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Me
llegó el susto ante la posibilidad real de acudir a un juego
del Mundial por vez primera...casi tiré el teléfono
que exigía desde Los Ángeles, California, una respuesta
y aguanté el respiro, robé a la Historia un espacio
para reflexionar: ¿ir a un Mundial?, ¿será
posible?...

Aficionado brasileño junto al autor de esta crónica. Rose Bowl, Pasadena, California.
Fotos: Culturadoor
SIMÓN
GOLÍVAR
Por
Manuel Murrieta Saldívar
I
Los
mundiales de futbol habían llegado a casa por la televisión
y nunca imaginamos ser testigos de un partido en carne y hueso.
Goles, banderas, porristas, olas y jugadores siempre en la lejanía
de la Ciudad de México, Madrid, Buenos Aires o Roma, hacían
que termináramos pateando la pelota en el bulevar de enfrente
o en el parque más cercano rumiando las derrotas mexicanas.
Hace ya algunos años, exactamente cuando llegó a Estados
Unidos un mundial de futbol, creo que en el ‘94, surcaba yo
los treinta años, la sociedad me exigía doctorados
y vidas rutinarias como de gente adulta pero yo no estaba cansado
de niñez ni adolescencia: mi corazón volvió
al revoloteo con el juego sin importar los intereses que lo manipularan.
Fue entonces, precisamente con los recursos que da cierta madurez,
que alguien de los nuestros pensó romper la tradición
y se atrevió a ser protagonista en un estadio gringo cercano
a la frontera: mi hermano Joaquín regresaba de Dallas, Texas,
contando maravillas de confraternidad, repartía souvenirs,
coreaba a Corea y a España, transmitía la euforia
del empate a 2 en aquel partido inaugural y relató el esfuerzo
anglosajón por interesarse en un deporte sin chiste que había
invadido como venganza a la nación. Cómo nos daba
envidia y admiración, Joaquín era un conquistador
que había derrotado a la televisión por haberse metido
directamente al estadio “Cotton Bowl”:
—¡No sean pendejos, si tienen chanza, vayan, es una
chingonada!—dijo para rematarnos el hígado.
II
Uno en cambio seguía con la comodidad vía satélite
sufriendo la derrota dada por Noruega, el primer triunfo mexicano
contra Irlanda que nos secó la garganta, hizo saltar en un
abrazo a tíos y sobrinos, lagrimear a las mujeres de todas
las edades y, por esas misteriosas asociaciones de los símbolos,
aumentar el amor a la patria, no la oficial ni en abstracto, sino
la de los sufridores mexicanos, donde estemos, cuando nos anda llevando
la tristeza. Inclusive, contagiados por el Distrito Federal—a
tomar el Ángel y apropiarse de la avenida Reforma—salimos
a buscar o crear relajo, ahí, en Hermosillito, en nuestra
provincia beisbolera, norteña, sonorense, atónita
e indiferente pero en el fondo feliz, ondeamos la bandera, gritamos
Viva México, rápidito, antes de que llegara la derrota...porque
todos sabíamos que llegaría. Fueron goces efímeros,
viajes astrales que aliviaron en segundos las tragedias terrestres
de candidatos muertos, de guerrilleros inesperados, de oposiciones
frustradas, la inminencia de una elección presidencial de
incertidumbre. Y como la vida forcejea, se impone, exige retomar
los causes, sólo interferida ahora por los juegos, continuaron
las obligaciones hasta que México empató a Italia
un domingo casi solitario: cuando el delantero Marcelino García
hizo el gol me encontraba en Tucson sin familia a quien abrazar;
Michel y Pete, intentando emocionarse ayudados con la edición
especial de la revista “Newsweek”, me apoyaron asustados
al retumbar mi voz en el complejo departamental que luego se perdió
entre el aire tucsonense sin recibir respaldo alguno. Imaginando
cómo sería en México, lamenté no haber
postergado la salida—y es que la vida se nos impone—porque
este empate-triunfo que nos puso en la siguiente ronda, estaba destinado
ser el último disfrute. En efecto, la derrota nos llegó
y me fulminó en Scottsdale, en la TV de un Robert Chaikin
amexicanado que entendió el dolor, la desgracia nacional
al fallarse el primer tiro de penal contra Bulgaria, el regreso
de la esperanza cuando la tapada del portero Jorge Campos, el silencio
sepulcral, los chines y chines que produjeron los otros dos tiros
fracasados que nos eliminaron; Robert respetó mi soledad
cuando me puse a buscar teorías que explicaran lo “enano
del mexicano” en momentos culminantes como escribiera el best
seller sonorense Oscar Monroy.

