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DESDE MÉXICO

Yo no sé si toparme con Borges fue benéfico o dañino. Aún lo siento estirándome la oreja dictándome que una idea puede quedar perfectamente escrita en pocos minutos y que mi novela de 450 páginas puede reducirse a unos cuántos párrafos

Por Anselmo Bautista

NUEVO LAREDO, TAMAULIPAS.-Si piensa usted que escribir un libro es cosa sencilla, lo invito a intentarlo…

Cuando me propuse escribir una historia verdaderamente significativa y grandiosa, tomé papel y lápiz con tanto entusiasmo que el primer problema que hallé fue cómo iniciarla. No se extrañe si me pasé todo el día mirando la hoja en blanco sin anotar una sola idea.

Tomé mis libros para expandir mi imaginación y dar nitidez a la historia que deseaba salir con ahínco de mi cerebro. Cada lectura me sugería una idea y un estilo… y a escribir como loco se ha dicho.

Llevaba ya algunas páginas que al revisarlas detecté pequeños y frecuentes inconvenientes:

1.La historia no tenía ni pies ni cabeza.
2.Algunos párrafos no decían lo que yo realmente quería decir.
3.Había por lo menos una infinidad de incongruencias.
4.Errores ortográficos y de redacción espantosos.
5.Mis modernos personajes parecían más bien simiescos.
6.La historia, en definitiva, no era más que una verde flema.

¡Gozaba yo de una total incapacidad para escribir! Este fue mi descubrimiento.

Dejé de leer, dejé de escribir. Guardé silencio, sin pensar. No sé qué tiempo permanecí así, mirando el papel en blanco con el lápiz en la mano. Tal vez una semana. ¡Qué sé yo! De pronto, como un destello, apareció con mucha fuerza pujante la respuesta al cómo empezar, al cómo mantener viva la historia, al cómo terminarla. Pude ver, entonces, cientos de hojas escritas.

No dejé de escribir, revisar, analizar, depurar mi tan deseada novela hasta que puse punto final. Pegué un salto de alegría, orgulloso de mi obra, de mi gran obra. Frente a mí, había 450 páginas tamaño carta. Ni una palabra, ni un signo de puntuación hacían más falta. Había quedado perfecto… impecable.

Fue un trabajo que me gastó meses de esfuerzo mental y físico. Horas enteras, días y noches, con dolores de espalda y punzadas en la mano que escribía, desorden en mis alimentos, desorden en mis descansos, incomunicado con el exterior. Fumando, fumando…

Jubiloso salí al aire fresco. Di un largo paseo con una sonrisa de triunfo, saboreando de antemano la satisfacción de ver publicado mi libro e imaginando a todo el mundo leer mis letras en las cafeterías, en sus casas, en el jardín. Recibiendo comentarios y felicitaciones porque mi obra no era algo que pudiera dejar de leerse. Y sí, quizá un premio Nóbel de Literatura no estaría mal. Ya de perdis, el libro más vendido.

Con estas ilusiones entré a una librería para imaginarme cómo se vería la portada de mi libro sobresaliendo del resto y casi con desdén compré uno cualquiera sin fijarme en su título ni autor.

¿Para qué, si ahí estaba el mejor de todos? El mío, por supuesto.

Más tarde descargué mi euforia confesando a mi más cercano amigo haber escrito un libro. Le expuse orgullosamente una reseña.

—Habrá que leerlo— me dijo sin interés. Fue un golpe duro en mi cara.

Regresé a casa por la noche. Con desánimo saqué el libro que había comprado. Lo hojee con flojera. Miré la portada y leí el nombre del autor: Jorge Luis Borges.

Verdaderamente que su nombre no me decía nada. Me fui de inmediato al índice. Entre los títulos, por cierto, medio raros, elegí uno: “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius”

La primera oración del cuento comienza así: “Debo a la conjunción de un espejo y de una enciclopedia el descubrimiento de Uqbar”.

Es consabido que cuando leemos las primeras líneas se reacciona sabiamente de dos maneras: continuar la lectura embelesado hasta el punto final, o bien, tirar el libro en algún rincón. En mi caso, seguí leyendo:

“…los espejos y la cópula son abominables, porque multiplican el número de los hombres.”

Consumí el cuento como si alguien me obligara hacerlo, yendo de sorpresa en sorpresa. Con seguridad, creo que no lo entendí. Tiene un no sé qué de inflexibilidad lógica que me hizo pensar en un riguroso trabajo de investigación que se proponía demostrar sin tanta dificultad la existencia de un lugar desconocido llamado Uqbar.

Pasé a “El jardín de senderos que se bifurcan”, el cual me dejó muy confundido por la manera de revelar el infinito y la eternidad.

Sin embargo, quedé más estupefacto con “La biblioteca de Babel” que me arrastró por los pasillos de un extraño laberinto atestado de voluminosos libros escritos, quizá, bajo el intenso humo de marihuana.

Y, boquiabierto, con “Funes el Memorioso”, que con su larga metáfora del insomnio acabó por quitarme el sueño.

Esa noche no dormí. Repasé una y otra vez cada uno de los cuentos sin poder desprenderme de ellos. Los consideré un montón de mentiras, luego me quedó la duda, más adelante las creí, sobre todo la existencia de ese mundo desconocido de Uqbar—y aún sigo entre el sí y el no de su veracidad, a pesar de que estoy consciente de que se trata de un simple e ingenioso cuento.

Como escritor, no contuve la tentación de imitarlo, porque de pronto me resultó que sería sencillo, además, de evidente y superable. Cierto, Borges es obvio de imitar pero el esfuerzo es en vano. El problema radica en que uno no puede diferenciarse de él. Es como si su voz dictara y uno escribiera. Así de simple.

Borges me llena de imaginación pero también vacía mi mente. Me hace sentir inteligente y torpe al mismo tiempo.

Yo no sé si toparme con él fue benéfico o dañino. Aún lo siento estirándome la oreja dictándome que una idea puede quedar perfectamente escrita en pocos minutos y que un libro de 450 páginas puede reducirse a unos cuántos párrafos.

Borges tiene la culpa de que mi orgullosa obra de 450 páginas haya terminado en la basura. Él tiene la culpa de que hasta ahora no haya podido escribir una sola línea sin que me sienta excitado y reprendido.

Contacte al autor: anselmobautista@culturadoor.com


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  2. Oct 10, 2010: CULTURAdoor » » Culturadoor 54
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