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Este fue el inicio de los “real visceralistas” que Roberto Bolaño conoció en Hermosillo, Sonora, y plasmó en su libro como un ideario de sublevación contra el establishment, que muchos seguimos de la mano del poeta y escritor Ismael Mercado Ándrews, en la Universidad de Sonora y cantinas del rumbo, como el Pluma Blanca.

HISTORIAS DE VIDA

Ismael Mercado Ándrews en la foto.  Archivo de Culturadoor.com

Por Mayo Murrieta

marj0937@prodigy.net.mx

—Desde la Ciudad de México, especial para Culturadoor.com—

Mi inmenso cariño  a  Ismael Mercado Ándrews

Día de publicación: 11 de abril 2011

I

No sabía que eran ellos hasta que leí a Roberto Bolaño en Los detectives salvajes, el libro considerado por la actual generación  de jóvenes como El Quijote de la posmodernidad, autoría del ilustre y sufriente Miguel de Cervantes Saavedra, la máxima figura de las letras españolas y “un escritor mal comprendido de sus contemporáneos, un hombre infeliz, un memoralista en perpetua espera del favor real”. El libro del chileno Bolaño, exhuma del olvido, remitiéndolos a Sonora y el desierto, a estos poetas “real visceralistas” hijos del infortunio y del bajo mundo de la literatura mexicana.  Los poetas Arturo Belano y Ulises Lima, aquí representan a los “real visceralistas” de los años setenta del siglo pasado, “que se perdieron en el desierto de Sonora y después mencionaron a una tal Cesárea Tinajero”, que fundó una revista llamada Caborca y fue maestra en un rancho cercano a Agua Prieta, allá por los años de 1936.  Belano y Lima llegan a Sonora a buscarla, pues ella es la primera “real visceralista” y desean conocer sus móviles para fundar esta secta de poetas piadosos y después malograrse en las llanuras desoladas de Sonora. Cesárea también radicó en Arizona, pero la encontraron finalmente en Hermosillo vieja y gorda. A Belano le entregó los veinte cuadernillos negros donde escribió cientos de poemas “real visceralistas”. Regresaron a la escuela del rancho que ya estaba en ruinas, y más adelante Cesárea murió en una riña que tuvieron con los secuestradores que venían siguiéndolos desde la ciudad de México, el 1º de febrero de 1976 al final de la extensa obra. Belano y Lima representaban la segunda generación de poetas  malditos, herederos del grupo Los Estridentistas de los años veinte y conocieron a sus intérpretes Maples Arce y List Arzubide, que proclamaban la nueva esencia artificiosa en los cantos a la ciudad y su progreso urbano…” por la avenida de rieles se desangra un tren eléctrico”, escribían desde el café del Odio. Ahora a mediados de los setenta, los “real visceralistas” eran también los descendientes del movimiento Beat de San Francisco, California, y pretendían cambiar la poesía latinoamericana.

Una calurosa tarde de julio de 1976, alcancé a ver a Ismael Mercado Ándrews y su pandilla  en la sala de espera del aeropuerto de Hermosillo, en fachas de viejos, llenos de sudor y de rostro brillante, con su abundante melena afro. Estaban provocando a los viajeros simplemente con su presencia de inadaptados…En invierno hacían lo mismo la noche de gala del célebre baile del Blanco y Negro en el palacio de gobierno. Los adinerados agricultores nylon y los ganaderos serranos, tenían que mirarlos en su desplante a la entrada, en la que se arremolinaba el pueblo a presenciar y admirar a los popys de smoking. Los poetas de Ismael, silenciosos, miraban con mordacidad  y reían irónicamente, burlándose de aquellas gentes en su aparente elegancia de envanecidos. Era todo lo que hacían estos “real visceralistas “ de Hermosillo. En México, según el autor Roberto Bolaño, los señalaban como surrealistas de pacotilla, falsos marxistas sediciosos, por aquellos días de fines de los setenta del siglo pasado.

