Día de Publicación: 
Enviar a: 
  .
Compartir en:
  

—Nada amigo, somos soldados de la Iglesia, tenemos la bendición papal, entre más pronto me maten más pronto llego al cielo. En cambio a los que he destripado los espera el infierno…

CUENTO

Imágenes de archivo

Por Antonio Cárdenas Contreras

—Mesa Community College, Arizona—

tonycc1974@hotmail.com

Conmemorando nuestros centenarios 1810-1910-2010

Día de publicación: 3-Septiembre-2010

La florida montaña lucía orgullosa, el oriente empezaba a bañar de luz dorada al macizo montañoso del sur, la ciénaga a un lado del camino olía a agua estancada y jarilla, los guerreros de ambos bandos buscaban capitaneja para sanar sus heridas de bala y machete, otros la usaban para mitigar el dolor en aquel mundo bárbaro de muerte donde no existían los antibióticos ni los analgésicos. Había veras inmensas llenas de lirios blancos como novias bajo los lentriscos; el resto de la flora se había acostumbrado a vivir dentro de una sabia armonía natural rodeada de batallas y venganzas humanas; así, los matapiojos, el anís, el listón, el floripondio amarillo, las nochebuenas, las begonias, la menta, la cascarita de nuez, las lavandas, las flores santamarías, los helechos, las amapolas, el árnica y la manzanilla fueron los testigos silenciosos de la masacre en la sierra sur desde la capital cristera en San José de la Gracia hasta la hacienda de Contla aquella mañana del 20 de octubre de 1917.

Cada bando mataba sin saber exactamente por qué; sólo y sin comprenderlo totalmente sentían una guerra inexplicable de colosos ideológicos; para la historia, la guerra cristera es una lucha de la barbarie contra la barbarie. La montaña fue el espacio para matarse rompiendo lo monolítico y normativo de la oficialidad cristiana de la nación. Cristeros y federales vivían un rompecabezas ideológico incomprensible para las tropas analfabetas; y sólo se adaptaban sin comprenderlo a una diferente realidad histórica. En la montaña, los soldados sobrevivían a un ambiente adverso, pero el aferramiento a la valentía y el coraje les forja un indomable carácter distinto a los seres humanos cobijados por otras geografías menos inmisericordes.

La gran hecatombe mexicana estaba a punto de resolver el problema político de la nación pero se recrudecía el desacuerdo entre el César de México y el de Roma; las siete leyes de reforma eran la discordia que conlleva a miles a continuar una segunda revolución social convirtiendo a esta nación en modelo donde todos se mataban con confianza. Federales y cristeros se armaron con tecnología estadunidense y alemana; los extranjeros facilitaron máuseres, cañones y ametralladoras; y  ahora estremecían fresnos, palos dulces y pinos azules. La batalla duró siete días y ocho noches; dicen que todos se fueron porque no soportaban el olor a carne quemada y nunca se supo quien salió victorioso. Los zopilotes comieron varios días de los pedazos de carne cañoneada. Los federales colgaron a los cristeros desde Menguaro hasta el rancho de Epenche; cientos de cuerpos que poco a poco se los tragó el silencio. De los pinos de trementina copeteando los cacharros de barro, ahí mismo se balanceaban por lo menos dos colgados en cada uno. Mientras, los cristeros se llevaron a los prisioneros a los montes de Jiquilpan; les sacaron las uñas, los castraron y los sentaban en hormigueros o en magueyes; ahí se morían lentamente mientras los defensores de Dios planeaban atacar los pueblos de la comarca en busca de armas, alimentos, medicinas y mujeres.

El jefe federal Jerónimo Rubio, “el Mano Negra”, clamaba haber acabado con el cristerismo y declaraba a Contla como el lugar más seguro del sur; mientras, el jefe cristero Tiburcio González le ponía precio a la cabeza de su enemigo y había miles interesados en ganarse los 20 pesos oro que se ofrecían. La verdad, nadie ganó en mucho tiempo, sufrieron mucho en la montaña, tenían que buscar en intrincados rincones de la sierra apartadas cunetas y barrancas para tener unas horas de paz debajo de los tepames, se acostaban en los montones de ocochal que les servían de colchón; y pasaban muchos días sin comer carne guisada para no llamar la atención del enemigo; colocaban tasajos de vacas desbarrancadas en sus sombreros, en tres días se cocía bajo el sol, se la comían sin condimento ni cocimiento alguno, así vivieron en las montañas por muchos años entre la sangre y el odio.

