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Como sentencia divina de lo que nos iba a suceder el jet de Aeroméxico hizo un espacioso giro y se adentró en el valle antes de aterrizar, con lo que quedé atónito al ver la enorme cuadrícula de manto verde de 200 mil hectáreas sembradas de trigo: “¡Esta es la hazaña del sonorense, la visión  consumada de Carlos Conant, la obra del peón mexicano que con su esfuerzo abrió estas tierras inhóspitas!”, dije desde las alturas azules y brillantes. Era un acierto mi idea, era posible escribir la historia del Yaqui propiamente contada por los sembradores de esta maravillosa tierra…

RELATOS/HISTORIAS DE VIDA

Policía ejidal cardenista, defensora del ejido colectivo del Pueblo Yaqui. Enero de 1940.

Por Mayo Murrieta

marj0937@prodigy.net.mx

—Desde la Ciudad de México, especial para Culturadoor.com—

Día de publicación: 19- diciembre- 2012

“Vengo a proponerle una idea que traigo a cuestas”, le dije a Hópkins, “se trata de narrar la historia del Valle del Yaqui en la voz del pueblo…”

I

NACIÓ EL LIBRO DEL YAQUI “POR EL MILAGRO DE AFERRARSE”

Con profundo cariño a mi profesor el lic. Eduardo Estrella Acedo

En noviembre de 1989 había terminado el libro Puente México, la vecindad de Tijuana en California, en uno de los recintos de El Colegio de la Frontera , y decidí bajar del autobús en Hermosillo e ir a visitar al ing. Armando Hópkins para confiarle mi sueño de escribir la historia vecinal del Valle del Yaqui; la narración popular de los trabajadores de la tierra que finalmente les fue entregada por Lázaro Cárdenas en octubre de 1937. El destino de los pioneros de la Richardson y su gran canal irrigador, que fue la profecía de Carlos Conant: El agua del río Yaqui para colonos blancos sembradores, arrancada a la tribu indómita que la defendió como suya hasta perderla en una “legítima” concesión otorgada por el Ministerio de Fomento de Porfirio Díaz, y que finalmente vino a parar en los nuevos inversionistas los hermanos William y David Richardson, que abrieron 50 mil hectáreas antes de su nacionalización en 1927. La tribu yaqui perdió el río y la tierra de baceranes a cambio de un valle promisorio de hombres yoris que fue llamado el granero de México. Por esa historia venía hasta lograrla, buscando la voz de los pioneros y su vida agricultora, la de otros pioneros  de mano de obra nacional, que junto con capitalistas extranjeros se encontraron con mexicanos en Cócorit del valle viejo. Iba a ser una hazaña, como la de los abuelos inmigrantes que tumbaron pitahayales y mezquites a jalón de mula, la de Álvaro Obregón en los campos que rodearan al Náinari, y la de los viejos José María Parada, Juan Álvarez, Bibiano Murrieta y Albino y Simeón Almada, que invitados por Benito Conant ayudaron a su hermano Carlos a continuar el canal 25 kilómetros adentro de Esperanza, frente a lo que sería el valle nuevo.

“Vengo a proponerle una idea que traigo a cuestas”, le dije a Hópkins, “se trata de narrar la historia del Valle del Yaqui en la voz del pueblo que se vino a trabajar la tierra con gringos y alemanes  clientes de la Compañía Richardson, hasta que Lázaro Cárdenas se las expropió  repartiéndolas a peones ejidatarios. El anciano fundador de la Sociedad Sonorense de Historia quedó asombrado ,tomó el teléfono y le habló al lic. Eduardo Estrella Acedo para que me apoyara, hizo lo mismo con Jorge Luis Ibarra, rector de El Colegio de Sonora, y con José Rómulo Félix, director del Instituto Sonorense de Cultura. Todos ellos atendieron  el llamado de Hópkins. Y fue en la Biblioteca Nacional de la UNAM donde escribí el proyecto de investigación oral sobre el Valle del Yaqui durante cuatro meses. Con María Eugenia Graf había publicado un libro antropológico de oralidad sobre el barrio de Tepito en l988, y la invité a que nos fuéramos a Obregón a escribir una nueva versión de historia local, ya teníamos la experiencia. De inmediato regresé con viaje pagado por Héctor Ayala de Fertilizantes Mexicanos. Como sentencia divina de lo que nos iba a suceder el jet de Aeroméxico hizo un espacioso giro y se adentró en el valle antes de aterrizar, con lo que quedé atónito al ver la enorme cuadrícula de manto verde de 200 mil hectáreas sembradas de trigo:”¡Esta es la hazaña del sonorense, la visión  consumada de Carlos Conant, la obra del peón mexicano que con su esfuerzo abrió estas tierras inhóspitas!”, dije desde las alturas azules y brillantes. Era un acierto mi idea, era posible escribir la historia del Yaqui propiamente contada por los sembradores de esta maravillosa tierra, donde iba a nacer una ciudad en toda su cajemenidad. Bajé de la aeronave lleno de sueños y ambiciones.

