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Daba tristeza aquella dignidad paseante de periodista, orgulloso de su labor informativa. Cómo aprendí de esa figura de abnegación voceando “¡ya salió El Sol, compre El Sol, aquí está El Sol¡” Con los fardos de periódicos bajo el brazo manchado de tinta fresca, nada lo humillaba, ni el desaliento porque no le abrían la puerta para solicitarle un periódico a las 4 de la tarde en aquel desierto; ardiente llanura desolada en la que desfallecíamos por el calor y el sol quemante. El eco del periodista llegaba hasta pueblos y ranchos, y hasta los sembradíos de algodón y vid regados por los  airosos pozos de agua…

 HISTORIAS DE VIDA
 

 

El periodista y fundador de Diario del Yaqui Jesús Corral Ruíz.(Imágenes de Archivo e Internet)

Por Mayo Murrieta

marj0937@prodigy.net.mx

—Desde la Ciudad de México, especial para Culturadoor.com—

En memoria de Enguerrando Tapia, “periodista por la mano de Dios”

Día de publicación: 15 de julio 2011

I

El columnista político de Sinaloa, Odilón López Urías, por el año de 1958 estaba dejando su huella en Cajeme, Sonora, y una estela de imitadores que salieron a las calles a repartir sus gacetillas con la información política de moda, como si fuera hoy un espectáculo de moderno medio de comunicación.  Los muchachos  escribían sus folletines percibiendo a cambio un pago por anuncios comentados, por  insertos de prensa y glosas de interés del personaje distinguido en lo mejor de la sociedad cajemense, del mundillo público y de los andares de los arcontes priístas de aquellos tiempos. Fue de época este nuevo incentivo del periodismo sonorense, como de avalancha inesperada,  en la que mi adolescencia estaba presente con ojos y mente abiertos. Conocí aquel periodismo de  mercado y consumo voraz, el de certeza y  disputa sin misericordia. De niño había sido mandadero en el Heraldo del Yaqui de Bartolomé Delgado  de León; por ahí  recalaban periodistas de fuera, verdaderos profesionales y tigres de la  información y el reportaje testimonial, vivían de eso y lo  defendían como zopilotes picoteando el costillar de una vaca tirada en el desierto. Pero, crecí entre los folletineros, columnistas políticos de la calle libreta en mano y lápiz en la oreja, como el Canguro Varela. Este era su óbolo a la marcha  del  cambio del periodismo nacional, único, irrepetible, que se estaba dando en provincia, mientras en la ciudad de México iniciaba su expresión el periodismo oficial y por encargo desde la secretaría de Gobernación. En Cajeme era distinto, los nuestros eran independientes que buscaban el sustento creando noticias y  cobrando información personal, eso me gustaba por el arrojo y la frescura de las  exclusivas que manejaban, creando de esta manera una opinión pública demandante, comprometida con el periodismo real y no dirigido desde una oficina de gobierno. Así me hice periodista entre los fascinantes  gacetilleros que iba conociendo al vagar por las calles de Cajeme.

En esta vorágine de redactores políticos, acechaba al Canguro Varela en un taller  de pintura, mantas  alusivas y rótulos, por la calle 6 de Abril cerca de la California, platicando y platicando, sonriendo aquel hombrón moreno que todo lo apuntaba en su pequeña libreta. Veía al Canguro en mítines políticos, bailes populares, torneos de box en La Coliseo, en  Lichas café y birrierías del mercado municipal…¡en dónde no se metía este columnista!  

Otro hombre muy elegante y formal lo fue Manuel Mark Tapia, que vendía por oficinas las páginas políticas de su revista a empresarios y comerciantes prestigiados en la ciudad, siempre de traje y corbata y  su  cabello envaselinado, sonrisa flamante de exitoso.  No digamos de Mario Vázquez Jiménez, tan elegante en Heraldo del Yaqui, y su compañero Mario Castro Quintero, un güerote franco y decidido buscador de noticias. Mario Vázquez viviría en 1959, como informador del pueblo, la gran  jornada cívica del “contrerismo “ en la que varios periodistas de la ciudad de México fueron gaseados y heridos sólo por venir a apoyar a El Heraldo del Yaqui en su misión informativa, lo que los cajemenses aspiraban como ciudadanos en aquel jalón democrático denostando la imposición del PRI, que no hizo candidato a la presidencia municipal a un agricultor muy querido en el Valle del Yaqui: Rafael Contreras, “El Buqui”. En este movimiento destacaría Bartolomé Delgado de León, como líder social desde los linotipos del vespertino, a donde su amada Rosa Amelia y yo le llevábamos su lonchera caliente al mediodía, entre las expresivas manifestaciones de los descontentos.

