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CRONICA ELECTORAL

Ambiente en la macro sala de prensa

Por Manuel Murrieta Saldívar
—Enviado especial—

CIUDAD DE MÉXICO.- (CULTURADOOR) La noticia estaba en el IFE la mañana del 5 de julio cuando descubrí que López Obrador encabezaba el segundo conteo con poco más de 2 puntos. Eran alrededor de la una de la tarde y yo no podía estar en otra parte más que ahí, no en el PRD con sus protestas en el zócalo porque ya lo había hecho un día antes, no en el PAN porque estaban esperando un resultado que de nuevo los favoreciera y miraban hacia donde yo iba. El olfato periodístico rara vez se equivoca, como no se equivocó el haber dejado Phoenix y Hermosillo para lanzarse hasta el centro donde estaban los ojos del planeta. Una elección empatada, algo a punto de explotar, la pólvora, la mecha y el fósforo estaban a mi alcance, en el IFE, precisamente.

ALREDEDOR DEL IFE

Apenas me había repuesto de una ajetreada noche de redacción, así que Gibrán y Omar, mis brazos derechos en ciudad de México, de inmediato encontraron la dirección y la ruta más rápida para llegar al castillo del Dr. Ugalde, presidente del IFE. Nos recibió un contingente de perredistas en ascenso frente a los barandales negros que dividen el viaducto Tlalpan de la explanada del edificio donde se cuenta la democracia: estaban teniendo su cuota de felicidad y nadie les advertía que podría ser efímera.

Algo de lo mío sintió una enorme tristeza porque cantaban una victoria como si ya fuera definitiva a pesar de que los números a favor de López bajaban lentamente. ¿Por qué no les explicaban que no se podía festejar hasta que se contara la última casilla? ¿Les estaban dando sólo un goce fugaz? Entre veladoras que en el piso formaban el mapa de México, entre enmascarados de vestimenta amarilla, entre pancartas acusando al IFE de fraudulento, entre el arrobamiento que produce un triunfo esperado por los pobres quizá durante siglos, festinaban: “¡Voto por voto, el resultado es otro!” a favor del Peje a diferencia del primer conteo.

Con dolor de mi otro yo, tuve que abandonar esas caras morenas de origen humilde, extrayendo al máximo su rayito de esperanza, casi yo diciéndoles que esperaran con calma, que incluyeran la posibilidad de que los números podrían cambiar y así no sería tanta la debacle.

Y es que periodísticamente debía estar allá adentro, entrar al epicentro del conteo, en lo que creí no había ninguna posibilidad. Entonces me armé de una iniciativa tipo primer mundo, me puse exigente, me acerqué a los guardias en las rejas mostrándoles mi gafete de prensa, mi grabadora último modelo, cámara digital con Gibrán y Omar como asistentes.

Había que demostrarles que yo no era un tipo cualquiera, que podrían rechazar a un “corresponsal extranjero” capaz de desprestigiar la imagen de la elección. Con todo eso tras de mí, creo que demandé, “necesitamos entrar”. Y produjo efecto:

—Vete a cien metros hacia la derecha y ahí está la entrada principal. Ahí te atienden.

Cinco guardias de seguridad me interceptaron y luego apareció uno de corbata. Repetí la operación y mientras su mirada se enfocaba en el gafete de Culturdoor con su dirección en Arizona, intuí que iba a entrar. Preguntó por el de mis asistentes, chavos de pelo largo y vestimenta informal, pero entre la rapidez y nerviosismo no recuerdo qué le dije, “Haz entrar a uno más, es mi fotógrafo” o algo así. Y nos dejó pasar a los tres…

¡ACREDÍTALOS!

¡Ya estábamos adentro del IFE!, caminando frente a sus enormes letras doradas, escuchando la gritería perredista pero al otro lado del barandal, el ruido de los motores de camiones y carpas de medios de comunicación nacionales e internacionales. Pero aún había más filtros porque el encorbatado nos instruyó:

—Váyanse al frente de las escaleras donde están aquellos funcionarios. Digan que son periodistas que vienen a acreditarse.

Lo hicimos, nos pidieron credenciales de identificación “válidas” que, paradójicamente, eran las mismísimas credenciales del IFE para votar. Me dieron a cambio otro gafete de “visitante” y nos enviaron, finalmente, hacia adentro del edificio, Unidad D, pasando por una puerta detectora de metales y estampando nuestras firmas. Ahí nos acreditarían como corresponsales extranjeros con alcance en la zona de frontera operando desde Phoenix.

