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LA TRENZA DE SOR JUANA

Por Eve Gil

Quiero decir todo lo que se ha acumulado en un alma provinciana, que lo pule, lo acaricia y perfecciona, sin que lo sospechen los demás.
I.A

Inés Arredondo fue de las pocas mujeres destacadas dentro de una corriente eminentemente masculina conocida como Generación de Medio Siglo: Tomás Segovia, Sergio Pitol, José de la Colina, Salvador Elizondo, Huberto Bátis, Juan Vicente Melo y Juan García Ponce. A los cuatro últimos los reúne una estética sin concesiones centrada en Eros y Tánatos, y con García Ponce, en particular, la unió una entrañable amistad y una empatía absoluta en cuanto a su visión del quehacer literario, amen de una pasión amorosa momentánea, inmediatamente posterior a su divorcio del poeta Tomás Segovia de quien, dicen las malas lenguas, no soportó que Juan Carlos Onetti, llegara a casa de los Segovia no en busca del gran poeta, sino de su esposa refundida en la cocina, la escritora mexicana Inés Arredondo por la que el narrador uruguayo dijo sentir gran admiración, “El comentario de Onetti—narra Claudia Albarrán, biógrafa de Inés —fue para ella sol de verano en medio de ese crudo invierno (el de su desdichado matrimonio); para Tomás y su ego, una despiadada tormenta de nieve.” (Luna menguante, Vida y obra de Inés Arredondo, Juan Pablos, 2000). Junto con Melo, Bátis y García Ponce, la entonces joven divorciada con tres hijos pequeños conformó el ya legendario Taller de la Casa del Lago.

Nacida en Culiacán, Sinaloa, el 20 de marzo de 1928, Inés Amalia, que siempre llevó el corte de moda (a la garcón en su etapa más prolífica) y conmovía por la expresividad de sus grandes ojos, dio vuelo a los demonios del subconsciente a través de impecables y oscuros cuentos. Aunque la mayoría de sus protagonistas son mujeres, casi todas victimizadas por un padre, un hermano, un esposo o un amante, en su narrativa brillan por su ausencia elementos perpetuamente ligados a lo femenino imponiéndose la pasión, la muerte y la perversión. Es directa, incisiva, incluso cruel, pero siempre sutil, maliciosamente sutil. “El verdadero fuego quema sin anunciarse”, escribe Evodio Escalante respecto a la narrativa arredondiana, haciendo hincapié en su empleo magistral del understatement (sobreentendido) como técnica literaria. (“La poética de lo siniestro”, Lo monstruoso es habitar en otro, encuentros sobre Inés Arredondo, Luz Elena Zamudio, coordinadora, UAM, Juan Pablos, 2005). Como García Ponce, Inés restringe al máximo el devaneo con la metáfora, lo cual no la exime de ser poética y vagamente filosófica. La anécdota en sí, más que la manera de contarla, es lo que importa para Inés, como señala Graciela Martínez Zalce: “Los cuentos (de Inés) siguen por lo general una estructura tradicional de inicio, desarrollo, clímax, desenlace”.