Los ejidatarios colectivos del Yaqui aprendieron a gozar de los beneficios de la tierra repartida. Frente a la casa de adobe el coche para estrenar.

En México expusimos el boceto al periodista Miguel Ángel Granados Chapa, que me recomendó a su compañero Gerardo Armenta, jefe de prensa del ITSON; éste me llevó con el rector Oscar Russo que entusiasmado se unió a la idea con una beca y unas clases como profesores invitados, asignadas por Conchita Camarena de Encinas, del área de Humanidades. Allá en la Universidad de Chapingo, Ana María López hija del célebre líder El Machi, organizó un semninario en el que expusimos la investigación en la Unidad de Sociología Rural. Por fin coincidieron las voluntades organizándose un financiamiento conjunto para los precursores de la literatura oral moderna mexicana. En un cubículo de la Biblioteca Pública Municipal Jesús Corral Ruíz, su director Ramón Iñiguez me pidió le explicara la finalidad de la obra y de inmediato llamó a don Julio Schwarsbeck que muy gustoso me presentó a su mamá doña Nelita Ramírez, una bellísima pionera que por su avanzada edad ya recordaba muy poco, me dio unos abrazos, dijo  unos chistes, me enseñó un baúl de recuerdos y se despidió, fue una señal favorable otra vez. El líder de El Bacame, Leonel Argüelles, me acompañó a la Coalición de Ejidos Colectivos del Yaqui y Mayo y me presentó a Luis Martínez El Cachi, al que le pedí una vivienda en la zona urbana de El Tobarito , y luego me ofreció la de Modesto Martínez Cárdenas de San José de Bácum, pero tenía que limpiarla, conectar electricidad y ponerle drenaje. Al día siguiente El Cachi trajo un comedor y así fui juntando los muebles. Rosa Amelia viuda de Bartolomé Delgado de León, nos facilitó “para inspirarnos” el viejo escritorio del periodista con todos sus fantasmas, y por igual un refrigerador que cerrábamos con piola y gancho de alambre. Los ejidatarios de El Yaqui nos fueron regalando enseres. Xico mi hermano puso la computadora y un sillón, para acabalar ya estaba amueblada y lista la casita campesina, hacia allá nos fuimos a vivir, en lo que Reyitos Zamorano fue nuestro asistente, ese viejo que intentó pegarle un tiro a Obregón porque les dijo a sus peones que se entenderían con los gringos sus patrones, pues él ya se iba a “ recibirse de Presidente”. Nos pusimos a recorrer los campos del Valle del Yaqui en busca de  abuelos relatores, los que había en abundancia. Continúa….

Don Pascual Ayón. El líder agrario que logró el reparto de tierras de Lázaro Cárdenas, aquí junto con su esposa doña María Zazueta en su casa-taller de Pueblo Yaqui.

No de otro modo, fuimos escuchando y apuntando historias por las avenidas sin límite.

II

EL LIBRO DEL VALLE DEL YAQUI CUENTA HISTORIAS DE PIONEROS

En memoria de Jaime González Graf

María Eugenia Graf llegó al Tobarito en diciembre de 1990, sus padres vinieron a dejarla y ya la chiquillería de la calle Donaciano González de la zona urbana los esperaba, los vecinos querían conocer a la  profesora de la casita campesina. Por la tarde nos fuimos a ver la puesta del sol en el bordo del canal de la orilla. En silencio, con el arrullo de los gorriones, tórtolas, chanates y pichones el intenso amarillo del sol iba cubriendo de oro los espigados trigales, las bandadas de pájaros lo gozaban haciendo concierto de miles en ir y venir por los densos sembradíos. Era la bienvenida del Valle del Yaqui, después no hubo reposo durante un año. Eduardo Estrella Acedo nos llevó a Esperanza a conocer viejos narradores de su pueblo, pidió a Jesús Antonio Olea nos apoyara en lo conveniente. Contábamos con equipo de grabación y transcriptores de entrevista. Enseguida don Julio Schwarsbeck nos llevó con el viejo líder obrero Vicente Padilla que rememoró su vida trabajando de cargador en los almacenes de arroz y trigo  y dirigiendo jornaleros desde el Molino Sesenta y cinco al lado del Chapo Sarturnino Saldívar, hasta el reparto cardenista cubiertos de gloria con los gritos hirientes de los ejidatarios colectivos:”¡Uno, dos, tres, Yocupicio es una res!”, así hasta evitar que  el socialista hablara a la chusma  agraria en Pueblo Yaqui. Al regreso de entrevistar,  don Julio nos esperaba con la mesa servida de su casa entibiada con un sabroso cocido de vaca y sorbitos de bacanora, “¡ustedes sigan adelante, por mi valle, aquí serán premiados!”, nos decía contento, “ahora sigue El Culebra”. Justamente, con El Culebra Alejandro Méndez convivimos sobrados meses, recordando a su padre Fructuoso hermano de yaquis y de Adolfo de la Huerta, al que escoltaron hasta Palacio Nacional a principios de mayo de 1920, a recibirse de Presidente. Don Julio y Vicente habían hecho las presentaciones en su iluminada casa de San José de Bácum(¿por qué brilla más el sol en San José? Le preguntaba a Rogelio Arenas al atardecer). El Güero Méndez antevió el futuro de Cajeme y al morir asesinado su hijo Alejandro se vino primero a Buenavista y después a sus tierras a orillas del río Yaqui, luchando contra las bandas de yaquis. Nos contó una historia fascinante del río. Una vieja ejidataria del Campo  Treinta, que vino del Mayo y le vio un pegote de mano derecha al patrón don Álvaro , nos platicó de los desmontes en la agricultura, ella fue cocinera del montón de indios mayos hacha en mano, y se iba a los bailes en carreta por los campos festivos de victrola y banda. Nos llevó a la casona de Alfonso Encinas, uno de los más viejos campesinos trabajador de la compañía Richardson desde niño al igual que sus padres, que resistieron en Cócorit el ataque arrasante de los yaquis a hortalizas y maíz de los gringos, qué memoria y qué ternura de hombre. El que no tuvo semejanza fue José García Santana, un indio de la Compañía de Hermanos que llegó al Bacatete a proteger a los yaquis que regresaban a sus pueblos a vivir en paz,  los defendían de las tropas federales del general ”Zertuchi”. Con su baja fue de peón al Náinari donde asiló en su chiname a José de León Toral que buscaba a Obregón para asesinarlo, no se lo negó. Cuántas veces nos corrió de su casa al regresar otra vez a preguntarle si era cierto. Esto no era posible, y  lo juró por su madre que le había servido un buen plato de carne en barbacoa al esmirriado jovencito que andaba disfrazado de agente de pastillas milagrosas.

