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Me daba mucha tristeza pensar que
el Chavo del ocho no tenía en dónde vivir
Me creía de todo
Por Lizette Morales
La niñez es una época en nuestras vidas en la que todo puede
ser posible. Nuestra imaginación no tiene límites. Cuando somos
niños creemos en todo lo que los demás nos dicen. Por lo menos
así era en mi caso. Siendo la más pequeña de tres y la única
mujer, frecuentemente era víctima de las ocurrencias de mis hermanos.
Les creía todo, desde relojes mágicos hasta que la luna era de
queso.
Por otro lado, como la mayoría de los niños de mi generación,
crecí con la televisión y claro, creía que todo lo que
pasaba en la tele era verdad. Me daba mucha tristeza pensar que el Chavo del
ocho no tenía en dónde vivir. Y nunca me pasó por la mente
que las caricaturas eran sólo dibujos animados. Yo pensaba que en otra
parte del planeta la gente era de caricatura.
En fin, debido a mi infantil imaginación frecuentemente era blanco de
las tonterías de mis hermanos. No creo que era su intención el
hacerme sufrir; sólo lo hacían porque no tenían nada mejor
que hacer. Una gran desventaja de ser la menor y la única mujer, es
que no se tiene ni voz ni voto, o sea, que yo nunca escogía lo que veíamos
en la televisión. La mayoría de las veces tenía yo que
ver programas para niños y no de niñas. A mí me gustaba
ver Hello Kitty, pero mis hermanos siempre querían ver Transformers,
o caricaturas de carros, dinosaurios o G.I. Joes. Asimismo, no había
muchas opciones para las niñas y si las había ¿Cómo
iba yo a saberlo?
Recuerdo que en una ocasión estábamos mi hermano René y
yo viendo unas caricaturas llamadas Mazinger Z, o algo así. Era sobre
este muchacho que tenía un robot gigantesco y ayudaba a la gente cuando
había peligro. En el episodio de ese día el supuesto robot se
volvió malo; tal vez algún cable se le dañó o hubo
un corto circuito. Yo miraba con atención como el Mazinger Z malo andaba
por todos lados haciendo destrozos en las calles y el campo, y todo el mundo
andaba con los pelos de punta. Lo malo era que no había quién
luchara contra este personaje maligno debido a que él mismo era el único
que luchaba contra la maldad. Para no hacer la historia más larga, el
episodio no concluyó ese día ya que el acontecimiento era tan
atroz que se iba a llevar una hora en resolverlo y no media hora como era lo
acostumbrado. Al terminarse la caricatura yo no le di demasiada importancia,
pero me quedé pensando por un momento y me imaginaba el tremendo susto
de toda esa gente. Abajo en la pantalla aparecieron unas letritas que decían
continuará... A esa edad yo no sabía exactamente lo que quería
decir esa palabra y por eso le pregunté a mi hermano:
-¿Qué quiere decir eso?
-Dice que va a seguir mañana.
En ese momento me asusté un poquito. ¡Todo eso va a seguir mañana!
Pobre gente, pensaba yo. Al ver mi reacción, mi hermano decidió hacer
el asunto más interesante para él:
-Y el Mazinger Z malo va andar por todas las calles mañana, y también
va a venir pa'ca.
-Dios mío, ¿qué vamos a hacer? No podía creer que
mi hermano estaba tan tranquilo. Mazinger Z nos iba a atacar mañana
y él no estaba asustado. Ya me imaginaba a Mazinger Z por nuestra calle
caminando, destruyendo todo lo que estaba a su paso. De seguro nos iba a aplastar
y a destruir todas las casas y carros. Sentía un miedo tremendo y no
quería que llegara el siguiente día porque todos nos íbamos
a morir. De repente me pregunté a mí misma si ya lo sabría
la demás gente. Al mismo tiempo pensé: -Todos en sus casas tienen
televisiones y ya se dieron cuenta. Pero y mi mamá y mi abuelita, ellas
no veían las caricaturas.
Toda la tarde me la pasé pensando en lo que iba a pasar, era el fin
del mundo. El Diablo por fin había ganado. No sabía la manera
de decírselo a mi abuelita ya que ella era mayor y no creía en
las caricaturas, pero sí creía en el Diablo. Por fin me atreví a
decirle a mi agüe lo que estaba por ocurrir: el fin del mundo. De seguro
ella, como sabía tanto, sabría qué hacer en esta situación.
Ella era la única que podría protegernos, especialmente a mí,
ya que René estaba muy quitado de la pena.
Así que allí estaba yo sentada a un lado de ella, viéndola
coser en su máquina vieja, esperando el momento adecuado para hablar.
Tenía que encontrar las palabras apropiadas para decírselo, y
de pronto le pregunte:
-¿Agüelita, usted le tiene miedo al diablo?
-No.
Me respondió así muy segura de sí misma y en ese momento
todas mis angustias desaparecieron. Ya no importaba si el robot iba a venir
al día siguiente porque mi agüelita ya lo había vencido
en mí...
Lizette Morales: estudiante de
la clase de español impartida por el Dr. Manuel de Jesus Hernández,
Arizona State University-Tempe.
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