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CUENTO

Por Esteban Domínguez

Durante mucho tiempo aquel ojo fue uno de mis grandes tesoros y la tristeza de mi hermana. Hasta que hicimos un ventajoso trueque que me dejó una buena cantidad de billetes y a ella, su secreto al descubierto, su alcancía vacía y el ojo tan anhelado.

A mí, el ojo me llegó rodando, un verdadero golpe de suerte. Fue esa noche, antes del día de reyes cuando mi papá llegó tarde y le entregó un paquete a mi madre. Ella corrió a la cocina y escuché cómo abría el cajón de los tenedores y cuchillos con gran escándalo y después de unos minutos, escuché el golpear de una canica en el suelo, la cual vino de salto en salto hasta mis pies. Yo estaba con los codos en la mesa mirando la tele. Desde el piso una canica redonda con un ojo pintado de blanco y azul, me miraba soñadoramente.

Mientras, mi madre vuelta loca en la cocina la estaba buscando, la tomé rápidamente y la escondí en mi bolsillo y me fui a dormir.

A la mañana siguiente encontramos bajo la cama los regalos que habían traído los Reyes. A mí me amaneció una enorme pelota transparente con dibujitos que no alcanzó a llegar al medio día porque luego, luego se nos ponchó. Éramos terribles para el fut en ese tiempo los del barrio.

Mi hermana dio un salto en la cama al abrir su regalo: su muñeca nueva.

Su alegría se cambió por una sombra terrible de su rostro al ver aquella preciosa muñequita con un solo ojo. Ahí estaba la cuenca vacía, un hueco donde mi hermana estuvo media mañana depositando, como en una alcancía, lágrima tras lágrima, inconsolable.

Aunque era una linda muñeca, el hecho de no tener un ojo la hacía ver misteriosa.

—Es que así venía, mijita— le decía mi madre.

—Luego te compramos otra—completaba mi padre.

Hizo una con su muñeca, no separaban ni para ir al baño y la muñeca de tanto lleva y trae fue tomando la apariencia de un monstruo de la peor pesadilla, sucia y rota, pero para ella era “Linda”, así la llamó. De vez en cuando la bañaba y volvía a resplandecer su belleza y su misterio.

Yo no sabía por qué mi mamá se la quiso entregar con un solo ojo, era algo que siempre me andaba revoloteando en la cabeza. Cuando se lo pregunté, porque siempre he sido muy curioso, nada más me miró con una profunda tristeza y me dijo:

—Ay, hijo, es que no quería que tu hermana sufriera más decepción.

Entonces y, aunque era mayor que ella, no había notado que mi hermana tenía uno de sus ojos cerrado definitivamente. No era como la muñeca que tenía un agujero que después mi hermana en una muestra de ingenio, le puso un pequeño parchecito blanco para ocultar la ausencia. Ella se lo cubría con su largo cabello, así que no me causaba curiosidad. Hasta que mi madre me dijo lo del ojo.

Desde ese día mi curiosidad se agigantaba y andaba espiándola para ver su secreto. Si estábamos en la calle esperaba que el viento le alborotara los cabellos y los hiciera a un lado, pero nada de eso ocurría. A cada rato le insistía para que me dejara verlo, pero ella no quería ni oirme, salía corriendo a refugiarse detrás de mi madre y a cada rato me daban tremendos castigos.

Además, durante muchos días mis sueños fueron los más terribles, soñaba que mi hermana me perseguía por toda la casa con un cuchillo para sacarme uno de los ojos y que el cuchillo estaba ensangrentado y en una bolsa transparente cargaba los ojos de mis padres. Cada vez me daba más tormento aquel sueño terrible. A veces era tanto el miedo que no me quedaba dormido hasta muy noche, vigilante.

Una tarde, cuando estaba dormida entré muy despacio a su cuarto y muy lentamente me aproximé. Dormía boca arriba y como siempre el cabello cubriendo el ojo. Muy despacio se lo hice a un lado con la mano y cuando estaba a punto de ver su secreto se despertó y me dio un terrible golpe en la cara, luego chilló y alborotó a toda la casa. Me dieron una buena tunda y la consigna de mantenerme alejado para no mo- lestarla más:

—Chamaco carajo,— dijo mi papá.

—Yo tengo el ojo de tu muñeca—le solté a la mañana siguiente.

Abrió el ojo a todo lo que pudo y me dijo que se lo diera, luego amenazó, chilló, imploró hasta que al fin encontró la clave de mi aceptación: me dijo que me lo compraba, pero que por favor se lo entregara, que era algo con que venía soñando desde quién sabe cuándo, que su muñeca no podía pasarse la vida con un ojito, que sufría mucho, la pobre.

Las negociaciones fueron de días y al fin le dio un terrible martillazo a su cerdito de cerámica y con el dinero en la mano, me rogaba que se lo diera ya.

—Sólo falta una cosa más.

Entonces, talvez con todo y su coraje, su vergüenza, amargura, yo qué sé, tomó su cabello y fue descorriéndolo como si fuera una cortina, hasta enseñarme su ojo malo.

Al quedar al descubierto pude ver lo que siempre ocultaba. Ahí, es cierto que había un hueco, pero su párpado estaba pegado, hundido, ni señales de ojo. Pero se veía muy linda, con la cara redonda y limpia como de una muñeca nueva. Sentí una gran ternura por mi hermana, condenada de por vida a cubrir gran parte de su bello rostro, por no mostrar el ojo. Me prometí buscar, por todas partes, el ojito de mi hermana y comprarlo y devolvérselo algún día.

Mientras me descubría su secreto, por el otro ojo, le corría el llanto.

Contacte a Esteban Domínguez: esteban69305@hotmail.com


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  2. Sep 27, 2010: CULTURAdoor » » Culturadoor 49
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