En el homenaje del ITSON a los abuelos relatores del libro Por el milagro de aferrarse. Salón de actos de Rectoría. Al frente Cruz Durazo de Moncada, Vicente Padilla Hernández, Héctor Mass Conant. Atrás, Reyitos Anaya Zamorano, Alfonso Encinas García y su esposa, Alejandro Méndez Limón, y José García Santana(de lentes oscuros). Se aprecia abajo del cuadro a Bernardo Elenes Habas,reportero del Diario del Yaqui. Abril de 1991.

Francisco Vega Carrizosa reía con el general Obregón cuando le mostraba el “tolunco” jalando el pellejo de las iguanas asadas en el Campo Argentina. Después iría con el payaso Bilimbique a girar por tierras del Valle , y mirar a las güilas  en los drenes y mostrarlas en las surcadas de chícharo y melón a los cortadores. Presenció la matanza de ejidatarios colectivos e individualistas en el Campo Setenta y siete. Pero fue estrujante el relato de la muerte por agua del pueblo de Buenavista, fueron ellos Francisco Coronado Limón, Francisco Minjares Limón, José Lino Briceño y Jorge Adán Miller que vivieron las dos tragedias, la del río Yaqui y la de Buenavista por obras de levantamiento de la presa del Oviáchic. Desde que Álvaro Obregón rondaba con sus técnicos buscando el nivel 70 hasta el momento en que Miguel Alemán abrió una compuerta enorme el 16 de octubre de 1952,  del brazo de doña María Tapia viuda de Obregón y miles de gentes que bebían cerveza con barbacoa en malla. No de otro modo, fuimos escuchando y apuntando historias por las avenidas sin límite. Pasábamos por un caminito de terracería, que descubrimos saliendo del Campo  Treinta. Llegaba al entronque de las calles Doscientos y la carretera a Pueblo Yaqui. Aquí nos deteníamos por las mañanas en ese lugar maravilloso al que nombramos “la  Edad Media del Yaqui” por su dulzura verde y benigna, canales y bordos repletos de árboles frutales, al final una gran pared de palmeras datileras a las que trepaban lilas encendidas de las bugambilias, y por las partes salientes los extensos sembradíos verdes coronados de azul del infinito. Lo más bello que me ha tocado mirar del enlace naturaleza y ser humano. Esto era el Valle del Yaqui que estábamos viviendo y escuchando desde sus entrañas históricas…Continúa…

En el Campo 30 Manuelita Cano Valenzuela(bajo la sombra del árbol), Reyitos Anaya Zamorano, Alfonso Encinas García y esposa, con el autor Mayo Murrieta. Febrero de 1991.

