Reportaje
Día de muertos, en Estados Unidos, es la epifanía
del migrante: los santos, los riesgos callejeros, la improvisación,
la nostalgia, las novenas en Spanglish: "C'mon, mi santito. One more
miracle, y ya".
Patrimonio de comunidades
Por María Dolores Bolívar
A Julio Ruelas, pintor zacatecano,
que murió en París y
cuyos restos descansan ahí. No debe haber mayor infortunio que
morir fuera de la patria
Al fondo de una vivienda maltrecha,
en medio del campo alto californio, está una mesa coja de madera
de pino, repleta de veladoras, santos de bulto y, en su centro, un arreglo
de tres flores de plástico. El conjunto, armado al paso del tiempo,
hace resaltar su virgen de Guadalupe, de esas que también son
lámpara, pero cuyos foquitos fundidos subrayan la tenue tristeza
de los que aún relucen, matizando la oscuridad amarillenta de
aquel altar.
Aquí rezamos
Cuando da tiempo de rezar, se reza en ese medio metro improvisado al igual
que todo en la vivienda.
"Llegamos sin nada", cuenta Celia, al notar mi interés por su
rinconcito privado. "Yo soy la que puse aquí a mis santitos…Para
que nos traigan suerte."
Aprovecho para preguntar cómo celebra el día. "¿Los
muertos? Hacemos tamales. Cuando se puede hago pozole. No hago gran cosa, pues
aquí la gente casi ni se visita. En Tepic nos vamos pa'l panteón."
Mi abuela, aunque era revolucionaria, estilaba llamar al panteón camposanto.
Se les llama panteón civil desde los tiempos de Juárez, que le
quitó a la iglesia el monopolio de cobrar por enterrar a los difuntos.
Los panteones no son lúgubres. Cuentan con flores, todo el año,
son coloridos.
La muerte es el
límite
En el Tigre también aparecen motivos de época. Calabazas, luminarias
de barro, disfraces. A la mitad de un pasillo veo, acabadito de desempacar,
al santoral en veladora. Ahí están, como en catálogo viviente,
Martín Caballero, José, La Sagrada Familia, Ramón Nonato,
El Niño de Atocha, Antonio, la Caridad. Santa Elena es azul, San Judas
amarillo. No veo por ningún lado a La Santísima Muerte. "Disculpe… ¿tendrá veladoras
de la muerte?" La respuesta lleva un dejo de horror: "¡Uy,
no! Para eso sí va a tener que ir a Tijuana".

Animas de San Tiburcio, que a nadie se le ocurra
patentar el día
de muertos, como ya se hizo con la virgen de Guadalupe.
Calaveras personalizadas
Rebeca Lannon compró moldes para montar en su casa un taller de confección
de calaveras de azúcar y así rememorar la tradición de su
natal Morelia. Los encargó vía Internet en abril. Vinieron de tres
tamaños, sólo cráneo. También encargó catrina,
catrín, bigotón y sombrerudo, para más variedad.
La aceptación de las calaveras es el resultado de la constancia con que
se mantiene viva la tradición en el salón de clases. Rebeca enseña
en South Bay, donde un 80 por ciento de mexicanos dan cuenta de las carnicerías,
las panaderías, los cursos de folklórico y mariachi. Vive en mi
memoria la casa que habitó Guillermo Gómez Peña en esa misma
zona. Entrabas por un patio de tierra, como si estuvieras en Ojocaliente o en
Nueva Rosita. Además de un perro, te recibía un par de gallos.
Para Rebeca, vecina de ese ambiente trasnfronterizo, el día de muertos
transcurre como algo absolutamente natural, si acaso aderezado por el cartelito
que anuncia Calaveras: We Personalize. Demás está decir que a los
anglosajones les parece mórbido colocar su nombre en la frente de un cráneo
decorado.
La era del culto digital
Las luminarias, inundan la producción industrial que surte a los Walmarts,
los Big Lots y los Michaels. Hoy se hacen de barro y de cerámica, en
lugar de la bolsa de estraza. Como está prohibido encender fuego en
edificios públicos, una eveready activa el foco que hace las veces de
flama. Eso ya no sorprende a casi nadie. ¡En Sevilla y San Pedro hay
veladoras de a moneda!
En Plateros, Zacatecas, el cura bendice a la larga cola de feligreses sacudiendo
con fuerza una botella de Ciel. El recurso al plástico tratado al alto
vacío no parece interferir con el antiguo ritual, ni se sabe que mengüen
los poderes del agua milagrosa depositada en tan moderno envase.
Día de
muertos con incienso de la India
Por las ofrendas colectivas desfilan un sinnúmero de objetos caseros:
portarretratos, flores de papel, muñecos, rebozos o chales, candeleros,
flores. Un estudiante aportó la foto de su perro; aseguró que
era el único amigo por quien lloraría in memoriam.
Las variaciones se hacen necesarias.
Así mi madre, en navidad,
sustituye los romeritos con ejotes y muchos preparan buñuelos con
pasta de harina para hacer tortillas. En los swaps, versión del
tianguis, no hay copal. La mayoría lo sustituye por incienso de
la India; a falta de zempazúchitl, se compran margaritas o girasoles, "de
las que acá se mientan marigold".