No olvido a Rafael Orduño que salía de El Dictamen, y yo esperándolo ansioso para irnos juntos a charla y charla hasta el mercado. Era un periodista jovial, con su optimismo a flor de piel ofreciendo siempre una sonrisa, y a Antonio Castellanos Olmos recorriendo la fuente del palacio municipal y de la policía buscando noticias con aquella vocación y gracia incomparables; de la mano, Albérico Goicochea un cubano sonriente y desenfadado que le interesaba más hacer amistad que llevar noticias a la redacción.

Quedé sorprendido cuando leí la columna de sociales y política de Adrián Chacho Barreras, que entre comentario y comentario intercalaba anuncios como el de “Tome Pepsi”, lo que me pareció una novedad en el periodismo cajemense de aquellos años, y una contribución también, por qué no, de ese charro negro que admiré en el Club Olímpico entre aplausos y gritos pidiéndole más canciones.

El reportero serio y conversador, Horacio Roldán Mejía, siempre tecleando la máquina de escribir haciendo notas en la redacción y sin fumar,  y a José Enrique Tino Flores que saludaba unos años después, al llevar mi colaboración para el suplemento dominical La Cultura en el Noroeste en la vieja Tribuna del Yaqui, de cuyos talleres después saldría con Heriberto León Peña a tomarnos unas cervezas heladas en el baile del Olímpico.  Al reportero León Peña lo había conocido en Claridades cuatro años antes, aquí se batía por la noticia como el mejor periodista joven de Cajeme, era mi corrector por órdenes de Bartolomé. Todos  ellos fueron mis maestros, quizás muchos hayan fallecido viejos y retirados, a los que hoy rindo homenaje respetuoso en páginas de Quehacer Cultural y de Culturadoor.com… Los periodistas cajemenses.

 

 El autor de este artículo en una de sus etapas de periodista con su esposa Amalia llegando a Hermosillo desde el D.F.

 

Hasta que un día lo esperé en Diario del Yaqui y, nervioso, tímidamente…le pedí escribir en su página cultural, y lo que me respondió fue “todavía estás muy chamaco”…

II

UN PERIODISTA CENSOR Y PUNZANTE

   A Teresa Gil Gálvez, la más bella e ingeniosa reportera

De casa en casa llegaban los rumores y con ellos Guadalupe Ledezma, y le platicaba a Rosa Amelia de Delgado que en sus tardes de café, allá en su domicilio cercano a la calle 6 de Abril, el periodista Jesús Corral Ruíz preguntaba a los tertuliantes  ¿quién había liberado a la “dama del velo” del cerco militar en el Heraldo del Yaqui? Doña Guadalupe nomás se quedaba muda sirviéndoles más café, pero nadie la implicaba. Resulta que ella había sido, junto con Arturo Saldívar, quienes subieron al director del vespertino a un coche y se lo llevaron hasta Los Mochis, Sinaloa, disfrazado de mujer con un velo; pero, a nadie se lo confiaba, aunque iba y lo repetía alegremente a la esposa de Bartolomé Delgado de León, mientras yo escuchaba absorto esas indagaciones del director del Diario del Yaqui. Fueron los días álgidos del movimiento contrerista en 1959. Después seguía los pasos de su hijo el Chino Ledezma que en la plazuela 18 de Marzo tocaba en su batería Rock and Roll en el proscenio del foro, y me olvidaba del asunto de aquellas tardes de café.

