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Uno de los elementos de la Oratoria Sagrada donde el propósito persuasivo resulta más evidente, y por ello permite su estudio de un modo privilegiado, es sin duda el referido al lugar de las pruebas, es decir la “argumentatio”, que consiste en la defensa y sustento de las afirmaciones de la causa mediante razonamientos o comparaciones…


Manuel Pérez, de corbata, rodeado de sus colegas del Colegio de México durante la defensa.
Fotos cortesía del autor.

Por Manuel Pérez

—Desde la ciudad de México, exclusiva de Culturadoor.com—

Día de publicación: 14-Septiembre-2008

CIUDAD DE MÉXICO. El académico y poeta Manuel Pérez Martínez defendió con éxito su disertación doctoral: “Historias y cuentos para la reforma de costumbres en Nueva España: retórica del ejemplo en Luz de Verdades Catholicas […] (1692-1699) de Juan Martínez de la Parra, s.j.”. El acto se llevó a cabo el pasado 26 de agosto en el prestigiado Colegio de México de esta capital. El texto que a continuación se reproduce es la “Presentación” de la disertación el cual fue leído por el ahora Dr. Pérez y se reproduce en exclusiva para este portal. Pérez, ha hecho estudios también en centros de educación superior de Sonora, Estados Unidos y España, y forma parte del foro Orbis Press y colabora para este portal cuyo personal le reitera enormes feliciades por este logro.

PRESENTACIÓN

De los varios temas que podría ofrecer para su estudio la oratoria sagrada (sus principios estilísticos, la estructura de los discursos o su dimensión religiosa, entre otros) es el examen de los propósitos persuasivos que la mueven lo que permite una lectura que a la postre resulta capaz de involucrar los demás aspectos, pues en un sermón, como en cualquier pieza retórica, resulta central la causa que se defiende, de la cual depende en gran medida la estructura, el estilo y, en suma, la disposición retórica del discurso en su totalidad, así como su articulación para cumplir diversas funciones religiosas, sociales, culturales y aun políticas, pues dicha causa o propósito en el caso de los discursos religiosos podría no limitarse necesariamente a lo doctrinal o eclesiástico. En este sentido, uno de los elementos del discurso donde el propósito persuasivo resulta más evidente, y por ello permite su estudio de un modo privilegiado, es sin duda el referido al lugar de las pruebas, es decir la argumentatio, que consiste fundamentalmente en la defensa y sustento de las afirmaciones de la causa mediante razonamientos o comparaciones, es decir mediante pruebas deductivas o inductivas.

La segunda de estas dos clases de pruebas (la referida a las inducciones retóricas o paradigmas, conocidas en la retórica latina como exempla) fue de singular importancia en la predicación de corte popular, pues en ella era preferible prescindir de las argumentaciones deductivas complejas, dada la baja calidad del auditorio, lo que haría de las comparaciones ejemplares los mejores instrumentos tanto para la ilustración de la doctrina como para el embellecimiento del discurso en estas piezas de oratoria humilde. Es cierto que resulta difícil proponer un taxonomía ejemplar definitiva, pues se trata de un género de prueba muy cambiante a lo largo del tiempo, oscilante entre los polos de la simplicidad y la complejidad, aunque parece que en el fondo se mantuvo entre los oradores un sentido aristotélico de la argumentación, sobre todo en obras vinculadas de diversos modos a la elocuencia clásica (como lo fue en general la predicación jesuítica) pues en ella siempre una afirmación de carácter moral o doctrinal podía ser probada o demostrada, como proponía el estagirita, por medio de un razonamiento silogístico (como ocurría corrientemente en los sermones de estilo sublime del siglo XVII, poblados de conceptos y cuyo auditorio era preferentemente cortesano y culto), o bien podía ser probada o ilustrada por comparación con un elemento ajeno pero similar a la causa, preferentemente un cuento (aunque también con una mera descripción o imagen) como ocurría en la predicación popular en esos mismo años.

