|
|
Todas las mañanas tenía
que levantarse y manejar por los freeways del Valle del Sol, dentro del
desierto y junto a las calles y avenidas, yuxtapuesto a las víboras,
alacranes y lagartijas.
Sufrir, llorar, vivir... en el freeway
Por Gabriel Higuera
Orbis Press Agency
Todas las mañanas tenía
que levantarse y manejar por los freeways del Valle del Sol, dentro del
desierto y junto a las calles y avenidas, yuxtapuesto a las víboras,
alacranes y lagartijas. Tomaba el 17 Sur a Tucson para eventualmente
encontrarse con el 60 rumbo a la ciudad de Mesa y más tarde el
101 hacia Chandler, Arizona.
Desmadre en la mañana
Cada mañana era una verdadera
batalla. Miles y miles de carros enfrascados en una beligerancia urbana
contemporánea, conflagración construida por el hecho de
cuidarse para no chocar con nadie; de aguantar a los choferes acelerados,
los lentos, los cuidadosos en extremo, los suertudos que habían
conseguido su licencia por casualidad o tal vez aquellos indocumentados
que manejaban sin licencia, necesidad imperativa dentro de un país
concentrado en el respeto de una supuesta ley, implementada con ciertas
diferencias. Además, siempre había borrachos cuya ebria
identidad los había sorprendido la noche anterior cuando tuvieron
que quedarse a dormir en sus automóviles; forzados por la cantidad
de alcohol consumido, habían permanecido estacionados en la salida
de algún club nocturno. Por no mencionar a los frustrados que
se gozan al sacarle el dedo a medio mundo gritando pendejada y media;
los niños ricos sintiéndose dueños de las autopistas
manejaban a cien millas por hora. Mujeres llevando a sus hijos a las
escuelas, gritaban en medio de una escena silenciosa y pedían
que los mancebos se comportaran. Burócratas atendiendo a sus oficinas
de trabajo, lugar donde al llegar, nada más están pensando
cuánto falta para tomar su 15 minute break, su lunch break, su
coffee break o su cigarette break.
Ventanas cerradas al mundo
En medio de este caótico escenario,
dentro de sus cubículos sincrónicos, miles y miles de personas
se desplazan a diario por las capitales de las ciudades estadounidenses.
Montados en sus potrillos modernos escuchan la radio, hablan por el celular,
fuman como chimeneas, cantan la última canción de Britney
Spears o Shakira, observan el mundo a su alrededor, muestran la imagen
del ciudadano moderno del siglo XXI.
Cada uno de ellos, con sus ventanas cerradas, pretenden ignorar a los demás,
a sabiendas de su incapacidad por escapar del ruido, los accidentes, las miradas
del prójimo, el desgaste que representa manejar a diario por carreteras
construidas por arquitectos que no profetizaron sobre el incremento de la población
en las metrópolis.
Manejar, una misión militar
Pegados a National Public Radio, al
reporte del tráfico local mandados por helicópteros, noticias
de último minuto, el show de El Gordo y Eduardo, buscan nuevas
rutas para lograr llegar a sus hogares con mayor rapidez. Entre el smog,
carros que no han pasado el examen de emisión, motocicletas que
hacen un ruido infernal, se interponen todos entre nosotros y nuestro
destino; y para acabarla de amolar, trocas mexicanas que siempre deciden
ir en la línea de la izquierda al mínimo de velocidad;
mujeres aristócratas con lentes oscuros que ni siquiera se dignan
a mirarlo a uno, junto con el juego inocente de niños que responden
el saludo cordial de algún loco automovilista en busca de contacto
humano.
Tocan el claxon, gritan dentro de sus espacios bien diseñados para una
individualidad característica también del nuevo milenio. La misma
velocidad no se siente al estar encerrados dentro del coche. Solamente te das
cuenta cuando frente a ti los carros se detienen súbitamente. Cuando
la aparente rapidez se encarcela en la realidad de una absoluta necesidad de
detener el automóvil.