Otra vez escuché a mi abuelo comentar que había leído  la “Tarjeta Postal” de primera plana de Jesús Corral Ruíz, y yo terminé por admirar esa ventana de sutil y efusivo estilo de escribir sinopsis de historias, escenas y epigramas de análisis con diestra pluma, lo que me cautivó.  Estas fueron las primeras veces que llegué a saber del periodista Jesús Corral Ruíz. Era tan sugerente el autor que llegaba a conmover por el original recuadro en la esquina de la página, por esa  palabra e ingenio quedaba extasiado. No he vuelto a leer jamás tan atractiva estampa de periodismo temático y de lo cotidiano  en la ciudad. Jesús Corral Ruíz, fue el periodista innovador que reconocí como un valioso formador de opinión pública en Cajeme. Todos comentaban su “Tarjeta Postal”, era el mejor de los columnistas sonorenses … y me dio por seguirlo. Averiguaba su paradero, y en el sitio miraba fijamente a ese hombre tan sereno, reflexivo y profundamente abstraído. Hasta la colonia Hidalgo me  llevaban la noticia de en qué restaurante lo habían visto. Las mañanas de domingo solía  mirar su casona por la calle California al  final, el periodista se desayunaba en su jardín en elegante bata, leyendo periódicos y  trinchando huevos rancheros en tranquila soledad. Hasta que un día lo esperé en Diario del Yaqui y, nervioso, tímidamente…le pedí escribir en su página cultural, y lo que me respondió fue “todavía estás muy chamaco”. Pero en ese  apéndice cultural empecé a leer artículos y poemas de Álvaro  Cepeda Neri, Alejandro Romero Meneses, Federico Osorio Altúzar, y decidí ser como ellos. Siempre valió la pena. Finalmente Diario del Yaqui publicó mi colaboración, un relato titulado “Cuento vivido”, que fue todo un revuelo entre los estudiantes.  Jesús Corral Ruíz fue el periodista más avezado, más crítico y enaltecido que conocí en mi adolescencia. Fueron días en que ganaba sin yo saberlo.

Cinco años más tarde, en la preparatoria del ITSON, era alumno de literatura de Carlos Moncada, el emblema del periodista joven cajemense en los años sesenta. Ya se había trasladado a Hermosillo dejándose venir a sus clases de acuerdo a su tiempo. En la Universidad de Sonora guiaba a poetas y escritores nóveles a dar sus primeros pasos en el bello oficio. Un sábado por la tarde, en la peluquería del Hotel San Alberto, quedamos sorprendidos al leer su nota en la revista Siempre! de la ciudad de México, sobre la obra social de Faustino Félix en la gubernatura. Para mí, que buscaba hacerlo, fue motivo de presunción, nada menos publicar de igual a igual con los capitalinos. Otros cinco años después, ya estaba escribiendo para el semanario El Redondel que Carlos Moncada dirigía en la ciudad de México, había aceptado mis colaboraciones para darme  confianza de redactor. Esto era periodismo opinativo y de crónica, bien que lo recuerdo.

Un excelente comentarista de sociales en su revista Eventos, siempre con su mascada al cuello, lo fue Fernando Farfán que mostró a los cajemenses  lo “popis” que podían ser, y a la élite agricultora más rumbosa que los de la Costa de Hermosillo, por Farfán fue muy común decir “¡saliste en la página  de sociales!” Un feligrés suyo era también el simpático y joven columnista de sociales Heliodoro Encinas, que  la noche de su boda abrió la cantina del club para que muchos colegas bebiéramos cerveza por tres días sin parar.

Entre esos cronistas destacaba el viejo Miguel Mexía Alvarado escribiendo su “Cajeme de ayer” y recolectando fotografías históricas de la ciudad. Ya estaba muy anciano pero continuaba escribiendo de sociales en El Imparcial de Hermosillo, el muy respetado Jorge Orozco y Girón. El carismático y envidiado Sergio Valenzuela, “El Teco”, publicaba una columna muy leída sobre  la Universidad de  Sonora, y  en el Wakakari de la Miguel Alemán pedía al mesero un teléfono de larguísima conexión para hablar con su novia presumiendo su influyentismo periodístico.

Ay, la hermosa Loly Urquidi, sobresaliente reportera cajemense de los años sesenta, toda una atractiva dama tenía el don de hacer reír y entrevistar al adusto gobernador don  Faustino Félix.  Jamás  olvidaré el sacrificado trabajo  periodístico de Hernán Navarrete Pacho, en la tórrida Caborca, para quien escribí una columna estudiantil en  su diario el Sol de Caborca. Veía a aquel hombre salir a la calle por la tarde con un calor de más de 40 grados, a repartir y vocear su tabloide por aquellas aceras solitarias e infernales, refrescado por un sombrero de palma y un gran overol de mezclilla. Daba tristeza aquella dignidad paseante de periodista, orgulloso de su labor informativa. Cómo aprendí de esa figura de abnegación voceando “¡ya salió El Sol, compre El Sol, aquí está El Sol de Caborca¡” Con los fardos de periódicos bajo el brazo manchado de tinta fresca, nada lo humillaba, ni el desaliento porque no le abrían la puerta para solicitarle un periódico a las 4 de la tarde en aquella Perla del Desierto; ardiente llanura desolada en la que desfallecíamos por el calor y el sol quemante. El eco de periodista de Navarrete Pacho, llegaba hasta los pueblos y ranchos del Desemboque, y hasta los sembradíos de algodón y vid regados por los  airosos pozos de agua…

 

El periodista Enguerrando Tapia, director de El Sonorense

 

Nomás se presentaban a la oficina pública, tomaban brevemente su nota, recibían el boletín y enfocaban sus cámaras  por encargo, no había otro quehacer..

