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Para ella era muy especial el momento en que después de un arduo día de trabajo bajo el sol, su padre sacaba el pizarrón, el gis, los cuadernos y los libros y enseñaba a sus pequeñas hijas…

CREACIONES ESCOLARES/SPANISH WORKSHOP

Por Maricela Avelar

Del curso “Literatura y civilización de Latinoamérica-II”
California State University-Stanislaus

Día de publicación: 27-Mayo-2008

Se estacionó muy rápido en el primer lugar que encontró. No le importaba si había sombra o no, pues iba peleando contra el reloj. Muy de prisa agarró su enorme bolsa. Trató de ser delicada pues la bolsa contenía su laptop nueva. Cogió el libro, una botella de agua y su telefóno celular, pero no sin antes darle un último vistazo al reloj, ¡no podía ser! Faltaban sólo cinco minutos y todavía tenía que ir al laboratorio de las computadoras e imprimir el trabajo que había que entregar. Menos mal que sí logró terminarlo en casa y gracias a su “pendrive” que cargaba consigo siempre sólo faltaba imprimirlo. Caminaba muy de prisa hacia la biblioteca, solamente un click y tendría su trabajo en la mano. Caminó luego hacia el “classroom building”, no dejaba de admirar los árboles y la naturaleza, siempre lo había hecho…

Iba por la vereda dando saltos y jugando con las flores y las mariposas. ¡Qué lindo era todo, no lo dejaba de admirar! Excepto las verdes lagartijas que corrían de un lado a otro de la vereda para esconderse. Pero en su mente de niña ella creía que eran malas y que tramaban algo contra ella, cada vez que se quedaban paradas y hacían un par de lagartijas mirándola directamente. Por eso las temía.

***

A pesar de su corta edad y de no haber asistido a la escuela, ella era muy inteligente. Desde los seis años aprendió a leer y a escribir, ¡lo disfrutaba tanto! Para ella era muy especial el momento en que después de un arduo día de trabajo bajo el sol, su padre sacaba el pizarrón, el gis, los cuadernos y los libros y enseñaba a sus pequeñas hijas. No menos especial era el momento de cenar. Lo hacían bajo la hermosa luna, era su única compañía, la única que los iluminaba. Como la cocina estaba oscura, todos formaban un círculo en el patio, una especie de sala dentro de la casa, pero sin techo. La olla la ponían en el centro y era la mamá quien servía el dulce arroz con leche, tan blanco como la luna. Leche de sus vacas que se alimentaban de pastos y hierbas silvestres. Una buena charla familiar le seguía siempre a la cena, luego se desaparecían a dormir con la luz de una vela.

El viento soplaba por las verdes montañas mientras la pequeña recorría las veredas saludando a los becerritos que retozaban en el pasto. En la mente de esta inocente niña no había cabida para pensamientos ajenos. Ella vivía una vida tranquila en la naturaleza en donde su única compañía era la de su familia y los animales que tanto quería y ayudaba a alimentar.

¡Amaba los atardeceres! Especialmente aquellos cuando llovía con sol y corría bajo la lluvia y se mojaba, empapándose de esa sensación y aroma sin saber que la acompañarían por siempre. Cuando era un poco mayor, le gustaba trepar a la azotea por las tardes. Miraba la puesta del sol tras la montaña y fue precisamente en la azotea en donde un día se preguntó qué existía más allá de esas montañas.

Mientras tanto ella continuaba disfrutando lo hermoso de su pequeño mundo. Se bañaba en el río, alimentaba a los animales y trabajaba en los huertos frutales; recogiendo guayabas por montones. La temporada de lluvias ya estaba aquí. El sol se iba como si le temiera a las nubes negras que venían del horizonte. A ella no le importaba mojarse, amaba el olor de la lluvia cuando se mezcla con la tierra…

***

Se ha salpicado su bolsa. Ojalá los “sprinkles” no hayan mojado su laptop. No cabe duda que el verde se ve más verde cuando está mojado, cuando desprende ese olor a lluvia que ella tanto ama…

Contacte a la autora: avelar19844@yahoo.com


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