CUENTO: Despojo Astral


Kiosco y plaza central de Ures, Sonora. (archivo)

Ures es un pequeño poblado ubicado a noventa minutos de Hermosillo, México. Sus calles estrechas y empedradas guardan el eco de los cascos de los caballos y el chirriar de las ruedas de los antiguos carruajes. Las casas construidas con gruesos muros de adobe y techos de viga huelen a viejo y si camina uno de noche por los callejones tiene el presentimiento de que alguien lo vigila y que de un momento a otro surgirá un fantasma o la aparición de una mujer vestida de blanco.

En una de estas casas es donde nació y creció Antonia Romo, conocida desde siempre como "Toñita". Desde pequeña tuvo curiosidad por curar todo tipo de animales, desde perros y gatos hasta hormigas y cucarachas. A sus amigas les recomendaba medicamentos para sus enfermedades y en muchas ocasiones preparaba ungüentos para las quemaduras, rozaduras y heridas leves. No fue extraño pues, que cuando creció se inscribió en la escuela de enfermería de la Universidad de Sonora. A las seis de la mañana viajaba en el único autobús que iba a Hermosillo y a las siete de la tarde regresaba a Ures en el mismo autobús y con el mismo chofer. Con el uniforme blanco se distinguía de los pasajeros y pronto se volvió más popular de lo que ya era en la pequeña población.

Como las clases iniciaban a las ocho de la mañana y terminaban a la una de la tarde, comía cualquier cosa y se metía a leer al imponente y majestuoso edificio del Museo y Biblioteca, huella de la difusión mundial de la arquitectura nazi donde el control del Estado minimiza y aniquila al individuo y su libre pensamiento. Toñita pasaba ahí el resto de la tarde haciendo las tareas y leyendo lo que se le ocurría. Fue curioso: mientras en el pueblo era alegre y dicharachera en la ciudad se comportaba seria, huraña y solitaria. Los cuatro años que estudió enfermería sus compañeras la eludían y ella recíprocamente compartía la misma actitud. Cuando terminó sus estudios ambas partes descansaron. Ahora Toñita tenía el problema de encontrar empleo de enfermera.

En el pueblo aplicó inyecciones y medicamentos a niños y ancianos tosigosos. O si ocurría un accidente automovilístico, una picadura de algún animal ponzoñoso o alguna caída a cualquier acequia, ella acudía de inmediato. Prestaba ayuda gratuita y los pacientes en agradecimiento llenaban su casa de regalos y su persona de halagos.

Más de un lugareño exclamaba:

-¡Toñita es un ángel!

Ella se dejaba querer y continuó prestando sus servicios en ese empleo informal. Por supuesto, su recámara se llenó de libros y cuando no atendía a nadie pasaba su tiempo libre leyendo. Poco a poco se fue alejando de las amistades y su trato con las demás personas se redujo a la simple relación laboral. Sus padres murieron. Primero fue su mamá y después el papá. Entonces aprovechó una habitación para convertirla en biblioteca y se volvió más solitaria que nunca.

Con el transcurrir del tiempo fue esparciéndose el rumor de que Toñita sólo atendía a personas moribundas, no importaba la edad o la enfermedad que tuvieran, simplemente tenían que estar en fase Terminal para que se presentara de inmediato. Lo curioso era que, cuando ya venían los últimos estertores, cuando ya estaba por llegar el último aliento, Toñita ordenaba que los familiares abandonaran la habitación y se quedaba sola con el moribundo. Unos momentos después se presentaba a la puerta y lacónicamente decía:

-Ha muerto.

Algunos familiares agradecían que les ahorrara el espectáculo final, el dolor de ver la cercanía de la muerte; mientras otros se molestaban cuando no les permitía estar hasta el final con su ser querido.

Otro detalle que los habitantes del pueblo observaron fue que, con el paso de los años, mientras sus pocas amigas y compañeros de generación enfermaban y envejecían ella se mantenía fuerte y saludable.

