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   Desde ese momento, los campesinos revolucionarios que presenciaron el acontecimiento declararon a “La Lola” como Generala de la tropa de Tacoaleche. Finalmente, partieron en busca de la mentada Convención de Aguascalientes para reunirse con los meros meros de la Revolución.

CREACIONES ESCOLARES/SPANISH WORKSHOP

 

Por Graciela Montero

gjimenez1@csustan.edu

   Del curso “Narrativa de la Revolución Mexicana” California State University-Stanislaus  

Día de publicación: 1o-Abril-2011

          Una tarde calurosa, Lolita lloraba sin consuelo mientras terminaba de barrer el último puño de ceniza que quedaba de lo que alguna vez fue su humilde choza. Sin distinguir las lágrimas del sudor de su  frente chamuscada, la pobre mujer recordaba el instante cuando Valentín la dejó para unirse a “la bola” y luchar por sólo Dios sabe qué. Fue entonces, cuando de repente regresaron los desgraciados federales que acabaron con el tesoro más grande de Lolita: Marielita y Panchito. Ahora sin sus hijos, Lolita anhelaba la muerte y su rencor crecía en su interior como la flama que emerge de un  bracero.

          Los uniformados la llevaron arrastrando hacia su guarida, mientras se  caían de borrachos y repartían maldiciones a los pueblerinos que se atrevían a verlos a los ojos. Mientras Lolita miraba su sangre derramándose de sus pies y manos y sus preciosas trenzas llenándose de lodo, pensaba en el destino de Tacoaleche: su pueblo natal. Al amanecer, los hombres con tremenda cruda pedían a gritos los servicios de “La Lola”, como ellos la llamaban entre sí. Uno de ellos le dijo al comandante Trueva:

 – Pa’ que queremos a esa mugre vieja rondando entre nosotros, hay que fusilarla de una vez por todas.-

          Y él respondió con malicia:

– Mejor cállate Mauricio, que pa’ algo bueno ha de servir la engreída. –

           Luego luego, la Lola enfurecida exclamó:

– Ya quisieran ustedes que yo les sirviera pa’ todas sus cochinadas y demás, pero ni crean…primero me doy un tiro yo misma.—

          A carcajadas, el comandante la retó:

– Ay, sí ¡Qué miedo me das! A ver si es cierto. Segurito nunca has visto un rifle en tu despreciable vida.—

          Lola se sacudió el polvo de sus manos y con todo el rubor de sus cachetes y la ingenuidad de su pálido rostro, dio un paso al frente y gritó con toda su fuerza:

 –Primero me mato antes de complacer a los cerdos que chamuscaron mi casa y asesinaron a mis criaturas. Sino, dejo de llamarme María Dolores Martínez de García.—

          Trueva le soltó un cachetadón que reventó sus labios rosados, tomó su rifle, lo recargó y se lo entregó a la infeliz diciendo:

–Enséñame pa’ lo que eres buena, “mi Lolita.”–, le dijo con un tono burlesco.

           Los dedos acabados de la Lola temblaron al sentir el peso de aquella arma mortal; pero muy valientemente la apuntó a su cabeza, cerró los ojos y sin pensarlo dos veces

—¡Pam, pam, pam!—

          De tres balazos se desvanecieron los federales que la incitaban a disparar. Sin saber cómo lo hizo, Lolita hurtó las carrilleras y demás armas que portaban los pelones y salió disparada al encuentro de Valentín.

         Después de largas caminatas entre la sierra, Lola vislumbró la cumbre de una iglesia igualita a la que su marido le había descrito en su última carta. Sus ojos brillaron de placer al recordar las palabras de Valentín, que le prometían volver pronto y con una mejor suerte, al culminar la lucha a la que se había unido. Cansada de pisotear su falda con sus huaraches desgastados, Lola se sentó en una grada del kiosco del jardín y acalorada se arrebató el rebozo del cuello.  A lo lejos escuchó la dulce voz de Valentín que presumía ante “la bola”  su nueva conquista.

–Ese Valentín García, ahora que subió a general, no se  le escapa ni una chamaca.—murmuraban los guerrilleros que formaban su tropa.

          Llena de rabia, la Lola se soltó su largo pelo trenzado, mientras el dolor penetraba su corazón herido. Tomó sus “avances” y, a paso lento, se dirigió hacia el montón.

–Traicionero, no que luchabas por las injusticias de …¿quién sabe qué?…y que pronto regresarías con nosotros para tener una mejor vida y… bla, bla, bla— hablaba la mujer con la seguridad de una generala al rendir cuentas a un caudillo perdido. —Pues, me adelanté y vine a buscarte como una tonta para decirte que me uniría a tu causa— las lágrimas comenzaron a salpicar sus mejillas—¡ingrato, venía a vengar junto contigo la muerte de nuestros chiquitos y mira cómo me pagas!

          Valentín, sorprendido, trató de explicarle, pero un fuerte soplido le cortó la respiración…mientras una bala ardiente atravesaba su torso endurecido.

          Lola tomó las armas de su extinto marido y poniendo un pie sobre el cadáver declaró:

          —El que traiciona la confianza de su familia, no tiene por qué dirigir una causa tan importante como ésta, y merece ser fusilado…

          Desde ese momento, los campesinos revolucionarios que presenciaron el acontecimiento declararon a “La Lola” como Generala de la tropa de Tacoaleche. Finalmente, partieron en busca de la mentada Convención de Aguascalientes para reunirse con los meros meros de la Revolución. Así que le arrebató el sombrero a Ramón, y gritó con emoción:

          –¡Vamonos mis hombres, a lo que nos pertenece y las mujeres que lo deseen también son bienvenidas!–

          Dicen las malas lenguas que la mujer es pa’ estar en casa y cuidar los chiquillos…Que detrás de un gran hombre hay una gran mujer…Pero, ¿quién iba a pensar que las soldaderas iban a luchar igual o mejor que los guerrilleros masculinos y hasta llegarían a ser líderes de la fuerza que las oprimía?…Si, yo sé que esto suena a reflexión, pero ¡qué siga viviendo  la Revolución!…


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