…entre unas risas de algazara, “estos muchachitos nos escriben la historia que vivimos, no nos vayan a fallar, queremos ese libro”…

III

CONANT, OBREGÓN, AYÓN Y CÁRDENAS EN NUESTRO LIBRO

Nunca dijimos adiós a Julio Schwarsbeck

El 8 de abril de 1991 rendimos homenaje a los abuelos relatores del Yaqui. En el salón de rectoría del ITSON presidieron el acto Jorge Luis Ibarra rector de El Colson, Oscar Russo Voguel, rector del ITSON y Heriberto Aja del Instituto Sonorense de Cultura, quienes agradecieron a los participantes haber narrado su historia  agraria y familiar a Graf y Murrieta. En ese momento, Manuelita Cano, del Campo Treinta, se levantó de su asiento y enérgica pidió a las autoridades académicas dieran fecha de publicación del libro Por el milagro de aferrarse, que no los fueran a engañar. Oscar Russo le respondió que para fines de ese año estaría saliendo de los talleres de imprenta. Valiente mujer doña Manuelita que pedía se titulara “bajo el cielo de Sonora”. Jorge Luis Ibarra fue y abrazó a Manuelita y le dijo que iban a cumplirle al  selecto grupo de narradores del Valle del Yaqui.

Y llegamos a Pueblo Yaqui buscando el pozo de su historia. Frente a la iglesia , en su casona de horcones, doña Aurora Ayala de Ayón se mecía ya viejecita en su poltrona. Sonriente nos dijo “sí voy a platicar con ustedes, pero también mi hijo Adalberto Ayón”. Fue tal la conexión que vivimos en su casa unos tres meses hurgando en el archivo de Pascual Ayón, su abuelo, del que pendía la historia del reparto agrario Cardenista en Sonora. Fue un relato alucinante sobre el pueblo central del naciente Valle. Qué sabrosos guisos de pescado nos ofrecía en los descansos Adalberto Ayón, El Beyota, y nosotros sacando de una enfriada estufa de leña los oficios signados que solicitaban tierra para mexicanos desde el año de 1920. Después encontramos a otro valioso narrador, el famoso Vivi Alatorre que rozagante nos mostraba el hoyo de las tatemas y los mástiles de pitahaya que él y su mamá doña María de Jesús enramaban para servir  comida y  cerveza  a los chinos paseantes los domingos. Fue una historia de la vida cotidiana de Pueblo Yaqui tan seductora y llena de amor que preludiaba el paraíso terrenal. Luego nos servía una sabrosa carne blanca, diciéndonos más tarde “son ancas de rana, muchachitos.” Esa mañana del homenaje, ahora lo recuerdo, también pidió a  Oscar Russo, entre unas risas de algazara,”estos muchachitos nos escriben la historia que vivimos, no nos vayan a fallar, queremos ese libro”, lo que agradezco al gran abuelo del Yaqui, don Viviano Alatorre. El testimonio de Marcelina Saldívar nos llevó al campo de Juan Adolfo Schraidt a donde llegaron sus padres Domingo y Eulalia en 1920, y luego al  Pueblo Yaqui mostrenco de bailes de banda de Sinaloa y orquesta de Cajeme, paseos por los canales, carnavales y la pobreza del jornalero que temía el reparto agrario pues “se los iban a llevar de soldados”, el jubiloso nacimiento del ejido colectivo y las borracheras de gringos y alemanes entre carcachas y caballada piafante. No olvidó Esperanza, la educada villa de los Richardson, a donde se fue a terminar la primaria. ¿Cómo llegamos a conocer a Cruz Durazo de Moncada? Yo estaba con el reportero Morgan de Diario del Yaqui en la Delegación de la Cruz Roja de la Colonia Irrigación, cuando me la presentó su hijo el doctor Héctor Moncada Durazo. Entrevistamos a su marido Lorenzo Moncada bajo los enormes álamos de su parcela y se colaba en la grabadora el aire bullicioso de la costanera de Huivulai. Doña Cruz, mientras platicaba cómo llegaron al Batevito procedentes de Granados y de la presa  de la Angostura en 1942, le enseñaba a hacer tortillas sobaqueras a María  Eugenia Graf. “Aquello era un monte cerrado como lo eran las nubes tupidas de tábanos y zancudos, y la caterva de ratas y víboras que amanecían echadas en las cunas de los plebes, trepaban por los horcones. Los hombres en los desmontes atajaban las partidas de mulos y burros salvajes disputando los aguajes llenos de siboris… para abrir la colonia Irrigación”. Continuaban las visitas a casa de don Julio Schwarsbeck, él consiguió una entrevista con don Francisco Obregón que habló de su padre, el general revolucionario y empresario agrícola del Valle; por igual con su hermano Francisco Schwarsbeck Ramírez, que nos refirió la vida de su padre el pionero don Hugo en tierras de Tata Bruss y la colonia alemana, así mismo la vida austera de doña María Tapia viuda de Obregón, saliendo adelante con los hijos una vez que se quedaron solos en el Náinari, qué trabajos tuvo que pasar doña María, qué impedimentos económicos una vez fallecido el general Obregón. Relató don Pancho Sachwarsbeck, un agricultor moderno y visionario, de lucha y trabajo, el Valle del Yaqui arrancado a la tribu y su río de gran caudal, después repartido al ejidatario, el vigor por hacer rendir el trabajo privado en el universo de la agricultura nacional, con una evaluación precisa de lo que se llamó “el granero de México”, gracias a los hombres decididos en la querencia de la tierra que heredaron de sus padres los pioneros de Alemania.  La proyección de este Valle en el concierto global de sembradores, climas e innovación de rendimientos, don Pancho lo narró con tal conocimiento y definición, que sus palabras se convirtieron en un legado para los agricultores de México y el mundo. Lo que engrandeció aún más el trabajo narrativo de  los abuelos campesinos. Continúa…

En la presentación del libro Por el milagro de aferrarse, de izq. A der. Mayo Murrieta, María Eugenia Graf, Heriberto Aja del ISC, Oscar Russo Voguel, rector del ITSON, don Claudio Dabdoub comentarista y Gerardo Cornejo, por el ITSON. 18 de noviembre de 1991.

