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Cuento

Mejor aguantar ¿qué no, Marcial? La gente pobre como nosotros sufre mucho cuando viene “al otro lado” Quítate los zapatos. Yo siempre que ando muy cansado de caminar me los quito.

Por Oscar L. Cordero

Yo sé que por aquí, Marcial, por esta parte del desierto no tendremos que pasar por Willcox, ahí siempre ha habido mucha vigilancia. Para mi forma de ver, es poca la gente que ha pasado por ahí que no la hayan agarrado esas gentes de “la migra”; por eso te dije que tomaremos este camino, Marcial.
Ponle que yo no haya pasado por aquí nunca, pero ya me han platicado muchos, y eso, es como si yo hubiera andado por aquí, ¿o tú cómo la ves Marcial? No hay necesidad de estar en un lugar para conocerlo, cuando te platican de él ¿Qué no, Marcial? Está bien que no quieras contestar, será por lo disimulado que eres, o será por el cansancio que te cargas porque ya hemos caminado mucho, o también puede ser por la sed, pues no hemos bebido agua en dos días, y si come-mos algo es uno que otro nopal tatemado al fuego para que no nos frieguen las espinas.

La gente pobre sufre mucho cuando viene

Últimamente ya ni eso, con el miedo de que nos agarren, yendo tan avanzados en nuestro camino, encender fuego sería como avisarles que aquí venimos —por lo del humo—, desde lejos nos verían. De que nos vean y aguantar el hambre, mejor aguantar ¿qué no, Marcial? Yo sé que estás de acuerdo conmigo, cómo no vas a estarlo si los dos nos hemos chingado igual. La gente pobre como nosotros sufre mucho cuando viene “al otro lado” ¿Quién me va a contar? Si no es la primera vez que vengo… ¿Qué dices? Está bien, hombre, vamos a descansar un rato, sirve que me saco las espinas de las piernas, no quería parar para no desanimarte, como te veo tan débil… pensé que con cualquier pretexto te ibas a querer sentar. Quítate los zapatos, verás cómo descansas a gusto. Yo siempre que ando muy cansado de caminar me los quito. Creo que así han de sentir las mulas cuando se revuelcan. Dicen los arrieros que las mulas descansan como si descansaran cinco horas después de una buena revolcada.
¿Ya te dormiste Marcial? No me extrañaría, tienes que andar muy cansado; yo también ando igual, ponle que yo aguante más, porque yo ca-minaba lo mismo que hemos caminado hasta ahora, pero con un saco de harina en el lomo, cuando los traía desde Carretas hasta Rancho Portillo, a la tienda de mi papá. Bien podía mandarme en una mula pa’ que fuera más fácil, pero lo hacía para castigarme. “Pa’ que se te quite lo pendejo”.

Yo creo que veinte kilos de harina encima no me iban a quitar lo pendejo, o, ¿tú que crees Marcial? ¿Ya estás dormido? Duerme, pues, un rato; a lo mejor descansas hasta de mí, ya ves que no me para “la trompa”, todo el tiempo estoy habla y habla como esas señoras aburridas que el único gusto que pueden darse es hablar —cuando hay alguien que les escucha, claro— ¿Pero, a mí ahorita, quién me escucha? Así, me lleva el carajo, no tengo sueño y no puedo parar de hablar, dicen que eso es porque de niño en mi casa nadie me escuchaba. No me hacían caso.

No tardaban ni tantito

Yo me acuerdo que veía a todos en mi casa como embrujados con mi hermanito. Todos querían estar cerca de él, como si yo no existiera. “Déjame cargarlo” o “préstamelo, mira que chulo”, decían mis hermanas. “Éste va a ser muy listo”, decía mi papá. “Creo que se va a parecer a mí”. Y así fue. Mi hermano aprendió a leer primero que yo; era muy vivaracho. Desde niño se comía todo lo que se encontraba, hasta cucarachas. Me acuerdo que yo tenía que apretarle las quijadas para que abriera la boca y así poder sacarle el bicho de entre los dientes, pero sí… se aprendió el Padre Nuestro primero que yo, y, en sólo unos años, ya leía algunas páginas del libro de Lengua Nacional. A mí, nunca me gustó la escuela. Aprendí a leer de milagro, por eso ando acá, en estas extrañas tierras aguantando hambre y sed. Marcial es igual que yo, por eso nos juntamos pa’ venirnos al Norte, porque no sabemos hacer nada en México. Mi papá tenía razón cuando decía que yo nunca iba a aprender nada. A causa de eso andamos en medio de este desierto, donde no se ve nadie, sólo uno que otro animal, como esa aguililla, que es de las que esperan a que aparezca un ratón para clavarle las uñas, entre las costillas, y devorárselo vivo. Eso yo lo veía muy seguido en el camino entre Rancho Portillo y Carretas cuando iba a traer la harina. Me sentaba a la orilla de un barbecho, cuando alguien araba la tie-rra. Las aguilillas y los gavilanes se paraban en los postes del telégrafo o en algún árbol ahí cerca, y en cuanto el arado destapaba algún nido de ratas, y salían brincando pa’ todos lados, los pajarracos les caían encima. No tardaban ni tantito, para cuando los veía en el mismo paradero comiéndoselos.

No te puedes morir así

¿Todavía no despiertas Marcial? Has de estar muy cansado. Ya está obscureciendo y se siente frío. Además, también me está dando sueño. Allá, junto a aquellos cerros que se ven hasta azules de tan lejos que están, se ve algo que se mueve, parece ser el tren que viene de El Paso a Tucson, creo que de ahí sigue con rumbo a California. No se oye nada de ruido, será por lo lejos que está. Sí, eso ha de ser… ¿Qué pasa? ¿Quién es? ¡La migra! ¡Ya nos agarró Marcial, ya levántate! Me ponen la lámpara en los puros ojos. ¡No me jalonées güey! Yo entiendo con palabras. ¡Marcial, ya despierta cabrón, ya no tiene caso ha-cerle al loco! ¿Qué te están haciendo esos migras que no puedes despertar? ¡Tú suéltame cabrón! Tengo que ver que tiene mi amigo. Venimos juntos. ¿Qué? ¿Que está muerto? ¡Marcial, no te puedes morir así! ¿Qué le voy a decir a tu mamá? Haz un esfuerzo, a lo mejor estás muy cansado y de plano no puedes ni abrir los ojos, o puede ser por la sed, yo sabía que tenías mucha sed, pero de eso a morirse… no debe ser pa’ tanto. ¡Ya ni la friega que nos pusimos Marcial…!
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Este texto forma parte del segundo libro, en proceso de producción, de Oscar Cordero autor de Entre la Sed y el Desierto. Contáctelo al teléfono 602-977-0406.


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