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VIAJEROS

Gente viviendo en las orillas del río Sena, mujeres pidiendo limosna en Barcelona, hombres orinándose a las afueras del palacio de Versalles, agentes revisando papeles en las estaciones del Euro-Trail…

Muñoz y su hija Mirita en el munumento a Cervantes en Madrid
Foto del autor.

Por David Alberto Muñoz
—EXCLUSIVA DESDE EUROPA—

PARIS, FRANCIA; El fenómeno de la inmigración ilegal no es exclusivo de los Estados Unidos de América. En nuestra estancia en Europa durante el verano de este 2006, pudimos observar más de cerca la migración ilegal del continente europeo.

En Madrid solamente, se estima que existen decenas de miles de personas indocumentadas. En París, este año, unos 50,000 manifestantes protestaron en contra de la política del ministro de Interior, Nicolas Sarkozy. En Inglaterra, el Ministerio del Interior de Gran Bretaña ya ha propuesto al parlamento una serie de medidas legislativas para deportar inmigrantes indocumentados a un ritmo de 2,500 por semana. No se conoce exactamente el número de personas, pero el Ministerio estimó que hay cerca de un millón y planea enviar de vuelta a sus respectivos países a cientos de miles de ellos. Por su parte, Alemania también se encuentra batallando con una contrariedad que afecta al mundo entero, la fuga de individuos que por necesidad económica prefieren arriesgar sus vidas y lanzarse al mar literalmente con la esperanza de alcanzar una vida mejor.

Todos estos susodichos, provienen de todas partes del mundo, África, India, Pakistán, Turquía, los Balcanes, el Medio Oriente, pero también de América Latina, estos individuos se encargan de sostener la economía al igual que todos los indocumentados en el imperio rojo azul. Son en su mayoría gente trabajadora que intenta subsistir de la mejor manera posible.

En Overhausen, Alemania, tuvimos la oportunidad de conocer a dos inmigrantes turcos que hace ya más de 20 años viven dentro de la comunidad alemana.

Izmir y Tekeyán son dos hermanos que parecen ya haber echado raíces en el continente europeo. Izmir trabaja en la construcción poniendo pisos y techos de casas. Platicando entre mi alemán nunca aprendido y su poco inglés, combinado con su lengua natal y frases aprendidas de los locales, me compartió que gana alrededor de $1600 euros al mes. De esa cantidad, 900 van para la renta, 300 en la electricidad, agua y servicios básicos; si se limita a 200 para la comida, eso deja nada más 200 euros para su ropa y sus cigarros así como su entretenimiento que por regla general es simplemente ir al negocio de su hermano y platicar sobre los eventos del día. Le pregunté si estaba casado, su respuesta me sonó de la siguiente manera:

—¡No, gracias a Dios!

Tekeyán por su parte ha logrado tener su propio negocio de servicio de larga distancia por teléfono. Como él mismo lo expresó, gana lo suficiente para sostener a su familia que incluye tres hijos varones, una niña, además de su esposa que trabaja vendiendo comida turca en lo que en México llamaríamos un puesto de “tacos”. Además, envía dinero a sus padres que todavía viven en la ciudad de Ankara.

De pronto me sentí como si estuviera platicando con cualquier inmigrante indocumentado que vive en suelo del Tío Sam. Las mismas injusticias, la misma discriminación, el mismo abuso por parte de aquellos que simplemente tienen el poder, quizá la única diferencia es el país de origen. Del otro lado del charco los malos de la película somos en su mayoría latinoamericanos, de este lado del mar los patitos feos provienen de cualquier nación que no sea miembro oficial de la Unión Europea.

Sin embargo, también encontramos a una comunidad hispana que vive dentro del antiguo continente. En Madrid, por ejemplo, descubrimos que existe un gran número de ecuatorianos que trabajan de meseros en los restaurantes.

De igual forma platicamos con colombianos, peruanos, panameños, que viven manejando un taxi, o teniendo su propio negocio de curiosidades como en París, que lo que nos llamó la atención hacia este local fue la bandera mexicana puesta sobre el techo del sitio y los pesos colgados una tras otro así como un sin fin de divisas de todo el mundo. Cada vez que preguntábamos: ¿qué hacen lejos del suelo que los vio nacer? La respuesta era la misma:

—Aquí hay trabajo.

En Francia, tuvimos el privilegio de conocer a Patrick, que aunque goza del privilegio de tener papeles, nos compartió en una noche en la estación del tren St. Cloud por medio de su amigo Christophe que sí hablaba inglés, que la discriminación está vivita y coleando en Europa a principios del siglo XXI.

—¿Hay discriminación Patrick?—le pregunté. Parafraseando esta fue su respuesta:

—Sí, sí existe. Si vas a cualquier lugar la gente te observa con cierta desconfianza, simplemente por el color de tu piel. No saben nada de ti, pero se atemorizan. Creen que los vas asaltar. Si ando bien vestido, con traje y corbata gano cierto respeto, pero si voy al mismo lugar al día siguiente vistiendo simplemente mis jeans y una camiseta, el trato va a ser completamente distinto. Bueno, Christophe es otra cosa…

Uno de los grandes enemigos de la humanidad es la pobreza, la miseria hace al ser humano realizar grandes cosas para subsistir así como lo lleva a cometer las peores acciones imaginadas. La desigualdad en nuestro mundo ha causado, está causando y causará grandes problemas. Considero que si los bienes materiales estuvieran mejor distribuidos, la condición humana en términos generales estaría mucho mejor. No perfecta, continuaríamos teniendo problemas. Sin embargo, lograríamos eliminar ciertas cosas las cuales a veces ignoramos porque ya estamos acostumbrados a mirarlas.

Durante nuestro viaje observamos los mismos fenómenos sociales existentes en el Valle del Sol de Arizona, hambre, desempleo, crimen, prostitución, discriminación, explotación, desgracia humana. Gente viviendo en las orillas del río Sena, mujeres pidiendo limosna por las calles de Barcelona, hombres orinándose frente a un café en las afueras del palacio de Versalles, agentes de la ley revisando papeles en las estaciones donde transita el Euro-Trail, así como cientos de miles de personas que día a día trabajan e intentan sobrevivir en medio de un mundo que hemos heredado definitivamente en el oeste del planeta. Esa tendencia aristócrata que divide a las personas entre: “ellos y nosotros”.

Los humanos no somos iguales, pero sí tenemos los mismos derechos, al menos en teoría.

Contacte a David Alberto Muñoz:
david.munoz@cgcmail.maricopa.edu

NOTA DEL EDITOR: David A. Muñoz, reconocido académico, escritor y subdirector de esta publicación, viajó durante junio y julio junto con su familia por España, Francia e Inglaterra. Durante la travesía escribió una serie de crónicas. Ésta es una de ellas y la colección completa se encuentra en www.culturadoor.com con el nombre de Europresencias.


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  2. Oct 10, 2010: CULTURAdoor » » Culturadoor 53
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