Como se sabe, en los pueblos pequeños las noticias corren pronto. Con la crítica, temores y juicios de los residentes, además de que ella los provocaba con su comportamiento aislatorio, se quedó sola y un sentimiento de temor surgía por los callejones y las viejas casonas cuando Toñita caminaba por ellos a cualquier hora del día o de la noche. Los pacientes la abandonaron y los familiares de los moribundos dejaron de llamarla. Concluyó que su ciclo había terminado en el pequeño poblado y se mudó a la ciudad de Hermosillo.

Rentó una casa en un fraccionamiento cualquiera, armó sus propios estantes de madera prensada y acomodó sus libros. Desempleada, colocó un anuncio en el periódico local ofreciendo sus servicios de enfermera particular para atender pacientes en fase Terminal. Le llovió trabajo. Se ocupaba en dobles turnos y continuó viéndose como siempre, fresca y rozagante. También continuó con la práctica de quedarse a solas con el agonizante en su hálito final. La mayoría de los familiares agradecían ese gesto, además, ¿a quién le puede agradar estar con alguien que no controla sus necesidades básicas, que pierde la conciencia, alucina, habla con parientes y amigos ya muertos y de plano, tiene locura senil? A esto hay que agregar que existen personas a las que la presencia de los ancianos causa aversión, olvidando que ellas también podrían llegar a la vejez. Toñita, en cambio, se distinguía por la atención y cuidado a sus yacentes pacientes.

Fue una sorpresa para ella recibir una llamada telefónica del Director del Hospital General. Sin pensarlo, sólo contestó:

-Sí. Acepto.

Alguien la había recomendado por su eficiencia y le ofrecían la vacante temporal de enfermera. Cuando colgó el teléfono sus ojos negros brillaron con intensidad.

Se esmeró en su trabajo. Al poco tiempo la nombraron Jefa de Enfermeras a pesar del celo y envidia de quienes tenían derecho, más tiempo y experiencia en el nosocomio.

Naturalmente siguió con la costumbre de estar en el momento final de los agonizantes pacientes niños, jóvenes, adultos y ancianos. Siempre estaba atenta a lo que ocurría en el hospital, en especial, de los que llegaban en estado crítico. Las demás enfermeras pronto murmuraron sobre su rara costumbre. Incluso notaron que casi no iba al comedor y cuando asistía apenas pellizcaba el alimento.

Un día, cuando ella y otra enfermera estaban en el cuarto con un anciano moribundo cuya familia estaba fuera de la ciudad, al presentarse los signos del umbral de la muerte, Toñita, desesperada, dio un empujón para que saliera de la habitación a la enfermera que, en silencio, aplicaba el medicamento al anciano. Sorprendida y molesta, la otra salió dando un portazo que retumbó por el silencioso pasillo que se encontraba vacío. Entonces, la molesta enfermera se regresó, entreabrió la puerta y observó:

En un santiamén la Jefa de Enfermeras se desvistió totalmente y desnuda comenzó una extraña danza alrededor de la cama del moribundo, es decir, alrededor del propio moribundo. Danzando, a su edad indefinida, su cuerpo, las piernas, muslos y pechos lucían firmes, fuertes y bien torneados. Con las manos en alto y extraños suspiros besó los pies y el resto del decrépito cuerpo desnudo y al exhalar el último suspiró lo besó con ternura y pasión y más exacto, con pasión violenta. Por largos minutos mantuvo su boca unida a la de él. Por último, sobre el vientre del ahora difunto colocó las manos de éste, la derecha sobre la izquierda, las besó, hizo una reverencia y comenzó a vestirse.

La enfermera que miraba de inmediato se retiró de la puerta. Toñita, ya vestida, se asomó al pasillo, vio que estaba vacío y fue a su escritorio a anotar la fecha y hora del fallecimiento del paciente. Tenía que notificárselo a Trabajo Social para que a su vez lo comunicaran a sus familiares.

La que observó la escena de la danza se lo comunicó a sus compañeras y todas, de los tres turnos, matutino, vespertino y nocturno, la vigilaban estrechamente. No sabían si era locura o mérito cuando se enteraban que Toñita volvía a repetir su ritual. Algunas enfermeras reían, otras se burlaban y unas cuantas creían que danzar desnuda alrededor del inminente cadáver era sacrílego, obsceno, y que los pacientes debían morir en paz y en paz debía ser su partida. Aunque, por sus condiciones propias, los enfermos de todas maneras iban a morir, la mayoría de las enfermeras concluían que lo de Toñita era un mal menor y hasta ameno para el parloteo diario en la recepción, la cocina, la cafetería y los quirófanos.

