CIUDAD DE MÉXICO.- El origen de las diferencias de todo
tipo, principalmente religiosas e ideológicas, entre México
y Estados Unidos, se remonta a las diferencias originarias entre
ingleses y españoles, que a su vez se apoderaron de territorios
habitados, respectivamente, por nómadas y sedentarios.
"Las diferencias entre los ingleses y los españoles
que fundaron Nueva Inglaterra y Nueva España no eran menos
acusadas y decisivas que las que separaban a los indios nómadas
de los sedentarios —señala Octavio Paz—. De
nuevo: fue una oposición en el interior de la misma civilización.
Del mismo modo que la visión del mundo y las creencias
de los indios americanos brotaban de una fuente común,
independientemente de su modo de vida, los españoles y
los ingleses compartían los mismos principios y la misma
cultura intelectual y técnica. Sin embargo, la oposición
entre ellos era tan profunda, aunque de otro género, como
la que dividía a un azteca de un iroqués. Así,
sobre la antigua oposición entre nómadas y sedentarios
se injertó la nueva oposición entre ingleses y españoles.
Se han descrito muchas veces las distintas y divergentes actitudes
de españoles e ingleses. Todas ellas se resumen en una
diferencia fundamental y en la que, quizá, está
el origen de la distinta evolución de nuestros países:
en Inglaterra triunfó la Reforma mientras que España
fue la campeona de la Contrareforma."
El contraste entre España e Inglaterra, prosigue Paz,
era tan dramático como el que actualmente divide a México
y a los Estados Unidos, "La historia de España y la
de sus antiguas colonias, desde el siglo XVI, es la de nuestras
ambiguas relaciones —atracción y repulsión—
con la Edad Moderna. Ahora mismo, en el crepúsculo de la
modernidad, no acabamos de ser modernos (...) La política
española frente a los indios tuvo una doble consecuencia:
por una parte, al reducirlos a la servidumbre, se convirtieron
en una mano de obra barata y fueron la base de la sociedad jerárquica
novohispana; por la otra, cristianizados, sobrevivieron lo mismo
a las epidemias que a la servidumbre y fueron una parte constitutiva
de la futura nación mexicana. Los indios son el hueso de
México, su realidad primera y última (...) En los
Estados Unidos no aparece la dimensión india. Esta es,
a mi juicio, la diferencia mayor entre los dos países (...)
los Estados Unidos se fundaron sobre una tierra sin pasado. La
memoria histórica de los norteamericanos no es americana,
sino europea."
Mucho se habla de las vejaciones y demás riesgos (el de
una muerte cruel, por ejemplo) a los que se exponen los mexicanos
que desafían ese Muro de Berlín posmoderno (Daniel
Sada dixit), pero muy poco de aquellos que legalmente se asientan
en dicho territorio y experimentan asimismo el látigo del
desprecio de los colonizadores. La mayoría de quienes exponen
el pellejo en pos del sueño americano, es decir, los llamados
"espaldas mojadas" ("comefrijoles", "pieles
de lodo", les nombran actualmente), provienen de las zonas
centro, sur y suroeste de la República Mexicana. En cambio,
de entre quienes optan por una estadía en toda regla, encontramos
una mayoría originaria de la franja fronteriza, es decir,
Nuevo León, Coahuila, Tamaulipas, Baja California y Sonora.
La única razón aparente por la que un joven de
la burguesía del México limítrofe con Estados
Unidos cruza la frontera, sometiéndose a los más
alucinantes avatares burocráticos para una estancia en
toda regla, es ingresar a una de las prestigiadas universidades
de la Tierra de las Oportunidades. En los exclusivos (y elusivos)
campus de los E.U.A, los burgueses latinoamericanos, asiáticos
y árabes pasan a ser lavaplatos, cocineros y sirvientes
de quienes les han abierto las puertas del primer mundo. Se convierten
en la mano que alimenta al cada vez más voraz monstruo
nombrado McDonald´s: "Ustedes, los peones, las hormigas,
produciendo en inglés miles de hamburguesas, nuggets, pays
de fresa o manzana: ustedes, los estudiantes, los trabajadores,
los working class people pensando en las angustias académicas
y existenciales, murmurando la prisa del reloj para cumplir con
la jornada y dejar de sufrir en sus respectivos idiomas traídos
desde cualquier continente del planeta para curiosidad de los
lingüistas del Language and Literatura Department."