El autor de Los detectives salvajes tiene frases oportunas sobre esta tierra norteña: “Los real visceralistas se perdieron en el desierto de Sonora, aquí nadie usa sombrero charro. Aquí sólo hay desierto y pueblos que parecen espejismos y montes pelados. Cerca de Benjamín Hill dimos vueltas y vueltas por parajes que a veces parecían lunares y a veces exhibían pequeñas parcelas verdes, y las casas más bien parecían resumir todas las penalidades del desierto, donde una mujer tenía el pelo negro, rasgos aindiados, delgada y fuerte. Cuando recién amanecía desperté y me oriné en el patio contemplando las primeras luces amarillo pálido (pero también azules) que se deslizaban sigilosas por el desierto. Me estuve mirando un rato el horizonte y respirando. El cielo de Hermosillo es rojo sangre. No se veía luz por ningún lado, nunca había vista tantas estrellas en el cielo de Sonora”, decía Bolaño. Y todo parece indicar por lo escrito que el autor conoció Sonora y estuvo deambulando por Hermosillo, lo que no sabremos,  pues murió en 2003, y que pudo enterarse de los poetas hermosillenses que jefaturaba Ismael Mercado Ándrews y de sus inclinaciones de rebeldía discrepante contra lo mejor de la sociedad hermosillense, y de los escritores y poetas oficialistas de esa época. Sin duda, los conoció y los nombró como “real visceralistas “ en su magistral obra literaria.

Este movimiento de insubordinados a la vieja sociedad de aburguesados sonorenses, cuajó en Hermosillo por los años sesenta del siglo pasado y tuvo su resplandor después de la huelga universitaria de 1967.  Los estudiantes admirábamos a los poetas  malditos Jack Kerouac y Alan Gingsberg, padres de los Beatniks de San Francisco, California, allá por la decena del 56 al 68, de la famosa Beat Generation o “generación aplastada”, un movimiento literario y social estadounidense que erigió la llamada contracultura; los rebeldes del sistema capitalista con un estilo particular de escribir y de vida, que se basaban en la total independencia, el rechazo a la política; unos individualistas capaces de ser espontáneos y formar comunas disidentes, consumir drogas-marihuana y LSD-, adoptando tesis filosóficas orientales como el Zen, forma japonesa del budismo. El buda Sakyamuni afirmaba ante las muchedumbres de jóvenes norteamericanos, que debían practicar la liberación del dolor que es consubstancial al ser y ”propone el conocimiento de las causas que lo originan(al dolor) y los modos de superarlo. Una vez logrado se interna a un estado de éxtasis perfecto (Nirvana)”. Kerouac (1922-1969), es el miembro más destacado de esta generación; escribió, En la carretera (1957) y Ángeles de desolación (1965), atrayendo a sus páginas millones de jóvenes lectores norteamericanos, y llegando su incesante influencia a Hermosillo y la propia Universidad de Sonora. Le siguió Herbert Marcuse (1898-1979), el filósofo de la contracultura. Un alemán que sometió a la crítica el marxismo soviético y a la sociedad industrial avanzada. Su máxima obra fue El hombre unidimensional (1965). Llegó a Estados Unidos en 1934, expulsado por los nazis. Profesor en Berkeley, California. Criticó profundamente a la sociedad norteamericana y a la sociedad de consumo. Autor intelectual de la nueva izquierda y del socialismo libertario,cuando publicó El final de la utopía(1967), ocasionando un furor de seguidores desde la zona metropolitana de San Francisco en la Universidad de Berkeley. El estudiante de derecho, el  mexicano Milton Castellanos Gout, intentó traerlo a la Universidad de Sonora, desde San Francisco, pero jamás pudo lograrlo. “Te imaginas Marcuse hablando desde el balcón de rectoría”,  me decía con entusiasmo.

Este fue el inicio de los “real visceralistas” que Roberto Bolaño conoció en Hermosillo, Sonora, y plasmó en su libro como un ideario de sublevación contra el establishment, que muchos seguimos de la mano del poeta y escritor Ismael Mercado Ándrews, en la Universidad de Sonora y cantinas del rumbo, como el Pluma Blanca.

