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LA TRENZA DE SOR JUANA

Por Eve Gil

Para Ramón, en recuerdo a un poema que nos hizo llorar.

-¿Dónde te han tenido escondida los sandinistas?- preguntó Fidel a la escritora, en aquélla, la última noche del año 1978.

Muchas historias giran en torno a la mítica figura del dictador Fidel Castro, todas terribles, ninguna que pudiera considerarse tierna. Sin embargo, hubo una mujer que lo hizo recurrir a sus olvidados versos de Martí para, a su vez, transmitirle a ella sus sentimientos. “Y sacó los libros de Martí. Me leyó pasajes. Yo estaba subyugada por sus emanaciones de héroe. No podía creer la suerte que me permitía compartir ese tiempo con Fidel. La tranquilidad, el silencio de aquel edificio dormido”. Tenía que hacerlo, pues la mujer en cuestión era una reconocida escritora nicaragüense que llegó a vivir exiliada en México debido a su participación activa en el Frente Sandinista, para retornar justamente en 1978, al triunfo de la revolución. Apenas verla, con su rizada cabellera castaña y sus adormilados ojos en forma de almendra, Fidel perdió toda compostura. Pero el amor de la escritora en cuestión- aunque secretamente enamorada del comandante en su adolescencia-, pertenecía a los musos de extraordinarios poemas que le han dado la vuelta al mundo: Sergio, su esposo y su hijo, Camilo, con quienes actualmente radica en Los Ángeles, California. Todo cuanto quedó de aquel encuentro, nos dice ella en El país bajo mi piel, fue literatura.

Aunque es difícil creer que el muy macho Fidel se haya enamorado de la literatura de esta mujer antes que de ella misma, lo cierto es que Gioconda Belli, nacida el 9 de diciembre de 1948, en Managua, Nicaragua, es una de las personalidades literarias más fascinantes de nuestra literatura, el nombre latinoamericano que más quieren en Alemania, donde supuestamente la gente es de naturaleza gélida, nada más contrario a la muy cálida Gioconda. Una mujer que lo mismo puede empuñar un rifle que una pluma, y en ambas circunstancias hacerlo por amor. Escribir, para ella, es, ni más ni menos, una guerra librada contra los mismos enemigos a los que llegó a combatir físicamente: los opresores de su pueblo y de los cuerpos; la guerra de una mujer que conjuga los más elevados ideales con un erotismo que contiene la húmeda poesía de la selva como queda implícito en su esplendida primera novela, La mujer habitada (1988). Pionera de las letras nicaragüenses, primera mujer que se atrevió a incursionar tanto en la poesía erótica como en la revolucionaria, directamente influida por José Coronel Urtrecho y eternamente comparada con Ernesto Cardenal, asimismo militante del FSLN, Gioconda bien podría ser la representante de la mujer nicaragüense que, junto con la liberación de su país, se liberó a sí misma de ancestrales ataduras. “Yo me hice famosa, entre comillas, en este país, cuando a los 20 años escribí la poesía que escribí, que era una poesía erótica, sensual, que causó un enorme escándalo-declara, en entrevista con Fabián Medina en La Prensa, cuando se le pregunta si el erotismo la ha ayudado a vender libros-. A mí me causó un montón de problemas. Y en ese momento a mí ni se me ocurría que iba a vender alguna vez o que iba a vivir de mis libros. Y escribí muchos libros de poesía erótica antes que eso me sirviera para comer, pues. De que mi poesía fuera vista por alguien que la considerara digna de ser comprada. Me parece que es una cosa de pequeñez y mezquindad. Dicen eso porque no hallan qué decir sobre por qué se venden mis libros”.

Gioconda, la que comparó al huracán Mitch que asoló su tierra con un algodón de azucar -“Cállate ya, paisito cansado de llorar”- tiene una forma muy valiente y particular de manifestar su feminismo, a través de una tierna exaltación de lo femenino. Sus poemas y novelas hablan concretamente de la mujer, no de la mujer como cárcel sino como pájaro que extiende sus alas y surca un vuelo azul. Le canta a los amigos, a Juan Gelman y a su compatriota Sergio Ramírez, por ejemplo; a los poetas varones a quienes instruye sobre los secretos para seducir a sus musas. Exalta al esposo amado, al “te amo” cotidiano, al cigarro compartido después de hacer el amor, la despedida de los amantes por la mañana, a la maternidad, como en este espléndido poema donde increpa a la mujer que la desaprueba: “Cuatro hijos tendrían que haber terminado con la sensualidad/ o el deseo. Como si cada hijo mágicamente redujera la libido/ y no fuera la realidad exactamente lo contrario”.

La más reciente novela de Gioconda, si bien retoma los elementos característicos de su prosa, se enfoca en un personaje histórico, la desdeñosamente conocida como Juana la Loca, y alterna la historia de ésta con la de una adolescente contemporánea de nombre Lucía, que tiene justamente la misma edad de la infortunada reina de Castilla al momento de casarse con Felipe el Hermoso, dieciséis años, y es inducida al estudio de aquélla por un historiador atractivo y cuarentón que consigue seducirla al hacerla recrear al personaje. El pergamino de la seducción (Seix Barral, 2005), ha dicho Gioconda, es la reivindicación de una mujer que tenía suficientes cualidades para ser apreciada por ellas, pero en la que los historiadores machistas insisten en resaltar su supuesta locura generada por las infidelidades de su marido.

“El rostro de Juana -se dice Lucía- me hace pensar en muchas mujeres modernas que se resisten a aceptar las limitaciones del entorno asfixiante en que la sociedad las obliga a existir (…) A menudo me pregunto cómo puede este mundo producir el rostro desolado de Juana y otros rostros donde todavía es posible observar la inocencia del paraíso” (p. 75). El que la narradora sea una chica actual permite una mayor verosimilitud al fresco relato de las desventuras de Juana, aunque siempre queda preguntarse si esta Juana rebelde que insiste en amamantar ella misma a sus hijos es la verdadera o una maravillosa creación de Gioconda.

Sirviéndose de la encantadora Lucía como una especie de médium, reconstruye la historia de una joven reina víctima de las circunstancias que enfrentó valientemente su terrible destino, pero, sobre todo, recrea con esas palabras suyas la pasión adolescente que devoró a Juana y a Felipe y que, si bien dejó seco a este último, mantuvo su llama en el cuerpo y el alma de Juana hasta el último momento, así como al despertar amoroso y sensual de una adolescente que, reconoce Gioconda, tiene mucho de ella misma. A través del sexo, descubre Lucía algo más que el placer: descubre asimismo a Dios; el Dios que las monjas fueron incapaces de inculcarle: “Y el cuerpo es tan sencillo, Lucía. Es lo más puro que poseemos. La mente en cambio está llena de vericuetos. Ése es el laberinto. Y en la vida real, no hay Ariadna ni hilo de plata. Es uno y el Minotauro jadeando. Siempre tan cerca”.

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