III

JUNTO AL PODER: EL PERIODISTA DE HERMOSILLO

Por un bello recuerdo, a Úrsulo Cruz Barrante, corresponsal en Huatabampo

El periodista de Hermosillo no tenía más referente que el gobierno del Estado, que controlaba, producía y censuraba la información. Así que reporteros, columnistas y fotógrafos sólo tenían noticias de la burocracia administrativa, de los que astutamente movilizaba el propio gobernador en turno, de los políticos arribistas y agachados del PRI, de la Unión Ganadera y de la Curia eclesiástica. Nomás se presentaban a la oficina pública, tomaban brevemente su nota, recibían el boletín y enfocaban sus cámaras  por encargo, no había otro quehacer. Los columnistas políticos eran para halagar, criticar y apuntar especulaciones de los “grillos” en boga. Ostentaban sus contactos en las altas esferas del gabinete federal de la ciudad de México, la secretaría de Gobernación y la oficina de prensa de la Presidencia de la República.  

En los diarios el trabajo se arraigaba a sólo unos pasos,  en el palacio y la iglesia de la plazuela del Carmen, y político o reportero que recomendaba el obispo, el gobernador y el jefazo del PRI, se convertía en la celebridad influyente del momento. Por aquellos años de los cincuenta y sesenta del siglo pasado, surgían con facilidad periodistas en Hermosillo, burócratas dicharacheros de la palabra escrita. Por descontado, que no tomábamos su lección en el Valle del Yaqui, en el cual diariamente los periodistas salían a buscar la noticia por todos los ámbitos, y los columnistas reporteaban con olfato la exclusiva creando en la sociedad cajemense verdadera información. Esa era la diferencia, periodistas de fuente pública, recaderos de la “oficina más refrigerada de palacio”. En Cajeme, en cambio, se era más combativo, más crítico severo, menos ”chayotero “ de políticos en el poder, más ingeniosos, elegantes y profesionalmente entendidos en el manejo personal del estilo noticioso de la noticia, más auténticos, reporteros más independientes en una palabra. El político llegaba a negociar a las redacciones de los periódicos de Cajeme, en Hermosillo lo mandaban llamar por órdenes precisas del señor gobernador  del Estado.

Tengo en la memoria a Carlos Argüelles, que inauguró en 1967 la gran columna política de plana entera, la impuso más bien, desde El Sonorense que nació oficialista. Ante las  súplicas de sus trabajadores, mostraba la cartera vacía para no adelantar dinero a los reporteros trasijados y bulímicos. Un trato  más afable nos daba Rubén Parodi para el que trabajé en su Diario de Hermosillo como jefe de redacción, y escribía editoriales con fotografía. Con su hermano Roberto, que era un excelente caricaturista, inventaba candidatos a la presidencia de Hermosillo y hasta campaña electoral les organizábamos en el Diario y con carteles en paredes y postes  de electricidad, sólo por jugar cándidas bromas  al partido oficial. Los agentes de Gobernación que trinaban, venían a amenazarnos muy en su papel de guardianes del tricolor.

Un poeta reportero fue Alonso Vidal, y se lo comían a chanzas los de la fuente de gobierno porque defendía a su director, Abelardo Casanova, del periódico Información, verdadera oposición  limitada junto con
Israel González. Vidal mantenía a su vez un suplemento cultural titulado Bogavante inundado de universitarios.

Enguerrando Tapia, en El Sonorense, acaparaba lectores en Hermosillo con su columna “Mi Libreta de Apuntes”. Escribía en su máquina eléctrica Tecne 3, mientras impartía órdenes a sus reporteros y revisaba páginas en los talleres. Con Enguerrando escribí una columna de corresponsalía llamada  “Aquí México entre 8 millones”, a partir de 1970, él fue mi padrino de bodas, Amalia y yo nos casamos en la gran máquina de imprenta bautizada como Tutuli. A su lado colaboraban, el serio periodista y diagramador Rogelio Moreno Cota, de página roja Danilo Hurtado Campoy, de página  económica Alejandro López Rodríguez , y el “benjamín” de los periodistas Toño Duarte con el que mantenía duelos de noticias, luego se fue a Guadalajara a estudiar periodismo.