El problema se presentó cuando escasearon los enfermos en fase Terminal. Por un tiempo no llegaron pacientes graves ni comatosos, sólo enfermos ordinarios que se recuperaban y se iban. El área de Cuidados Intensivos funcionaba bien. De repente, enfermos no graves, cuidados bajo la responsabilidad de toñita, comenzaron a morir. Naturalmente ella continuaba quedándose con los pacientes hasta el momento final.

Cuando notaron que estaban muriendo pacientes que no tenían por qué hacerlo, la enfermera que por primera vez vio la danza de Toñita se ofreció vigilarla con una video cámara portátil. Grabó el momento cuando la Jefa de Enfermeras aplicó una inyección intravenosa a un adulto que había ingresado por deshidratación grave y en su expediente quedó registrado que murió por un ataque cardíaco. Quedaron bien grabadas las escenas de la danza al desnudo de Toñita Romo.

El Director del Hospital General la llamó a su oficina, le dijo que se sentara frente al televisor y corrió la video grabación. Cuando finalizaron los más de treinta minutos de repetidas escenas con distintos rostros de ahora occisos, el Director le preguntó:

-¿Qué tiene que decir de esto?

Toñita, impasible, guardó silencio. El Director, molesto, insistió:

-¡Vamos! Es mejor que me lo diga a mí antes de decírselo a las autoridades.

La mujer vestida de blanco respiró profundo, miró hacia el techo, luego hacia el piso, volvió a respirar profundo y dijo:

-Bien. Le contaré.

Mi abuelo me contaba que en nuestra familia todos teníamos dotes chamánicas, que podíamos ver el aura en las personas y en los animales, que también podíamos verla en las rocas y en las montañas. Mi padre y mi madre podían hacerlo. Yo, escéptica, siempre dudé. Jugaba y curaba a perros y gatos y nunca ví su aura. Tampoco la veía en los insectos. Mis padres veían a una persona e inmediatamente sabían cómo era, qué problemas tenía y hasta le decían cuál era la posible solución. En cambio, yo nunca miré nada. No sé por qué me incliné por la enfermería. Me vine a estudiar a Hermosillo y tuve tiempo para leer en la biblioteca; busqué y leí lo que encontré sobre el aura. Supe que es una luminosidad que rodea al cuerpo humano y que tiene un diámetro de seis metros formando lo que se conoce como "huevo aúrico". Una vez llegó a la ciudad un escritor que promocionaba su libro sobre el aura y traía una "Cámara Kirlian" para fotografiarla. De inmediato fui y me hice varias tomas. Fue increíble. Lo que veían mi abuelo y mis padres con sus ojos ahora yo lo contemplaba plasmado en un papel. Entonces existe, concluí, y decidí incrementar mi propia aura.

Supe que el contacto continuo con la gente hace que se pierda la potencia del aura; por eso es que en algunos pueblos musulmanes está prohibido ver a los dirigentes religiosos, y lo cubren o separan con una tela cuando conceden entrevistas. En cambio, en la cultura occidental, los sacerdotes magnetizan a la muchedumbre, les extraen o roban la energía astral, la energía aúrica, y todavía los despiden con la frase "vayan en paz". Los sacerdotes precolombinos extraían el corazón de las víctimas en las piedras de sacrificio y aún palpitando se lo comían porque creían que así adquirían más poder mental para comunicarse con sus dioses. Mi abuelo decía que hay una conexión directa entre la abstinencia sexual y el poder mental; yo descubrí que en la muerte primero el corazón deja de latir y la energía astral pasa por el puente entre éste y el cerebro, y luego sale por la frente. Concluí que podía atraparla en el momento en que la persona moría y así lograría incrementar mi cuerpo energético, a la manera como se creía en el Antiguo Imperio Romano, y lo aprendieron de los pueblos conquistados, que el agonizante al expirar por última vez deja escapar el "último aliento" y era obligación del familiar más cercano inhalarlo.