Santísima cruz de neón
Conozco a un grupo de artistas que monta en su garaje una instalación
majestuosa, por el rumbo de City Heights (para los que no conocen, se trata
de un barrio tan mexicano como Tlatelolco o la Candelaria, donde las minorías
son somalíes o afro-americanas). La instalación reúne
calacas, lápidas de panteón, barcas llenas de flores, como las
trajineras de Xochimilco, calabazas parlantes, sonidos de casa de los sustos
y la muerte de guadaña con su osamenta, otra vez en neón, para
espantar a los chavos que salen a "pedir el muertito" o "la
calavera".
El año pasado, en mi salón, alguien tuvo la idea de poner aros
de neón, ocultos tras las flores de papel. No nos dimos idea de cuál
fue su efecto real, pues no se pudo oscurecer todo, como lo exige el neón,
para brillar. Nuestra ofrenda evocaba la pasión del Santo, ilustrada
por el impreso en láser de un cartel de pueblo, de esos que anunciaron
como gran novedad, todavía a finales del veinte, la llegada del cine.
En un ladito, muy discreto, rendí un pequeño homenaje a Miguel
Terrazas, mi bisabuelo paterno, quien patentó el neón, en México,
en tiempos de Don Porfirio.
La ofrenda/instalación me recuerda la catedral de Hermosillo, luciendo
oronda contra el paisaje su enorme cruz de neón, como quien no se atreve
a negar la cruz de su modernidad.
La pelona luce
máscara
de plata
Otro amigo que montó en su garaje una pequeña imprenta, ha dejado
empolvándose por años un cartel con la foto de Alberto Estrella.
Con el rostro sombreado, bajo una tira luminosa de foquitos navideños,
Estrella representa al luchador, siempre al filo de la muerte, a trastiempo
asociado con los santitos de María Amparo Escandón.
Día de muertos, por acá, se mezcla con la atmósfera que
rodea la vida del migrante. El culto se expresa en los santos, los riesgos
callejeros, la improvisación, la nostalgia, las novenas en Spanglish: "C'mon,
mi santito. One more miracle, y ya".
No es distinto en otras partes de México, donde la tradición
antigua sólo se conoce de habladas o por los medios que hacen publicidad
a su manera.
Me tocó un observador que peleaba porque las velas fuesen de cera y
las frutas y flores de verdad, como en los tiempos de Gertrudis Bocanegra y
la criollada. Estoy segura que de haber habido neón en tiempos de Hernán
Cortés su poder mágico habría alcanzado las estructuras
de la mismísima basílica metropolitana.
Los que piensan que la mezcla que se adquiere con los años atenta contra
la tradición no entienden lo que es un culto vivo, atizado por la fe
diaria y el ritual cotidiano, de pasadita. Tampoco conocen del montaje multicultural
que hallaron intocado los arqueólogos en las tumbas de Chichén
o de Tenochtitlán. Junto a Chac Mol, la Coyolchauqui, la serpiente y
los versos Toltecas. Tollán y Mitla, representadas a trastiempo en una
misma realidad electrizante.
La rotonda de las pelonas ilustres
Este año recordaremos que las calacas o pelonas, lucen igualitititas.
En el anonimato del hueserío, nosotros las vestimos y nombramos, como
lo hizo José Guadalupe Posada, para dar cuenta de una muerte populachera
y de a montón, como lo fue la vida.
Este año llamaré a mi ofrenda Las tres pelonas —en honor
a la danza villista de Isaac Calderón que, paradójicamente, no
lo libró de ser fusilado por los dorados, en Salvatierra. ¿Mis
tres pelonas? Esas tres tristes almas femeninas que ingresaron a la Rotonda
de Ilustres: Rosario Castellanos, Ángela Peralta y Virginia Fábregas.
Las evocaré lidiando con sus 104 ilustres chambelanes, lamentándose
de que no accedieran a la eternidad de los nombres en chapa de oro esa otra
multitud de pelonas lidereadas por Sor Juana o Josefa; Ana Aramburu o Nahui
Ollín; Antonieta Rivas Mercado o Eulalia Guzmán Barrón.
Está bien, mejor contar con representación, por más que
mínima, entre el hueserío en eterno descanso.
Entre Juan Soldado
y la maldición de Miramón
No faltará, de segurito, quien rinda honores a Juan Soldado, que continúa
cargando la ignominia del clasismo, el racismo y la opresión en varias
direcciones... a las muertas anónimas —que no sean nada más
las de Juárez sino también las migrantes que perecen bajo las
llamas invisibles del desierto—. Y proliferarán, no se los pierda,
altares a Frida, al Ché, a María Félix.
Para futuras fechas no deje de considerar personajes ficticios. ¿Qué tal
Santa, Aura, Susana San Juan, Isabel Moncada, la Llorona, Camelia, la Entalladita,
Rosita Alvirez?
Hay para todos gustos e ideologías… algunos invocarán,
sin duda, a Maximiliano, a Migue Miramón, a Toño López
de Santa Anna y hasta los últimos californios ajusticiados a la mala,
Joaquín Murrieta, Tomaso Redondo o Tiburcio Vázquez.
Los puristas buscan legitimidad en la celebración del día de
muertos, como quien busca los tres pies del gato… En versos como éste
se verifica el mestizaje. Los indígenas no estilaban bigote, ni las
viudas aztecas o mixtecas iban de negro, ni las novias iban de blanco, ni la
muerte era huesuda y dientona como la del folklore medieval.
Contacte a María Dolores
Bolívar:
MBOLIVAR@san.rr.com