Un fotógrafo muy famoso en los medios políticos fue Ernesto Macías, siempre lleno de cámaras fotográficas colgando de su cuello, y le seguía el jovencito Rolando Paredes, que fotografiaba hasta las intimidades de sus colegas. Muy servicial con los periodistas que  se iban de gira con el gobernador Carlos Armando Biebrich, era Francisco Solano que archivaba periódicos completos y a lo ancho, en unos carpetones que no cabían en su oficina de prensa.

Cuánta mojiganga le hacíamos a Alejandro Olaís Olivas, porque en  toda nota que firmaba le ponía la misma entrada, claro, pero con su estilo rápido, fácil y entendible. Andaba el chaparrito José Ruelas, formando la revista Norte de Rubén Parodi, donde escribíamos la ilustre Enriqueta de Parodi y yo. El columnista de la frontera, precisamente de  San Luis Río Colorado, Francisco García Flores, bueno como publirrelacionista para escribir su columna política, era muy apreciado en las oficinas de palacio de gobierno, y por supuesto en el gremio.

Muy joven, fotógrafo del aeropuerto en El Imparcial, Francisco Santa Cruz Meza, fue enrolado como corresponsal del Excélsior y tuvo éxitos sonados nacionalmente. Pero, nadie, nadie tan simpático y amigo solidario como “El Largo”, Fortino León Almada, siempre dándonos consejos a los periodistas jóvenes. Cuando se fue a trabajar a la Lotería Nacional en 1970, sus oficinas invariablemente estaban llenas de periodistas a los que apoyaba. Obsequiaba dinero para sus apremios, boletos de avión y ferrocarril pullman, servicios médicos, ayudas que siempre le agradecimos.

Unas convivencias inolvidables fueron las que ofrecía en el merendero “Xochimilco”, de Hermosillo, Virgilio  Ríos Aguilera, por instrucciones del gobernador Faustino  Félix Serna, quien trató a la prensa otorgándole dignidad. En Navidad, Virgilio, en su nombre, regalaba grabadoras, dinero, máquinas de escribir e invitaba los tacos y menudo en la fonda de doña Fina y en La Primavera. En aquella época de oro del periodismo sonorense, tan vital y predestinado.



3 Comentarios a “LOS PERIODISTAS QUE CONOCÍ EN SONORA”

  1. Por: jesus jose valenzuela barba en Oct 23, 2011

    Muchos recuerdos buenos del Diario del Yaqui en tiempos de Don Jesús Corral Ruiz,fui repartidor del Diario de Yaqui cuando estudiaba secundaria y contabilidad…

    Jesús José Valenzuela Barba
    jjvb46_@hotmail.com

  2. Por: Juan Fortino León Robinson en Dic 14, 2011

    Son las palabras que leyó mi Papa en su homenaje por 50 años de ejercer el Periodismo.

    ENSAYO MENOR SOBRE PERIODISMO Y LECTURA

    Muy buena noche tengan todos ustedes y gracias, muchas gracias por acompañarme en este evento, organizado por un Comité que encabeza el diputado Manuel Ignacio Acosta, y en el cual participan de manera relevante el Instituto Sonorense de Cultura, el Instituto Municipal de Cultura y Arte y el propio ayuntamiento que preside el licenciado Ernesto Gándara Camou, asi como algunos amigos entrañables como son Lupita Orduño y el Fano Campoy, de quienes me siento orgulloso de haberles podido dar un empujón a la hoy proscelosa alberca del periodismo y la comunicación. Gracias a los licenciados Fernando Tapia y Alberto Nevarez, por este reconocimiento a la promoción de la lectura que desde hace poco mas de dos años hago, un día si y otro también, en el espacio radiofónico que me facilita la XEDL, asi como en el VH de la Pitic, último reducto de una sencilla mecánica gracias a la cual, contado este día, hemos regalado 7 mil 800 libros, de los cuales casi cinco mil formaban mi biblioteca personal. El resto, unos tres mil, me los han llevado a la estación amigos y radioescuchas, lectoras y lectores que quieren formar otros lectores y con su desprendimiento apoyan una red informal en favor del libro y la lectura.

    A todos quienes se tomaron la molestia de venir, mi mas emocionado y fraternal agradecimiento. A mi esposa Lupita, a mis hijos presentes y a mi hija que vive lejos, a mis nietos y nieta, a la Cuata, a Germán y a Peter, todo el amor que se merecen por ser como son.

