A lo mejor, sí se puede

David Alberto Muñoz

Phoenix, Arizona.- Desde la seis de la mañana, infinidad de personas se reunieron en la ciudad de Mesa, en la Universidad Estatal de Arizona, en la esquina de la avenida 27 y McDowell, con la intención de llevar a cabo una caminata en contra de la proposición 200, y las nuevas leyes que la legislatura estatal está intentando pasar.

Niños y adultos, hombres y mujeres, gente del campo, la organización de jornaleros, profesores de universidad, amas de casa, empresarios, dueños de negocios, gente de la tercera edad; cada uno de ellos unidos por una causa: el no permitir que un grupo de ciudadanos racistas, utilice como excusa la seguridad del territorio nacional para mal tratar a mucha de nuestra gente, que en realidad lo único que hacen y desean es trabajar.

Líderes comunitarios como Salvador Reza, Juan Valera, Alfredo Gutiérrez, el Pastor José González, entre muchos otros, se mostraban como individuos comprometidos con el pueblo, para hacer latente ante la legislatura estatal, y más específicamente, ante el senador del estado Russell Pearce, que ya existe decisión dentro del pueblo hispano arizonense, para pelear y no bajar la cabeza ante el mentado dios blanco.

—¿Dónde están todos los líderes de organizaciones que se supone deben de ayudar a la comunidad hispana?—expresaba el activista Gutiérrez—Yo no los miro aquí.
—La libertad cuesta—proponía el señor Valera.
—Dios está en contra de la injusticia social—disertaba el pastor González.

A lo largo de más de 25 millas de camino, se podía vislumbrar como poco a poco más y más personas se iban uniendo a la marcha. Jovencitas que todavía con sus uniformes de la escuela puestos, levantaban la bandera mexicana rejuveneciendo la marcha. Madres de familias cargaban a sus bebes en los brazos para que éstos, fuesen testigos de algo que bien puede convertirse en un movimiento a nivel nacional.
Había maestros que habían decidido cancelar sus actividades diarias para poder apoyar el llamado de una comunidad necesitada de unidad y puesta como tiro al blanco en medio de críticas de muy mal gusto, como la que hizo el mismo Sr. Pearce, de denominar a todos los indocumentados como: el mismo Satanás.

Caminaban por la avenida Washington mientras automóviles pasaban y muchos de sus conductores les gritaban en la cara:
—Minute man! Minute man!
A lo que la raza respondía al unísono:
—¡Sí se puede! ¡Sí se puede!
La policía seguía muy de cerca dicha manifestación. Varías patrullas acompañaban a un grupo de ciudadanos de este país, junto con personas que por azares del destino todavía no consiguen documentos, pero sí habían decidido expresarse dentro de lo que se supone es un país libre, donde se permite la libertad de expresión, el derecho a protestar, a decir nuestra causa por medio de la palabra hablada.
Se escuchaban un sin fin de historias.
—No, Paco caminó por el desierto por más de tres días para poder llegar.
—Juana por poco se muere y la migra casi la agarra.
—Pues que me dicen de Don Elías, después de más de veinte años de vivir en este suelo, ya tiene su propio negocio.
—Yo le doy muchas gracias a Dios porque mis hijos asisten al colegio. Son adolescentes que están teniendo la oportunidad de superarse por medio del trabajo duro de sus padres.

Fue interesante el darse cuenta que la comunidad cristiana se unió a la marcha. Varios pastores protestantes decidieron expresar su descontento contra la legislatura estatal. Fue muy curioso el poder ver gentes de distintos círculos, unidas por la misma causa.
Había chicanos, mexicanos, venezolanos, dominicanos, indígenas que realizaron su rito pidiendo el socorro del sol y la serpiente. Los medios de comunicación saturaron el evento que al llegar al capitolio estatal, bien pudieran haber sido más de mil personas llegadas de todos los rumbos del valle del sol. Televisa, Telemundo, TV Azteca, Univision, la prensa local en fin, fue como si el mundo deseara concentrarse por unas horas en el centro de la capital arizonense.

Incluso, se podían ver gringos, dicho con el debido respeto, que de una forma solidaria, habían decidido unirse a la marcha. Un hombre ya de edad cargaba una foto de Cesar Chávez. Tres jovencitas llevaban una pancarta que decía:
—¡No al odio! ¡Sí a la educación!

No podían faltar los legisladores, que desde la puerta de sus oficinas pretendía no escuchar las voces de protesta, las voces autóctonas brotadas de un pueblo que no viene sino a trabajar, a luchar por un mejor futuro.
Estudiantes tomaban la palabra, panameños indigenistas, líderes de distintas comunidades expresaban a gritos el descontento, la ofensa entregada a nuestro pueblo por el simple hecho de querer trabajar.

Por unas cuantas horas, el pueblo hispano de Arizona experimentó el sentimiento de la unidad. Esa gran necesidad que todavía tenemos.
En verdad somos un gigante dormido. Nuestro potencial está limitado por nosotros mismos. Pero tal vez, este cinco de abril del año 2005, pudimos ver finalmente que gentes de toda religión, toda ideología política, toda tendencia ideológica, sí podemos unirnos para lograr el respeto a nuestra dignidad humana.

¿Quién pizca la fruta en el campo? ¿Quién limpia las oficinas del capitolio? ¿Quién hace todos los trabajos que muchos gringos no desean hacer? ¿Quién busca un futuro mejor, a pesar de tantos mal tratos e injusticias?
A lo mejor, sí se puede…

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