Adentro era un hervidero. Esperamos, nos sentaron, pidieron más identificaciones, checaron archivos de cómputo, el nombre de nuestros medios, nuestra procedencia, cuándo habíamos llegado, etc. Yo sólo escuché una orden venida de una oficina con la puerta entreabierta:

—Acredítalos, dales todas las facilidades. El cielo ya estaba cerca, íbamos entre nubes con Kim Cervantes como un ángel, la funcionaria ojo azul que nos atendió, como lo hizo con otros cientos de periodistas. Nos tomó las fotos, imprimió y enmicó los enormes gafetes oficiales, les puso el cordoncito y sólo faltó que nos lo colgara al cuello como una llave mágica que abriría las puertas hacia donde se cuenta la voluntad de un pueblo. Luego nos guió, con una cortesía pasmosa, al interior de la macro sala de prensa guareciendo la danza de los números previo chequeo del último reducto de guardias masculinos y femeninos.

UN ENCIERRO GIGANTESCO

Al entrar supe por qué era una sala macro: jamás había visto tal cantidad de computadoras relucientes, cientos de ellas, conectadas a Internet de banda ancha, tres pantallas de televisión gigantes, como las pizarras de los estadios, mostrando el mapa de México dividido azul al norte y amarillo el sur y, a su izquierda, el bocado apetecible, la fuente primaria de la noticia del momento y de la historia: las terroríficas barras que indicaban los porcentajes que iban obteniendo cada candidato en lapsos de tres o cuatro minutos.

Leonel Cota y otros dirigentes del PRD y del comité de campaña de López Obrador hacen acto de presencia en el IFE

Visualizando todo esto, sólo escuchaba el murmullo de Kim Cervantes mostrándome la mesa con decenas de boletines de prensa, las conferencias realizadas, que si quisiera entrevistar a algún consejero que sólo se lo pidiera a ella. Ahora yo ponía la mirada en las paredes tapizadas de casetas telefónicas en las que podías hablar larga distancia a cualquier parte, como lo comprobé al menos unas tres veces, rodeadas de televisiones sintonizando noticieros, los faxes, las cafeteras, las impresoras, las chulas edecanes de negro ofreciendo reportes fotocopiados. Todo esto, horas después, entre el aburrimiento del avance del conteo, hasta me parecería sospechoso. Una gigantesca sala de prensa a nuestro total servicio encerrados por más de 30 horas. Vaya, hasta nos daban pases para comer gratuitamente, al lado del domo, verdaderos banquetes sin límites, ya sea en el día, la noche o la madrugada.

Cuando Kim terminó sus explicaciones y se despidió me sentí liberado. La macro sala de prensa era ya toda para nosotros, al tú por tú con los de los CNN o TV Azteca, El Universal o Radio Fórmula, Univisión, La Jornada o Los Angeles Times con sus fachosos fotógrafos rubios pasándose como mexicanos—”esto es un desmadre, me traen como calzón de puta”, diría ya en confianza. Checamos territorio y a placer cuanta computadora estuviera disponible, funcionando a la perfección.

Era nuestro turno: había que ponerse a trabajar enfrentando un fenómeno que no era para reflexionar ni analizar, no era para una crónica, un reportaje o un artículo, nada de literatura. Había que hacer notas rápidas, boletines de prensa instantáneos, vaya, ni siquiera para un periódico a diario. Debíamos actuar vertiginosamente como para televisión o la radio, si, pero, ¿nosotros para quién? Recordé que traía mi computadora portátil cargada con los programas para actualizar páginas Web y encontré la salida para no pasar inútilmente la noche y la madrugada nada más mirando pantallas.

Instalé el equipo, recibió señal de Internet, se abrieron nuestras páginas web y los programas y entonces nos organizamos: Gibrán tomaría fotos—de todo, por favor—Omar me pasaría los datos y yo actualizaría la información con números y breves textos para subirlos a nuestro sitio www.culturadoor.com, no importara que pocos nos visitaran, además de enviar reportes por las listas electrónicas…no éramos literatura sino periódico instantáneo, testigos y registradores de la historia.

Simpatizantes de Obrador arrojan rollos de papel tras conocer al avance irreversible del Calderón la madrugada del 6 de Julio frente al IFE.