Primogénita de un ginecólogo llamado Mario Camelo y de una señorita de la sociedad culiacanense, Inés Arredondo, la escritora decidió tomar el nombre de esta no tanto por homenaje a su madre sino al hombre más importante de su vida, su abuelo materno, Francisco Arredondo. También por rebeldía contra un padre que nunca dejó de engañar a su madre y que ni siquiera se molestó en respetar a sus hijos que advirtieron sus galanteos a las mucamas con las que engendró otros tantos hijos. No obstante ser personas cultas, los padres de Inés manifestaron una total incomprensión hacia la inquietud artística de su hija que ya a los ocho años se encerraba a leer en su habitación para salvarse de sus salvajes hermanos varones. Curiosamente, quien la apoyó incondicionalmente en su deseo de estudiar una carrera universitaria para lo cual debía salir por fuerza de Culiacán, fue su abuelo materno, un ranchero analfabeto pero de extraordinaria sensibilidad… y es que como la propia Inés, don Pancho era inventor de su propia ciudad: Eldorado, pueblo al que hoy se llega por una carretera asfaltada, a media hora de Culiacán, y que habría de convertirse en el paraíso de la niña y escenario emblemático de sus futuros cuentos. Ahí la pequeña Inés podía prescindir de la etiqueta, de los moños y de la corrección en la mesa: “Eldorado fue creado, construido, árbol por árbol y sombra tras sombra. Dos hombres locos, padre e hijo, en dos generaciones, inventaron un paisaje, un pueblo y una manera de vivir. Mi abuelo fue cómplice de los dos, y trazó y sembró con sus manos las huertas que yo creí que habían estado allí siempre. Él ayudó con toda su vida a lograr la realidad inventada que yo viví. Y que fue hecha para eso, para vivirla y no para hacer literatura, lo sé. Pero cuando uso esa realidad es con la conciencia de que tiene un peso real por sí misma aparte del que puede tener en mi vivencia”, escribe en su breve autobiografía, incluida en sus obras completas. Inés, revela Claudia Albarrán, se evadiría asimismo a través de enfermedades imaginarias que se tornarían fatalmente reales con el correr de los años.

Con la anuencia de don Pancho, Inés marchará a estudiar la preparatoria a Guadalajara y de ahí saltará a la UNAM en el D.F para empezar cursando la carrera de filosofía que dejará trunca para pasarse a Letras donde conocerá a su futuro esposo: Tomás Segovia. Pese a que dicha unión sería muy desgraciada para la joven provinciana, dado que Tomás era ya un poeta laureado, amen de apuesto, al que las mujeres perseguían como abejas a la miel, desdeñando siempre a la esposa jovencita y consagrada al hogar, fue durante su matrimonio que Inés empezó a escribir. Más exactamente aún, Inés concretó uno de sus primeros cuentos El membrillo, a raíz de la trágica muerte de su segundo hijo recién nacido, José, y en el cual se aborda la primera decepción amorosa de una muchacha, que podría ser ella misma, “(…) y por más que esto entristeciera a todos —escribiría Inés en un texto de 1982 reproducido en el extinto suplemento Sábado el 29 de marzo de 1997—, mi dolor era mío únicamente. Sólo yo sentía mis entrañas vacías, únicamente a mí me chorreaba la leche de los pechos repletos de ella.”. Inés tuvo tres hijos en total: Inés, Ana y el poeta Francisco Segovia, llamado así en honor al abuelo cómplice de la escritora. Según narra Claudia Albarrán, Inés, que no había recibido un ejemplo propiamente feminista de su madre, pretendió hacerse de oídos sordos ante las fehacientes pruebas de las infidelidades de Tomás, aunque llegaría el momento en que, joven aún, se decidiría a librarse de su prisión, “De regreso del juzgado, Inés se sentó al piano y tocó por última vez el concierto número 2 de Chopin. Acababa de cumplir 38 años.” (Luna menguante, p. 122). Años más tarde conocería al que sería su segundo esposo, el médico Carlos Ruiz Sánchez, durante lo que ella dio en llamar “la visita a mis hospitales”, siendo ya una escritora respetada y consumida por diversas dolencias físicas y mentales: padecía insomnios, alucinaciones, irritabilidad, combinados con largos periodos de hipersomnia, sin contar sus problemas de la columna y la vesícula. Ya había pasado por una clínica psiquiátrica; ya había estado a punto de casarse con otro de sus mejores amigos, Huberto Bátis. El doctor Ruiz se enamoró perdidamente de ella a pesar de que las enfermedades, las penas y la afición al alcohol le habían arrebatado a la escritora su belleza de gacela, aunque su genio, todavía más bello que su rostro y su cuerpo, permanecía intacto. Ni siquiera la madre del médico, que parecía un personaje salido de los cuentos de la propia Inés y que terminó suicidándose tras la celebración del matrimonio de su hijo único, impidió que el destino se cumpliera. La biografía de Claudia Albarrán abre en forma tan poco convencional como la vida de la escritora, con el instante de la muerte de Inés, acaecida el 2 de noviembre de 1989 a causa de un paro cardíaco mientras miraba una película rusa en televisión acompañada por su esposo. “Escribir es un acto místico, es un rito —escribirá bellamente el doctor Ruiz en un texto a la memoria de su esposa —. No se puede celebrar un rito con una máquina de escribir, y menos con una computadora, Inés escribe a mano, en una tabla de clip y con un lápiz o bolígrafo, sobre papel revolución.”(“El ámbito literario de Inés Arredondo, Lo monstruoso es habitar en otro, p. 19). Diría Juan José Gurrola, otro de sus grandes amigos: “Si la vida se retroalimenta en algún lado, donde seguramente toma fuerza es en los corazones como el de Inés: sutil indicación, profunda conjetura, inesperado asombro. La finísima cortina que nos separa de nuestro otro, Inés la corría con tan sólo reflexionar un poco sobre el acontecimiento y transformarlo en su literatura.”