Nos conocíamos de tiempo atrás y por recomendación del rector Oscar Russo, accedió a charlar con nosotros, lo que se extendió por dos  sesgados meses

IV

“POR EL MILAGRO DE AFERRARSE” LA CONFESIÓN DEL VALLE DEL YAQUI

Por su amor al libro a Marco Antonio Cooley

La hija del fundador del Valle del Yaqui, Melinda Conant, tuvo una vida de sobresaltos. Matrimonió en Tórim, río Yaqui,  con el coronel y astrónomo Joaquín Maas que vino gobernando la Comisión Geográfica Exploradora a reconocer los pueblos de la tribu en 1887 y diez años después a la Campaña Pacificadora del Yaqui. Se la llevó a la ciudad de México alejándola de su padre y de su hermana Carlota. Desde entonces tenía el deseo de volver a  Cócorit, a la pequeña mansión de adobe de dos pisos que se padre construyera para hogar y oficina de la Sonora and Sinaloa Irrigation Company. Duró ansiándolo cerca de  cuarenta años, hasta que su hijo Héctor por fin la trajo la Navidad de 1938. Toda esta historia fue evocada por Héctor Mass Conant, profesor del ITSON y jefe de contaduría de su aprendiz, el futuro periodista Bartolomé Delgado de León. Nos conocíamos de tiempo atrás y por recomendación del rector Oscar Russo, accedió a charlar con nosotros, lo que se extendió por dos  sesgados meses. Trajo a la memoria el asesinato de su padre Joaquín por su compadre y cuñado Victoriano Huerta, el trabajo de maestra de idiomas en Orizaba de Melinda, su madre, después traductora diplomática de Alvaro Obregón y Plutarco Elías Calles en Presidencia, y el despojo de los políticos revolucionarios de las tierras de su abuelo. Fue una experiencia de vida que don Héctor fue narrando pacientemente en la sala de su residencia, hasta ver cumplida su ambición de regresar a Cócorit y encontrarse  con la parentela. Fue un recorrido mental extenso, fatigoso y lúcido por su vida de retorno al Yaqui, hasta encontrar a Teresita Montijo en Cócorit con la que fuimos a platicar, pero ya estaba en su lecho de anciana; alcanzó a decirnos que era sobrina de Carlos Conant y que la trajo al mundo pues era partero de indias yaquis, y del general Fructuoso Méndez que se levantó en armas en San José de Bácum al asesinato de Madero. Ahí estaba el nicho de su pequeña narración.

Por último, Julio Schwarsbeck nos pidió lo acompañáramos a casa de maría Feuchter Álvarez, y nos recibió una hermosísima dama con una presencia de nobleza y gallardía. “Mariíta, ellos fueron alumnos de  historia de tu marido el Dr. Jesús Alfonso Cadena en el ITSON”, ahí nos dejó y nosotros pasamos otros dos meses en esa apacible residencia de pleno sol y amabilidad sonriente y cálida. Doña María platicó de su padre Carlos Feuchter que dejó su rancho lechero de Hollywood, California, para aventurar en el Yaqui pues venía deslumbrado por la lucha de los indios defendiendo su tierra y su río. Compró parcela a la Compañía Richardson muy cercana a Pueblo Yaqui y se puso a ser feliz sembrando y organizando el Club Pioneers y su pequeño burgo rural con fino ganado que traía de la Universidad de Arizona, con foto y pedigree, y un cocinero chino que pidió venirse con él. Don Carlos regalaba queso, mantequilla, pan, leche, verdura, comida a todo aquel caminante y a sus amigos. Visitaba la colonia alemana y fabricaba cerveza, tenía su propia enlatadora, traía artistas de cine a cazar patos arroceros. Era un hombre de moral plena y trabajador incansable. Sembraba con maquinaria americana que llegaba de los Estados Unidos en ferrocarril que ya funcionaba su estación en Cajeme. Momentos después de nuestra entrevista, con profunda sensibilidad y acreditando ante la historia del Valle del Yaqui lo valioso de un documento que demuestra para convencer, doña María nos facilitó 73 cartas escritas a mano en 114 hojas, de 1884 a 1994, que escribió Carlos Conant de diversas ciudades norteamericanas a su hija Carlota- de Nueva York a Cócorit por ejemplo.  Antes de morir la hija de Conant su amiga se las entregó a ella y su esposo el Dr. Jesús Alfonso Cadena.  Registran la malograda campaña por recabar fondos para abrir el canal del Hornos al interior del valle nuevo, el que apenas se extendió unos trece kilómetros más. Día a día escribió a  su hija su martirologio por los bancos  e inversionistas de bolsa para que financiaran su compañía constructora. Hasta que por fin se rindió en Nueva York el 21 de febrero de 1894, y toda su obra fue embargada en los tribunales de Guaymas y entregada a un concesionario emergente, la Compañía Constructora Richardson, S.A., que continuaría abriendo el Valle mientras el viejo Conant moría en 1907. Así lo fuimos escribiendo, traduciendo, en un sufrimiento constante junto con el padre del Valle del Yaqui, renglones escritos que pasamos al libro con toda su intensidad legendaria. Días después doña María invitó a los familiares de Carlota de Los Angeles, California y charlaron con nosotros. Lo que agradecemos a doña María Feuchter, a nombre de todos los fundadores residentes y narradores, a la vez que no le fallamos por la confianza dispensada. El suyo fue un acto de heroísmo social, histórico y literario. Gracias, señora doña María Feuchter de Cadena. Continúa…