Es decir, la legalidad y un nivel intelectual alto no garantizan
a un extranjero no europeo, ya no digamos mexicano, que podrá
disponer de magníficas oportunidades sin que a cambio se
le exija un poco de sometimiento.

El escritor sonorense Manuel Murrieta (Hermosillo, 1959), que
ha publicado gran parte de su obra en los Estados Unidos, en terco
español, refleja esta realidad alternativa en tres libros
emblemáticos: Gringos a la vista, la segunda edición
de Mi letra no es en inglés y la novela Háblame
a tu regreso, donde narra su experiencia como estudiante
de literatura en la Universidad de Tempe, Arizona. Su testimonio,
independientemente a su indudable calidad literaria, es importante
por dos razones: La primera, que se trata de la visión
de un mexicano nacido en la frontera norte que por lo mismo está
lejos de idealizar al vecino; que es literalmente el boy-next-door
del Imperio, y por consiguiente no alberga enormes expectativas
de su estadía casi obligatoria en ese lugar. Los académicos
de la frontera norte, por lo general, sólo tienen dos opciones:
la salvaje y desconocida ciudad de México, o esa extensión
de su propio terruño que son los estados de Arizona o California.
La segunda razón que vuelve necesaria la lectura de Háblame
a tu regreso, y en general la obra de Murrieta, es su postura
crítica, su forma de recuperar, a través de la literatura,
lo que los estadounidenses nos arrebataron a los mexicanos...
y no me refiero a la porción del territorio sino a la dignidad.
La palabra logra que el Poder, que Vasconcelos visualiza como
un grupo de militares de uniforme azul claro, que fuman holgadamente
en su campamento mientras las familias mexicanas de Sásabe
empacaban sus pertenencias, se tambalee en su nicho vritual.
Aunque se considere a los mexicanos de la frontera norte una
especie de bárbaros extranjeros en oposición a los
pacíficos y civilizados habitantes del centro (que también
ven algo de salvajes en los mexicanos de la frontera sur, particularmente
desde la irrupción del EZLN), lo cierto es que la herida
del despojo sufrido a manos de los yanquis permanece fresca en
la memoria colectiva de los despectivamente llamados "norteños".
"Y la memoria y el racismo —dice Volker Schüller
Will— inherente a la situación del mexicano más
allá de la frontera, esa herida del más acá
que no quiere cicatrizar, crea un núcleo duro de resistencia
por medio del imprescindible cultivo de la lengua materna y la
celebración de los grandes temas que realzan la especifidad
del colectivo ético." Si bien resulta imposible no
asimilar la cultura de un país que les es mucho más
próximo, geográficamente hablando, que la capital-ombligo
del país, lo cierto es que los mexicanos de la frontera
norte, y muy concretamente los sonorenses, tienen tras de sí
un largo historial de resistencia respecto a los E.U; resistencia
que, nos recuerda Guadalupe Beatriz Aldaco, encontró su
máxima expresión en el periodismo:
"En los artículos periodísticos se insistía
en que el patriotismo de los sonorenses debía equipararse,
y aún más, valorarse por encima del que eran capaces
de expresar el resto de los mexicanos. Nadie como ellos sabían
de invasiones e intervenciones extranjeras. Inmerso en el discurso
que repudiaba las tropelías del ejército francés,
evocaban las terribles y a la vez orgullosas remembranzas de las
expediciones de Raousset y Crabb".
Este fragmento del discurso pronunciado por el C. Lic. Domingo
Elías González el 7 de octubre de 1864 no puede
ser más elocuente al respecto:
"Sonorenses: entre nosotros no tendremos cobardes como las
corrompidas ciudades del centro de la República, que amenguan
infames la dignidad nacional escuchando tímidas, desde
un oscuro rincón de su casa, el estrépito triunfal
de las armas francesas en las calles y bajando sumisos los ojos..."
