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OFICIO DE POETA

Si dijera que todo comenzó así: la música, cigarros y el café. Tu voz dando giros en mi rostro, en la piel de caricia rebuscada que ayer se sacudió tu olvido.

*Oficio de Poeta

Dicen que estar solo
es un día,
como una pena nuestra
que alguien nos cuenta.
Como pisar en falso,
como una lágrima abierta
que se apuntala
y luego se despeña,
así nomás,
sin siquiera darnos cuenta.

Pero otro día
estar solo,
es breve regocijo
que inventamos para mirar el alma.

Otro día es quizás
aquella herida intacta en la mirada
que como dulce llaga se nos llega,
la mujer exacta
que de pronto no nos ama,
esta vereda incierta
que no acaba.

Pero otro día
dicen,
que la soledad es como guardar la pluma
y ser poeta.

*Un Sol que reposó en tu centro

Si dijera que todo comenzó así:
la música,
cigarros
y el café.

Tu voz dando giros en mi rostro,
en la piel de caricia rebuscada
que ayer se sacudió tu olvido.

No sé,
tal vez debería reconocerte en mi nombre,
saber que te confundes en mi imagen,
que te pierdes,
saberte señora virginal de mi gran momento,
hermana amantísima
de mi gran momento,
en mi soledad sin sol
y tu mutismo transparente.

Callado,
te tomaría de la mano
y te diría lo poco que tengo de profundidad.

Y te diría que tú estás sin estar en mí,
que nunca te olvido.

Que sin avisarme adquieres el color que te rodea,
y tú lo sabes,
que dices amor
y yo no sé de qué color son tus ojos,
que hoy te irás piedra-café-y-teléfono incierto,
que oirás la lluvia desde tu casa nueva,
que todo lo que tienes no es para mí,
y que en medio de todo esto
surge un adiós,
sin el mañana-vengo.

Sólo bastaba decir que eras tú.

Pero ahora inventaremos una noche.

Una noche donde yo te sienta aquí,
en lo hondo renaciente,
jugando a mecer nuestro ramaje,
donde tú seas otra vez ángulo del cristal
y paisaje roto,
voluta de sol que se escapa de la mano,
vestigio del eco que se queda flotando entre nosotros,
rescoldo del silencio
que entra y sale de tu cuerpo.

No,
no te vayas.

Meditemos en el vientre de la noche.

Cuéntame de tu camión,
el de la franja verde,
de cuando reíste al confundir nuestra epidermis.

Dime el número de letras de tu nombre,
de tu nombre gris
que me aprendo nada más cuando tú vienes.

Cuéntame de tu dolor,
de tu olor tomado de una tarde,
de la tarde de ayer
que necesitó un ruego.

Por eso hoy,
etérea,
ven a sublimar el poema que te exige permanencia.

Adúltera,
prójima en este vernal silencio
que diluye mi imagen,
hoy habremos de recorrer el tiempo
la ondulación y el rito.

Digo que la palabra envejeció en tu boca
y no supimos cuándo quedó anclada
en este cuarto que justifica tu existencia,
en tu aliento que resbala por las paredes.

¿Sabes?

Quiero saber si tú eres la misma,
la de ayer,
la del murmullo que se coló por debajo de la puerta.

Te siento amorosa en torno a tu palabra,
y lloras,
y dices:
cuando apago la luz
todavía te veo caminar.

No tenía nada qué hacer.

Salí a la calle para alejar tu lejanía.

Salí a reconocerte
por la ciudad que siempre te contiene.

Porque debo amarte
en todas tus cosas.

En tu tocador
y en tu almohada rosa.

En el semáforo que a veces odio,
en estas calles que me inventan tu recuerdo.

Y te amo
hasta en la cita incumplida,
en aquellas cosas dadas que nunca pude amar,
porque te quiero
solamente en la medida de este sueño.

**El Canto de las Sirenas

Llegarás primero a las sirenas, que encantan a cuantos hombres van a su encuentro.
Homero

Como un rebaño de olas cabritean
en la blancura de esta página.

Buscan el vaivén de las horas más
núbiles de las 3 de la mañana.

Suelen esconderse en el vestíbulo
del silencio y nadie las vislumbra.

Duermen yermas contigo, aunque nunca
serán tuyas. Al escenario siempre
llevan el mismo papel desde antaño
en el poema, que es en donde envejecen
sin morir.

Se les puede invocar en las puertas
del sueño memorando antiguos nombres
de náufragos infaustos que playean
entre escombros, quienes buscan un trozo
infalible, algún breve cascajo
de salitre o el ansiado maderamen
de un barco perdido entre la pujanza
marítima, sacudiendo inútiles
botellas vacías que hoy repiten
desde la punta de este lápiz; “rilke”,
“rilke”, “rilke”, “rilke”, canto augural
de las sirenas cuando así fustigan
sobre los hombres el venal deseo.

Más allá de los párpados sin sueño,
de las horas dulcísimas de un mar
adentro, cuando plañen las marinas
valvas todo reflujo bajo el agua,
distante, desde exánimes arenas,
oh tú, primera de las Afligidas,
en la espiga de las olas cantabas.

Y tu deseo estaba en la sal
viva de nuestros íntimos deseos.

¡ Thalassa ¡, decías, encrespa la ola,
y bate al viento abriendo tiernos brotes
en la rosa náutica. Hace al día
más lóbrego, con él endulza el aire
de las altas ramas que anidan pájaros.

Al solaz, “en la mar en calma y llana”,
al pairo el alma, es canto inaudito
que repiten impunemente valvas
olvidadas. Sueño inútil que sube
al corazón del náufrago en luna
rala. Es el más antiguo sabor
de la sed de salobres aguas,
un pañuelo de viento en el que huye
espantada de sí la lejanía.

¡ Thalassa ¡, herrumbra todo sendero
secreto de la lluvia, desatando
en vasto mar errátil olas glaucas.

Como latido de aguas zarcas, bruñe
con su hechizo todas las nostalgias.

¡ Thalassa ¡,
es un viento de arena escondido
en la camisa de todos los poetas,
la hembra del silencio, sólo huesos
donde plañen ingrávidas sirenas.

Vedlas ahora retozar insomnes
bajo el ala más profunda del día.

En esa hora en que el alcatraz
con su negro grafiti comba el cielo.

Escucha lo que trae la mullente
espuma. Tú eres ahora Ulises
que retorna a su Ítaca después
de haber amado a las castas sirenas.

El nacido de vientre que ha oído,
sin morir, el canto de Aglaófeme,
la de la voz bella; a Agláope,
de rostro hermoso, y a Imeropa, madre
partenia en culpa del deseo de todos.

Escucha atento a la blanca Leucosia,
a Ligia, la chillona. Mira grácil
esa “atroz escama de Melusina”.

Sobre todo, finge oír la música
de la veneranda Molpe, y guarda
vivo el recuerdo de la doncellez
de Parténope, la sutil lascivia
de Pisínoe venciendo al amante.

Acepta grato lo que tenga Redne,
y a Teles toma por mujer perfecta.

Como un bautismo asume las palabras
de la calma que es pródiga Telxiepia.

Persuádete de Telxíope, y vuelve a la abierta memoria de los hombres.

*Poemas incluidos en el libro Poemas Provinciales, Taller del poeta, Pontevedra, España, 2004.

**Del libro inédito Thalassa. Listo para su publicación.

Antonio Leal, reconocido poeta mexicano radicado en Quintana Roo. Colaborador del foro Orbis Press y de este portal. Correo electrónico: balamqro@hotmail.com


Antonio Leal, derecha, junto con David Alberto Muñoz en Hermosillo, Sonora


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