Público asistente a la presentación del libro Por el milagro de aferrarse. En primera fila,el Dr. Noriega, Héctor Mass Conant, Alejandro Méndez Limón, Marcelina y Amelia Saldívar. Atrás puede apreciarse a Manuelita Cano Valenzuela, Alfonso Encinas García, Francisco Coronado Limón, Luis Martínez, entre otros. 18 de noviembre de 1991.

…”Desea reeditar tu libro del Valle del Yaqui, dice que es una obra esencial y necesaria de leerse por esta generación, que él puede ayudar en beneficio del conocimiento histórico y la obra literaria de su tierra de origen”

V

DESPUÉS DE 20 AÑOS REGRESA “POR EL MILAGRO DE AFERRARSE”

Luego de entrevistar y recorrer durante un año el Valle del Yaqui y viajar a Hermosillo a consultas con Lian Karp en el Colegio de Sonora, que dispuso unas páginas de efemérides, con el dibujante Pablo Abril del INAH, al que pedimos insertara tres mapas en una de las históricas extensiones del Valle hasta la definitiva, y entregar avances y discutirlos con Armando Hópkins que seguía interesado en el surgimiento de nuevos significados en la voz de nuestros intérpretes vernáculos, hicimos residencias placenteras en la escuela de historia de la UNISON en las que departimos nociones con Gustavo Lorenzana y Juan Manuel Romero Gil, que nos invitaron a impartir dos seminarios de historia oral sobre nuestro tema del Valle del Yaqui.

Después de un impasse, nos fuimos a Tijuana; avisaron que mi libro Puente México, la vecindad de Tijuana en California, ya estaba editado en El Colegio de la Frontera, y hacia allá fuimos a reunirnos con los viejos relatores fronterizos y les entregamos un ejemplar; uno de éstos, Héctor Seeman Corral, oriundo de Cócorit, para celebrar nos invitó a San Diego al restaurante hindú donde tantas veces degustamos vegetales; hicieron lo mismo Severo Aguilar Jiménez y Manuel Ríos López, ahora con la comida china de Los Angeles, a quienes había dedicado mi libro. Y por nuestra cuenta tomamos la carretera escénica a Ensenada para saborear langosta y echarnos un trago en Hussong´s, la centenaria cantina, y ver las encantadoras puestas de sol desde la playa, ¿lo merecíamos, no? Al regreso a Obregón, Conchita Camarena de Encinas nos enteró que la presentación del libro Por el milagro de aferrarse, tierra y vecindad en el Valle del Yaqui sería en el COLSON el 31 de octubre y en el ITSON el 18 de noviembre, que ella por su parte organizaba un pequeño museo de sitio con objetos y utilaje donados por los relatores y vecinos, que expondría la vida cotidiana rural de los campos. Ante una gran expectación, el libro llegó a fines de octubre de  la Editorial De Acá de la ciudad de México. Presentarían Gerardo Cornejo, Claudio Dabdoub, Darío Galaviz Quezada, Carlos Moncada y Heriberto Aja. Habíamos solicitado a Lian Karp  escribiera la presentación del libro, y una mañana fuimos a su casa de Villa de Seris a recoger el documento, él y Rona, su esposa, nos invitaron a desayunar y charlamos alegremente en su gran biblioteca, regamos juntos las flores y el gran palo fierro del jardín, y nos despedimos agradecidos con Lian por el magnífico texto escrito. Sin ni siquiera pensarlo, tres días antes de la presentación Lian Karp murió de un ataque del corazón. El texto que nos entregara fue lo último que escribió, todos lloramos su ausencia y seguimos recordándolo en la actualidad. Esos días de noviembre de  1991 varios amigos periodistas escribieron sobre el libro, y fueron Bernardo Helenes Habas y Marisa Rocha de Diario del Yaqui, Bertha Alicia González de Tribuna del Yaqui, Araceli Martínez Ortega y Beatriz Espinoza de El Imparcial, Darío Galavíz Quezada de El Sonorense y Carmen Chávez de El Nacional, a todos ellos, “que veinte años no es nada”, nuestro más sincero agradecimiento.

