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Increíblemente, después de esta carta Gertrudis Gómez de Avellaneda escribió veintisiete más, ¡sumando un total de cuarenta! En una de las últimas, la enamorada empedernida se da cuenta de que Don Ignacio, su amor imposible, se va a casar, verdad que le abre los ojos y le hace ver por qué ha estado recibiendo tanto rechazo…

CREACIONES ESCOLARES/SPANISH WORKSHOP


Gertrudis Gómez de Avellaneda, por Federico de Madrazo, 1857. Archivo Mas, Barcelona. (Internet)

Del amor al odio en cuarenta cartas

Por Raúl Murillo

California State University-Stanislaus

Día de publicación: 22-Enero-2009

El mundo de las letras es un campo muy amplio que ha sido visitado y mejorado por muchos escritores a través del tiempo. Algunos han dejado huellas imborrables al haber creado o perfeccionado las diferentes clasificaciones de la literatura en la que podemos encontrar desde pequeños poemas hasta obras maestras que abarcan un sinfín de hojas. Indudablemente, el tamaño de un poema no importa tanto como la aportación que ha hecho dicha obra al mundo literario. Sólo por mencionar algunos, tenemos poemas a la naturaleza, al amor, a la desilusión, a la patria y prácticamente a cualquier cosa que inspire al poeta.

Después de haber leído y analizado el poema titulado “A él” de Gertrudis Gómez Avellaneda (Camagüey, Cuba, 1814-1873), quien es una de las figuras más destacadas del romanticismo hispanoamericano, concluí con la hipótesis de que la autora tuvo que haber tenido razones muy importantes para haber plasmado tanto resentimiento en este poema.

En este ensayo analítico nos concentraremos en el poema “A él”, dedicado a Don Ignacio de Cepeda por la autora ya mencionada. Asimismo, explicaremos de qué trata el poema y trataremos de encontrar las razones que llevó a la Avellaneda a plasmar tanta desilusión apoyándonos de las casi cuarenta cartas que escribió a Cepeda, quien fue el gran amor de la poeta.

En el poema “A él” podemos apreciar muchos sentimientos encontrados. Este poema lo escribió la Avellaneda después de haber sufrido la gran desilusión amorosa de su vida. Desde los primeros versos nos damos cuenta de que la autora dejó plasmado su herido corazón en esta obra: “No existe lazo ya: todo está roto. Plúgole al ciclo así: ¡Bendito sea!” (Chang 156). Estos dos primeros versos prácticamente sintetizan una idea principal de estos versos: el rompimiento amoroso definitivo. Más adelante ella emplea frases como “Mi alma reposa al fin, nada desea” (Chang 156). Aquí echamos de ver cómo la Avellaneda siente un gran alivio al no estar esperando más a ese gran amor que nunca llegó a consumarse.

Los sentimientos de la poetisa hacia Cepeda no siempre fueron los mismos. En otro poema titulado con el mismo nombre, “A él”, escrito mucho antes del que ya mencionamos anteriormente con el mismo título, y también poco antes de las cuarenta cartas, se puede percibir un gran deslumbre de parte de la autora:

Y trémula, palpitante,

En mi delio extasiada,

Miré una visión brillante,

Como el aire perfumada,

Como la nube flotante.

¿Qué ser divino era aquel?

¿Era un ángel o era un hombre?

¿Mi visión no tiene nombre?

¡Ah! Nombre tiene… ¡Era él!

(Gómez 15)

En este pequeño fragmento nos damos cuenta de que la autora ha sufrido un enamoramiento a primera vista. Ha quedado asombrada con la perfección de aquel hombre que ha cruzado por su camino, a quien ella llama “él” refiriéndose a Don Ignacio de Cepeda. Después de haber dejado sus sentimientos escritos en estos versos y al estar deslumbrada por aquel magnífico hombre, la poetisa se atreve a mandarle una carta a él. De la cual recibe una inesperada respuesta: Cepeda le rechaza su amor.