La producción cuentística de Inés Arredondo consta apenas de tres libros: La señal (1965), Río subterráneo (1986) y Los espejos (1988), los cuales fueron reunidos en 1988, junto con su excelso ensayo sobre Jorge Cuesta, en el volumen titulado simplemente Inés Arredondo (Siglo XXI, 2002). Aunque las temáticas varían notablemente, y van de lo dramático a lo siniestro, existe una concordancia entre los textos que sugieren un punto de partida para su análisis: lo subterráneo a lo que alude su segundo libro, lo no dicho; el enfoque simbólico de sus personajes y una constante necrófila. Sus cuentos poseen reglas internas estrictísimas, jamás se constriñen a lo que los personajes hacen, viven o piensan sino que contrapuntean la vivencia con el transcurrir de un pensamiento contrastante. “El mismo camino en diferentes direcciones” al que se refiere Juan García Ponce. Abundan los seres deformes, física pero, sobre todo, moralmente; los seres grotescos, pervertidos, siniestros, convulsos, más como descripción de su naturaleza que de un comportamiento específico. En “Los inocentes” señala algo que bien pudiera servir de explicación para el mecanismo intrínseco de los seres engendrados por Inés: “(…) los hombres entregados a sí mismos gozan con la destrucción de la belleza”. Otra constante es asimismo el leit motiv de la obra de Sade, autor al que sin embargo no leyó tanto como a Bataille: el quebrantamiento de la inocencia que bien pudiera traducirse en inmolación de la inocencia. Cuentos como “Apunte gótico”, “En Londres”, “En la sombra”, “Las mariposas nocturnas”, “Mariana” y, el más popular de todos, “La Sunamita”, son representativos de este afán. La víctima no siempre será una doncella, puede ser también un ama de casa que ante la perturbadora visión de unos vagabundos que parecen invitarla a un acto obsceno, descubre de pronto el sentido pervertido de su existir monótono. La sunamita inicia con una chica bella e inocente que visita a un tío moribundo por el que siente un tibio afecto y algo de asco debido a la naturaleza de su enfermedad que la autora tiene a bien no especificar nunca. La compasión, más que la mera ambición, la orilla a casarse en artículo de muerte con el hombre que desea hacerla su heredera universal, pero cuando el moribundo se revitaliza gracias a la lujuria que le incita la simple visión del cuerpo juvenil, ella se enfrenta a un lento proceso de degradación física y moral. Inés supo traducir como nadie el lenguaje de la mirada. No pocas veces asistiremos a diálogos extraordinariamente mudos donde son los ojos quienes apelan y se gritan. Las atrocidades que desfilan ante estos mismos ojos, y que el lector solo puede ver a través de estos, resultan terriblemente nítidas, inquietantes. Nos resulta muy fácil recapturar emociones que nos son transmitidas y no descritas, aunque los personajes se nos presenten tan despojados de cara como la niña del estremecedor relato “Orfandad”. Las atmósferas irrepetibles, donde el erotismo se confunde con la muerte, son producto de una íntima especulación de Inés quien llegará a la conclusión de que “la única mirada de amor imperecedera sólo puede ser la última”.

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