Miles de huaraches de correa y cascos de caballos pisotearon hasta hacer polvo las florecitas de san juan y de calabaza en todas las veredas de la sierra; se pasaron la mitad de la guerra robando pueblos, incendiando haciendas; y muchos al llegar la paz prefirieron matarse.

Los rastreadores mapeaban la sierra para localizar campamentos enemigos; a la vez, buscaban el alimento siempre con la tripería pegada al estómago seco, de sonido rugiente como si fuera un amargo rosario de lamentos intestinales, tenían hambre de sal, de manteca, de carne; parecía que sus cuerpos tenían hambre de siglos. La mirada la compartían buscando guaridas y emboscadas enemigas; a la vez, ansiosamente buscaban la pera y camote corriente y de charahuesca del cerro, higos, nísperos, zapotes, quiote de maguey, tejocotes, pingüica, tiluya, chía, nopal, tuna, zarzamora agria, capulines, mora, verdolagas y miel silvestre.

Por muchos años federales y cristeros comieron lo mismo que los borricos, todo se lo comían crudo, con tierra como si fueran bestias serranas. El hombre y el hambre, fueron sus peores enemigos; en los días de alta tensión y a falta de agua buscaban desesperadamente la sabia agria de los tallos rojo-púrpura de las begonias que los refrescaban y energizaban. En los días de batallas o huidas sólo tragaban polvo y quelites secos que algunos guardaban en sus morrales.

Carmelo Trujillo, padre de una numerosa familia se había quedado en Contla, mantenía una aparente posición ideológica neutral, era el único peluquero de la región. Días reinaba la paz en la única calle de la hacienda pero otros se llenaba de cristeros y al siguiente de federales. Hubo días que llegaban muertos de los dos bandos y todos se cansaban de enterrarlos, las lloronas ya no tenían lágrimas y la muerte se veía como necesaria y ocurrente a muy temprana edad. Muchos, al cumplir diez y ocho años, se preocupaban porque no habían matado a nadie y se iban con un bando u otro; los demás, salían a buscar la muerte en ranchos y haciendas para demostrar que eran hombres:

—¿Trae con qué paisa? —No, no traigo, pero no se vaya que ahorita regreso ¡nomás eso me faltaba! —¡Ya llegué pues! —¡Vámosle dando que aquí sobra uno!

Así se mataban sin más razón que la ignorancia, así se suscitaban venganzas y así se acababan estirpes completas de raíz.

Fidencio Trujillo traía la cara muy pálida, parecía que le faltaba sangre, su caballo aun venía ensillado con su montura de plata y su chicota; traía puesto su uniforme de leva y su voz se oía muy lejos como desvanecida en el aire. Así llegó, triste a la peluquería de su hermano.

—¿Qué te trae por aquí Fidencio? —El cansancio, muchas ganas de platicar, tengo días cabalgando solo por la sierra, ya no me dispara nadie, es como si no existiera. Tiburcio González nos mató a todos en el agarre de la sierra de Epenche pa’l lado de la Manzanilla.

—¿Qué pasó Fidencio? —Fue la mañana del 20 de octubre, habíamos pasado la barranca de la ciénaga, rodeamos el guardaganado, las bestias tomaban agua en la tarjea,  en el abrevadero de los Mendoza,  cuando de pronto empezaron los chiflonazos de máuseres. A todos nos mataron.

—Y ¿después qué pasó?

—Nos balearon, nos caparon, nos destriparon, nos cortaron la lengua y nos arrancaron las uñas de los veinte dedos mientras estábamos vivos. Después a falta de postes nos colgaron en los pinos de trementina. Desde entonces ando desorientado, se me pierden los caminos, por eso tardé muchos días para venir a contártelo.

—¿Necesitas algo Fidencio?

—¡Entiérrame en Contla! ¡Cuando sepas de Tiburcio González cóbrale mi vida, él fue el que me mató?

Fidencio desapareció de pronto, se desvaneció en el aire sin decir más pero Carmelo lo comprendió todo; se quedó con la mirada puesta en el infinito y agradeció mucho que su hermano haya sufrido tanto después de muerto para venir a despedirse de él y pedirle su última voluntad.

