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Eso es lo que buscamos los visitantes, sólo eso explica que Jorge Massimo, un matemático italiano que me concede una charla mientras bajamos exhaustos, la haya subido al menos 17 veces; eso explica que cada vez que puede regresa desde Roma para recorrer sus entrañas en el elevador, únicamente para verla: —Mírala de nuevo. ¿No es preciosa?—me confiesa sonriendo como encontrando a un cómplice…

CRÓNICA

Por Manuel Murrieta Saldívar

California State University, Stanislaus

—Exclusiva de Culturadoor.com—

Tomada del libro La grandeza del azar: eurocrónicas desde París

Día de publicación: 24-Abril-2008

PARIS, FRANCIA.-Estoy frente, detrás, debajo y, por vez primera, ¡subo la torre Eiffel! Al hacerlo, capto que además del natural sentimiento de satisfacción por estar visitando este monumento universal, surge una especie de catarsis y arrobamiento estético similar al que provoca una obra de arte. Luego paso a la conmoción, a la expresión de incredulidad— ¡cómo es posible!—cuando descubro, entre los letreros informativos del primer piso, que alguna vez esta torre corrió el peligro de ser derruida simple y sencillamente porque no servía para nada.

Es conocida la versión de que la Eiffel fue erigida con motivo de la feria mundial de 1889 para mostrar los logros del ingenio humano en plena época de la revolución industrial. A pesar de tantos años, su ingeniería aún hoy me causa asombro cuando voy observando sus enormes cimientos con soportes hidráulicos, su hierro pintado para contrarrestar la dilatación solar, los cálculos para enfrentar los movimientos del viento o sus tornillos de acero fundido que enlazan una barra con otra. Sin embargo, luego se me informa que cumplida la función inmediata de la feria, surgieron quejas de que afeaba el paisaje arquitectónico medieval y renacentista (que por fin estoy apreciando, en mejor esplendor y magnitud, precisamente desde la torre).

El espíritu utilitario positivista que cundía entre el siglo XIX y el XX—sigo leyendo los afiches incrustados ahora en el segundo piso—aumentaron las exigencias por demolerla. Los esfuerzos por darle una función práctica, es decir, justificar su presencia, son tan candorosos como ingenuos; así lo muestran los delicados dibujos a color colgados de los hierros: para que los parisinos aceptaran la mega construcción, pasada la euforia de los días inaugurales, se introducían promociones como la de ofrecer al visitante un globo en cuyo interior iba un mensaje escrito en un papel. Desde lo alto, se echaba a volar—botella no al mar sino al aire—y quien lo recogía en el suelo leía un lugar y una hora para acudir a una cita amistosa o amorosa. La amenaza por derruirla ha de haber sido tan intensa que hasta el mismo ingeniero Gustavo Eiffel, en su intento desesperado por sostenerla en pie, instaló en la misma cúpula un apartamento donde vivía regularmente. Tendrían que pasar, literalmente, por su propio cuerpo si se atrevían a demolerla.


Gustavo Eiffel. Imagen de dominio público en Internet

Imagino que durante aquella época cundía un ambiente de fe en la ciencia, de infinitas posibilidades técnicas y por ello el ingeniero Eiffel se negaba a aceptar que su obra, retadora y triunfante hacia el espacio, no sirviera para nada. Por ello—deduzco mientras el elevador me lleva hacia la cúspide—otros genios de entonces, sin proponérselo, le daban esperanzas: Julio Verne y sus submarinos, los primeros automóviles o Thomas Alva Edison y su catálogo de inventos. Este último, más práctico en sus sueños, incluso subió personalmente la perfecta estructura ensamblada, unos 320 metros, hasta el apartamento aéreo y de acero donde vivía Eiffel—el ascensor no llega hasta ahí, pero casi, un piso antes. Edison entregó de regalo al aferrado arquitecto uno de los primeros fonógrafos, invento que más tarde influiría para sostener la torre en pie. Por su significado histórico, este encuentro ha quedado eternizado en el preciso lugar donde ocurrió, pero con personajes de cera—parte del atractivo que te hace subir hasta el último piso, más arriba sólo está el cielo.