Así es la vida en los freeways, en el imperio más poderoso de
la Tierra. Seca, peligrosa, absurda, rara, abstracta, cansada, llena de incidentes
cotidianos que hubiesen asustado al poblador de antaño.
El caballo y la conspiración
Por lo menos en Phoenix, todo comenzó a
complicarse hace unas décadas. Todavía se puede ver uno
de los tranvías que hace ya más de medio siglo andaba por
las avenidas, expuesto en la Estación Central, por la Van Buren
y First Street, como si fuera una curiosidad obsoleta. Desaparecieron
los tranvías, pero la razón no es un misterio ni es por
ser obsoleto. Fueron comprados por la industria automotriz y condenados
a la muerte para que naciera el carrito (el carro es como la cucaracha--sobreviviría
un holocausto nuclear). Ese hecho tiene mucho que ver con el tráfico
de hoy, entre las seis y nueve, y las cuatro hasta las siete, día
tras día. La idea pegó, los promotores del auto generaron
una idea del caballero nuevo para un Oeste nuevo. Sin quitarnos nuestra
preciosa individualidad, el carro de sólo un ocupante ha tomado
el lugar del caballo. Y aquí estamos, millones de caballeros modernos,
a veces parados en el freeway como burros.
La cultura del auto
El carro es un lugar donde suceden
eventos monumentales de nuestras vidas. Para los que usan diariamente
los estacionamientos, digo, freeways, participan pasiva o activamente
en una cultura automovilística. ¿Qué es cultura,
sino una reflexión de la sociedad? Vivimos en nuestros carros
quitando corbatas, cambiando camisas, pintando labios, explorando cuerpos
y rompiendo con novios--concebimos en el carro, morimos en ellos.
A lo largo de la vida, pasamos años parados en el tráfico y los
autos, como las casas, se decoran para reflejar nuestros valores, gustos y
disgustos. Siguen siendo más grandes, con casi cada opción imaginable,
que sólo falta un baño discretamente abajo del asiento. Algunos
los adornan por afuera con calcomanías o bumper stickers, para la diversión
o aversión de otros, obviamente, comunicándose por la cola del
carro. Los temas no tienen límites--que tu hijo sabe más que
el mío o Calvin meando en Ford o Chevy o lo que sea, Bush contra Gore,
Estados Unidos contra el mundo. Todo esto se acumula en la cultura automovilística.
Día tras día, cada uno de los habitantes de los feudos modernos
se cansan antes de llegar a sus trabajos. Salen hechos la mocha para cansarse
nuevamente al intentar evitar el tráfico vespertino. Lo bueno del tráfico
por la tarde es que le da a uno amplio tiempo para olvidarse del trabajo, para
que uno no llegue a la casa pensando todavía en las pendejadas cotidianas
del jefe, de clientes u otros trabajadores. Las quejas del trabajo se van cambiando
por el odio al viejo Buick que circula a 50 en una zona de 75 millas por hora.
Es como un purgatorio (pero más acercado al infierno) donde uno se sienta
y espera. Después de horas y horas detrás del volante, finalmente
llegan a sus casas. Estropeados, lesionados, azotados por la vida urbana presente,
maldiciendo a medio mundo, compartiendo con la compañera o compañero,
qué tan cerca estuvieron de un accidente tal vez fatal… para casi
de inmediato, enfrentar nuevos retos, nuevas guerras internas dentro de sus
casas, los hijos, las deudas, los reproches tan comunes, verbalizados en ataques
enunciados por los seres queridos…Todo esto, pues, sucede en un día
en los freeways de la utopía moderna. ¡Y esto suponiendo que se
lleva aire acondicionado!
Gabriel Higuera: Originario de Phoenix,
Arizona; estudiante de Ciencias Sociales en el Phoenix College
e instructor en la MetroTech High School de Historia Cultural
Latinoamericana.
E-mail: tamboresdela@yahoo.com
|
|