III
¿Y ahora con cuál equipo nos quedamos? ¿Por
quién continúa la esperanza?, preguntó después
el sentimiento nacionalista expandiéndose ya a nivel continental,
hurgando en todo tipo de mestizajes étnicos, caribeños,
afrolatinos. Y mientras ocurría la expansión sucedió
lo inconcebible: Steve Allen—el bato loco para sus amigos—seducido
por el Mundial había asistido a dos partidos y desde Los
Angeles nos dijo del circular de boletos en el mercado negro...la
conciencia se me iluminó, precisamente cuando dejaba de ser
menos mexicana y más latinoamericana porque lo único
que nos quedaba era Brasil para satisfacer nuestro regionalismo.
En tanto, las actividades de Arizona absorbían la vida pero
hacíamos resquicios para la TV y sus sorpresivas eliminaciones
del torneo—¿Alemania, cómo que Alemania?—comentadas
brevemente en la escasa academia del verano, durante un telefonazo
o un bar gringo casi indiferente al “juego del hombre”;
así, entre lecturas y clases, por no dejar pasar marqué
el número del revendedor de Los Ángeles que me había
dado Steve en sus ociosidades. Resultó ser toda una empresa
experta en la usura deportiva, satisfacción a la pasión
del cliente con entradas para cualquier juego, atención a
larga distancia vía fax y tarjeta de crédito, sacándole
el doble al precio original; fue de tal eficiencia capitalista que
el agente reveló para mi sorpresa que tenía los boletos
que quisiera, para los partidos que quisiera—mas no a los
precios que yo quisiera—y entonces me llegó el susto
ante la posibilidad real de acudir a un juego del Mundial por vez
primera...colgué, casi tiré el teléfono que
exigía una respuesta y aguanté el respiro, robé
a la Historia un espacio para reflexionar: ¿ir al Mundial?,
será posible, porque mi antecedente tercermundista lo impedía,
simplemente no podía aceptar que tuviera acceso a un solo
juego de semejante evento, uno siempre acostumbrado a la periferia,
mirarlo todo desde las rendijas...en efecto, bastaba volver a marcar
y negociar con el agente, sí..déme uno, one ticket!,
¿para cuál partido?
IV
Mi
presupuesto decidió que para la semifinal—¿la
final?, olvídate, más de 500 dls.—del miércoles
13 julio en el Rose Bowl de Pasadena, 4:30 P.M.; entonces, si los
dioses mayas, quechuas y de la santería carioca y caribeña
daban el gane a Brasil contra Holanda, god!, estaría viendo
a Romario y Bebeto contra Suecia o Rumania. Ese viernes 8 había
qué decidirse porque el agente advertía que más
tarde el boleto costaría el doble de los 160 dls. ofertados,
máxime si triunfaban los brasileños. Y lo aparté:
—Pase a recogerlo con su identificación, estamos sobre
el Bulevar King frente al coliseo de Los Ángeles—dijo
con voz de espía.
Con el boleto asegurado, el gol del carioca Branco hizo olvidar
mis deudas, derribó la barrera holandesa poniendo a Brasil
3 a 2 en la semifinal y permitió que los fuera a ver en persona
sin la tergiversante televisión derrotada así de nuevo:
mis ojos contra Televisa y Univisión, ¿qué
tánto era real y cuánto de invento y manipuleo?
V
Pude cumplir con las obligaciones académicas sin estar presente,
con o sin permiso de mis profesores Foster o Valdivieso en Arizona
State University, y el martes 12 ya estaba en Pasadena, con la ayuda
de amigos verdaderos, apreciando mi boleto con la niñez que
me quedaba; a tal grado, que hice un “flash back” para
valorarlo como en los años setentas pensando guardar el talón,
el invaluable recuerdo para la posteridad. Cuando arribé
al clímax del Rose Bowl el medio día del miércoles
13, apenas noté la zona residencial que lo rodea porque,
desde el Colorado Blvd. y el Orange Grove, hervía una cultura
del juego manifestada en reventa de boletos, negocios familiares
de limonadas y estacionamientos en garajes privados, camisetas y
llaveros piratas a bajos precios; policías listos no para
la Copa sino para la Tercera Guerra Mundial impidiendo el acceso
más allá de aquellos eficientes bulevares. Y mientras
bajé a la hondonada donde se erige el estadio, por fin me
iba sintiendo mundialista por vez primera: “batucadas y torcidas”,
seguida por una corte multinacional de relajientos en ascenso, cargaban
en un carrito de supemercado los seis kilos de la bandera USA-Brasileira,
aquella vista en la tele, como agradeciendo al anfitrión;
las explanadas proyectaban una arquitectura futbolística
de balones flotantes, brisa artificial en ductos plásticos,
posters de enormes jugadores, Macdonald’s móviles versus
pizas, tacos y noodles, limusinas no aptas para mortales, los dinámicos
anuncios de “nuestros patrocinadores”. Y entre los espacios
libres el hormigueo de aficionados, irresistibles como espectáculo
adicional, alegría en variantes infinitas incluyendo gritos
retadores, vítores ofensivos sin violencia; era un fluir
de invitaciones sutiles y declaradas, de bienvenidas a quien se