En efecto. A principios del siglo XX la Eiffel no sólo se aprovechó para experimentar con las primeras transmisiones inalámbricas sino que, una vez probada su eficacia y utilidad, se instalaron antenas y aparatos para la transmisión permanente de ondas de radio…la torre estaba salvada y lo demás es historia: desde ahí se interceptaron mensajes en clave que culminaron en la detención de la célebre espía Matta Hari o ayudaron a liberar a París de los alemanes durante la II guerra mundial. A finales de los años 30’s otro invento salvaría a la torre en definitiva: se practican desde ella las primeras pruebas de televisión; el éxito es tal que se instalan más tarde estudios de grabación y de transmisión en vivo. Para dar testimonio de esta funcionalidad, localizo un enjambre de enchufes, alambres, cables y antenas parabólicas de comunicación que, cual rémoras, parecen succionar los fierros de la cúpula. Nadie, ni en broma, cuestiona a mi alrededor una utilidad que ni Eiffel ni Verne hubieran jamás imaginado.

Sin embargo, irónicamente, los que estamos aquí apreciamos “algo” que no tiene que ver con la función práctica, como si se cumpliera una profecía. Unos documentos inéditos de Julio Verne, descubiertos apenas en 1994 según lo indica el croquis informativo, muestran que otra de sus fantasías era construir una enorme estructura de acero que, justamente, no sirviera para nada. Los turistas curiosos y pacientes que recorremos los pisos intermedios, encontramos esta revelación y hacemos elucubraciones sobre las posibles influencias de Verne en la mente de Gustavo Eiffel. La construcción imaginaria de Verne, ¿después la del ingeniero Eiffel?, penetraría el cielo, cual moderna Babel, para iluminar con su brillo metálico a la ciudad, sin más función que la ornamental para maravilla del paisaje parisino; sería una estructura que simplemente estuviera ahí, como testimonio de la creatividad humana, despertando los sentidos estéticos. Es decir, iba a ser una torre que para los pragmáticos utilitaristas simple y sencillamente no iba a servir para nada.


Julio Verne. Imagen de dominio público en Internet

Creo que, de nuevo, la ciencia ficción de Verne, el hombre que predestinó la llegada a la luna, se cumplió: los más de cien millones de personas que hemos visitado la torre Eiffel desde su edificación, no hemos venido para ver en su punta unas antenas de comunicación. No, venimos a París para admirar una construcción que eventualmente no sirve para nada ya que se podrían haber colocado esas antenas en cualquier otra parte ex profeso. Invertimos recursos, tiempo y energías para acercarnos a ella, rodearla, mirarla desde todos sus ángulos, pasmarnos cuando se está debajo o en el transcurso de la subida. Nos dejamos atraer con una sensación de admiración, de placer y goce no producido por ningún objeto utilitario. Cubrimos un vacío como el que llena una obra de arte que a unos nos ruboriza la existencia y a otros no les sirve para nada.

La lucha del ingeniero Eiffel por sostener en alto su edificación no se ganó, como quizá lo creyó, con la técnica sino finalmente con la estética. El goce de lo bello es lo que, a juzgar por lo que me sucede, aseguró su permanencia. Eso es lo que buscamos los visitantes, sólo eso explica que Jorge Massimo, un matemático italiano que me concede una charla mientras bajamos exhaustos, la haya subido al menos 17 veces; eso explica que cada vez que puede regresa desde Roma para recorrer sus entrañas en el elevador, únicamente para verla:

—Mírala de nuevo. ¿No es preciosa?—me confiesa sonriendo como encontrando a un cómplice. Esa sensación estética explica también la infinita caravana de autobuses que a toda hora pasan por el mirador de Trocadero, con turistas de todo el planeta…simplemente llegamos no para buscar unas antenas en la cima, no, llegamos para apreciarla con alaridos de satisfacción, de asombro por lo que el ser humano es capaz de realizar: una torre que no sirve para nada pero cuyo embrujo nos reúne para vivir, por momentos, como felices conocidos sonriendo sin edad…

© De La grandeza del azar: eurocrónicas desde París.
Mayor información en: http://www.orbispress.com/imagenes/realidad/grandeza-azar.htm

Contacte al autor: editor@culturadoor.com


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