LA NOCHE EN QUE NADIE DURMIÓ

Así pasaríamos las horas, y lo que nos quitaba el sueño no eran tanto las tazas de café o el raleigh fumado a las afueras escuchando perredistas, era sentir ser la historia, recibir la mirada y las conciencias de todo México esperando esos números, que allá afuera, en lo que ya se manejaba como la noche en que nadie durmió, tenías una responsabilidad, no sólo tu curiosidad ciudadana, de dar a conocer los resultados a tu cachito de mundo.

Repetíamos la operación decenas de veces: la pantalla se ponía en blanco, señal de un cambio de las estadísticas, todos íbamos a observar el nuevo porcentaje de los votos, cuánto para Obrador, cuánto para Calderón, los demás ya no importaban porque por lo regular permanecían fijos. Luego íbamos a nuestros medios de transmisión, micrófono, cámara o computadora, y cinco o seis minutos después, las cifras que veíamos en las pantallas aparecían por todo el planeta en las páginas Web de los periódicos o circulaban en la radio o las ondas de televisión. Cada medio informativo haciendo sus cortes noticiosos, ampliando programas o eliminando otros, abriendo páginas nuevas o ediciones especiales, la reina de la noticia era la votación y todo lo demás ya no existía.

Pero de vez en cuando sucedía un rompimiento de rutina y saltaban los chicos de la prensa como ganado desbocado: no podíamos perdernos la visita de los líderes del PRD, Leonel Cota, Jesús Ortega y Manuel Camacho, todavía optimistas y envalentonados, con números a favor, exigiendo que Ugalde declarara públicamente avances del conteo a favor de AMLO.

Luego la aparición del propio presidente del IFE, a manera de contrerrespuesta, anunciando lo que habían pedido los perredistas: cautelosamente dio un avance del conteo, que todavía favorecía al Peje, pero advirtiendo “la regla de oro de la democracia”, gana el que tiene más votos una vez finalizado el cómputo. Otro movimiento telúrico, literalmente, sucedió cuando arribó un histórico personaje de la izquierda: Pablo Gómez, dicharachero y radiante, rodeado por la fuerza de la prensa, con tanta insistencia, que el piso de madera, cubierto de alfombra gris, reventó causando espasmo y ruido general. “Bueno—comentó—nada más con que no reviente el sistema”, recuerdos del ‘88 que todos festejaron con sonrisas auténticas. Horas más tarde llegarían Manuel Espino y Santiago Creel, panistas serios porque Calderón aún perdía pero manifestaban confiar en el repunte.

Todos ellos llegaban comopara inspeccionar, ejercer presión, cuidar su botín electoral, que no hubiera rebatinga alguna, casilla tras casilla ahora sí contaban. Al retirarse, volvía la quietud y la frialdad de las pantallas, un silencio en la sala con sus murmullos de los periodistas despiertos y algún corte de la televisión nacional. El avance de la noche empezó a traer la madrugada. Entre los cambios de números a veces sucedía el encuentro y saludo con otros periodistas, nuevas salidas hacia los sanitarios, la fumadita o el café.

En tanto, irremediablemente, Calderón subía y el Peje bajaba, siempre así, nunca lo contrario ni siquierauna centésima una sola vez. Surgía, ahora sí, la reflexión y comentarios fuera de récords. El más sonado: si el IFE había dicho que los números podrían cambiar en cualquier momento, subir o bajar, bajar o subir para cualquiera de los cuatro, ¿por qué siempre bajaba Obrador y subía Calderón?

Otros comentaban, oye, pero dónde están contando, en qué parte del IFE, dónde reciben los números y alimentan el cómputo, donde están los operadores, no vemos nada, no nos dicen nada. Nos tienen muy contentos, conformes y quietesitos en esa maravilla de macro sala que, de tan eficiente, cómoda y música ambiental de Francisco Céspedes, ningún periodista quiere salir de aquí.

Manuel Espino, Santiago Creel y otros agentes panistas, ante su visita a las instalaciones del IFE en la noche del 5 de Julio.

UNA CENTÉSIMA MÁS AL AMANCECER

Luego captaríamos el cambio de fecha, del 5 al 6 de julio, y pasados 50 minutos después de la media noche seguía bajando el puntaje del Peje pero aún con delantera. Las pizarras señalaron, con el 94.53. % de casillas computadas, 35.93 % para el tabasqueño en tanto que para Calderón 35.28 %, con 0.65 de diferencia.

Fue entonces que sospechamos lo iban a alcanzar si la tendencia de unas 20 horas proseguía: el PAN siempre subiendo, la Coalición bajando. El cruce ocurriría en cualquier momento y, todavía más, sucedería la remontada mientras que afuera los festejos perredistas disminuían y estaban a punto de cambiar sus consignas por las de acusación de fraude.