Tuve oportunidad de practicar esto cuando murió mi madre. De inmediato sentí un vigor interno. Cuando mi padre le siguió repetí el experimento y comprobé lo bien que me sentía. Desde entonces necesité un cuerpo moribundo para tomar su "último aliento", para tomar su energía vital. Fui sintiéndome mejor y casi no tengo necesidad de alimentos ordinarios. Noté que las joyas, los metales y el vestido obstruyen la captación y distribución de la energía astral en mi cuerpo, por eso es mejor hacer el ritual desnuda, como lo hacían las antiguas mujeres druidas que danzaban con frenesí alrededor de la fogata desde la media noche hasta el amanecer, captando la energía de la tierra, y cuando los primeros rayos del sol bañaban sus cuerpos quedaban fuertes y vigorosas.

En el cuerpo humano la energía va de los pies a la cabeza; hay que estimularla para que se eleve, se acumule en el corazón y luego poder absorberla. Es alimento espiritual, es el verdadero maná que cae del cielo, es decir, del sol, es pura energía que viene del sol y retorna a él.

El Director del Hospital simplemente escuchaba.

También los musulmanes alzan los brazos al sol del amanecer pero jamás conseguirán una pizca de aura, por eso viven en el atraso social y cultural. Sobreviven involutivamente y tendrían que cambiar sus ritos y dogmas seglares para entender que la energía está en constante transformación.

-Eso no tiene nada qué ver con lo que quiero entender –la interrumpió el Director.

-Tiene mucho qué ver –afirmó Toñita-, si alguien logra tan sólo un poco de energía astral ya no vuelve a ser el mismo y siempre quiere más y más; capta la luz y quiere más y más luz. Es como el que sabe: nunca vuelve a ser ignorante.

-¿A dónde quiere llegar, qué quiere decir?

Ella continuó:

-Logré que mi cuerpo astral creciera, se vitalizara y se mantuviera joven y fresco. Cada vez necesitaba cantidades más grandes de energía de los cuerpos humanos. Son los únicos que pueden mantenerme como me encuentro.

-Por eso asesinó a los pacientes –concluyó el interlocutor.

-¡Bah! –exclamó la mujer de blanco-, no hay ninguna diferencia entre los que mueren hace un mes, hoy o dentro de veinte años. El cuerpo físico es una apariencia que termina por acabar.

-Eso no justifica lo que hizo.

-Para impedir que esa energía regresara al espacio exterior para mí es justificable.

-¡Son almas que regresan al cielo! –gritó frenético el Director con lo poco que le quedaba de espíritu religioso.

-Esa hipótesis no entra conmigo –dijo, impávida y resuelta, la mujer de blanco.

-¿Y qué es lo que justifica su proceder? –volvió a gritar el Directivo.

-¡Esto! –afirmó Toñita, y comenzó a correr las cortinas de la oficina, apagó las lámparas y cuando la penumbra fue completa comenzó a quitarse el estorboso vestido.

Desnuda, se concentró, movió los brazos arriba y abajo, unió las manos a la altura del vientre, formó un triángulo y se orientó hacia los cuatro puntos cardinales. Su cuerpo fue adquiriendo una intensa brillantez que se convirtió en una esfera de limpísima luz blanca, y comenzó a elevarse hasta alcanzar la altura de un metro. Ahí se detuvo.

El Director la miraba mudo, sorprendido y aterrorizado.

La Jefa de Enfermeras se mantuvo suspendida en el aire, radiante, hermosa, impactante, más de cinco minutos. Luego, con lentitud fue descendiendo y perdiendo brillo hasta que quedó como la habitual Toñita, ahora exhausta y cansada. Entonces dijo:

-Por eso necesito la energía aúrica y astral de los demás.

El Director del Hospital todavía no repuesto de la sorprendente realidad, ordenó a unos ayudantes que la aislaran en una habitación donde nunca más pudiera acercarse a un enfermo. No se sabe cuánto tiempo estuvo recluida. Le dejaban alimentos en la puerta y nunca los probaba. Fue perdiendo fuerza y vigor hasta que un día los que la vigilaban encontraron restos de cenizas en el piso dibujando un cuerpo humano. Simplemente la recogieron y la tiraron a un depósito de basura.

 

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