    Tener en Hermosillo, como ya tenemos, una Feria del Libro, es como ir ponéndole ladrillos, si se persiste en realizar este evento y mejorarlo cada año, a la construcción de un futuro lúcido, sólido e inteligente para las generaciones del porvenir. Ustedes me perdonarán el exabrupto, pero no podemos hablar de una sociedad del conocimiento en comunidades donde no abundan los lectores, y el común denominador es un analfabetismo funcional, mismo que a duras penas enfrentan, con poco éxito, nuestras universidades y tecnológicos, nuestras instituciones de cultura y un arcaico sistema educativo que rehuye el compromiso de enseñar a aprender, síntesis elemental de un proceso eficiente del desarrollo de los individuos. Tener en Hermosillo una Feria del Libro, es alentar una aspiración de ser mejores como conjunto social, es marcar una diferencia sustantiva entre la vacuidad del pueblo rabón y las certidumbres de esa tan mentada sociedad del conocimiento. Tener en Hermosillo una Feria del Libro — y ya la tenemos y la estamos disfrutando — es darnos un valor agregado que no es un impuesto sino un gozo productivo. Felicito a los organizadores y les pido, si se vale pedir, que establezcan los candados institucionales necesarios para que ninguna autoridad, en el futuro, pueda evitar esta celebración de la palabra y la cultura.

    Déjenme leerles algo que escribió Alvaro Mutis, creador de Margoll el Gaviero:

    “suele hablarse en estos tiempos de la desaparición del libro por obra de tecnologías aparentemente inevitables. Grave error el pensar asi.

    El libro acompañará al hombre hasta su último día sobre la tierra. Sencillamente porque ha sido la mas alta representación de la presencia del hombre en el universo.

    Cuidemos el libro, amemos el libro, en el libro se esconden las mas secretas claves de nuestro paso por la tierra, el mas absoluto testimonio de nuestra esencia como hombres. El libro es el mensajero de un mas allá cuyo rostro no acabamos de percibir.”

    Hermoso, pero mas que eso, totalmente cierto.

    Se dice que la lectura es el alimento del espíritu: yo ampliaría esa idea afirmando que es el alma de los hombres.

    Estoy leyendo un libro titulado “El alma está en el cerebro”. Eso es seguro; pero yo añadiría que el alma se construye de conocimiento y la mejor herramienta para obtener conocimientos es la lectura: libros de texto, ensayos, novela y poesía son el unto fundamental del espíritu humano…En el principio fué la palabra y después, gracias a Dios, el libro, ese libro, esos libros cuyas hojas, en ocasiones, semejan el hinchado velámen de un bajel surcando océanos de aventuras sin fin, tal cual aquellas que en sus días — si los lees, si los evocas o recuerdas — emprendieron Sandokán, Tigre de la Malasia por deseo expreso de don Emilio Salgari, ya no digamos, y lo decimos, el caballeroso cuanto peleonero don Alonso Quijano, empedernido defensor de las causas mas nobles, puestas allí por Miguel de Cervantes en abono a la demencia senil de su don Quijote de La Mancha, libro raíz de nuestra lengua, documento imprescindible para entender la hispanidad que a todos los aqui reunidos compete.

    (Me podrán reclamar haber puesto a Salgari antes que a Cervantes, pero la verdad, en mi caso y estoy seguro que en muchísimos casos, leí primero las aventuras de Sandokán que las del Quijote y lo mas seguro es que, antes de leer al Manco de Lepanto, ya me había divertido con unas 10 o 15 novelitas del oeste de Marcial Antonio Lafuente Estefanía, un español toledano para quien las llanuras de Texas no tenían misterio alguno. Asi pues, a confesión de parte relevo de pruebas. Lo importante, para los jóvenes de mi época, era leer y leíamos mucho, especialmente en los años de secundaria: Miguel Zevaco — corso como Napoleón — y la saga de Los Pardaillán o Nostradamus y El Hijo de Nostradamus; Julio Verne y todas sus maravillosas novelas, desde 20 mil leguas de viaje submarino hasta La Vuelta al Mundo en 80 Días, pasando por sus viajes a la luna y al centro de la tierra; Mark Twain y las aventuras de Tom Sawyer; Sir Arthur Connan Doyle y su acucioso Sherlock Holmes, Ellery Queen, Alejandro Dumas, Victor Hugo, Giovanni Papini, S.S. Van Dine, Agatha Christie, Rex Stout, Arthur Clarke y su Odisea Espacial, Ray Bradbury, Isaac Asimov, Dashiell Hammet y su Halcón Maltés, Raymond Chandler, Chesterton, Edgar Allan Poe, Stefan Zweig, Emil Ludwig, Curzio Malaparte, Dante Alighieri y mas adelante, en la “prepa”, los clásicos griegos, las historias de México y la Revolución Francesa, algo de Voltaire y un poco de Goethe y Montesquieu. Marx y Engels muy por encimita, como obligación de juventud, sin faltar Kant y Hegel que eran parte de la tarea, tanto como mas tarde lo fueron, al menos para el de la voz, Jean Paul Sartré y Emile Cioran, el amargado poeta de la podedumbre. No faltaron, para arrebatos de noviazgos imposibles, los poemas de los modernistas como Díaz Mirón, Gutierrez Nájera, Antonio Plaza, Manuel Acuña, Amado Nervo y mas adelante, Octavio Paz, Efraín Huerta, Ali Chumacero, Renato Leduc y José Emilio Pacheco.