Por ello es que a partir de los temas de los ejemplos traídos como ilustración de la causa es posible deducir los principales propósitos persuasivos del discurso que, en el caso que me ocupa, apuntaban hacia una reforma de costumbres de evidente utilidad política y religiosa; asimismo, de la disposición argumental de los ejemplos al interior de la pieza oratoria se pueden deducir los modos en que ayudaban a que el discurso cumpliera dicha función retórica; finalmente, a partir del rastreo de las fuentes usadas por el predicador para encontrar los relatos adecuados a su causa, es posible determinar la inserción de esta práctica argumentativa en la rica tradición ejemplar, vigorosa desde la Edad Media en Europa, años antes en oriente, así como en la Antigüedad grecolatina había sido base tanto para el desarrollo de la ficción moral como para el conocimiento del pasado, pues la historia tenía también ya entre griegos y romanos un valor moral, ejemplarizante.

Gracias a la independencia que el ejemplo mostró a lo largo de su historia (aunque siempre se tratase de un texto subordinado, ya sea a un relato marco en el caso de su uso en los textos escritos o a la argumentación de una pieza retórica en los discursos orales) podrían también ser varios los caminos para su estudio, incluido un análisis intrínseco del relato, independiente de su contexto de inserción; sin embargo, aquí se ha elegido un análisis retórico por ser más coherente a la intención de conocer cómo funciona el ejemplo al interior del discurso, determinar sus usos estilísticos y argumentativos así como el modo en que se dispone para cumplir justamente su propósito persuasivo. Así, debe insistirse en que, en tanto argumento del discurso, el ejemplo toma su carácter probatorio de su capacidad de ilustrar una causa expositiva por comparación, al tratarse de un asunto externo pero similar a dicha causa, como quien ilustrase el carácter pernicioso de la mentira con el bien conocido cuento de Pedro y el lobo; esta función ilustrativa concentra las posibilidades didácticas del relato al plantear una enseñanza con base en un paradigma moral o doctrinal, particularmente cuando se encuentra inserto en un discurso de estilo humilde, como lo eran las pláticas doctrinales o cualquier sermón moral dirigido al pueblo. Por ello mismo he dicho que a partir de la función ilustrativa del ejemplo es posible determinar también su función social (y quizás la del sermón en su conjunto) en tanto que el relato incluye una propuesta paradigmática de uno o varios modelos de virtud a seguir, o bien mostrar el castigo derivado de infringir las leyes religiosas, naturales y aun civiles.

Un momento privilegiado para el estudio tanto de la dimensión religiosa y cultural como de la política y social del ejemplo en la predicación es el siglo XVII novohispano, cuando la estructura social y cultural de las ciudades en formación exigía al predicador la preparación de discursos trascendentes a su mera función religiosa, pues debían ser también dentro de sus límites instrumentos civilizadores y propiciadores del orden; al mismo tiempo, era en esos años y no antes cuando el predicador podía contar ya con un auditorio urbano y medianamente letrado que le movería a pronunciar discursos retóricamente mejor armados, pues habían pasado ya las exigencias evangelizadoras que habían guiado la predicación durante casi todo el siglo XVI en América, de modo que en las grandes ciudades se encontraría ahora un público que no tenía que ser cristianizado sino acaso reformado en sus costumbres, no sólo para utilidad religiosa sino para bien de la república. En esta tarea fue notable la labor de los predicadores de la Compañía de Jesús, cuya llegada coincidió justamente con el cambio de objetivos de la elocuencia religiosa en la Nueva España, gracias entre otras cosas a su notable y bien conocida dedicación al pueblo criollo, su enorme abanico de acción educativa, su excelente formación retórica y en general humanística, y la predilección de muchos de sus miembros por una elocuencia cercana a la gente, predicando en plazas, calles o cárceles, instrumentando un género menor de discurso llamado “plática” que, no obstante, puede con justicia seguir siendo considerado un sermón, etimológicamente hablando.

