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Antes de que el Emperador aceptara el final, el ejército francés y sus aliados habían sufrido el peso aplastante de la calamidad. Olaf Guntersöhn había visto morir a la mayoría de sus camaradas en el frente. Observó con desconcierto a Napoleón una mañana transparente y quieta, cuando el militar pasó revista a las líneas maltrechas de seis batallones. También el sargento maloliente había muerto.

CUENTO

Por Ignacio Mondaca

moroico2000@yahoo.com.mx
http://humphreybloggart.blogspot.com

—Exclusiva de Culturadoor.com, desde Hermosillo, México—

Día de publicación: 22-Agosto-2010

En ocasiones
la espera se convierte
en un fin en sí mismo.
Plauto

I

En aquellos días las noticias del avance napoleónico en Ausbaheim llegaban a Rótterdam a cuentagotas. El asalto inminente contra el imperio ruso engendraba pesimismo en toda Europa y el futuro oscilaba en una cuerda floja.

Febrero de 1812, desde hace semanas no circulan los periódicos; la crisis del papel en Inglaterra tiene varada la imprenta de Soreinberg y la gaceta del puerto ha dejado de circular; la comunicación terrestre se encuentra interrumpida y la escasa información llega entre olas y ventiscas desde los puertos de Lisboa y Marsella.

En la taberna de Leseken, un grupo de marineros acicateados por los rigores del clima espera la llegada del Carlomagno. El ballenero genovés ancló en Amsterdam desde mediados de diciembre ante el peligro de sabotaje, ahora es esperado con apremio; ajenos a los pormenores de la guerra, aquellos hombres aguardan zarpar en busca de los cetáceos y las jugosas ganancias del bacalao. No alcanzan a intuir el escenario de escasez que se avecina.

Desapercibido en el fondo de la taberna, y blindado en su grueso saco de lana, Olaf Guntersöhn percibe, más allá de las apariencias, el gesto descompuesto de la necesidad en el rostro de aquellos hombres. El humo de pipas y cigarrillos enrarece el ambiente; un bullicio sordo pasea entre las mesas rústicas de roble. Sobre la barra tatuada por el ocio unos permanecen taciturnos, el resto se anega desperdigado en la sala principal. Se gasta en una cerveza el último latido del bolsillo apostándolo todo al arribo del Carlomagno.

No hay naipes cuando escasean los chelines en el bolsillo, piensa el capitán Guntersöhn mientras observa de reojo su deformada mano izquierda. Como un ejército diezmado, el pulgar y el índice se tocan entre sí formando una desafortunada tenaza. Un presagio lo hace retirar la mano debajo de la mesa. La oculta deseando eludir la reticencia de su memoria. La diestra empina el tarro metálico hasta la última gota. Momentáneamente detiene el timón de aquella tarde y lanza el ancla al fondo de la memoria. ¿Cómo pudo una exitosa jornada en alta mar convertirse en un ataúd? Se salvó, pero el latigazo que le arrebató la integridad aparece inamovible en una galería de imágenes recurrentes. ¿Cómo logró maniatar el pilote móvil a la peonza de ojales pese a los borbotones de sangre? No lo sabe, sólo recuerda que sus dedos desaparecieron junto con dos de sus más entrañables amigos.

Cuando el hombre mira la cicatriz de los dedos cercenados, su ceño se transforma, sus ojos parecen detenerse en un espejo y en el gesto se vislumbra la luz mortecina de la rabia. Pocos comparten una noche de tormenta en el Mar del Norte y sobreviven para contarlo.

II

Junto al Palacio del Príncipe y escoltada por una procesión de banderas marchitas de frío, una fila sinuosa de varones aguarda turno en el centro de la plaza. Los marinos descuelgan la gorra de la percha y dicen adiós de madrugada; se desprenden de sus arpones enmohecidos y tiran los dados en un albur de subsistencia. Por veinte coronas se abandona el oficio y se enfunda un uniforme militar si no hay remedio.