    Antes que leer a los muchos y excelentes escritores latinoamericanos, incluidos los de México, leíamos a los europeos. Al paso de los años, empero, le tomamos sabor a don Alfonso Reyes y al Maestro Vasconcelos, a Martín Luis Guzmán, a Borges y a Julio Cortazar, a García Márquez y a Vargas Llosa, a Bioy Cázares y a Carlos Fuentes, a Ricardo Garibay, a B.Traven, a Luis Spota, a Juán Rulfo y a una larga, larguísima nómina de escritores cuyo único crímen ha sido enviciarnos mas en el maravilloso y gratificante hábito de la lectura. No puedo dejar de mencionar, entre muchos otros escritores latinoamericanos, y lo destaco porque está aqui con nosotros, Vida con mi Viuda de José Agustín — me falta Arma Blanca — y la ya madurita “Se está haciendo tarde”.

    No quisera escandalizar a nadie, pero de ser asi pues santo y bueno: creo que deberíamos convertir las bibliotecas en cafeterías, en librerías “de paso” y desterrar de éllas la arcaica y repelente solemnidad que la costumbre les ha impuesto. Hagamos una prueba y démosle al libro la oportunidad que, al menos en México, ha esperado desde siempre. Que sean las bibliotecas públicas, por decreto popular asumido por las autoridades como mandato irrenunciable, lugares abiertos, alegres, luminosos y musicales: que sean centros de reunión y puntos de encuentro para nuevas y viejas generaciones, cafeterías, repito, para solaz y esparcimiento de quienes ya aman la lectura y de quienes apenas coquetean con élla. Mi propuesta es empezar con una, echarle ganas y estar atentos a los resultados. No podemos quedarnos, con todo respeto para Ruiz Zaffon y su excelente novela “la sombra del Viento”, con un conjunto oneroso de “cementerios para los libros olvidados”.

    La promoción de la lectura ha de ser una acción de sociedad y gobierno que tenga como blanco al niño. Para dar en el centro de la diana hemos de competir con las mil y una variedades de juegos electrónicos, con la televisión, los celulares, los i-pods y esos maravillosos artilugios humanos que son las computadoras y la nebulosa de Internet, donde conviven las luces del conocimiento con los hoyos negros de la pornografía, los peligros de las relaciones electrónicas, los casinos y el nuevo lenguaje — sip, nop — de los “e-mails”. Rindo aqui tributo, admiración y respeto, a todos los promotores del libro y la lectura que en el mundo son y han sido, especialmente en Hermosillo y Sonora, este estado nuestro que no es mas yá, de ninguna manera, el lugar donde termina la civilización y empieza la carne asada, lo que no quita que tengamos la mejor y mas sabrosa de todas las carnes.

    La generosidad de los organizadores de este evento no tuvo límites y también quisieron recordar mis cincuenta años en el periodismo o muy cerca de él, pues algunos años y en ocasiones diferentes he sido lo que antes llamabamos Jefe de Prensa, básicamente en dependencias federales — La Lotería Naciona, la Secretaría de Recursos Hidráulicos mientras se transformaba en la “Sarh”, los Cinco Ferrocarriles Nacionales de México — y un año, ya de vuelta en mi tierra, como director de comunicación social del Gobierno del Estado. Digamos que el 20% de ese tiempo. Lo demás, el 80 por Ciento o buena parte del mismo, ha sido vagancia de la buena, amistades, algunos viajes interesantes y lo mas rentable, disfrutar una familia que me consciente todas mis debilidades. En fin, una aventura de la que no me arrepiento. Bueno, tal vez me arrepienta de no haber leido mas, porque la lectura es tal vez el mejor viaje que podamos realizar los seres humanos.