Librería City Lights, San Francisco, California. Archivo

“Real visceralistas” invaden Taberna El Pluma Blanca

II

Un “real visceralista“ que llegó del Sur fue el Oso Roberto Iglesias, jefe del grupo cultural Tunastral de la Universidad del Estado de México asentada en la capital Toluca. Era noviembre de 1967, cuando fueron recibidos en nombre de la Universidad de Sonora por el poeta Alonso Vidal que los alojó en el Hotel Kino. El Oso Iglesias traía consigo todo un recital de poesía de protesta y caótica urbana, realizando varias presentaciones por el campus. Ismael Mercado y yo anduvimos con el Oso tres días de absoluta borrachera disidente, era más extraviado y protestante que los Beats sonorenses. Poetizaba a carcajadas contra los del gobierno, la clase media y los ilustrados de la época, en versos inmundicios, risotadas hirientes y tronantes, con mentadas de madre contra todo lo establecido. Nadie contradecía al Oso que se autollamaba “un marxista crítico del Presidente Díaz Ordaz, el político más represivo de México”. Desde el vivaque del Hotel Kino, pues ahí nos regalaban las caguamas sin fin. El poeta Vidal huyó espantado de nuestras  sesiones de alcohol y antagonismos. Pero, con el Oso Iglesias aprendimos a no temerle a los encumbrados oligarcas ni a los protegidos oficiosos de provincia. Así que los poetas de Ismel Mercado Ándrews rivalizaron hasta el exceso con la desobediencia civil de los “real visceralistas” mexiquenses.

Los de Hermosillo, iniciaron su poesía impresa en Información, publicando en el suplemento cultural Bogavante editado por Alonso Vidal e  inspirándose en el trovero latinoamericano Silvio Rodríguez, poeta y cantautor de los obreros. “Harían de su vida un poema”, dijo su compañero un muchacho reportero llamado Manuel Murrieta, que en la escuela de letras de la Uni-Son y en la cantina Seven O Leven de Hermosillo conoció al siguiente jefe “real visceralista”, el poeta Casildo Rivera, que gritaba en un jaleo de bebedores: “El amor lo es todo; sólo hay que amar”, acelerado por Ismael Mercado Ándrews cuyo emblema era :”No quiero ser como el amanecer que termina con todas la fiestas”, y más tarde fue el título de uno de sus libros más leídos. Los aquelarres se conocieron por todo Hermosillo y la universidad, y empezaron a llegar “real visceralistas” de la frontera, que amaban al ausente iniciador de todos ellos, el poeta gay de Caborca, Abigael Bohórquez, autor del libro Poesida, célebre en toda Latinoamérica.  Él escribía lleno de aflicciones: ”…yo sólo me arrepiento de haber amado tanto, y mal”, y de aforismos agudos: “Juan Diego, tepiltzin,/ el más piltontli de mis hijos ,/ mi coconetl:/¿checaste tu tarjetatl? “,  en Poesía en limpio, 1990.  El poeta señero y más “real visceralista” que regresó  para morir a Hermosilllo en 1995. Pero los eruditos y artistas envilecidos por las ventanillas, súbditos del control de la cultura  y la corrupción, los ofendían como poetas “sin disciplina, irreverentes que se enfrentan a todo y a todos, anarquistas en su guarida que no van a conferencias, cursos universitarios, simposios ni congresos, que no pertenecen a ninguna asociación cultural, y que son renegados y se llaman camaradas, unos cínicos que se burlan de las instituciones y de la iglesia católica “. El gringo californiano que vino a estudiarlos y a filmarlos dijo de ellos : “ Son  escritores que no escriben y no publican “. Habían nacido en la cantina  El Seven O Leven y de ahí los corrieron por “gorriones”, llegando a instalarse unos cuantos pasos adelante, en la taberna El Pluma Blanca, donde llenaron de murales todas las paredes, estos hedonistas que así vivían su pasión por el arte asistiendo a todas las fiestas estudiantiles, desafiando a toda autoridad, alumnos y maestros,  con sus poemas declamados a toda blasfemia.