Nadie estaba conforme, lo presentía, el IFE por la bronca que se le vendría encima, ambos candidatos por no lograr votaciones contundentes, sus seguidores por una victoria pirrica, o por una derrota que llevaría la elección a los tribunales. Vaya, ni siquiera los periodistas, clamando porque acabara la lentitud del conteo, dejar el desvelo, cansados ya sin nuevos elementos que los relevaran. A la una con 11 minutos del jueves 6, la diferencia se redujo a 0.57 y titulamos nuestro reporte como “Calderón por alcanzar a Obrador”. Así lo seguimos manejando las siguientes tres horas, reduciéndose la diferencia sin parar, sin que se pudiera hacer nada, no valían gritos de ánimo, porras, vivas, como en los partidos de futbol donde el jugador saca las fuerzas que quedan con lo último de su aliento.

Sólo seguir mirando, como lo hacíamos adentro y fuera del fortín. Hasta que dos tres parpadeos pusieron en blanco las pantallas, ya lo presentíamos, se desamodorraron los periodistas en medio del insomnio, prepararon cámaras, nos fuimos acomodando en las pantallas, alistando libretas y plumas, apuntando la mirada…y sucedió: creíamos que ocurriría un empate, un cruce de numeritos, pero el salto fue repentino, aguijoneante, en directo, doloroso para unos, festivo para otros.

Cuando reaparecieron las barras indicadoras ya estaba iluminado el cambiazo, exactamente a las 4:01 de la madrugada: no hubo nunca un empate, Calderón surgió con una centésima arriba, 35.60 contra 35.59. Seis minutos más tarde todo el planeta lo sabía, lo recuerdo muy bien.

El Universal.com, por ejemplo, registró que la voltereta se dio a las 4:07, supongo que por el tiempo de envío del mensaje y de montarlos en sus servidores Internet. La televisión comercial mostraba ya la algarabía en la casa del PAN, Calderón con su discurso de triunfo, en tanto que Obrador anunciaría impugnación. Afuera, entre el frío pegajoso de la madrugada, los cantos triunfalistas del PRD se habían transmutado no sólo a un silencio triste sino a llantos y rabia. Ya gritaban acusación de fraude mientras lanzaban al interior del edificio rollos de papel sanitario simbolizando un conteo sucio que había que limpiar de nuevo.

TOMAR LA FOTO DE UGALDE

¿Qué más faltaba?: finalizar el 100 por ciento del conteo, esperar los porcentajes finales y tomarle la foto a Ugalde anunciando al ganador. Casi todo sucedió a las 15:04 de la tarde, cumpliéndose el pronóstico: los números si tuvieron tendencia, contrario a lo impredecible anunciado con anterioridad; en unas 20 horas todo fue subir para el panista y bajar para el perredista.

Ugalde oficializó el triunfo para Calderón unas tres horas más tarde con 35.89 por sobre 35.31, como lo indicaron las sospechas. Lo único que no se había cumplido para nosotros, después de 30 horas sin dormir, fue la foto de Ugalde: la tomamos frente a la enorme pantalla cuando nosotros creíamos la tomaríamos en persona, él al centro del presidum en la macro sala de prensa.

Pero Ugalde nunca ingresó, quizá temiendo la avalancha de periodistas que él había acreditado, a quienes les había puesto incluso más de lo necesario para que difundieran su trabajo electoral. Ugalde sabía que lo esperábamos con tanta ansiedad que mejor prefirió rehuir…

Contacte a Manuel Murrieta: editor@culturadoor.com



3 Comentarios a “Treinta horas de encierro viendo ganar (y perder) al Peje”

  1. Por: Crónica de un fraude anunciado. Oh, la inocencia perdida. en Mar 30, 2012

    Bien por el buen periodismo y los buenos periodistas. Felicidades estimado Murrietita.

    escoboza.ar@hotmail.com

  2. Por: Efrén Díaz en Mar 30, 2012

    Muy interesante tu reportaje Manuel, practicamente lo devoré como sintiendo la ansiedad de los momentos que viviste en el IFE, recuerdo que estuve al pendiente en tv azteca del conteo y fui de los felices porque ganó Calderón,yo, como la mayoría en Sonora le dimos nuestro voto y no me arrepiento.
    saludos Manuel

    Efrén Díaz
    efren7898@prodigy.net.mx

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  2. Oct 9, 2010: CULTURAdoor » » Culturadoor 53
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