¡Olaf Guntersöhn!

Un paso al frente. El frío castiga los músculos y tensa las mandíbulas. El guante negro relleno de aserrín disfraza la ausencia dactilar.

¡Sí, Señor!

Pequeñas plumas tiñen de nieve la explanada, bufidos de caballos inquietos rompen la quietud, algún albatros sacude la penumbra del cielo descompuesto. El teniente observa con recelo a aquellos hombres, serán útiles aunque no hayan empuñado jamás una espada o un fusil. Los soldados se forjan en el frente, habrá que marchar hasta el Mosa y de ahí embarcarse al Rhin y luego incorporarse a la batalla.

Veinte coronas, una lista de soldados rancios de salitre y el Carlomagno dando tregua a las ballenas.

Leva disfrazada, reclutamiento a cambio del escaso metálico. Aguarda Napoleón los refuerzos para emprender la osadía final contra el invierno, el Imperio luce invencible como el sueño de un gigante.

¡Olaf Guntersöhn!

¡Soy yo, Señor!

Sargento y marinero. El guante negro apenas oculta el infortunio, pero dos dedos y una palma enhiesta bastarán para sostener el mango de un mosquete o un timón de alerce. En la guerra los trámites son un parpadeo en el que no se aceptan devoluciones.

¡A la orden, Señor!

¡Mantenga el rumbo!

¡Oui, monsieur!

De cualquier modo la diestra jalará el gatillo y no será más complicado meterle un tiro a un ruso que maniatar una ballena con arpones.

El francés huye al camarote, la temperatura en la cubierta no acepta sobornos. Qué va a saber el sargento de peligros, piensa Guntersöhn, si su gesto es el de un perfecto idiota. Qué va a saber del miedo, huele mal y palidecen los botones dorados en el peto de su abrigo salpicado de manteca; seguro llora en el regazo de las putas de París que se burlan de su acento provenzal, de su labio leporino que apenas disimula su bigote ralo.

Sobre estribor, la silueta de Guntersöhn se desdibuja entre la bruma como en los buenos tiempos. Los marineros empuñan sus fusiles y lo miran de soslayo, con respeto. No imaginan el fin de la jornada y prefieren el silencio; son taciturnos porque el frío del norte no sabe de amistades. Veinte coronas holandesas. Habrá alimento en casa el resto del invierno mientras dure la pesadilla. Las fosas nasales y el bigote atrapan un aire congelado y nebuloso mientras el humo del tabaco disuade a los fantasmas.

Pero los fantasmas se obstinan, el bacalao es buena guarnición después de todo. Ahí están, se contorsionan y se anegan, suplican sus aletas volver a las profundidades cuando un garfio aborta el intestino y el ojo se abre como luna, salpicando de sangre la cubierta. Luego vendrá la sal y la conserva. Después la paga mineral llegando al puerto. Pero el Carlomagno no alcanzó a atracar y todo es un sueño que difumina la niebla de la guerra.

III

Aquel día, zarparon de madrugada. A media mañana, cuando arrojaban al mar largas piolas cargadas de anzuelos y calamares, comenzó a soplar un viento inquieto. El cielo se precipitó de pronto y fuertes ventiscas comenzaron a azotar al Witchliebe desde estribor. El barco alcanzaba las 35 yardas de eslora y era capaz de almacenar unas cien toneladas de productos. Guntersöhn conocía su oficio, solía llegar hasta Terranova y atracar en puertos que no aparecen en los mapas. Adquiría comestibles y aparejos, pero aquellos sitios eran altares donde los marineros desfogaban sus ansiedades. Hacia la tarde, las olas crecían preludiando lo impensable, cuando la ruta de regreso se había desterrado ya de la bitácora.