La fama de los predicadores jesuitas no fue poca ni mala y no sólo en la Nueva España, ya Antonio Vieira, Carolo Regio y muchos otros habían dado lustre en otras latitudes a la escuela de pulcra elocuencia y vocación social que mostró la Compañía tal vez desde un principio, como ostentosamente afirma el novohispano Juan Martínez de la Parra, el predicador que aquí se estudia: “Aviendome encargado la obediencia este ministerio de explicar la Doctrina, que entre los muchos, y muy gloriosos, que abraza el Sagrado Instituto de mi Religión, para el provecho de las almas, puede con los mayores competir de primero”. En la Nueva España esta labor de la Compañía fue fundamental para elevar el nivel educativo y cultural que se ofertaba en el virreinato, así como para colaborar al mantenimiento del orden y para generar un sentido de pertenencia entre la población, pues no sólo dedicaba sus energías a la represión de los apetitos desordenados sino que también ofrecía bienes culturales que vinculaban el mundo novohispano de la mejor manera a la tradición occidental, e incluso podría decirse que contribuyeron a elevar la autoestima sobre todo del pueblo criollo, gracias a su buen trato y a la presunta osadía de plantear símbolos protonacionales.

Por otra parte, la erudición de los predicadores jesuitas contribuyó, en el caso de los sermones dedicados a la predicación popular, a la confección de discursos ricos en fuentes ejemplares, a las que supieron dar un uso lo suficiente fino y complejo (dentro de los límites del estilo humilde) como para singularizarse entre otros predicadores de la época, pues en general demostraron un buen conocimiento y manejo diestro de la preceptiva retórica, un uso novedoso y “político” de la doctrina, así como una sobria elección y adecuación al discurso de los relatos paradigmáticos. Las fuentes de las comparaciones no narrativas de Martínez de la Parra, por ejemplo, frecuentemente son de origen clásico, aunque la materia con que nutre sus relatos ejemplares es mucho más respetuosa de los preceptos dedicados al respecto en los manuales de predicación, que reiteradamente exigieron la primacía del ejemplo bíblico o del hagiográfico, es decir del histórico, por lo que estos tipos de ejemplos resultan dominantes; no obstante, junto a las vidas de santos pueden encontrarse los nombres de Séneca, Plinio, Plutarco, Virgilio o Esopo alimentando con relatos, comparaciones o reflexiones la persuasión moral de este predicador.

La obra de Martínez de la Parra resultó de singular utilidad para un estudio del ejemplo como el que aquí se presenta, al tratarse probablemente de uno de los autores religiosos más leídos en la época, pues no obstante ser ahora bastante desconocido, desde fines del siglo XVII y durante todo el XVIII su obra fue muy apreciada, y no sólo en la Nueva España, como muestra el hecho de las muchas reimpresiones de su obra, tanto en México como en diferentes ciudades españolas; además, la colección de sus pláticas es extensa, de muy buena confección, con pretensiones temáticas muy amplias y sistemáticas pues en conjunto abarcó prácticamente todos los contenidos canónicos de la doctrina cristiana, dándoles siempre un tratamiento político y de práctica moral y, finalmente, porque sus pláticas son bastante ricas en relatos ejemplares, tanto en cantidad como en calidad.

El reconocimiento de la importancia de la obra de Martínez de la Parra (Luz de verdades católicas […]) fuera de México ya podía advertirse en el “Parecer” del examinador sinodal del obispado de Barcelona, Francisco Garrigo, incluido como preliminar para una edición de 1724 en aquella ciudad; aunque bien se sabe que era función de los “pareceres” la alabanza, en este caso resulta al respecto muy elocuente: “Siendo las verdades de nuestra Santa Fè, el mayor tesoro […] Ni todo el Oro, ni Plata que han llevado de las Indias a nuestra España las flotas, desde que las descubrieron Colòn, y Americo Vespucio, puede compararse con el Tesoro que nos trae de México en esta Obra”, y adelante dice: “con que, aunque no conozcamos en la Europa a este Sugeto por el trato, le conoceremos por la imagen viva que nos da de sì en este Libro; assi como se conocen los padres por los hijos”. Marie-Cecile Benassy-Berling afirma que “los eruditos mexicanos hablan de 45 ediciones en total” de Luz de verdades catholicas, y señala que la obra fue traducida al náhuatl, portugués e italiano en 1713, y al latín en 1736. Seguramente toma tal información de Mariano Beristáin quien menciona la traducción del jesuita italiano Antonio Ardia quien al parecer intentó hacerse pasar por su autor cambiando el título a Tromba cathequistica (1713), de donde a su vez el cisterciense alemán, Roberto Lenga, haría una traducción latina (Tuba catechetica, 1736) sin mencionar ya el nombre del autor mexicano.