Veinte años después “Por el milagro de aferrarse” no se había reeditado. Gerardo Cornejo le hizo lucha por sobrado tiempo en el Instituto Sonorense de Cultura, sólo recibiendo una bondadosa espera incierta a cambio de su entrega leal y conciente…Hasta que hace unos cuatro meses Pepe, su hermano, me localizó para hacerme un considerable anuncio: “El empresario de Esperanza, don Marco Antonio Cooley, me acaba de llamar para encontrarte lo más pronto posible. Desea reeditar tu libro del Valle del Yaqui, dice que es una obra esencial y necesaria de leerse por esta generación, que él puede ayudar en beneficio del conocimiento histórico y la obra literaria de su tierra de origen”. Este gesto altruista de un sonorense de negocios, humanista y exitoso, me llenó de abierta alegría. Pasando unos días, Pepe Cornejo me entregó un dinero a fin de que me dispusiera a corregir, elaborar fichas complementarias, buscar las viejas fotos y armar de nuevo la publicación. Los dos fuimos a Editorial Aldus con mi amigo Gerardo González y formalizamos el contrato de edición, en eso estamos ahora. He revisado cuatro veces el original, anoté más correcciones, metí nuevas fotografías, y recordé mucho, pero mucho, como lo hago ahorita, los días agradables que pasamos María Eugenia Graf y yo entrevistando ejidatarios a los que guardamos la misma admiración y agradecimiento de siempre. Al estar escribiendo en Quehacer Cultural, Ramón Iñiguez me pedía artículos sobre el libro, pero yo seguía esperando la oportunidad de su nueva publicación, pasaron veintidos años hasta que un día me llené de fortaleza otra vez debido al apoyo de don Marco Antonio Cooley. Aquí nos hemos  encontrado lector, estoy escribiendo para ti los recuerdos sobre el nacimiento de Por el milagro de aferrarse, tierra y vecindad en el Valle del Yaqui, libro que muy pronto compartiré,  reeditado ,contigo. Muy pronto, quiera Dios, que ya no pasen otros veintidós años…

Mayo Murrieta y María Eugenia Graf presentan su libro Por el milagro de aferrarse, sobre la historia del Valle del Yaqui. Los acompañan en el presidium Heriberto Aja del ISC, Oscar Russo Voguel, rector del ITSON, Claudio Dabdoub,comentarista y Gerardo Cornejo de  El COLSON.l8 de noviembre de 1991.

Alfonsito se le pegó a Pablo Duarte al que le pedía su fusil para ir a tumbar pelones

COLOFÓN

VI

ALFONSO ENCINAS, PRIMER NARRADOR DEL VALLE DEL YAQUI

Hace veintidos años buscábamos al agricultor más longevo del Valle del Yaqui para que nos relatara su experiencia de vida en las primeras siembras del siglo XX. Don Alejandro Méndez Limón, de San José de Bácum, nos refirió que en el Campo Treinta vivía el primicial mexicano sembrador de arroz, don Alfonso Encinas García, que había llegado a los trabajos del canal principal en 1909, los que reiniciaba la Compañía Richardson una vez malograda la empresa de Carlos Conant a los trece kilómetros de haber salido de la bocatoma de Hornos. Tenía diez años de edad y su padre ya estaba de zanjero con los americanos; eran de Los Hornos muy cerca del campamento de  Guillermo y David Richardson en Esperanza y Cócorit , capital del valle viejo.

Llegamos a preguntar a  la casita de Manuelita Cano Valenzuela, quien pa´pronto nos llevó con don Alfonso que estaba acompañado de su señora esposa; nuestro asistente de campo, Reyitos  Anaya Zamorano, lanzó un grito de alegría y se echó en brazos de su amigo Alfonso, los dos sonrieron por el emotivo encuentro. Don Alfonso de inmediato decidió charlar para el libro de memorias del Valle del Yaqui; de pronto refirió los días álgidos de los muchachos maderistas de Cócorit, Rodolfo Armenta y Marcelino Cuamea, que junto a los yaquis revolucionarios “ tuvieron noches pródigas asestando golpes a las siembras de frijol y garbanzo garroteados, eran tantos que como cuervos nocturnos saqueaban hectáreas enteras cargando los sacos a lomo”, hostigando a los federales hasta Providencia y Ortiz. Alfonsito se le pegó a Pablo Duarte al que le pedía su fusil para ir a tumbar pelones.