Fue violento e inesperado. Olaf Guntersöhn se aferró al timón como los mejillones en los acantilados noruegos. En el clímax de la tormenta los gritos eran ahogados por el estruendo y sus gestos se extraviaban en una marejada de presentimientos. Las bodegas comenzaban a anegarse y los esfuerzos por mantener a flote el pesquero parecían inútiles. En las aguas del Norte el diluvio no es un pasaje bíblico, la embarcación era una burbuja a punto de estallar y el ruido ensordecedor se imponía como una premonición funeraria.

Las olas azotaban furiosas la embarcación en una profecía puntual. La muerte marcaba el semblante de la tripulación, unos 25 marineros curtidos en el fragror de las generaciones; bufidos y rayos omnipresentes iluminaban la cubierta que se debatía contra el gigante enloquecido. Ahí se perdieron sus dedos y sus hombres.

IV

Antes de que el Emperador aceptara el final, el ejército francés y sus aliados habían sufrido el peso aplastante de la calamidad. Olaf Guntersöhn había visto morir a la mayoría de sus camaradas en el frente. Observó con desconcierto a Napoleón una mañana transparente y quieta, cuando el militar pasó revista a las líneas maltrechas de seis batallones. También el sargento maloliente había muerto.

Dos años de derrotas son demasiado para cualquier soldado. Venía ahora el regreso a Bélgica donde naufragarán los últimos sueños imperiales.

Movido por la compasión, el teniente Maurice Blaison decidió otorgar licencia a Guntersöhn. Veía los dedos cercenados del marinero y no dudó en suponer que aquel infortunio era el ajuste de un combate. Y lo era: uno contra Neptuno y Eolo. Nada que el teniente pudiera comprender.

A mediados de la primavera de 1814, Guntersöhn descendió de un barco mercante, llegó a mediodía llevando a cuestas las grietas agravadas de su rostro y un racimo de canas en las sienes. Rótterdam parecía haber envejecido también, no había banderas ni pañuelos blancos, sólo los rayos de un tímido sol entre nubes de congoja.

Caminó por el muelle, unas gaviotas disputaban las tripas de una merluza sobre el quicio de madera. Atravesó el mercado de mariscos y respiró profundo cuando lo asaltó el persistente olor del bacalao salado y el amoníaco de los tiburones. Avanzó por el barrio empobrecido de los artesanos y tomó hacia la humeante taberna de Leseken. Se detuvo un momento frente al festón y las banderolas de la entrada, se veían descoloridas como los lomos de los meros que pescaba de niño. Cuando pisó el vestíbulo, respiró como si le faltara el aire. Observó a los parroquianos y levantó su mano izquierda en forma de pistola, izaba su trofeo. Alfred Leseken sonrió detrás de su bigote rojo, dejó la barra y se encaminó a abrazarlo con una botella de ginebra en la mano. Algunos marineros dejaron los naipes y se unieron al austero homenaje. La botella va por cuenta de la casa. La familia estará bien en casa.

V

A finales de 1814, Guntersöhn observaba desde la cubierta del Carlomagno las costas de Córcega y de Elba. Respiraba con tranquilidad el aire salobre del Mediterráneo sin imaginar que Napoleón se encontraba recluido en esas islas desde el 4 de mayo.

El forzudo marinero apretaba sus dedos, el índice y el pulgar, contra las pestañas del timón. No podía evitar pensar en los avatares de su esposa en los tugurios del puerto, procurando extranjeros para intercambiar unas monedas por caricias; o en sus hijos andrajosos robando pan y tubérculos en el mercado. Durante la guerra, la supervivencia traza sus propios caminos. Pensaba también cómo la ausencia de tres dedos puede esconder una recompensa. El destino se va escribiendo solo. Ahora las cosas vuelven a la normalidad. Después de todo es una fortuna estar vivo y el Carlomagno es un buque muy joven todavía.

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* Cuento que forma parte de El diluvio y otros cuentos, obra ganadora el Concurso del Libro Sonorense 2009, en prensa.


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