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PRESENCIA

La gente no paraba de llegar. El lugar se me figuró ser un hormiguero donde las personas caminaban casi por inercia desplazando basura para dar lugar a la miel de la vida, y en el centro, la hormiga reina prometía satisfacer a todos los presentes con un banquete de reyes.

Por David Alberto Muñoz

Día de publicación: 16-Julio-2008

Hermosillo, Sonora, México.- Deambulaba por la ciudad que desde ya hace tiempo me ha adoptado como oriundo de su suelo, mientras hacía un calor de la chingada, debido a que en los últimos días la lluvia ha estado cayendo como si desde los sitios celestiales abrieran la llave para regar esta parte del suelo mexicano, dejando una aroma a humedad que se respiraba desde el mismo cerro de la campana.

Descubrí un poster que anunciaba: “La Leyenda Continúa” en El Palenque de la Expo Ganadera de esta ciudad.

Julio Cesar Chávez Jr. hijo de uno de los mitos del boxeo mexicano, pelaría contra Matt Vanda, un gringo que al subir al ring parecía estar a penas saliendo de una cárcel. De pronto, me emocioné al igual que un niño chiquito, y decidí asistir a dicho evento deportivo a pesar de no saber si todavía encontraría boletos, o a lo mejor podría quizás meterme como miembro de la prensa. De estas oportunidades no hay todos los días, además, ya que estoy por estos rumbos más vale que haga algo, si no la raza me va a crucificar sin piedad alguna.

Después de andar indagando sobre los pormenores del acontecimiento boxístico de esa noche, logré tener en mis manos un boleto para ver en vivo y a todo color una pelea de la cual la gente andaba hablando por las calles de Hermosillo. Incluso en el hotel Kino, llegaban personas desde Monterrey, Nuevo León, con la intención explicita, de asistir, y echarle porras al “Julito”. Definitivamente había un aire de expectación en toda la gente.

Arribamos al mentado lugar casi con puntualidad inglesa. Algunos automóviles esperaban ya antes de la hora pactada. Uno a uno el pueblo sonorense cumplía con su labor de anfitrión. Hombres solos se refugiaban unos con otros. Mujeres aficionadas al box, o tal vez simplemente mamás que le habían prometido a su hijos que los llevarían a la pelea si éstos sacaban buenas calificaciones, aparecían mostrando su belleza sonorense, con amplias caderas, y senos levantados, mientras que los periodistas que puedes descubrir a leguas, acomodaban sus cámaras pretendiendo estar listos para tomar la foto del siglo.

La arena era un lugar para aproximadamente 5000 personas. El aire acondicionado no daba a basto. No la pasamos sudando toda la noche. Al entrar nos ofrecieron una bandana con el nombre del Júnior impreso, de inmediato la amarramos sobre nuestra cabeza.

La gente no paraba de llegar. El lugar se me figuró ser un hormiguero donde las personas caminaban casi por inercia desplazando basura para dar lugar a la miel de la vida, y en el centro, la hormiga reina prometía satisfacer a todos los presentes con un banquete de reyes.

Las peleas preliminares me hicieron pensar en mi juventud. Eran chamacos de no más de 19 años de edad, flacos, chiquitos como ellos mismos, lanzando golpes casi con desesperación, con el deseo de algún día lograr ser campeones del mundo. Algunos se apresuraban demasiado, otros, sintiéndose Mantequilla Nápoles, movían sus cuerpos al son del cántico entonado por todos los asistentes en busca de nuestro propio orgullo, símbolo de la raza guerrera que pretendemos ser.

Después de varias batallas a nivel menudito e incluso una pelea de campeonato mundial mini mosca donde a penas pude ver dos puntitos moviéndose sobre el cuadrilátero, la pelea estelar llegó. La arena ya estaba llena. Parejas disparejas se sentaban junto a nosotros mostrando un joven gordo lleno de grasa igual que yo, junto a una preciosa dama que me hizo anhelar mis años mozos. Por las pasarelas hombres vestidos elegantemente ofrecían botellas de Chivas Regal, mientras las cervezas venían y venían como si fuese el mismo fin del mundo. No podrían faltar las damas que adornan la función danzando con sus cuerpos al aire, asunto al cual mi compañero de asiento simplemente expresó:

—Después de un rato es lo mismo

La algarabía llegó a su clímax. El calor se podía sentir en los huesos. Todos gritaban anticipando un instante en la dimensión del tiempo donde el orgullo nacional se eleva a sabiendas de respetar al ganador quien quiera que sea. En México seremos lo que quieran pero no somos ciegos que no podemos ver nuestra propia realidad.

Los golpes empezaron a lanzarse con saña. El Júnior obraba con bastante calma. El padre después de haber sido entrevistado y ocupar el lugar de honor ante la fanaticada local, se subió al ring para echarle agua a su retoño, ya que vio al muchacho en dificultades después de seis rounds donde el gringo no sólo detuvo la furia del joven sinaloense, sino que también golpeó brutalmente al mexicano para hacerlo retroceder ante un público que gritaba:

—¡Puto! ¡Puto! ¡Puto!

—¡No es puto!—grité—¡Está peleando al tú por tú!

Una euforia reinaba en el lugar. De cuando en cuando, entre rounds, los hombres se escapaban para ir al baño. Nunca antes había visto tantos cuates literalmente empujándose unos a otros para poder ir a mear mientras que los sanitarios de las damas estaban casi solitarios. El clímax se acercaba y el joven Chávez a pesar de defenderse no lograba noquear al contrincante.

Al terminar la pelea, todos los sabíamos, tal vez perdió el hijo de la leyenda, lo más justo hubiese sido un empate. Pero cuando Jimmy Lennon Jr. anunció la victoria de Chávez, el publicó protestó de inmediato. Lanzaron botellas y objetos al ring. El mismo Cesar Chávez hizo el ridículo amenazando a un espectador pretendiendo que se iba ir a golpear con todos aquellos que hablaran mal de su hijo, mientras que en las gradas los espectadores lanzaron golpes unos contra otros, y los privilegiados de ser testigos oculares de tal escena gritaban contra el padre:

—¡Aprende a perder Chávez!

—¿A poco porque perdiste ya no te vamos a querer?

—¡No seas mamón Chávez!

—¡Pareces niño chiquito, aprende!

—¡Somos mensos pero no pendejos!

—¡Ya ni la chingas!

—¡Deja que tu hijo sea él no tú cabrón!

Fue un clímax forzado. La gente no se llevó un sabor de victoria. Al contrario, todos le aplaudían al gringo mientras el Júnior no se podía levantar de su asiento debido al gran esfuerzo realizado. Después de varios minutos, toda la raza empezó a desalojar la sala no sin antes comprarse una última Tecate para el camino.

Salimos del lugar satisfechos, concientes de que a pesar de las excusas dadas por el padre, el Júnior necesita seguir adelante madurando pero sobre todo, reconociendo la calidad de sus oponentes, cuestión que desafortunadamente la leyenda Julio Cesar Chávez no ha aprendido todavía.

Me la pasé a toda madre. Ya algo mareado salí del recinto para seguir mi aventura de verano, que me había llevado sin querer queriendo a estar presente en una noche donde la leyenda continúa…

© 2008 Fotos y texto
David Alberto Muñoz, Ph.D.
Faculty Philosophy & Religious Studies
Chandler-Gilbert Community College
2626 East Pecos Road
Chandler, Arizona 85225-2499
(480) 732-7173
david.munoz@cgcmail.maricopa.edu


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