En la segunda carta podemos apreciar cómo ella le está reclamando por no corresponderle: “Usted me habla de amistad, y no ha mucho que sintió usted amor. Yo no creo ni en una ni en otro. Busco en emociones pasajeras […] un objeto en que distraer mis devoradores pensamientos” (Scott 148). Cabe mencionar que el uso de la exaltación del yo, una característica muy particular del romanticismo, está presente en esta carta, puesto que la autora está preocupada por ella misma y no tanto por lo que siente Cepeda. Ella parece sólo buscar una distracción, aunque en realidad todo indica que está perdidamente enamorada de él.

En esta misma carta también podemos ver otra característica del romanticismo. La libertad del individuo. “cánsome fácilmente de todo, y los afectos ligeros, que apenas me ligan, no me privan del derecho de seguir el instinto de mi alma que codicia libertad” (Scott 148). En esta expresión Avellaneda nos está diciendo que le preocupa el hecho de no tener su corazón libre. No obstante, ella está más preocupada por no ser correspondida.

La importancia al sentimiento es otro rasgo muy perteneciente al romanticismo. La Avellaneda siendo una gran representante de este movimiento no podía pasar por alto añadir la debida importancia a las emociones. Como ya mencionamos, el poema “A él” está lleno de sentimientos. Ese mismo rasgo lo vemos también en la carta número cuatro. La misma autora nos dice sus sentimientos directamente: “Mi dolor, mi sorpresa, mi exaltación eran efectos de una misma causa […] que asegurándome una amistad grande, tierna y santa, me había dicho: “puedes aceptarla sin temor ni reserva, porque te la ofrece el más puro y ardiente de los corazones. En vez de este corazón puro y ardiente, yo no vi en aquel momento rápido de sorpresas y de dolor sino un corazón usado al extremo” (Scott 151). Estas líneas dan a los sentimientos un gran valor. Lo podemos ver en el sobre uso del pronombre posesional “mi”, “mi dolor, mi sorpresa, mi exaltación”. La autora escribe estos versos en respuesta a una de las cartas que recibiera de Cepeda en la cual le dice que sólo podía ofrecerle una amistad. Sin embargo, la Avellaneda no lo quiere creer y continúa mandándole cartas.

En la misiva número seis la autora nos da a conocer los sentimientos de don Cepeda en una forma un poco más clara:

“ya ve usted que evito un lenguaje que usted llama de la imaginación y que yo diría del corazón: usted lo juzga peligroso y lo destierra de nuestras cartas […]pero, ¿qué temes tú, amigo mío? ¿Qué peligro quieres evitar? Acaso oyendo y empleando el idioma del corazón, ¿temerás no poder impedirle adelantarse demasiado? ¿Temerás sentir o inspirar un sentimiento más vivo que el de la amistad…?” (Scott 154).

A pesar de que Don Cepeda en una de las cartas anteriores le había ofrecido nada más que una amistad, Avellaneda sigue sin entender porque él tiene miedo de enamorarse de ella. Todavía no comprende qué es lo que lo detiene de caer en las garras del amor y corresponderle a su admiradora quien no ha hecho más que estarle rogando con las diferentes cartas que le ha mandado. Al parecer Cepeda cambia de opinión en las próximas cartas y decide darle una oportunidad a su pretendiente: Carta X

“¡Una vez por semana…! ¡Solamente te veré una vez por semana…! Bien: Yo suscribo, pues así lo deseas y lo exigen tus actuales ocupaciones. Una vez por semana te veré únicamente: pues señálame, por Dios, ese día feliz entre siete para separarle de los otros días de la larga y enojosa semana. Si no determinas ese día, ¿no comprendes tú la agitación que darías a todos los otros?” (Scott 159)

Aquí podemos ver cómo la Avellaneda está más que agradecida con el dueño de su corazón por haberle concedido la dicha de poderse ver por lo menos una vez a la semana. Su amor ciego no la deja ver que Cepeda le da una oportunidad sólo por compasión después de haber recibido tantas cartas de amor.


En una de las próximas cartas nos enteramos de que la autora parece estar recapacitando sobre el amor obsesionado que siente por su amado. Para ser exactos la carta número doce nos da a conocer cómo ella comienza a preguntarse la razón de su amor encaprichado hacia el tan ya mencionado dueño de sus desvelos.

