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CRÓNICA

Desciendes entre cocodrilos, frutas tropicales y cañas mordidas. Y se te olvida que estás en Florida… al sonido de congas, timbales, trompetas y guitarras te espera el capitalismo hispanizado.

Por David Alberto Muñoz

Encontré la ciudad, mientras mi avión descendía sobre pantanos y extrañas construcciones ro-deadas de una peculiar humedad. Fue como descender entre cocodrilos, frutas tropicales, cañas mordidas que flotaban junto a los cuerpos que, al igual que un montón de sardinas, nos encontrábamos viajando hacía Miami.
“Bienvenido a Miami”, me gritaron las voces de una metrópoli llena de dinero y puros cubanos —vendidos después de más de media hora de conversación con las bellas mercaderes— “Te vendo uno, cubano, pero no le digas a nadie”.
Me di cuenta que los taxistas, de color negro como el azabache, venían de Haití. Se les podía ver y escuchar hablar su lengua, casi a gritos, en las paradas de taxi. Había homeless durmiendo en la playa frente a South Beach, latente recuerdo de lo que puede pasarle a cualquier individuo dentro de una sociedad capitalista. Los casinos prometían llevarte mar adentro a perder tu dinero y ponerte bien pedo, ya que no hay otra cosa que hacer en medio del mar. Los viajes en barco por la bahía te llevaban a ver con tus propios ojos, los altos edificios, las mansiones construidas para Cristina, Tom Cruise, Jennifer López. Me impresionó, sobre todo, el valor y el orgullo con que se habla mi idioma en suelo floridense.

Congas, timbales y trompetas en vivo

Miami, has logrado fascinarme con tus avenidas llenas de una extraña combinación de colores, lenguas, mujeres y el océano desde donde imagino poder ver la isla de Cuba a la distancia. El sonido de tus pobladores —congas, timbales, trompetas, guitarras en vivo dentro de cada congal— desea atraer al visitante a saborear tu suelo. Tus establecimientos juegan a ser mis amantes, deseando seducirme para entrar tras la curiosa puerta de un capitalismo hispanizado.
Escucho francés, español, y de repente se me olvida que estoy en Florida. Solamente cuando vi en el llamado Metro Trail a los estadounidenses que decidieron votar antes de tiempo desperté a una realidad escondida entre grandes artefactos; arañas tejiendo la tela de la modernidad urbana.
En medio de tus hermosas playas de agua caliente, junto a tus elegantes restaurantes, pude ver el trato que das a los pobres, a los jodidos, aquellos que no tienen hogar ni dinero y se pierden entre la arena del mar y las banquetas. Acostados, duermen a horas extrañas del día, mientras la gente camina apresurada en busca de una copa, un buen platillo, un lugar para bailar, una bonita foto que tomar.

Una carta de Bush llevó a los presentes a dejar el lugar
Llegué a la conferencia anual de Hispanic Association of Colleges and Universities (HACU). Se suponía que dicho evento promovería la educación entre los hispanos que viven en Estados Unidos. Y digo se suponía, porque al final se leyó una carta del mentado presidente Bush. La mayoría de los hispanos presentes hicieron bulla y se levantaron para dejar aquel lugar. El hotel era de primera clase. Vi a varios conocidos mientras me perdía entre exhibidores, recepciones, bailes y una mujer, alta, que me llamó mucho la atención. Se llamaba Sharon, tenía piernas largas y rostro de aristócrata. Traía puesta una falda corta y su porte se antojaba europeo, no sé si por ser ella del color del conquistador.
—Mucho gusto en conocerla (“Mamacita”, pensé).
Me le pegué a una joven pareja, Mónica y Jason. Venía de Phoenix, al igual que yo. Él, hombre de alrededor de 30 años de edad, ha tenido la mala suerte de perder su cabello en corto tiempo. Sus brazos, adornados con tatuajes, muestran casi al instante el trasfondo de una vida difícil y exponen que fue la calle quien lo crió, deseando hacerlo un hombre. Ella, típica muchacha de familia mexicana educada a la antigüita, se emocionó cuando vio llegar a Jorge Ramos y me pidió que le tomara una foto con el susodicho “autor”, muy sencillo.
—¿Señor Ramos? Me llamo David…
—Por supuesto doctor, adelante, siga escribiendo.

Henry Cisneros, vive de lo que fue

En una de tantas sesiones conocí al honorable Henry Cisneros, político que vive de lo que fue y lo que pudo llegar a ser. Sólo Dios sabe de qué habló; me acerqué a él con cierta precaución. Es un hombre alto con cara de alcohólico; me miró con rostro de sorpresa y, como pretendiendo haberme conocido hace ya mucho tiempo, me estrechó la mano con firmeza.
—Mr. Cisneros, my name is…
Después de cierto tiempo, volteaba para ver si alguien pudiera rescatarlo de un escritor que solamente hablaba de sus libros, sus experiencias y su deseo de darse a conocer.
—Buen día doctor, y me mandó a la chiquita.
Llegada la noche salí del hotel, Sunshine State, acompañado de Mónica, Jason, Moisés un decano de Dallas, y Carlos, también de Phoenix. Nos deslizamos como sombras por la ciudad que, en medio de una extraña quietud, poseía vida propia, algarabía, ruido; cuerpos de bellas muchachas se dejaban ver por la acera. En cada centro nocturno había cola para entrar. La música del caribe se escuchaba cuadras a la redonda, extraño brebaje de alegría y fiesta; curioso enredo que desea perderse entre copas, baile, y mucha risa.
Después de algunas copas me anime a levantarme y recordar mis años mozos bailando. Baile con Mónica y una que otra dama que me hizo el honor de aceptar mi invitación. Debo de confesar que me llené de orgullo cuando al regresar a la mesa, Jason me dice, “it looks like you know what you’re doing man!”
Me despedí con cierta melancolía. No sin antes prometer volver a revivir el encanto de platicar contigo. Miami, no dejes de cantarle a la vida.
—————
Contacte al Doctor David Muñoz:
david.munoz@cgcmail.maricopa.edu
Tel. 480-732-7173

Siga escribiendo doctor¨, palabras del connotado periodista Jorge Ramos al escritor David Muñoz.
Henry Cisneros antes de su participación en amena
convivencia con el autor

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  2. Sep 11, 2010: CULTURAdoor » » Culturadoor 45
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