decidiera unirse al rito deportivo catalizado por miles de gargantas
incógnitas, envidia del político y del pastor que
busca clientela repartiendo biblias posmodernas, Jesús “the
ultimate goal”. Porque es una gran sorpresa no sólo
visualizar a suecos y brasileños: toda la Humanidad representada,
seres descubriéndose a sí mismos, conjunción
de la evolución y del eclectisismo racial, oportunidad para
el que busca practicar el pacifismo o realizar interpretaciones
sociológicas “para llevar”, de prisa, trata de
abarcarlo todo, porque no hay tiempo para la reflexión profunda:
vikingos noruegos fotografiándose con sus antiguos enemigos
mexicanos; beldades suecas, blusa y chortsitos pecadores, ofertando
su figura a un dólar por foto a los libinidosos del planeta;
pintores-mercaderes anglos convirtiendo tus facciones en colores
de banderas; el espectro hispano, sin la menor conciencia de clase,
agradeciendo con porras a Univisión la cobertura completa
del torneo mientras las cámaras producen la catarsis, el
clímax contemporáneo de fama al instante y no te acuestes
a dormir, perdiéndose la noción de sí, uniéndonos
al universo que comprueba que existes, que eres privilegiado protagonista
a diferencia de los otros 2 mil millones de espectadores sin boleto,
hey, mira, aquí está el mío y saludos a la
family! Es imposible hacer tesis y disertaciones de todo, pero también
ocurren transculturizaciones al instante, nunca estudiadas por ningún
Ph D: si tu equipo no llegó a la semifinal o la final, no
importa: conviértete en brasileño por minutos y la
gozas como un nativo de Río de Janeiro en carnaval, así
andan japoneses, coreanos, árabes verdeamarillos de los pies
a la cabeza, ridículamente preciosos, proeza de simpatía
trasnacional que no ha logrado ningún Trust o Enterprise
neoliberal: ¿para qué ahondar entonces en las uniones
peruanosileñas, argentinariocas, brasilombianas, mexicaleiras
con sus lábaros binacionales ondeando al ritmo de samba antes,
durante y después del gol?—siguiendo al gurú
de congas y silbatos, retando la vigilancia impecable que nunca
mira al juego, sino a nosotros, al graderío invadido por
la exótica “latin culture” erizada cuando hacemos
la orgía de la ola.

VI
Y toda esta masa está ya, estalla en el estadio, está-dio,
está Dios mío!, es verdad tanta humanidad reunida
a la cual me integro, con seso y corazón, desde el asiento
16, fila 40, sección D, detrás de la portería
donde el nuevo rey Romario mete el gol, uf!, nos hizo sufrir hasta
el segundo tiempo...al fin, 1-0 contra Suecia... y entonces el tumulto,
el derrumbe que me cae encima, estoy en las fauces de la multitud
realizada, desfogándose, “desautomatización
de los sentidos”, iniciando el respetuoso insulto, con mímica
escatológica, contra los suecos que hasta entonces se callan...porque
el gol es lo infinito, tanto como la insistencia y la culminación
de muchos ya meritos, el arroyar fuerte de Brasil, lo invicto del
duelo intercontinental, el gol que logra en la práctica,
dentro y fuera de la TV, el ideal de Simón Bolívar
que estaría azuzando a la porra americana para la liberación
definitiva de los traumas: Brasil igual a toda América, solito
contra Europa, Holanda, Suecia, Italia, Alemania, Rumania, Bulgaria;
Brasil reivindicando a mestizos, indígenas, caribeños
y afros, pobres, deudores y limosneros contra vikingos, nórdicos,
romanos, teutones y visigodos, ricos, egoístas y cobradores;
Brasil dignificando al continente para superar la tragedia colombiana
con el autogol de la narcomuerte, olvidar los penaltis mexicanos
al aire y a las manos del portero búlgaro, superar la expulsión
del exquerido Maradona, minimizar los titubeos bolivianos, reconocer
el avance futbolístico de los gringos y familiarizarlos más
con América porque esta es una serie mundialista en serio
y no local como el beis o el basquet. Brasil, imán de identidad,
un reconquistador, Simón, carnal, todo un Bolívar,
un Simón Golívar haciendo sentir la utilidad del regionalismo,
apasionado “y lindo” cuando despierta noción
de pertenencia continental, colectividad comunicada, cópula
con los otros, objetivo común que por vanal es efímero
pero el pretexto del gol no se olvida, la vida vuelve con el roce
de todo el gentío encima, un parto, escucho un solo tronido,
¡estoy entre el gemido de la masa!... el canto del gol...gol,
gol, gol y todo el estadio se levanta, se eriza como los poros de
un clímax erótico que no cesa, que continúa
hasta tocar la Copa, en un festejo justificadamente irracional de
aquella inmensidad de desconocidos que alguna vez y por instantes
fuimos todos hermanos.
Pasadena, California.
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© Contacto: manuelmurrieta@culturadoor.com
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