“¿Sabes que a veces me pregunto a mí misma por qué he de querer a un hombre tan poco complaciente, tan poco asiduo, tan poco apasionada como tú? Me lo pregunto y no alcanzo respuesta de mi pícaro corazón, tan siempre satisfactoriamente y me dice que te ama porque eres bueno, noble, sincero, porque eres el mejor hombre del mundo, y es justicia amarte cuando se ha tenido la dicha de conocerte”. (Scott 161)

Como podemos apreciar, en la carta anterior la Avellaneda se está cansando de tanto desprecio. Ya van doce cartas dirigidas a Don Cepeda y no ha logrado enamorarlo, pero al parecer ella no piensa rogarle más y le muestra su descontento en la siguiente epístola la cual fue la número trece:

“Voy a probarte que no soy tan dócil, como anoche me reprochaste, a tu antigua orden. Voy a saludarte con la pluma, ya que verbalmente no puedo hacerlo hoy. ¡Vida mía! ¡Qué mala noche he pasado, qué mala estoy, qué triste…! No tengo vida sino para amarte; para todo lo que no es tu amor estoy insensible” (Scott 162).

En estas simples líneas alcanzamos a ver cómo ella está cansada de tanto ruego y al parecer no está dispuesta a seguir haciéndolo, aunque irónicamente pensaba lo mismo en las últimas dos cartas. Increíblemente, después de esta carta la autora escribió veintisiete más, ¡sumando un total de cuarenta! En una de las últimas, la enamorada empedernida se da cuenta de que Don Ignacio de Cepeda se va a casar. Una verdad que le abre los ojos y le hace ver por qué ha estado recibiendo tanto rechazo en la mayoría de las cartas recibidas:

“¡Con que piensas casarte!… No te lo censuro, ni lo apruebo, […] El matrimonio es mucho o poco, según se considere; es absurdo o racional, según se motive. Yo no me he casado, ni me casaré nunca; […] porque el hombre a quien me uniese debía ser no solamente amable, sino digno de veneración; porque no he hallado, ni puedo hallar un corazón bastante grande para considerar las cosas y los hombres como yo los considero” (Scott 164).

En este fragmento, logramos ver la opinión de Avellaneda sobre el matrimonio y la explicación del por qué sigue soltera. Lo más interesante lo podemos ver al final cuando se despide dejándole saber a Don Ignacio lo siguiente: “Adiós; acabo de publicar una oda, que ha alborotado a Madrid, y que me ha valido un gran regalo del Infante D. Francisco de Paula. Te la mandaré un día de éstos, y hoy me repito tu amiguísima.” (Scott 165).

Al plasmar la palabra oda ella se refiere al segundo poema titulado “A él”, el cual hemos venido tratando de descubrir por qué contiene tanto sentimiento negativo y a la misma vez se pudiera decir que encierra una melancolía y desilusión.

Al parecer le toma cuarenta cartas a la Avellaneda para darse cuenta de que Cepeda nunca le va a corresponder. Su obsesionado amor la hace ver y sentir cosas que en realidad no son llevándola a sufrir la gran desilusión amorosa de su vida y esto la inspira a escribir el poema dedicado “A él”.

En conclusión, a través del tiempo se han escrito muchos poemas y no todos con los mismos motivos o abordando los mismos temas. Sin duda, el poema titulado “A él” de la Avellaneda, es un magnífico ejemplo del romanticismo latinoamericano por el mensaje intimista que transmite. Y, por su puesto, porque está cargado de lirismo, de una apertura sentimental que incluye expresar con libertad resentimientos escondidos y otros motivos que llevaron a la autora a plasmar tanta desilusión y desprecio hacia el que en su momento fue su más preciado tesoro. Cabe mencionar, como dice el viejo dicho, sólo hay un paso del amor al odio.

Contacte al autor: raul01.07@hotmail.com

Obras Citadas

Chang-Rodr, Raquel, and Malva E. Filer. Voces de Hispanoamérica : Antología Literaria. Boston: Heinle, 2003.

Gómez de Avellaneda, Gertrudis. Cartas de la Avellaneda. Madrid: Linkgua Ediciones, S.L., 2007.

Scott, Nina M., ed. Madres Del Verbo : Early Spanish-American Women Writers – A Bilingual Anthology. New York: University of New Mexico P, 1999.


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