Por supuesto que una justa descripción de la argumentación ejemplar de Martínez de la Parra, como principio de cualquier análisis pertinente, precisa de una breve clasificación de los ejemplos en cuestión, para cuyo fin la preceptiva retórica ya ofrece también un camino viejo, probado y útil, pues Aristóteles, después de reconocer y definir las dos formas de la argumentación retórica, describió sucintamente las especies de la argumentación inductiva o paradigmática a partir de las fuentes que se utilizasen para la comparación: un tipo de paradigmas que tendrían como base los hechos sucedidos en el pasado y que servirían como ejemplos para el juicio de los hechos presentes o para la deliberación de los futuros, esto es, lo que los latinos conocerían como ejemplo histórico, y los paradigmas creados por el propio orador o tomados de la invención de otros autores, principalmente poetas prestigiados. En cuanto a estos paradigmas inventados, Aristóteles consideró que podían consistir o bien en una mera comparación, que llamó parábola, o bien en un pequeño cuento, que llamó fabula. Haciendo honor al reconocido aristotelismo de la Compañía de Jesús, Martínez de la Parra se ajusta plenamente a estos usos y a esta preceptiva, pues entre sus ejemplos pueden perfectamente reconocerse unos históricos (hagiográficos, milagros y de historia profana) y otros poéticos o ficcionales (parábolas, fábulas mitológicas y apólogos).

Aquí conviene hacer un pequeño señalamiento respecto a la función probatoria de los ejemplos, porque no todos los paradigmas resultan prueba absoluta, pues hay en ellos grados de relación inductiva que deben tenerse en cuenta para poder comprender el diferente carácter, fuerza y función de un ejemplo histórico y otro ficcional frente a una causa moral o cívica. Se trata de otra distinción fundamental para la historia del relato probatorio, aportada ésta por el anónimo autor de la Rhetorica ad Herennium, la cual parte de la sutil diferencia que existiría entre testimonio y ejemplo, en tanto que el ejemplo puede no ser en realidad prueba absoluta, como el testimonio, sino sólo confirmación.

Y si la Rhetorica ad Herennium excluía la posibilidad de que el ejemplo fuese en realidad prueba, Cicerón relativizaría aun más la función ilustrativa del mismo estableciendo una gradación pertinente, pues para él la argumentación “parece ser un hallazgo, de algún género, que muestra probablemente, o que demuestra necesariamente alguna cosa”, donde puede caber duda sobre la distancia entre mostrar y demostrar, aunque no sobre lo que significa lo probable para la argumentación, pues añade que ello es “o un signo, o lo que es creíble, o juzgado, o comparable”. Para efectos prácticos, aquí se siguió el concepto aristotélico de paradigma retórico al que sin duda el estagirita confirió función de prueba (aunque por supuesto menor a la que tendría cualquier prueba dialéctica) pero se consideró también la diferente calidad probatoria de las distintas especies ejemplares, sobre todo bajo la distinción de históricas y ficcionales: los ejemplos históricos demostrarían una verdad moral, en tanto que son testimonios reales de la misma; mientras que los ficcionales sólo la mostrarían o ilustrarían. Ello resultó sumamente útil a la hora de evaluar la argumentación ejemplar de Martínez de la Parra, sobre todo cuando se propuso predicar cuestiones espinosas que tocaban la siempre incómoda justicia social, lo que con facilidad ganaba la animadversión de más de una autoridad viciosa o lastimaba alguno de los muchos intereses creados alrededor de la enorme riqueza virreinal y su inequitativa distribución; en estos casos, casi por sistema, el predicador prefiere ilustrar su causa con ejemplos ficcionales, fábulas o parábolas, que le liberarían de la responsabilidad de sostener sus afirmaciones en algún otro escenario menos propicio si hubiese tenido la osadía de plantear pruebas históricas de esos vicios, en cuyo caso podría haber sido acusado al menos de imputaciones calumniosas; en cambio, poco podría temer si sólo se limitaba a la inclusión de una mera fabulilla corrosiva.