Innumerables ocasiones asistí a estas reuniones de crápula sin fin, y posiblemente era uno de ellos aunque no asiduo, pero Ismael era mi amigo, él escribía para El Imparcial.  En la taberna El Pluma Blanca se daban cita poetas malditos, borrachos deambulantes y coleros, escritores desesperados(como yo, propiamante ), albañiles, estudiantes (cada vez más mujeres), mecánicos, obreros, abogados huizacheros, vagos sin oficio pero drogadictos, profesores pendencieros, homosexuales de barrios bajos, médicos de gresca, arquitectos enamorados del viejo centro de la ciudad, vagabundos urbanos, que tomábamos caguamas a 20 pesos en un ambiente de cofradía, escuchando en la rockola a nuestro ídolo Chuy Vega. Se declamaba, se ostentaban parrafadas, se escribían poemas, bailábamos hombre con hombre, maldecíamos, nos jurábamos amor en un mundo lujurioso y de torbellino, recordábamos el viejo Hermosillo y nos confiábamos las obras que publicaríamos. Adorábamos al guía resurgido el Dr. en literatura Paco Luna que gritaba: ”! Y cuando al fin comprendas que el amor es bonito y puro … yo ya fui y vine por las sodas heladas¡”, entre graffitis de John Lennon, Pancho Villa y Emiliano Zapata rodeados de mujeres desnudas y sonrientes, murales plumíferos, Papa Doc all american ataviado de pascola, tremendas mujeres con alas de ángel, arlequines llorando, Frida Khalo sonriendo lujuriosa; “por qué tomas y manejas si puedes fumar y volar”, Dalí a carcajadas, coloridos pachucos; “ felicidad al instante” una leyenda de bienvenida, y un pásale de “adiós tristeza, hola botella de vino”, calaveras fumando, más mujeres desnudas bailando con la muerte, niños hambrientos, ocasos de sahuaro y sol. Entre un gentío vociferante. Hablando el escritor Pío Daniel, también Máximo, Jesse, Armenta, se escucha al Papatzul. Recordando a Rogelio Sifuentes, que murió al salir de una cantina en el barrio del cerro de la Campana. Escribía con delirio, dejó muchos poemas desperdigados. Honrando a Sergio Rascón, uno de los mejores pintores sonorenses, magistrales y  costosas sus obras a tinta y a lápiz, como su cuadro titulado “El ocaso de Carlos Fuentes”. Con Casildo Rivera que ordena “filmen y graben todo”, impugnando a los escritores oficiosos, vividores de la Cultura  de escritorio y del gobierno en turno. Casildo Rivera editó su revista literaria La Rendija con muchos lectores y colaboradores jóvenes. Hay que mencionar al Rogelio. A Ismael Mercado Ándrews que grita “¡Vamos a la librería City Light, de los poetas malditos, en la calle Jack Kerouac de San Francisco, California, vamos allá¡”

Con todos ellos a mi lado, disipé las amarguras de la vida, escribí sin resentimientos y no fui de la casta divina de los mancebos del coro. No olvido a Rigoberto Badilla, el poeta de las tristezas.

Han pasado los años y sigo extrañándolos más y más, a los camaradas “real visceralistas” de Hermosillo, que un buen día pusiera al descubierto el fallecido escritor chileno Roberto Bolaño en su novela Los detectives salvajes. Ellos, los que me hicieron un escritor marginal y pueblerino, pero romántico idealista con designio, que aborrece las cámaras publicitarias de la vanidad complaciente…y que dejó una huella imborrable y  amorosa en los hijos del campo que me leen… desde El Pluma Blanca.

Bar Pluma Blanca. Hermosillo, Sonora, México. Archivo


6 Comentarios a ““POETAS MALDITOS” EN HERMOSILLO, SONORA”

  1. Por: Jorge Sauceda Saldivar en Abr 12, 2011

    EXCELENTE RESEÑA DE NUESTRAS COSTUMBRES HERMOSILLENSES Y SU GENTE CARACTERISTICAS COMO EL ISMAEL MERCADO Y EL ALONSO, MI MAYO, ESTA CHINGON, NO SOY POETA MALDITO PERO SI ASIDUO VISITANTES DEL SEVEN-O-ELEVEN Y EL PLUMA BLANCA DESDE MIS EPOCAS UNIVERSITARIAS, CANTINAS POPULARES .. UN ABRAZO

    Jorge Sauceda Saldivar
    cpe_ambiental@prodigy.net.mx

  2. Por: Pedro Coronado Martin en Mar 22, 2012

    Descriptivo e irreverente….Todo en un ambiente conformista e institucional….Ni modo….

    Pedro Coronado Martin
    avescare@hotmail.com

  3. Por: Eve Gil en Oct 31, 2017

    Excelente crónica. Me encuentro realizando una investigación sobre una posible estancia de Roberto Bolaño en territorio sonorense, cosa que muchos insisten en negar, y este artículo, además de ameno y excelentemente bien escrito, respalda en gran medida mis conjeturas. Muchas felicidades y gracias!!!