Los sonorenses, pues, pelearon por ser mexicanos sin una mínima
mediación del poder central en el conflicto. Ante el triunfo
armado obtenido en soledad, ganaron algo más que la mexicanidad:
ganaron una identidad propia, "De manera simultánea
con la postura anterior se desarrollaba otra en la que lejos de
mostrarse una empatía con respecto a los intereses generales
de la nación, el sonorense se afirmaba a sí mismo
en cuanto habitante de su Estado, preocupándose por demostrar
las diferencias que lo separaban a él y a su territorio
de otros mexicanos y de otras regiones, sobre todo de las más
alejadas." En contraposición con esta versión,
escribirá en su Diario el autor de Santa,
Federico Gamboa, un lamento que pudiera tener su origen en el
desconocimiento del autor respecto a los sucesos internos de Sonora
o en la falta de comunicación:
"Sonora es el estado más alejado de nosotros. Para
convencerse no hay sino registrar nuestra historia nacional, toda
ella escrita con sangre y lágrimas; no se encontrará
en ésta un solo hecho, ¿ni uno solo! Que revele
la menos solidaridad con nuestros muchos dolores y nuestras escasas
alegrías. Tampoco se hallará un solo individuo que
haya coadyuvado en nada nuestro. Nunca vibraron con nosotros,
nunca lloraron con nostros. Hasta su tipo étnico difiere
totalmente del nuestro. Las muchas leguas que del resto del país
los alejan y distancian son nada si se las compara con las leguas
morales que de nosotros los separan".

No obstante lo anterior, y como bien señala Murrieta en
Háblame a tu regreso, inevitablemente, el sonorense
se descubrirá mexicano una vez que pise territorio estadounidense.
Una vez dentro se cobra conciencia del abismo que se abre entre
ambas caras de la moneda: estar ahí lo cambia todo. El
Norte se transforma en el Sur y se adquiere la necesidad de subrayar
su mexicanidad, más aún: su hispanidad. Señala
Octavio Paz: "Incluso en algunos casos —el más
notable es el de los chicanos— las minorías defienden
sus tradiciones contra o frente a la tradición norteamericana.
La resistencia de los chicanos no sólo es política
y social sino cultural." Murrieta acotaría: sobretodo
cultural.
Tucsonenses: Resistencia cultural en los siglos XX y
XXI
Para los mexicanos de la frontera norte, los EU son cosa de todos
los días; el mundo inmaculado, aséptico y amurallado
con que se topan apenas girar levemente el cuello, y ante el brutal
bombardeo de las barras y las estrellas que ondean desde cientos
de banderitas de aquel lado, literalmente "el Otro Lado",
proyectan su nostalgia hacia un sur hipotético, acaso metafórico.
(...) Sin embargo, tal y como la gravedad ejerce su atracción,
así tú, de forma natural, al menor pretexto te acercabas
a esa inmensa mexicanidad que sorprendentemente emergía
desde todas partes. (Háblame de tu regreso, p.
34).
Aunque poco analizada, resulta interesante esta visión
del mexicano de la frontera norte acerca de la no tan inalcanzable
Tierra Prometida, a la que no se concibe como "lo otro",
sino como una parte empeñada de sí mismo y que de
alguna forma es posible recobrar, en este caso, a través
de la palabra. Murrieta cruza la línea que divide México
de Estados Unidos (Sonora/ Arizona) para obtener un grado académico
que le permita combatir al "enemigo" con sus mismas
armas. Se somete con aparente sumisión a los enloquecedores
trámites con que la universidad gringa hace pagar a los
extranjeros, concretamente a los mexicanos, el privilegio de estar
ahí. El doctorando supera uno a uno los escollos, hasta
el de la soledad —que para el mexicano en territorio gringo
adquiere visos de hostilidad, y a veces, hasta de acoso—,
y ya con el triunfo en un puño, porque ha sido un triunfo
ganarle a la burocracia gringa, asesta el primer golpe: Mi
letra no es en inglés, libro que recoge la historia
de la resistencia cultural mexicana ante la imposición
de la cultura gringa, concretamente en Tucsón, Arizona,
a través del periódico hispano El Tucsonense,
fundado en marzo de 1915. Así pues, Murrieta proclama triunfante,
desde la advertencia de la segunda edición del citado ensayo,
que Estados Unidos es el quinto país de habla hispana en
el mundo.