    No se si tengo enemigos. Tal vez algunos, pero no los conozco. Si tengo la satisfacción, que hoy comparto con ustedes, de que gente de todos los colores y sabores, gente humilde en su mayoría, me salude en la calle, en las cafeterías o en los supermercados; me pida libros o me felicite por los programas de radio y televisión. Desde luego que la mayoría de los elogios no los merezco, por lo que me quedo con el apretón de manos, la palmada o la sonrisa. Tengo, si, muchos recuerdos del trabajo periodístico y reconozco aqui mi amor a la letra impresa, lo que no merma mi respeto a la oralidad como medio de comunicación. El periodismo es un oficio vocacional y yo celebro se haya profesionalizado como licenciatura, siempre y cuando esa calidad de “licenciados” la ejerzan, los jóvenes que hoy toman la estafeta, con una ética personal por encima y mas allá de los códigos generales, cortina de humo en demasiadas ocasiones para el periodismo utilitario y de conveniencia. Mi “ridiculum” leido aquí por mi compañera Lupita Orduño, da cuenta de mis andanzas periodísticas, lo mismo en uno que en el otro lado del escritorio. No voy pues a cansarlos mas y les prometo, con toda la solemnidad de que soy capaz, no volver a hablar nunca tanto tiempo de mi persona o mis actividades.

    En cuanto a los 50 años de periodista, voy a revelarles un secreto que compañeros míos aqui presentes han guardado a piedra y lodo, como aquellos viejos alquimistas lo hacían con sus pócimas en su maravilloso botámen medieval. La fórmula es harto sencilla: abrace el oficio con auténtica vocación, lea libros como maníaco, muéstrese dispuesto a servir de canchanchán a un jefe de redacción que se crea el inventor de las noticias — ahora no se creen, en realidad las inventan en mas ocasiones de las convenientes a la deontología periodística — luego deje correr el tiempo y que caigan, una a una, las hojas del calendario. Cuando menos piense, habrá transcurrido medio siglo y entonces tus amigos, la gente que quieres y te quiere, te harán un reconocimiento que te hará latir el corazón, como hoy aquí, en este momento, a una velocidad endemoniada y febricitante; Después, si aun tienes fuerzas, sigue siendo periodista hasta el final de tus días. Aceptando, desde luego, que el periodista hoy, el periodista del tercer milenio, es solo un obrero de lo instantáneo con una capacidad de análisis reducida y limitada por el “en vivo” de las imágenes. De hecho, lo que llamamos el nuevo diseño de la prensa escrita no es otra cosa, en opinión de expertos, que un afán por parecerse a una pantalla de televisión. Han desaparecido de los diarios, al menos en Hermosillo y en referencia a los dos mas grandes — mas hojas, mas anuncios, mas relleno, mas servicios de agencias — los editoriales que marcaban, cada día, la posición del periódico en relación al acontecer cotidiano, una línea editorial que ha sido transferida, con toda la responsabilidad que significa hacerlo, a columnas de opinión escritas con chistosos pseudónimos. Seamos sinceros, el periodista es cada vez mas un actualizador de la información de la televisión, la radio y esa fabulosa galaxia que conocemos como internet. No lo digo como crítica de mala leche, sino como un reconocimiento de la realidad mundial que se trasmina a los medios locales sin que exista la voluntad o el interés de resistirse a élla. En cuanto al poder de la prensa, las cosas han cambiado, por lo que me permito la licencia de concluir esta intervención con palabras de Ignacio Ramonet, estudioso de los fenómenos de la comunicación: Lo que llamamos el cuarto poder, cabe decir que se ha convertido en una noción confusa. Ya no se sabe demasiado bien dónde está. Los que creen tenerlo se dan cuenta de que no lo tienen. Me parece que, jugando un poco con las palabras, lo que antes se llamaba el cuarto poder ahora es más bien el segundo. Pero sus funciones han cambiado: el cuarto poder era la censura de los otros tres, mientras que aquí, el segundo se plantea en términos de influencia global y general sobre el funcionamiento de las sociedades.

    Han sido muy amables, demasiado, acompañándome en esta reunión y como decimos en la televisión y la radio, muchas gracias por el favor de su atención.

    “Y con ésto, Dios les dé salud y agua y a mi no olvide.Vale”

    Juan Fortino León Robinson
    fortinoleon@gmail.com

  3. Por: admin en Mar 22, 2012

    probando, probando

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