    Eve Gil
    integra.eva@gmail.com

  4. Por: Ricardo Echávarri en Nov 1, 2017

    Conocí, en los 80’s a Paco Luna. Fue extraordinario ese viaje a Hermosillo, y lo recuerdo porque creo que fue la última vez que los “oficialistas” de la cultura me invitaron de jurado de algo… Después decidieron mandarme al silencio y, pese a que yo acumulaba medallas (el doctorado en el Colmex, mi larga estancia en Harvard, mi comprensión cada vez más profunda del papel iconoclasta del surrealismo, incluso aquí, en el país del muro de nopal), eso no bastó para que no me levantaran la veda, que sigue casi igual desde entonces. Ya en Culiacán se estaba poniendo de moda eso de la “narcocultura” y a la poesía era sustituida por los “thrillers” y esas cosas de mimetizar el habla de narcos (que yo irónicamente decía que lo hacían mejor los Tigres del Norte). Fue tal la efervescencia de esa “mode” narca, que oí decir a un influyente comisario de la cultura, que en Culiacán había surgido el nuevo Juan Rulfo. Yo, repito, me había declarado marginal, con mis lecturas de los Beats y los surrealistas. Descubrí a César Moro, que vivió casi olvidado en la Cd. de México, y vi que había una suerte de encanto en volver a no ser comprendido. Por eso, haber venido a Hermosillo, y platicar con uno de esos poetas “real visceralistas”, Paco Luna, que me dió su “Pluma Blanca Anthology”, con los versos de esos poetas extremos, del México más extremo, alucinados buscadores de las 7 ciudades de Cíbola y convencidos de que la reina Calafia aún reinaba en alguna de sus islas comarcanas, fue aire puro, porque sentí que la poesía, aún en esos climas septentrionales, estaba llena de desaliento, de derrota, pero también de absoluta vividura…

    Ricardo Echávarri
    ricardher@yahoo.com

  5. Por: Ricardo Echávarri en Nov 1, 2017

    Conocí, en los 80’s a Paco Luna. Fue extraordinario ese viaje y encuentro en Hermosillo, y lo recuerdo porque creo que fue la última vez que los “oficialistas” de la cultura me invitaron de jurado de algo… Después decidieron mandarme al silencio y, pese a que yo acumulaba medallas (el doctorado en el Colmex, mi larga estancia en Harvard, mi comprensión del papel iconoclasta del surrealismo, incluso aquí, en el país del muro de nopal), eso no bastó para que me levantaran la veda, que sigue casi igual desde entonces. Ya en Culiacán se estaba poniendo de moda eso de la “narcocultura” y a la poesía era desdeñada y aparecieron los “thrillers” y esas cosas de mimetizar el hablar de narcos (que yo irónicamente decía que lo hacían mejor los Tigres del Norte). Fue tal la efervescencia de esa “moda” narca, que oí decir a un influyente comisario de la cultura, que en Culiacán había surgido ya el nuevo Juan Rulfo. Yo, repito, me había declarado marginal, con mis lecturas de los Beats y los surrealistas. Descubrí a César Moro, que vivió casi olvidado en la Cd. de México, y vi que había una suerte de encanto en volver a no ser comprendido. Por eso, haber venido a Hermosillo, y platicar con uno de esos poetas “real visceralistas”, Paco Luna -en el Pluma Blanca, donde alternaban, en el sentido báquico y aún boxístico del término, con la tribu-, que me dió a leer su “Pluma Blanca Anthology”, con los versos de esos poetas extremos, del México más extremo, alucinados buscadores de las 7 ciudades de Cíbola y convencidos de que la reina Calafia aún reinaba en alguna de sus islas comarcanas, fue aire puro, porque sentí que la poesía, aún en esos climas septentrionales, estaba aunque llena de desaliento, de aullidos, de derrotas, mortalmente viva, ebria de alegría, sin las poses pacianas y los dictados del centro Tenochca, vivificándose en absoluta vividura…

    Ricardo Echávarri
    ricardher@yahoo.com

  6. Por: Martín Enrique Mendívil Cortés en Nov 11, 2018

    Ay, mi Mayo… Está más que documentado que Bolaño JAMÁS estuvo en Sonora…

    Martín Enrique Mendívil Cortés
    mendivilcortes@gmail.com

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