Pero retrocedamos un poco: decía que la visión
que de los E.U tiene el mexicano de la frontera norte, en relación
con el resto de la república, está despojada de
toda mistificación y por ende, de respeto. El mexicano
de la frontera norte padece en carne propia la influencia del
vecino allanador, pero al mismo tiempo se esfuerza por convertir
aquello en un intercambio cultural, es decir, impone su cultura
en medio de su incesante ir y venir. No es, naturalmente, una
convivencia feliz. "(...) acabaste en lo justo, reconociste
en aquellos paisanos una especie de heroísmo digno de imitar
te surgió una tolerancia que rayaba en la admiración
porque, fantaseabas, después de todo como que hacían
ellos un acto de venganza recobrando territorios de siglos pasados."
Oaxaqueño por nacimiento pero "norteño"
por convicción (decía ser oriundo de Piedras Negras,
Coahuila), José Vasoncelos llegó al extremo, tras
sus derrotas electorales de 1924 y 1929, de declararse partidario
del nazismo —en una época, naturalmente, en que se
desconocían sus aberrantes crímenes—como un
acto de rebeldía contra los E.U, "como una esperanza
de que éste rompiese la hegemonía de los Estados
Unidos en los asuntos públicos de México."
Invasores por naturaleza, los estadounidenses han tenido que
tolerar una homogenización cultural —"invasión",
le llaman — cuyo arrastre es más poderoso que ellos
mismos, y en el que analistas como el paranoico Samuel Huntigton
han creído detectar una seria amenaza contra la esencia
de un país que carece incluso de un nombre propio. Considera
el académico de Harvard que un emigrante que no corte de
tajo con sus raíces (idioma, religión, cultura y,
de ser posible, hasta color de tez) es un peligro potencial para
el Imperio, lo cual significaría, por ejemplo, que los
mexicanos que descendemos de españoles, árabes o
judíos, aunque hayamos nacido en México y hablemos
el español, representamos un peligro para la que suponemos
nuestra patria por entender el idioma de nuestros abuelos, o practicar
sus costumbres, o sentirnos compenetrados con su cultura. Por
supuesto, su preocupación nada tiene que ver con los emigrantes
europeos (como el gobernator Arnold Schwarzenneger, por ejemplo),
pues, según sus propias palabras, no representan una amenaza
ya que no difieren de los fundadores de la nación norteamericana
en cuanto a aspectos fundamentales como la apariencia física
y el nivel académico e intelectual y lo cual inevitablemente
nos trae a la mente aquel obsoleto discurso sobre la superioridad
aria que perpetró la imperdonable matanza del siglo XX.

"Para posibilitar la comunicación entre las culturas
—dice Daniel Innerarity —lo primero que hay que deconstruir
es la concepción exclusivista y cerrada de la identidad,
desde la cual se construyen los estereotipos con que delimitamos
a los extraños y, al mismo tiempo, tomar conciencia de
que lo propio se constituye y enriquece también en el encuentro
continuo con lo extraño." Desde esta perspectiva,
los Estados Unidos constituyen el territorio hostil donde los
estereotipos convergen: el árabe fanático, el chino
contrabandista, el mexicano frijolero, etc. El ensayo educadamente
racista de Huntington no hace sino reafirmar la idea de los norteamericanos
del exotismo como un peligro latente para su pureza WASP. Decía
Juan Villoro meses antes del atentado contra las Twin Towers:
"Después de la guerra fría, Estados Unidos,
incapaz de realzar sus virtudes sin enemigos arquetípicos,
sustituyó al Comunista Devorador por el Capo Latino."
Mi letra no es en inglés nos muestra el probable
origen del surgimiento del movimiento chicano, fuertemente emparentado
con la reafirmación de una identidad sonorense. Sin embargo,
es Sonora y no México "la patria perdida" de
los tucsonenses. "La preservación de lo sonorense
y lo mexicano se expande hasta lo latinoamericano. El amor por
el terruño rebasa los márgenes regionales alcanzando
un hispanoamericanismo a través de una poesía que
parece seguir el ideal panamericano de Simón Bolívar
(...) La respuesta con tintes bolivarianos indicaría la
búsqueda casi desesperada de acercase a sus hermanos de
raza, desde Sonora hasta la Patagonia, en un intento de sentir
y expresar apoyo moral y reforzamiento cultural." En la mente
de los tucsonenses, Sonora no es México sino, más
concretamente, un puente hacia la mexicanidad, la verdadera mexicanidad,
la que no olvida ni perdona; la que defendió sus raíces
con uñas y dientes. Es el equivalente chicano de la Ítaca
de Ulises, es decir, Aztlán, el mítico lugar de
origen de los aztecas.