Alfonso Encinas García nació en Los Hornos el 18 de noviembre de 1899 y  muy jovencito aprendió a sembrar arroz con el norteamericano McGriffiths en Pueblo Yaqui y Campo Diecinueve. Salía de su casa y cruzaba el puentecito que dividía a Cócorit del barrio de yaquis mansos. Una vez miró a los pascolas de arpa y violín bailar regocijados por la visita de los generales Pluma Blanca, Mori, Espinosa o el Sibalama a sus hermanos mansos,”cuando las discordias entre hermanos yaquis, broncos y mansos, afloraban, mi padre iba a jalarme como quien no quiere la cosa y me llevaba de regreso a casa, eran los años del 10  al 11 del siglo. La indiada se avino al poblado huyendo de las cuerdas militares que los arreaban a Yucatán, pero los hermanos alzados bajaban de la sierra hasta las orillas de Cócorit a calentarlos en contra del yori; no obstante, los indios Luciano, Alejo, Camilo  y Juan sembraban a medias con mi padre que los dotaba de mulas enguarnecidas y horquillas de echo para las eras y venteo de granos.” Así empezaba a charlar don Alfonso, un pequeño obrero de la Compañía Richardson cuyos gringos inspectores llegaban a los enormes bordos del canal en motocicleta, mientras sus abuelos del rancho El Espíritu resudaban en las maniobras del gran canal sacando arena con escrepas y mulas para hacerle ruta hacia la calle Doscientos al agua del río Yaqui. Por la tarde su madre llegaba con un canastón de empanadas de calabaza a ofrecerlas a los peones. Así con tal pausa y facultad relataba la apertura del canal principal. Los gringos fueron buenos patrones, los chinos que sembraban hortaliza de exportación también, por igual Oscar Richardson que imitaba las bolsas de garbanzo del río de los yaquis, y las tres toneladas por hectárea que le rendían al gringo McGriffiths en la cosecha de arroz que las manos de Alfonso García le sembraban. Las grandes muladas barbechando y jalando escrepas que los mexicanos rentaban a los americanos. No olvidó a Billy Ryan , a Ike Brown criando y pastoreando sus mulas en los llanos de lo que iba a ser Cajeme, a Alfonso mismo marcando y amelgando hectáreas y hectáreas en el Náinari para el mayordomo de Alvaro Obregón, el gran amigo Emilio Arrayales, los que se iban por los bordos y canales recién abiertos revisándolo todo. Así fue la charla de este viejo abuelo del Campo Treinta a las nuevas generaciones ávidas de conocer la historia donde nació la identidad del Valle del Yaqui y una ciudad que surgía con el ritmo del progreso, la máquina y el surco recién desmontado…

FIN

Mayo Murrieta escribiendo su libro en la “casita campesina” de El Tobadito. Febrero 1991.


4 Comentarios a “LA CREACIÓN DE “POR EL MILAGRO DE AFERRARSE””

  1. Por: Rafael Zúñiga Mátuz en Mar 23, 2013

    Felicidades al autor Mayo Murrieta quien sació su espíritu de escritor y rejuveneció al Valle del Yaqui, granero de México. Ojalá tenga Ud la oportunidad de dejar algún legado o proyecto, pero del Valle del Mayo, que de forma casi igual, se abrió paso a la agricultura y que es un ejemplo, el conformar al ejido La Vasconia con mineros que desesperadamente dejaron su Patria chica, Pilares, para hacerse de 4 a 6 hectáreas cada horcón de familia. Todo lo contrario, que en reparto agrario, a la yoremada nativa de Buaysiacobe, los premian con 20 hectáreas que a la fecha rentan a acaudalados -latifundistas- de Bacobampo y EX-Colonia Irrigación, hoy, Villa Juárez, municipio de Benito Juárez. Enhoabuena y que Dios le siga iluminando sabiduría y salud. Sss Rafael Zúñiga Mátuz, Etchojoa, Sonora.

    Rafael Zúñiga Mátuz
    puntozmatuz@hotmail.com

  2. Por: pedro ángel gil cano en Feb 11, 2016

    Gracias por su investigación. Soy bisnieto de Manuelita Cano Valenzuela, me gustó mucho cómo plasmó los recuerdos del Valle del Yaqui y quisiera saber si este libro se encuentra en la biblioteca municipal o si se puede comprar para mostrarlo a toda mi familia y vecinos del pueblo.

    Le agradezco de nueva cuenta por su esfuerzo en esta investigación, espero respuesta a mi pregunta se puede comunicar a mi correo pedro_angel31@hotmail.com

    Pedro Ángel Gil Cano

  3. Por: said bauman en Abr 20, 2018

    Pascual Ayón es mi tatarabuelo, que descanse en paz. Mi abuela me contaba historias de él pero nunca imaginé encontrarlas

    Said Bauman
    saidbauman123@gmail.com

  4. Por: telma torres en Ene 7, 2019

    Mis bisabuelos eran de Cócorit, Francisco Torres Pacheco, tenían molinos de harina; me gustaría saber si alguien de uds sabe algo de esa familia? Gracias por la información!!!

    Telma Torres
    thelmation@hotmail.com

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