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Tomar un respiro de vez en cuando, hundirse en las letras que se convierten en imágenes, imágenes que se convierten en personas, lugares exóticos, costumbres diferentes, aventuras o romances, danzas o destellos, y al regresar de ahí ver el mundo de una manera distinta. Como dice José Vasconcelos: empezar un viaje con inquietud y terminarlo con melancolía…

ARTÍCULO

Imágenes de archivo e internet

Por Anna Georgina St.Clair

Blog: http://nopalespoesia.blogspot.com/2012_04_01_archive.html

Desde  Querétaro, México, especial para Culturadoor.com.—

Día de publicación: 22- Marzo- 2015

Y tú podrías pensar, ¿Qué tienen en común Jack Kerouak, Heródoto, Guy de Maupassant y Manuel Murrieta Saldívar? Que se lanzaron a viajar escribiendo,  tuvieron un sueño de conocer lejanas tierras y lo realizaron una o varias veces, atravesando con ojos curiosos y paso ágil diversas territorios áridos o ricos, pletóricos de historia y muchas veces no hospitalarios.

Y escribieron para contárnoslo. Porque viajeros hay muchos, pero que también escriban son pocos, y selectos.

Y como muchos de nosotros, gustan de conocer lo nuevo y lo desconocido, enfrentarse frente al Otro diferente,  a tiempos y paisajes y personas que nos sacan con fuerza de las rutinas que, quizá, ya nos tienen “hasta la madre”. Salir del aburrimiento, pues, para un escritor puede llegar a ser una ardua necesidad para alimentar sus venas creativas.

Y estos escritores viajeros tienen sus lectores, que gustan de leer sobre los viajes ajenos, reales o inventados, de acompañarlos en sus maravillosas aventuras y, por qué no, contagiarse de esa fiebre viajera.

Y me llega la pregunta frente al docto párrafo inicial de este texto, de Misha: ¿es un buen libro un eficaz sustituto de un viaje imposible? Creo que sí, si leemos a Maupassant ( S. XIX)-y a Herodoto (S. I),  viajamos no solo a lugares harto lejanos en términos de espacio, sino también de tiempo. He aquí lo interesante de este tipo de libros.

Atendiendo a los más sesudos filósofos populares y no tanto (pero muy serios), cada momento que vivimos es especial, único. Lo que vivimos ayer no se repetirá hoy, las costumbres humanas, los paisajes, la convivencia social…. todo evoluciona. Vivimos momentos privilegiados todos los días en nuestra comunidad, en nuestra colonia, momentos que no se repetirán. Pero no vemos lo especial que son, por ser pan de todos los días, por sentir que por conocido no es interesante o digno de ser contado.

Un escritor o un viajero, cuando sale de su zona de confort, inicia con ojos nuevos una exploración de lo cotidiano de los demás que se convierte rápidamente en azoro. Y decide, ante la inspiración que le presenta la vista y lo vivido de lo inusual, relatar, cronicar, describir lo que le parece más extraordinario, el asombro que le traen las diferentes costumbres. Lo nuevo de la rutina ajena, en donde el cerebro lógico se place en encontrar diferencias entre este o aquel lugar, entre el sabor de una comida casera con la de la ofrecida en algún restaurante  a la vera de algún camino perdido en Oklahoma.

¿Las razones prácticas de los viajes? Pueden ser variadas, pero no menos interesantes. A Maupassant lo llevaron a los países árabes, a Africa del norte y al sur de Italia algún y no bien explicado trabajo como representante del gobierno francés. Al griego Heródoto, una sabia y bien documentada curiosidad por conocer costumbres y pueblos ajenos al suyo; sus anotaciones luego servirían para conquistar a esos ignotos pueblos, si no por su gente, por los romanos, siglos después.

