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Cuento
La Vergüenza de Arizona
Por Oscar L. Cordero
En Agua Prieta hay más
polvo que vida y en Casa Grande está la vergüenza de
Arizona, pero no vaya usted a creer que se trata de la proposición
200.
La
vergüenza de Arizona no es Fife Symington ni Thomas O'Brien,
ni siquiera Colorado City. Tampoco lo es el problema que han heredado
los Tohono O´dham y los Yaquis, en ambos lados de la frontera,
desde que el paso libre a que tenían derecho a través
de la línea divisoria se ha vuelto un batallar. No, no es
eso. La vergüenza de Arizona son las cucarachas pedorras de
Casa Grande. ¡Da vergüenza acercarse ahí! Si te
fijas, en los jardines de las casas puedes encontrarlas. Las hay
muy gordas, algunas, claro, se ve cuando levantan el trasero para
peder.
El dependiente del correo local
algunas veces cierra a las cuatro, dicen que le duele una almorrana
y por eso cierra antes, cuando la hora de salida es a las cinco.
Él cree que es una almorrana pero yo sé que está
en un error, son las cucarachas chiquitas que le entran por el trasero
y le muerden sus adentros. Lo que es peor, un tipo me dijo que ha
visto a algunas de ellas volando. Eso ya sería el colmo porque,
si eso fuera cierto, tendrían que tener las alas más
grandes que los coloridos colibríes de Arizona.
En Agua Prieta las cucarachas
no serán muy pedorras, pueda que no, pero de tan chiquitas
que son se meten hasta en las orejas. Un tipo se sacó una
de la nariz, pegada a un moco, un jueves santo, y ni se molestó,
siguió viendo la procesión. Había un romano
pegándole con una soga a nuestro señor Jesucristo,
de seguro ése va a arder en los infiernos y si, por el contrario,
va al cielo, por algo será, puede ser que sea de buen corazón,
eso yo no lo sé. Me gusta la Semana Santa por las pastorelas.
Uno se viste de arcángel Gabriel, le da chicotazos al diablo
y le deja las nalgas pelonas. En veces le sangran, merecido se lo
tiene.
La vergüenza de Arizona
bien podría ser la compra Gadsden o la draculesca proposición
200. También podría ser la intervención del
ejército norteamericano en la huelga de Cananea a principios
de siglo o, quizás, la diócesis de Phoenix en estos
difíciles días. Pero no, son las cucarachas pedorras
de Casa Grande. Lo sé bien.
El odio que le tengo a las cucarachas
es porque una cayó en la taza de mi café negro. Qué
bueno que, al darle el trago, la sentí y la escupí
con fuerza, dejándola pegada en la pared de enfrente. Me
enjuagué la boca muchas veces y aún sentía
los pelos de su lomo en la parte interior de mis labios. Que le
baje a uno un piojo por la frente cuando está con la novia
también es feo, pero nunca como el olor a pedo de cucaracha.
Se me olvidaba decir que las cucarachas tienen la espalda llena
de pelos, o el lomo, debiera decir—disculpen la interrupción.
Arizona no formó parte
de la unión hasta 1912. El naciente gobierno estatal agilizó
la anexión con el fin de que durmieran tranquilos en Washington.
"La compra Gadsden no tuvo buenos tintes", según
me platicó un viejo de Sun City. Él, hasta ahorita,
tiene remordimientos; no por él, sino por su abuelo que sirvió
de intérprete en el asunto. "El inglés no es
como el español"—me dijo—. Ciertos gringos
son muy listos, yo he visto a algunos hablar inglés desde
chiquitos. En el norte hay muchas cosas que no entiendo. Como el
caso de estos insectos. A propósito, una cucaracha pedorra
es la vergüenza del mundo, pero ¿qué podemos
hacer? Dios les dio más armas a ellas que a nosotros para
sobrevivir los terribles cataclismos que, de vez en cuando, aquejan
a este valle de lágrimas. Antes que ser cucaracha, prefiero
que me agarren robando en la tienda de los árabes. Por la
calle 16 hay una. Siempre que voy ahí me dicen "primo",
por eso vuelvo seguido.
Me acuerdo de la huelga de los
mineros del cobre, hace años; el presidente no quiso apoyar
a los mineros y, para darle en la madona al movimiento, prefirió
comprar el cobre del Japón. Muchos perdieron el trabajo y
le rayaron la madre a Reagan. Hicieron bien pues, a causa de la
huelga, muchas madres vieron palidecer a sus hijos de hambre y entristecerse
por la falta de juegos de video a los que estaban acostumbrados
los inocentes.
En Agua Prieta hay más
polvo que vida. En las tardes, la gente aspira tierra blanca en
vez de aire y no tose. El polvo cubre al pueblo como una cobija
de una pulgada de grueso. Cuando yo voy de Gila Bend a Agua Prieta
nunca paso por Casa Grande...ya ni quiero mencionar la razón.
¡Es vergonzoso!
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Este texto forma parte del segundo libro, en proceso de producción,
de Oscar L. Cordero autor de Entre la Sed y el Desierto. Contáctelo
al teléfono 602-977-0406
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