Un año después, exactamente el 20 de octubre de 1918, llegó a la peluquería el cristero Tiburcio González; la calle de la hacienda se encontraba desierta, el forastero traía la ropa sudada con manchas renegridas de sudor y tierra; olía a tigre de montaña y a carne podrida, su calzón blanco estaba impregnado de manchas de sangre de federales. Aventó su sombrero en una silla vieja y encima puso su carrillera, el máuser lo dejó recargado en la esquina y colgó sus dos pistolas en un clavo detrás del portón de madera; sin mirar a Carmelo, sin saludarlo, sin decir nada de nada se sentó en la silla y le dijo con voz retante, de mando hegemónico: “aféiteme, afile bien su navaja y mucho cuidado con cortarme porque me lo quebro”.

Carmelo, sin contestar, empezó a afilar su navaja en piedra, después con mucha tranquilidad la asentó en la salea de cuero de toro que tenía pegada al sillón. De reojo miró el nombre de Tiburcio inscrito en la cacha del máuser, ahora lo tenía ahí sentado con los ojos cerrados y desarmado; esta era la oportunidad para vengar la muerte de su hermano, de sus tres primos y muchos amigos de Contla que habían sido salvajemente mutilados por este asesino de las montañas. Empezó primero a pasarle la navaja suavemente sobre su cuello, pensaba que en la siguiente pasada o en la posterior le cortaría la garganta sin que tuviera manera de evitarlo. De pronto lo sintió roncar por varios minutos; despertó de repente narrando sus hechos de guerra:

—Ya casi maté a todos los de Contla, no soporto a los enemigos de Dios. Casi arrasé con todos los Trujillo, espero aprendan que con la virgencita no se puede.

—¿Y Ud. tiene miedo?

—Nada amigo, somos soldados de la Iglesia, tenemos la bendición papal, entre más pronto me maten más pronto llego al cielo. En cambio a los que he destripado los espera el infierno.

—¿Conoció Ud. a Fidencio Trujillo?

—A ese lo destripé yo mismo, le saqué las uñas, lo capé, le metí veinte tiros y lo colgué de un trementinero, a ese especialmente lo recuerdo por rejego, me hizo sudar, duré más de una hora matándolo. Me decía que tenía hijos, que de todas maneras pronto se moriría de viejo, que ya había sufrido mucho. Pero lo maté, le corte la lengua porque los cobardes y los enemigos de la Virgen me dan muina. ¿Cuánto le debo?

—Son .25 Cts.

González se pasó las manos por su cara como buscando algún rasgo de violencia, como buscando un pretexto para matar a Carmelo pero su cara estaba limpia de herida alguna. Se echó un trago de sotol, se puso el sombrero, tomó las armas y parado en la puerta y sin voltear le dijo: “me habían dicho que Ud. es hermano de Fidencio; y que me quería matar. Vendré el próximo 20 de octubre para celebrar la muerte de estos herejes; espero para entonces a mí se me baje la muina que traigo contra los de Contla y a Ud. se le quite lo cobarde”.

——

*Este cuento forma parte de la obra Confabulados, antología de cuentos. Más información en:  http://www.orbispress.com/imagenes/imaginacion/confabulados.htm



3 Comentarios a “CONTLA*”

  1. Por: Rodrigo Garcia Basave en Mar 31, 2011

    Estimado amigo..
    Mi abuela nació en la Hda.Conlta, su nombre fué Margarita Fernandez del Valle Newton.
    Me gustaria saber, detalles de “la quema de Contla” y las circunstancias que los obligaron a salir y refugiarse en Guadalajara.. les agradeceria su valiosa orientacion. Saludos Rodrigo rgbasave@gmail.com

    Rodrigo Garcia Basave
    rgbasave@gmail.com

  2. Por: Frances Avalos en May 14, 2014

    Me gustaría saber un poco más sobre la Hacienda de Contla, mi familia paterna “Avalos” proviene de ese lugar.
    Fotos, más historias, etc.

    Frances Avalos
    fraga1203@gmail.com

  1. 1 Trackback(s)

  2. Sep 4, 2010: Tweets that mention CULTURAdoor » » CONTLA* -- Topsy.com
comenta

Deje un Comentario

Escriba el texto de la imagen

 

Derechos Reservados. Copyright 2010
- Número de Visitas desde 22 de agosto de 2010: 1,266,537
- Últimas 24 horas: 296