Murrieta nos hace ver que si bien El Tucsonense promueve
en sus páginas la literatura latinoamericana, reciente
y pasada —Sor Juana Inés de la Cruz, Amado Nervo,
Rubén Darío, Gabriela Mistral, José Juan
Tablada, que ellos presentan como "Juan José",
entre otros—, consagra la mayor parte de sus páginas
a exaltar a los poetas sonorenses —como Alfonso Iberri,
Enrique Quijada, Saturnino Campoy, Armida de la Vara y Leopoldo
Ramos— y, en general, a la cultura sonorense:
En prosa y en verso se niegan a reconocer que se ha perdido ese
habitat geográfico poblado originalmente por sonorenses
desde hacía más de un siglo. La poesía con
estos mensajes es abundante y no se limita a cantar al Tucsón
inmediato, sino prácticamente a todo el suroeste con lo
que sientan un precedente del Aztlán mítico que
manejan modernamente los chicanos de hoy.
De algún modo, los tucsonenses han desarrollado, si se
me permite jugar un poco con la terminología freudiana,
un complejo de David ante el Goliat (Estados Unidos) al que teme
todo mundo pero a quien su pequeño vecino puede darse el
lujo de burlar ocasionalmente. El arma de la que este David se
vale para dejar tuerto al Gigante es la cultura. Entre otras cosas,
La Cultura constituye un arma peligrosa porque expone, a espaldas
del enemigo, la realidad de una identidad estereotipada, es decir,
se desenmascara para actuar con absoluta libertad: él conoce
al enemigo pero el enemigo no le conoce a él.

Si Hermosillo hablara...
En su magnífico ensayo Gringos a la vista, señala
Manuel Murrieta:
(...) Así, la burguesía del espacio familiar no
dispone de mejor arma "abstracta" que el nacionalismo,
o el regionalismo, y su trama de símbolos para desmontar
la diferencia entre las clases y para permear y servirse de la
superestructura. Esta cultura hegemónica forma así
una noción colectiva que identifica el "nosotros"
en contraposición a todo aquello que no lo es. Tanto dentro
como fuera de su espacio, la cultura hegemónica crea la
idea de que en verdad es hegemónica, al menos en algunos
aspectos, y produce una identidad colectiva superior en comparación
con sociedades y culturas diferentes de ese "nuestro"
(Said, Orientalism 7)
Agrega más adelante que cada grupo social y cada época
se han visto en la necesidad de recrear sus "Otros",
con base en diferencias históricas, sociales, intelectuales
y políticas, "Se forma así un imaginario colectivo
que porta el individuo, el cronista, que al confrontar "algo"
claramente extranjero y distante, reacciona a la defensiva o de
manera conservadora; o se adquiere, "por alguna u otra razón"
(Said, "Orientalism" 172), un status de cierta familiaridad
y se tiende a dejar de juzgar las cosas como completamente nuevas,
o como totalmente conocidas (...)
En el caso concreto de Háblame a tu regreso,
Murrieta traslada dicho conflicto al lenguaje de la novela y se
permite cederle la narración de su propia experiencia en
los E.U a su ciudad de origen: Hermosillo, "capital del silencio
y la fortaleza", en contraste con Tucsón, "ciudad
sin bienvenidas". Sin embargo, esa voz que le increpa, maternal
a veces, azuzadora otras, puede muy bien pertenecer al país
entero, o al orgullo mexicano que el estudiante descubre de pronto
dentro de sí y que le brinda fortaleza para "resistir
los repentinos "shockes culturales" bajo la premisa
dictada por José Martí de que no es lo mismo los
Estados Unidos desde afuera que ingresar a las entrañas
del monstruo." En este sentido, la necesidad de expresar
su otredad, desde la experiencia propia, parece haber llevado
a Murrieta directamente a ese "género envenenado de
humanidad", como llama Mario Vargas Llosa a la novela. "La
ficción que crea la novela tiene que ver con lo social,
con la colectividad, no con el individuo sino con la ciudad"
En Háblame a tu regreso, la ciudad habla a través
de un individuo. Es la relatora de la nostalgia de este por las
calles, por los guisos, por su infancia, es decir, se hiperboliza
el precepto vargasllosiano de la novela. El recurso, sin embargo,
aunque poco socorrido no es nuevo: Los recuerdos del Porvenir
de Elena Garro, está reconstruida a través de los
recuerdos de una ciudad: Ixtepec. No obstante, el Hermosillo de
Háblame a tu regreso no es un narrador omnisciente,
sino que se dirige específicamente a uno de sus habitantes.
