo lo que podían brincando los arbustos que se atravesaban en el camino como si los fuera siguiendo el diablo.

-¡Agáchense cabrones, pa` que no nos vean!-gritaba el coyote-¿Qué no ven “la perrera” de la migra allá adelante güeyes?
Hacía dos horas que habían conseguido un coyote para que los llevara al otro lado de la línea y ya, estando adentro, les enseñaría el camino a Deming, Nuevo México, pues no tenían el dinero que les querían cobrar por llevarlos en carro, así que la idea era llegar hasta allá pero caminando.

-Es cosa de un día-, les habían dicho.

Cruzaron la cerca que dividía los dos países y continuaron la marcha, ahora ya más relajados pues la migra ya había quedado atrás. Ya empezaba a oscurecer cuando el coyote los detuvo y les dijo que de ahí en delante tendrían que seguir solos.

-Por los 150 dólares que les cobré-les dijo- haberlos traído hasta aquí es suficiente así es que… que les vaya bien-.

Siguieron caminando hasta que se acercaron al pueblo que se veía cerca.

-Ese pueblo que se ve ahí es Columbus-había dicho.

Entraron al pueblo cuidándose de la migra como si fuera la muerte. Una de las veces se acercó un taxi, aquellos hombres al verle el foco en el techo pensaron que era la migra y se lanzaron de clavado a un bote de basura para evitar ser capturados. Al rato siguieron caminando un poco extrañados porque Columbus se veía muy parecido a Palomas, Chihuaha

-Pos, aquí no hay mucho problema pa` eso porque aquí es Palomas, lo difícil es que hablen inglés -les dijo y se alejó moviendo la cabeza.

-¡Ora si que la chingamos compadre. Ese güey nos pendejeó! Nos puso a dar una vuelta al pueblo y venimos a caer a donde mismo y todo por 150 dólares. Pos ¿no que usted sí conocía por aquí compadre?

Desde que era niño, recordaba haber oído historias de conocidos y vecinos que se iban al “otro lado” en busca de mejores condiciones de vida. La mayoría de ellos iban a la aventura preparados para lo que surgiera, sólo con lo que llevaban encima, puesto que no era un viaje de placer. Iban de un lugar a otro de “aventón”, envueltos en el romanticismo de que tendrían que pasar trabajos, infortunios, hambre y sed en otras ocasiones, pero nunca “nada que no hubieran sufrido antes”. Finalmente llegaban a alguna parte donde encontraban a alguien que les ayudaba y conseguían trabajo. Al cabo de un tiempo razonable enviaban dinero a su familia y ahí era cuando todo el barrio se enteraba de que les había ido bien y ya estaban trabajando. Mencionaban nombres a los que el pueblo ya estaba acostumbrado: Deming, Las Cruces, Albuquerque, Kansas, “Lorisbor”, Tucson. Hablaban de los chequeos de migración de Alamogordo y Consecuencias.

Nos platicaban que si se juntaban tres o cuatro, al llegar a la frontera compraban un carro y así podían llegar fácilmente a lugares como Denver, Las Vegas o a donde quisieran.

Trabajaban en ranchos ganaderos de Nuevo México y Texas. Cuidaban borregas y en tiempo de frío reparaban los cercos de alambre en las sierras de Utah y Nevada.

Otros trabajaban de jardineros. Algunos más en restaurantes de Phoenix y Tucson, y para impresionarnos, nos platicaban sus aventuras.

-Yo tuve de amante a la esposa del patrón, pos como la dejaba sola mucho tiempo-decía uno.

-En Nebraska las tormentas invernales sepultan las borregas, y en abril y mayo, cuando se descuaja la nieve, las encuentran todavía paradas – decía otro.

-Yo junté 3 mil dólares en seis meses cuidando borregas en Utah- platicaba alguien más.

Los más viejos hablaban de cosas diferentes.

-Cuando vienen de allá, llegan platicando nomás lo bonito -decían- así, toda la bola de muchachos se va a querer ir p´al Norte. ¿Cómo no les dicen que uno por no saber inglés come marranada y media? cómo cuando llega uno a la tienda y por comprar una lata de carne pa’cenar, termina uno cenándose una bote de comida pa’ perros. ¿Por qué no dicen eso? ¿Por qué no les dicen nada acerca del racismo que tiene uno que soportar, de los maltratos y las humillaciones de que somos objeto? Platíquenles que la migra nos patalea nomás por mirarlos a los ojos, no a todos, claro, pero pasa”.

A nosotros, a los que apenas nos empezaba a atraer “la aventura,” nos importaba un cacahuate lo que los viejos decían, sólo queríamos oír la parte bonita.

-“Las gringas prefieren a los mexicanos porque los gringos son muy fríos”.

-“En Estados Unidos puedes comprarte un carro con el sueldo de quince días”.

El escuchar todo tipo de historias acerca de un país diferente, rico, con mujeres de ideas liberales, peligros, el huir de la migra, el no hablar el idioma, todo esto ofrecía retos que valía la pena afrontar.
Los que regresaban al pueblo después de un año o dos de estancia en Estados Unidos con unos carros que sólo en películas veíamos, llegaban convertidos en prohombres y eran envidiados por todo el barrio. Las muchachas sólo tenían ojos para ellos. Se veían como los caballeros medievales cuando ganaban los torneos sobre el manejo de armas. En la cantina, cuando ya se encontraban medio borrachos, pagaban los tragos para todos. Eran la admiración general y un muchacho de 17 años, al ver todo esto no podía permanecer indiferente.

Oscar L. Cordero es autor de una novela testimonial, actualmente en producción, de migrantes transfronterizos como lo es él mismo; este texto inicia el capítulo uno.


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  2. Ago 30, 2010: CULTURAdoor » » Culturadoor 43
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