A Murrieta Saldívar (finales del siglo XX, inicios del XXI), su buscado viaje por la vieja y estudiada Europa Occidental lo llevó el deseo de conocer, en vivo y a todo color, a la ciudad que había dado origen a todo tipo de ilusiones románticas: París, y al país que dio vida a la lengua con la que se labraron las obras literarias a las que dedicó de un lustro a estudiar, España.

¿Qué lleva a Keruoak a viajar de ida y vuelta por las arduas carreteras de Estados Unidos de América? Un sueño de libertad, una desesperación ante la rutina, un deseo de reunirse con los amigos dispersos, un gusto por lo nuevo y la acción, nostalgia por lugares y personas descritas nunca conocidos pero comunicados en un grado emocional por terceras personas.

Si para Heródoto su hazaña de visitar los diversos pueblos árabes y africanos y describir sus costumbres y determinar su locación fue trabajo, curiosidad, deber y un gran riesgo, para Keruoak (S. XX) los viajes eran escapes de las vidas convencionales que amenazaban con atraparlo y hundirlo.

Para Murrieta Saldívar, el viaje europeo tiene tintes heroicos, pues la dificultad que le estribó concretar su presencia en el otro lado del charco, fue compensada con los premios vivenciales, con la cercanía a sus personajes y lugares soñados, con situaciones que fueron grandiosas sin buscarlo.

Así, París fue frío con él  cuando pensaba que sería cálido y amoroso. Encontró, sin pensar que los necesitaría, la solidaridad y amabilidad de los extranjeros que, como él, peleaban con dientes y uñas un espacio en donde ubicarse, en dónde poder vivir sin ver reducidos sus escasos recursos económicos a cero.  Si el sueño de ser un escritor en París lo llevó a realizar verdaderos actos de magia, el saber que el Barrio Latino, donde antaño vivían los pobres artistas que después se harían famosos, era ahora inaccesible para el bolsillo de la mayoría de los creadores, fue otro descubrimiento que lo llevó a pisar la más cercana realidad de los inmigrantes.

El tema de los recursos económicos,  soslayado o poco importante para Maupassant o Herodoto, es vital tanto para Keruoak como para Murrieta. Si el dinero compra la comida, el albergue y la entrada a los lugares más emblemáticos de las viejas ciudades, su falta provoca angustia, hambrunas y, en el caso de Keruoak, actos vandálicos que produjeron pocos o nulos remordimientos de conciencia.

¿Acaso viajamos para huir del caos interno? ¿Acaso leemos –leímos- novelas sobre viajes y aventuras para no perder la capacidad de asombro? ¿Acaso viajamos, como escritores, para curiosear y meternos de lleno en las vidas muy ajenas y diferentes, solo para dejar huella de nuestro paso en la vida? ¿Acaso nos sometemos heroicamente a situaciones límite, en los viajes, para anotar victorias en nuestras vidas que de otro modo sería difícil lograr?

Solo puedo responder a lo anterior lo siguiente: a los espíritus libres siempre nos han gustado los retos, aunque después de muchos kilómetros extrañemos y deseemos, cansados, estar en casa con  la Doña Lina de Murrieta,  la Tía Betsy  de Kerouak o aquí, en mi casa en Querétaro, desde donde escribo esto…

BIBLIOGRAFIA
Herodoto. De Paseo con Herodoto. FCE. México. 1986.
Kerouak, Jack. En el camino. Ed. Club Bruguera. España. 1981.
Maupassant, Guy.  Relatos de viajes. Tomo I, Obras Completas. Ed. Aguilar. España. 1961.
Misha. http://llavesinpuerta.blogspot.mx/p/inventario.html
Murrieta Saldívar, Manuel. La grandeza del azar: eurocrónicas desde París. ISC. México. 2006.
(*) La grandeza del azar, ya en su segunda edición, disponible en Amazon:
http://www.amazon.com/gp/product/1931139601
Y en Editorial Orbis Press:
http://www.orbispress.com/imagenes/realidad/grandeza-azar.htm

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