Para una clasificación de los ejemplos usados en las pláticas de Martínez de la Parra convino pues tomar como primer criterio el carácter histórico o no del hecho narrado, pues ello permitió en primer lugar evaluar la efectiva consideración de las preceptivas por parte de este predicador, así como apreciar también su seguimiento de la tendencia general que frente a la censura preceptiva seguía considerando útil el ejemplo ficcional; en segundo lugar, esta partición dio pie también a la determinación de las formas y los usos propios tanto del ejemplo histórico como de la ficción ejemplar, pues ni los unos se reducen al mero recuerdo de historias bíblicas o vidas de santos, ni los otros a la mera inclusión de fábulas o apólogos, sino que por un lado se pudo considerar el aporte de la historia profana y, por el otro, el uso de cuentos de corte realista entre los ficcionales, como las parábolas cuya estructura y tono en muy poco se distinguirían de los históricos como no sea en la ausencia de pretensión efectiva de verdad acusada por la autorización, la ausencia de personajes históricos o de ubicación temporal y espacial del relato. Además, ello permitió el tratamiento de un par de problemas de enormes implicaciones en la reflexión literaria e historiográfica: el carácter sui géneris de la historia religiosa que contempla la historicidad del milagro y su desacato a las leyes naturales, y el problema de la verosimilitud en la ficción realista de corte moral, distinta sin duda de la verosimilitud de la ficción poética propiamente dicha.

Tal vez pueda apreciarse ya, con todo lo dicho, la bondad y pertinencia de un estudio retórico del ejemplo; sin embargo, es necesario reconocer aquí que estos estudios no son ni mucho menos los más frecuentes, lo que tal vez se deba, entre otras cosas, a la pésima reputación que la retórica ha cobrado desde que el Romanticismo propuso la vuelta a las reticencias platónicas respecto a la elocuencia, que vino a ser amplificada con el advenimiento de lo que Walter Ong ha llamado la era tecnológica, cuando la retórica se transformó en una mala palabra, cercana al lugar común o a la banalidad. No obstante, como aquí se ha querido mostrar, sin una consideración como prueba retórica el ejemplo no puede mostrar el modo en que sus virtudes didácticas funcionaban, no sólo en la oratoria sagrada sino incluso en otras formas de persuasión y en otros textos en los que tuvo lugar. Por ello es que la recuperación y estudio de textos bajo esta preceptiva resulta de singular importancia en la labor de reconstrucción de la historia literaria y política novohispana, pues se trata de documentos que reproducen o difunden las ideas sociales y estéticas de la época, las reglas de la elocuencia y, por supuesto, los usos políticos y poéticos del lenguaje. Son de interés particular en este propósito las colecciones de pláticas y sermones de estilo humilde, pues la enorme cantidad de ejemplos insertos y la naturaleza de su auditorio, proclive sin duda a la posterior difusión oral de los textos, colaborarían a la formación de una imaginación propia novohispana, compartida a su vez por todos los pueblos hijos de la cultura occidental.

Además, aunque la predicación fue una actividad fundamental para la formación de cultura, la reforma de costumbres y la denuncia de vicios e injusticias sociales durante los años del virreinato español en México, su estudio en cuanto a estos aspectos no ha merecido una suficiente atención a pesar de que se trató de la mejor y más rica exposición continuada del arte retórico en la Nueva España, eje de construcción de ciudadanía tanto como de la expansión del Cristianismo, y que no estuvo exenta de los riesgos y disputas propios del uso público de la palabra. Un estudio adecuado de ella, y en particular de los relatos ejemplares que ahí se utilizan, pasa por la recuperación del primigenio oficio didáctico que podría tener la literatura, y puede también encaminarse al aporte de elementos para ampliar el conocimiento de los orígenes del cuento mexicano, tanto de tradición oral como de la escrita, así como de una elemental reflexión historiográfica.

