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NARRATIVA
Por Miguel Méndez

Algunos de los seres que mueren ahogados no pierden la voz ni la conciencia de sus días mundanos porque el agua es espíritu, esencialmente. Igual brota del subsuelo que cae de arriba, ya sea en corrientes sepultas que afloran o en nubes que se desgranan en goteríos.

Cuando pareciera sepulta bajo los suelos hermanada a polvos de naturaleza muerta, surge el agua victoriosa, pura y límpida, espíritu que no perece. Asciende a los cielos en forma vaporosa, cae en simulacro continuo de las aguas bautismales. Desde el cielo bendice a las cosas, premia las virtudes del hombre unas veces, en otras toca a las puertas de su temerosa conciencia, terribles los estallidos, escarmentosos desbordamientos. Antonio Garcí del Moral se pasó más de cuatro centurias murmurando incoherencias aguardentosas con acentos acuáticos, sólidos en dos que tres sílabas seguidas de otras diluidas en chorretes continuos. Todo porque la corriente de un río ignorado en aquellos entonces topaba contra unas peñas a cuyas hendiduras se había entretejido el esqueleto del conquistador español de marras. Había extraviado los rumbos cuando huía de la runa de los indios yaquis, a los que por ignorancia y pésima fortuna había atacado el Diego de Guzmán mero en las márgenes del río Yaquimí. Tanto el capitán amigo de ungirse con los jugos del enemigo como sus capitaneados, incluso dos mil indios injertos a su tropa, huyeron atenidos al instinto sin salvador posible, a no ser Dios en persona. Ni con un mar de pescados a modo de letras se contaría de los afanes y vicisitudes con que se dio de alas el Antonio Garcí, contra la obsesión barrenante de allegarse a lugar donde su vida siguiera adherida a su corpachón, producto elaborado en los parideros de su añorada Andalucía. A paso redoblado emprendió la fuga por espacios enclaustrados entre montañas monolíticas; del uno al otro extremo parecían a ojo pelón franjas tijereteadas de un azul desvaído con ventiscas de ceniza. Si algún instante hubo en que minutos o segundos se le antojaran años, también vivió meses vueltos un puñado de palpitaciones. Las ansias que cría el terror trastocan las leyes con que se gobierna el infinito interior ubicado en la nimiedad de un manojo de sesos. A cada vez que creía avizorar a un indio, el Garcí fugitivo, cobraban sus pies la velocidad del venado que huye de sus matones. Suelen el destino y la muerte confabularse en ironías y humoradas que dan al traste con los mejores designios. Mal le fue al soldado español hacedor de las Américas, Antonio Garcí del Moral. Sus pies desangrados habían ceñido huellas sobre lechos de ríos y arroyos muertos; por si fuera poco, a trancos redujo los espacios desérticos. Así topó un río de caudales presurosos. Le esperaba ahí, con los brazos en arcos de guadaña, la misma a quien supuestamente burlaba a carrera abierta. Ya con la sangre reducida a polvo y el aire paseándose por entre sus pulmones lo mismo que si soplara a lo largo de algún pasadizo cualquiera, llegó por fin a donde el agua. Resbaló presuroso y torpe en las dos ideas: beber y cruzar, para caer, ¡Cristo de la Bahía!, en las fauces de un río hambriento de tragarse lo que a bien tuviese servirle de gozo. Garcí del Moral se supo impotente para volver a tierra fija. La asfixia apenas le permitió el gesto y la palabra contritos, en demanda del perdón por la suma de indios pasados a cuchillo, para bien de la futura potestad eclesiástica y vastos dominios del monarca ibérico. De entre otros pecados no alcanzó a desembrollar del silencio los del orden carnal. Extraña cosa resultó de su muerte. Al quedarle preso su cuerpo entre las aberturas de unas peñas, porfió su espíritu en seguir acompañándole. Dueño aún de la palabra y del conocimiento pudo mirar al tiempo y el agua fluir entrambos indistintamente. Antonio fue también testigo involuntario de su descarnamiento. Primero fueron músculos, tendones, nervios de las manos los que desprendía el agua en tránsito como a serpentinas en día de vientos. Cuando quiso retener narices y orejas erró por falta de tacto. Por las cuencas mismas donde antes anidaron sus ojos se vio los fémures y la pelvis huérfanos de sus partes viriles; dio un alarido con tanta desesperación que la calavera se le zafó a medias desde las vértebras de la cerviz. Tardó en reparar el desperfecto y se prometió ser más prudente. Al cabo quedó en huesos, con un espíritu al lado tanto o más fiel que el más noble perro.

Ya pasados los cuatrocientos años de aquel infausto 1536, un destino en plan de buzo arrimó hasta su vera a otro ser humano. Esto tuvo efecto en el año de 1948. Después, al año de iniciarse la década póstuma del siglo XX, un ahogado más completó el trío, abrazado también a tan singular peñasco. Lo más extraordinario que pudo sucederle a estos tres esqueletos fue que a ruegos del andaluz conquistador, rezados con devotísimo fervor hora tras hora por un espacio a profundidad y anchura de más de cuatro siglos sin fisuras, la muy milagrosa Virgen Nuestra Señora del Rosario se doliera y admirara de voluntad tan indiluible y les concediera, mediante su intervención ante el Supremo, la gracia de que emergieran del río sus cuerpos a pisar la tierra, cubrirla con sus pasos, y conferir sonoridad a sus voces. Mucho de esto concedido como homenaje a los quinientos años de que arribaran la fe en Cristo, los españoles guiados por Cristóbal Colón y la lengua castellana, a los vastísimos espacios del continente al cabo llamado América. Corriente el año de 1992, salieron a flote, uno tras otro, a lugar seco y firme, tres tipos por demás singularísimos. Las armazones de huesos erectos sobre suelos arenosos empezaron a poblarse de carnes pellejosas, piel y demás efectos físicos. Se colocaron los esqueletos contra un viento diligente, no casual sino puesto en intención; los envolvía a guisa de manos fugaces, los tornaba a su aspecto original, más todavía a la vestimenta misma que los cubriera al momento en que el río recién los llevó a su fondo. Lo que en ese momento raro sonó, como un viento convertido en chillares agudos cuando viola rendijas, arranca cuchicheos a ramajes y arboledas, convierte en búhos a botellones abandonados y hace rugir cavernas, era en verdad el plañir doloroso de un coro de ánimas de raras envolturas: rebozos tejidos de sombras y temores, con hilares vanos; hilos desprendidos a las mortajas de los primeros muertos. El revoltijo de ánimas alborotadas por tanto remordimiento se daban desesperadas a lloriqueos, rezos y voces ultradimensionales que sacaban de sus cuevas y atalayas a bichos y pájaros, presas de miedos que explotaban en angustias y pánicos. Algunos demonios juguetones irrumpieron sumándose a la danza de contorsiones y alaridos horrendos. Una sola ánima irradiante de luces, toda ella armonía y paz, dispersó ayes y lloros espinosos. Toda señal de espíritus bullangueros dio paso a una quietud que impuso un ambiente sosegado.

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  2. Sep 26, 2010: CULTURAdoor » » Culturadoor 48
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