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LA TRENZA DE SOR JUANA

Por Eve Gil

Auliya, la primera novela de Verónica Murguía, publicada por primera vez en 1997, hizo preguntarse a Carlos Fuentes si toda la literatura no es, en el fondo, un heroico intento de recuperar los poderes perdidos. Su lectura obra el milagro de instalarlo a uno en el flagelado cuerpo de su heroína de catorce años, cuyo nombre da título a este libro encantador en más de un sentido. Influida hasta la médula por Scherezade, Verónica recupera esas redes mágicas y olvidadas de la más antigua técnica narrativa (el suspense), para contarnos esto, que muy bien podría ser la milésima segunda de Las mil y una noches, con la pasión de quien entiende que su sobrevivencia depende de mantener al lector en vilo. Auliya recobra, pues, no sólo la esencia la esencia de la narración oral. Recupera también la inocencia de los transeúntes para quienes el mundo se detiene ante la aparición del narrador callejero, cuya sola visión ya promete una magnífica historia.

Nacida el 5 de noviembre de 1960, Verónica descubrió su vocación literaria mientras estudiaba historia en la UNAM. Ambas pasiones se fusionan con una irresistible atracción por lo fantástico, lo que dificultará a los críticos melindrosos el encasillarla. Yo me inclino por denominarla como ficción histórica, no obstante que pronto incursionará en la literatura urbana con una novela ambientada en la Colonia del Valle, donde vive y ha vivido siempre. Pero Verónica es contundente al afirmar que lo suyo es la ficción histórica y ya prepara una novela que tiene por marco la peste que asoló a Europa durante el siglo XII, pero sin Juana de Arco:
“Sin embargo a mi época no la cambio por nada -asegura con una enorme sonrisa que acentúa su gran parecido con Julia Roberts-: -No concibo un mundo sin anestésicos, sin antibióticos, sin Prozac… ¡sin computadora!…

Auliya (Era, 2005) es una declaración de amor a la cultura árabe, la cual subyuga a Verónica desde niña. Como los relatos de su colega Scherezade, está ambientada en la Bagdad mítica cuya devastación presenciamos recientemente por televisión. Los ojos de Veró-nica se empañan en recordar las imágenes de los palacios milenarios reducidos a cenizas y polvo.
Aunque no fue intencional en Verónica, su Auliya podría representar el dolor ancestral de ser mujer en el Oriente Medio . Aldeana, hija única (al nacer de pie desgarra las entrañas de su madre, Leila) y coja, lo que le acarrea burla y desprecio a su alrededor. Su padre la tolera a duras penas. Pero su madre la ama con todo su corazón. Las madres de Verónica son únicas, extraordinarias. Pienso en las conmovedoras nodrizas de “El idioma del Paraíso”; en la mujer de Lot del cuento de mismo nombre y hasta en la madre de Salomé en “La piedra”, incluidos en El ángel de Nicolás (Era, 2003). Leila intuye que su hija es especial: Auliya puede leer en el cielo cuando va a llover, y ese es apenas uno de los múltiples dones que se irán desvelando poco a poco y le acarrearán, además, la envidia de los sabios. “Ella, que era como los beduinos de los poemas de al-Mutonobi: pobre, valiente y sabia.”

Más exactamente, será el amor lo que desatará los poderes de la jovencita. Su correspondido amor por Abú al-Jakum, un joven principesco que la salva de morir en el desierto e inflama la imaginación de su salvadora al narrarle las aventuras de Simbad el Marino. Criado en un harem, Abú al-Jakum no ha visto jamás el rostro de mujer alguna: sera

el de Auliya el primero y último que verá: “Así era la magia: un frescor en la sangre que una plegaria llevaba a sus manos, a sus ojos, a su lengua, aunque ella no supiera qué nombre darle a esto que la completaba y la acercaba al mundo.” (p. 62). Tras su malogrado amor y la expulsión decretada por su propio padre, horrorizado de los poderes de su hija a la que sorprende acariciando a un escorpión, Auliya saldrá en pos del mar que Abú al-Jakum le ha descrito y hecho soñar, emprendiendo la dolorosa aventura del aprendizaje que la hará descifrar el lenguaje de los animales y reconocer la maldad en los rostros de los hombres, encarnada ésta en un demonio. El amor será el impulso de Auliya, quien protegida por el alma de su amado encerrada en un milano, se incorporará una y otra vez ante los embates de la sed, la violencia y la injusticia. Señala Verónica que la escritura de esta novela le fue muy dolorosa, no sólo por la dificultad que entraña la escritura de una novela de estas características, sino, más que nada, por las tremendos y agotadores sufrimientos de su heroína: “Auliya no tiene nada mío -asegura- más bien, ella tiene poderes que a mí me encantaría poseer, como el de hablar con los animales.
Su relación con el milano… yo adoro a las aves de presa… pero no me gusta verlas en acción. Cuando las veo en el zoológico, me dan ganas de abrazarlas.

El ángel de Nicolás reúne siete relatos largos que recrean de una manera muy libre e imaginativa episodios muy específicos de la historia, bíblicos algunos. Dota de carne y espíritu a sanguinarios guerreros, le otorga un sentido a las actividades más pedestres y, he aquí lo más fascinante, coloca a los personajes más simbólicos de la tradición judeocristiana en circunstancias sumamente vulnerables ante los designios de Dios. En “La piedra”, vemos a Herodías temerosa de la maldición del Bautista, de la salvaje belleza de su hija adolescente (Salomé) y del temperamento voluble de su marido, Herodes. En “La mujer de Lot”, ésta, que no tiene nombre, intenta entender qué de terrible hay en el hecho de que las parejas se manifiesten su deseo en las calles de Sodoma y Gomorra, deseando que el insensible Lot tuviera por lo menos una atención para ella, “cuando mi boca se cerraba sobre la suya y mi cuerpo húmedo de sudor se deslizaba sobre el de él, no eran sólo hijos lo que yo quería.” (p. 20).

Jorge Aguilar Mora destaca la habilidad (asombrosa, agregaría yo) de Verónica para emplear sólo las palabras justas, el ritmo exacto y las imágenes precisas, algo verdaderamente difícil de lograr tratándose de un género que exige el derroche en la descripción de las atmósferas, los vestidos y las costumbres. Autora asimismo de varios libros infantiles, Verónica Murguía es esposa del laureado poeta David Huerta, de quien dice recibir el impulso para seguir adelante en el muchas veces doloroso oficio de la escritura. Como diría Nicolás en el año 812 de Nuestro Señor Jesucristo: “La pluma con la que escribo estas líneas tiembla en mi mano y mancho el pergamino costoso que me han dado los monjes.”

Eve Gil: evelinamaria@gmail.com


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