El Ixtepec de Elena Garro se refiere posesivamente a sus habitantes,
llamándolos "mis gentes". El Hermosillo de Murrieta
se dirige a un personaje que no lo escucha, como le habla una
madre a la fotografía del hijo lejano. Se mimetiza con
los pensamientos del hijo pródigo, los cuales integra a
su propio discurso:
(...) La sorpresa se incrementaba cuando, muy ocasionalmente,
surgían académicos de literatura latinoamericana,
invitados por sabe qué razones y contactos vanguardistas,
cuestionando el poderío norteamericano. Estos cursos, por
lo general intensivos, te parecían un esperado descanso,
un oasis teórico y sensible y hasta una protección
a tu humanismo hecho trizas entre la rapaz competencia en la que
habías caído (...) Todo es bien o todo es mal, the
United States es el eje del universo a donde todos queremos ir
y lo demás no existe y si existe no lo escucho.
En entrevista con Mario Fernando Rentería para el Semanario
Primera Plana de Sonora, el 23 de julio de 1999, Murrieta
confiesa que el leit motiv de su escritura es la nostalgia, "esa
huella en el paraíso", de la que habla María
Zambrano, y que prácticamente no puede escribir si no está
fuera de su terruño: "Mis primeros escritos brotaron
después de estar cinco o seis meses fuera de Hermosillo,
en un viaje, digamos, de búsqueda vocacional que realicé
en mi adolescencia, para saber qué iba a hacer con mi vida.
Estuve en la ciudad de México y prácticamente en
todo el sur del país: Estado de México, Tlaxcala,
Oaxaca, Chiapas, Veracruz. Me uní a ciertos grupos que
ofrecían servicio social a comunidades marginadas y conocí
allí otros mexicanos y a otros extranjeros, nos identificamos
y viajamos de diferentes formas, en distintas etapas."
Háblame a tu regreso, a diferencia de los otros
dos libros aquí citados, incluso de Viaje en Mex-América,
una colección de crónicas sobre la American-Way-Of-Life,
está escrito desde las emociones; desde la herida abierta
de la nostalgia producto de una circunstancia casi obligada para
un joven de su condición socio-geográfica-intelectual.
Su ciudad, esa "matria" más que "patria
chica", le reprocha: "...te escapaste, te devolviste
hacia mí, por todos lados te derramaste, en un túnel
de historia y geografía, de pasión y poemas, de
amor y alaridos espontáneos. Porque te acogiste finalmente
a lo tuyo (...)"
El estudiante no puede evitar sustraerse al espejismo del sueño
americano. Sin embargo, consciente de que las satisfacciones materiales
pueden llevarlo a vender su alma al enemigo, no hace sino recordarse,
una y otra vez, que ha ido allá no para quedarse —la
permanencia puede ser física, pero jamás espiritual:
su espíritu debe permanecer del Otro Lado—, sino
para sumarse a la resistencia cultural de sus paisanos. La novela
no lo dice, pero el protagonista habrá de fundar una editorial
(Orbispress) que publicará mayormente libros en español,
de tema fronterizo. Es decir: perpetúa la labor de aquellos
que ensalza en Mi letra no es en inglés. El perfil
mismo de la editorial grita una y otra vez que su letra no es
en inglés: "jamás se diluye en ti el estigma
del intruso..."
Contacte a Eve Gil:
evelinamaria@gmail.com
www.eve-gil.blogspot.com
www.la-trenza-de-sor-juana.blogspot.com

Eve Gil, autora del ensayo. Foto cortesía de la autora.