Para el estudio de las pruebas ejemplares usadas en esta valiosa aunque no muy conocida obra novohispana se ha seguido pues un análisis retórico de su uso argumental o amplificatorio, lo que ha permitido, además de su adecuada lectura en un contexto persuasivo, la consideración de las mismas como instrumentos forjadores de cultura y ciudadanía pues, qué duda cabe, un estudio completo de la argumentación ejemplar debe tomar en cuenta el propósito persuasivo con el que ella se utiliza, implica formular hipótesis sobre la recepción de los discursos y, finalmente, comprender la adecuación de los relatos ejemplares usados como pruebas a dichos propósitos y a un auditorio particular. Es decir, con base en un inicial análisis retórico se ha intentado en esta tesis determinar los modos en que el relato ejemplar ha sido dispuesto en piezas oratorias de estilo humilde a fin de cumplir un propósito persuasivo, principalmente argumental, vinculado a la reforma de costumbres de los habitantes de la Ciudad de México a fines del siglo XVII.

Celebrando tras la defensa

Contacte a Manuel Pérez: esplandian1974@yahoo.com

Notas:

1 En el prólogo “Al lector”, Luz de verdades catholicas […], por Juan Francisco de Blas, Sevilla, 1692-1699.

2 Se les atribuye por ejemplo haber usado en una procesión y por vez primera un estandarte que contenía una imagen del águila sobre un nopal devorando una serpiente, hoy flamante escudo de la bandera mexicana (véase el libro de Solange Alberro, El águila y la cruz. Orígenes religiosos de la conciencia criolla. México, siglos XVI-XVII, El Colegio de México-Fondo de Cultura Económica, México, 1999, pp. 82-119).

3 “Un prédicateur à Mexico au temps de Sor Juana Inés de la Cruz: le Père Juan Martínez de la Parra S.J. et son livre Luz de verdades catolicas y exposicion [sic] de la Doctrina Christiana”, Caravelle, 76-77 (2001), p. 404.

4 Biblioteca hispanoamericana septentrional [s.v. “PARRA (P. Juan Martínez de la)”: 2321], Fuente Cultural, México, 1947, pp. 108-109. Charles O´Neill menciona otras obras impresas de este jesuita, sobre todo panegíricos como el Elogio sacro de San Eligio, abogado y patrón de los plateros de México (México, 1686), Elogio de San Francisco Xavier (México, 1690), Elogio fúnebre de los militares españoles y La nada y las cosas […] (México, 1698) (en su Diccionario histórico de la Compañía de Jesús, t. 3, 2525).

5 “Y hay dos clases de paradigmas: pues una clase de paradigmas es el decir cosas sucedidas antes; otra, el que uno mismo las produzca. Y de éste, una es la parábola, otra, las fábulas, cual las esópicas y las líbicas” (Ret., II, XX, 2 [1393ª]). Cabe mencionar que Quintiliano también menciona las fábulas líbicas llamándolas apólogos, de donde tomarían su nombre definitivo (Inst., V, XI, 20), su particularidad era la presencia de personajes animales; al parecer para Aristóteles los cuentos de animales no son propiamente fábulas esópicas, como hoy podría considerarse.

6 “Pues el testimonio y el ejemplo difieren en lo siguiente: el ejemplo demuestra la naturaleza de lo que decimos, el testimonio confirma su verdad” (Herenn., IV, 5 [III]. Cito por la tr. de S. Nuñez, Gredos, Madrid, 1997, Biblioteca Clásica Gredos; 244).

7 “aut probabiliter ostendens aut necessarie demonstrans” diría el texto latino (De Inv., I, 44). Mientras ostendere significa mostrar, presentar, demonstrare significa hacer ver, hacer conocer.

8 De Inv., I, 47.

9 “Rhetoric was a bad word for those given to technology because it represented «soft» thinking, thinking attuned to unpredictable human actuality and decision, whereas technology, based on science, was devoted to «hard» thinking, that is, formally logical thinking, atunable to unvarying physical laws” (Rhetoric, romance, and technology, p.8)


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