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Por Federico Campbell

—Especial para Culturadoor.com—

A Ismael Sanmartín y mis compañeros periodistas de Noticias, en Oaxaca.

CIUDAD DE MÉXICO.- Laura Cortés publicó el jueves 10 de agosto en Milenio Diario una notable investigación periodística acerca de si es posible determinar y demostrar la paternidad de un texto anónimo. El método estilo estadístico que da a conocer en este reportaje el doctor en física estadística de la UNAM, Enrique Hernández, se aplicó —a solicitud de la reportera— para comprobar la hipótesis de que Carlos Fuentes es el verdadero autor de Los misterios de La Ópera, la novela que la editorial Plaza & Janés puso en circulación hace cinco meses firmada con el pseudónimo de Emmanuel Matta.

Tal vez para poner a prueba la vieja idea de que lo que importa y vende es el texto y no el autor o el nombre, tal vez para poner en juego una “estrategia” de marketing editorial aunque ello implicara el pecado menor de engañar al público, Plaza & Janés colocó en el mercado 25 mil ejemplares de Los misterios de La Ópera ofreciéndolo como la novela de un “escritor mexicano consagrado que un día amaneció de buen humor para realizar un divertimento”.

El equipo de investigadores dirigidos por Enrique Hernández estableció, con una probabilidad del 95 por ciento, que Emmanel Matta y Carlos Fuentes son una y la misma persona.

Como suele hacerse en estos casos (ya se hizo con las obras de Shakespeare para corroborar que él fue su inequívoco autor), los analistas tuvieron que proceder a partir de comparaciones. No se puede llegar a ningún lado en este tipo de averiguaciones si no se tiene un candidato, escritor de cartas o libros, para confrontarlo con la escritura y el estilo del pseudónimo investigado.

Los investigadores aplicaron tres pruebas estadísticas y lingüísticas a tres obras de Carlos Fuentes escogidas al azar: Las buenas conciencias, El instinto de Inés y Viendo visiones. Al cotejar los textos y “cruzarlos” con las páginas de Los misterios de La Ópera llegaron a la conclusión de que los cuatro libros fueron escritos por el mismo autor.

Es una empresa que puede ser fascinante para cualquier detective literario con conocimientos de computación. Si antes se hacía con tarjetas y cientos de cuadernos y durante mucho tiempo, ahora existen programas computacionales para dar rápidamente con el novelista enmascarado.

Se sabe que en tiempos del nacionalsocialismo alemán la Gestapo tenía equipos de críticos literarios para determinar, por medio del análisis y las comparaciones estilísticas, la paternidad de los panfletos anónimos.

La clave del método estiloestadístico es, pues, contar con un texto que se pueda comparar con los escritos del autor en cuestión. Hay que encontrarle al sospechoso sus manías estilísticas y establecer el mayor número posible de similitudes: el tamaño de los párrafos, la respiración de su frase, el uso de determinadas conjunciones, la inclinación por ciertos estribillos y la afición por ciertos signos de puntuación. Es como si estas características fueran “huellas digitales lingüísticas” muy personales del autor que se agazapa tras un pseudónimo. Aunque no quiera, en el texto queda su impronta. Porque el estilo es inconsciente.

El método podría tener aplicación asimismo en los juicios penales por difamación o amenazas. Lo ideal sería trasladar sus técnicas a la electrónica y buscar la autoría de los libelos de Internet que operan en el reino del anonimato y la impunidad.

Hubo una época en México, durante el movimiento de 1968 y en los años subsiguientes, en que a cierto secretario de Gobernación, Luis Echeverría, y luego a cierto Presidente, Luis Echeverría, les daba por creer en el libro como instrumento de propaganda política (en un país en donde no se lee mucho). Y empezaron a aparecer de pronto libros apócrifos destinados a desacreditar a personajes como José Revueltas, Julio Scherer García, Daniel Cosío Villegas, a vilipendiar el movimiento estudiantil de 1968 o despistar al lector sobre la matanza de los Halcones en 1971.

El “clásico” de estos libelos es El Móndrigo, una joya en la historia de la literatura de la infamia, armado en forma de diario, y encomendado para su confección a un redactor de oficio y con experiencia literaria. Nunca se ha demostrado quién fue su verdadero autor (se sospechaba de un filósofo brillante y de un periodista mañoso) y todavía sigue esperando que alguien se ponga a procesarlo en una computadora.

Sin embargo lo importante de la indagación periodística de Laura Cortés es que replantea la necesidad de reflexionar sobre los libelos electrónicos, difamatorios y anónimos (aunque los patrocine el Consejo Coordinador Empresarial), que tanto ofendieron a no pocos espectadores de la televisión y denigraron sin piedad, y sin razón alguna, a un candidato. Porque, como es propio de nuestra época y en un país mayoritariamente ágrafo, el libelo moderno es televisivo, un clip o un spot en el que se miente y se injuria de manera impune y tolerada por el IFE.

Por otra parte, la operación comercial de la editorial Plaza & Janés a nadie hace daño y ciertamente no es un crimen. Valga en su descargo lo que entre los especialistas del derecho civil —en sus estudios sobre el dolo y la mala fe—se reconoce como “la mentira del comerciante”. Es una mentirijilla tolerada, incluso positiva porque promueve la lectura de novelas y divierte a la afición literaria en general.

http://federicocampbell.blogspot.com/


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