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¡Mire, fíjese bien! Aquí en medio del pecho me dieron dos balazos. Y le digo la verdad no eran agentes de emigración; por ahí escuché que son individuos anti-emigrantes.

Creaciones Escolares / Spanish Workshop

Imágenes, Internet. Cortesía del autor

Se nos acabó el camino

Por Isaías Ibarra

Del Curso “Cultura y Literatura Chicana”

California State University, Stanislaus

Día de publicación: 11-Noviembre-2009

Eran cerca de las once de la noche cuando Antonio rápidamente se escondió entre los arbustos. Él sabía que tan sólo un movimiento, o un gemido aterrorizado, lo delatarían ante los oficiales. Se refugió en el arbusto y escondió cada centímetro de su cuerpo. A su alrededor se escuchaban chillidos; gritos de perros salvajes, de indocumentados asustados y, por su puesto, de la migra. ¿Qué hago? Pensaba Antonio mientras se refugiaba en las nahuas del arbusto. No se le ocurrió otra acción más que permanecer bajo el amparo de la mata. Sólo la luna y las estrellas atestiguaban lo que ocurría esa noche. El polvo, los insultos racistas, las mordidas de perros, las lágrimas del emigrante y las fracasadas esperanzas; todo se manifestó bajo la mirada del cielo.

A sus diecisiete años ya había intentado cruzar la frontera varias veces sin lograrlo. Esta vez se encomendó a un coyote famoso del área de Nogales. Miguel, su padre, ya había utilizado los servicios de éste; además no cobraba mucho, eso era también importante. La parentela ya había juntado el dinero para pagar la cuota al coyote y lo esperaban en Coachella. Antonio tenía un tío que es mayordomo dedicado a la cultivo de la uva. Éste ya le tenía un lugar en su cuadrilla, la cual se encontraba haciendo la temporada de la poda.

Antonio se quedó pánicamente inmóvil durante varios minutos. Los oficiales, simultáneamente, se concentraron en arrestar a los indocumentados; maltratándolos como si fueran criminales. Se puso mentalmente a rezar un padre nuestro, algo que desde que murió su madre no había hecho. Fue precisamente la inesperada muerte maternal lo que lo motivó a emigrar, ya que tras la partida de su padre y la muerte de su madre había quedado literalmente solo. Antonio, de rodillas bajo el arbusto, prometió mil cosas a la Morenita del Tepeyac. Entre éstas visitarla en el futuro, allá, hasta la basílica de Guadalupe en la ciudad de México. Tradición que suele ser practicada por la mayoría de emigrantes católicos mexicanos.

Antonio comenzó fríamente a sudar, seguía inmóvil y asustado; especialmente cuando vio cómo un agente empujó con un dejo de racismo al “Pato”, un paisano suyo. Mientras éste caía al suelo pensó en su familia. En sus dos hijos, el “Ratón” y el “Canelo”, y en su esposa María, quien estaba encinta y daría a luz una mujercita a quien el Pato había planeado nombrarla en honor a su abuela, Esperanza.

-No te olvides de nosotros y vuelve pronto.- Tristes replicaban los niños mientras se despedía de su padre. – -No se te olvide que en diciembre me alivio y quiero que estés aquí a mi lado.- Replicó María, la cual estaba en medio de sus dos hijos, en la conciencia del Pato mientras éste caía en la arena.

Cayó al suelo. Instantáneamente, y sin ninguna explicación, le llovieron macanazos por la espalda, por los pies y hasta en la cabeza. Mientras el agente lo golpeaba, sincrónicamente lo insultaba recordándole su nacionalidad. –Get up, you fucking Mexican.- El Pato no entendía nada, absolutamente nada. El oficial seguía golpeándolo. A Antonio le hervía la sangre, pero él sabía que, tristemente, no podía hacer nada para ayudarlo…

Cuando el Pato intentaba protegerse la cabeza, el oficial le daba por los pies, y así según éste se protegía. Entre dos oficiales lo levantaron y lo subieron medio muerto a una pick-up Chevrolet que en realidad parecía una perrera por la reja que utilizaba en vez de camper. En ésta subieron a nueve; entre estos al coyote. Antonio tendría que seguir su destino hacia Patagonia, lugar donde los esperaban a todos para continuar, esta vez en automóvil.

La chevy se marchó y ésta se llevó al Pato, al coyote y a algunos centroamericanos también. No había nada más que decir; algunos de éstos eran otra vez… tres veces “mojados”… Sus sueños y los de sus remotas familias habían quedado sepultados en el desierto, al igual que los de miles más que habían fracasado al intentar pasar de este lado. Sin embargo, justo como la historia lo relata, para muchos siempre hay un mañana y mientras no estén acá de este lado, no dejarán de intentarlo.

-¿Oiga para dónde va tan solo? Mejor regrésese, no le vaya a pasar lo que a nosotros; se nos acabó el camino y hasta aquí llegamos.- Antonio giró la cabeza a su alrededor en busca de alguien, pero no vio a nadie.

-Véngase para acá no se nos vaya a morir en el camino. Aquí tenemos espacio para uno más; además la noche está muy fría.- Replicó una voz resonante.

Volvió Antonio a explorar su alrededor. Esta vez percibió a tres individuos de baja estatura que se calentaban alrededor de una fogata. Antonio se acercó a ellos e instantáneamente se sintió entre familia. No porque aquéllos hablaran español o reflejaran su tez, sino porque se miraban igual de jodidos que él. A leguas se miraba que también habían caminado por varias horas antes de detenerse en este lugar.

Antonio ya había caminado cerca de siete horas sólo acompañado por las estrellas y la luna llena. Peor era aún la realidad de que no sabía el camino, de que sólo les habían señalado hacia dónde se dirigirían. Sus pies brutalmente encallados ya ni siquiera los sentía y su cuerpo comenzaba a debilitarse cada vez más. Le pesaba como nunca lo había hecho antes. Ya la vista se le había nublado varias veces y los mareos se presentaban con más frecuencia. Además, ni siquiera llevaba agua, el galón lo había olvidado varias millas atrás, justo en lugar donde se escondió de la migra.

-¿De dónde vienen ustedes?- Cuestionó amablemente Antonio.

-Yo-, respondió uno de ellos, -vengo de Chilpancingo, Guerrero y mi primo también. Éste amigo viene desde Comayagua, de allá de Honduras.

-¿Y vos de dónde sos?- le preguntó el catracho a Antonio.

-Vengo de Emiliano Zapata, Michoacán y voy para California; nomás que el coyote nos quiso pasar acá por Arizona. Nos dijo que por California ya la frontera estaba muy vigilada. Ya sabe usted por eso de los ataques terroristas. Nos advirtió que caminaríamos unas horas a través de unas sierras y que en Patagonia ya nos esperaba un colega suyo para llevarnos derechito hasta Coachella.- respondió Antonio mientras se calentaba en la lumbrita.

-Es verdad. Y no sólo están sobreprotegiendo la frontera, sino que ahora hasta una muralla china o un muro de Berlín quieren construir esos manes, aquí en su mentada “tierra de libertad.”- Agregó sarcásticamente el catracho.

-¿Y qué pasó con los demás Antonio?- Le preguntó Bernabé, el primo de Chilpancingo, a Antonio.

-Pues, se los pescó la migra allá atrás. Antes de subir la sierra que está a algunas horas de aquí. Yo me escondí y esta vez sí me la pelaron.

-¿Y ustedes para dónde van?-

-Mi primo Bernabé y yo íbamos para Lindsay, a la pizca de naranja. Nuestro amigo el catracho se dirigía hacia Los Ángeles, allá tenía familiares trabajando en un restaurante hondureño. Pero no llegamos muy lejos porque aquí mero nos cayó un aguacero de balas y se nos acabó el camino… ¡Mire, fíjese bien! Aquí en medio del pecho me dieron dos balazos. Y le digo la verdad, no eran agentes de emigración. Por ahí escuché que un par de muertos dijo haber visto a un grupo de individuos anti-emigrantes dispararnos. Sabrá Dios quiénes habrán sido realmente; no hablaban español.- Compartió Diezmar, mientras se abrochaba los botones de su camisa.

Era verdad. Justo en el centro del pecho tenía dos balazos. No había nada que discutir. Su primo, por su parte, tenía tres balazos en la espalda y otros en las piernas. Como si le hubieran disparado mientras corría. Carlos, el catracho, también había sido víctima de los fatales chubascos.

-Ya la mañana se aproxima y es muy peligroso andar de día; por aquí hay muchas serpientes venenosas, no te vayan a morder. A mí me mordió una y en poco tiempo me mató. Además, los mismos gringos te delatan con la migra. Son muy desconfiados. ¿Ves aquellas luces? Ahí es Patagonia. ¡Vaya, ya, ándate! ¿Tenés el número del tipo que los espera?- Pregunto el catracho de Comayagua, Honduras.

-Sí, me lo dieron por si nos desbalagábamos en el camino.- contestó Antonio mostrándoles un pedazo de cartón con dígitos inscritos.

-Bien, poné atención, caminás directo hacia aquella luz, ahí está la carretera ochenta- dos. Seguís por ésta, hacia el norte, hasta que llegués a la calle número cuatro. Hacia la izquierda está un pequeña tienda. Afuera hay un teléfono público, le llamás por cobrar al coyote y le decís dónde estás. Ándate.- Replicó el catracho vocalmente empujándolo a seguir.

Antonio no lo pensó dos veces… inmediatamente se encaminó y corriendo cuesta abajo llegó a la carretera; avanzó hasta la calle cuatro y ahí a la izquierda estaba la tiendita. Instantáneamente notó el teléfono; lo tomó y marcó el cero. Por suerte la operadora era bilingüe. En cinco minutos llegó el coyote que lo esperaba en Patagonia y juntos viajaron hacia Coachella donde Antonio se reunió con su parentela, quienes pagaron enseguida la cuota de mil quinientos dólares. Al día siguiente Antonio se reportó a trabajar y hasta la fecha por ahí anda…

Contacte al autor: iibarra@csustan.edu


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