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No sé cómo llegué aquí… ni sé quién soy. Estoy tendido entre el monte. Alguien tuvo que recargarme en el tronco del árbol, lo sé. Fueron manos piadosas las que me pusieron a buen resguardo en la sombra, alejado de los rayos de sol. Sus manos me arrastraron con suavidad, lo sospecho. Cuando recuperé la conciencia abrí los ojos y ahí estaba él. Lo vi por un segundo. Su imagen se difuminó casi al instante como si hubiese sido sorprendido, como si se negara a ser visto…

RESEÑA

 

 Imagen de portada: cortesía Editorial Atreyo

Vigu. Relato de un secuestro. Autor: Anselmo Bautista López. Editorial Atreyo. Nuevo Laredo, Tamaulipas, México, 2011. Primera edición, Serie: Nóesis #3, Registro Interno: 518455555. 

  Por Anselmo Bautista López

anselmo.bautista@gmail.com

—Exclusiva de Culturadoor.com, desde Nuevo Laredo, Tamaulipas, México—

Día de publicación: 27-Junio-2011

Resumen:

El libro se compone de dos partes:

En la primera se narra el secuestro de Vidal Gutiérrez, un comerciante de celulares, las vejaciones que sufre y sus reflexiones antes de ser asesinado.

La segunda parte es después del secuestro, que por obra y gracia de un personaje que se coló en la obra sin ser invitado y sin el cual esta segunda parte no tendría razón de ser, Vidal Gutiérrez se convierte en Vigu: el Rompecráneos, el ejecutor de miembros del crimen organizado, no como una venganza ni buscando justicia, sino como consecuencia de localizar el paradero de su esposa e hijo de quienes presume tienen secuestrados y que es precisamente lo que lo hace conducirse con violencia. Finalmente los encuentra sólo para enterarse de que el autor intelectual de su secuestro lo fue su propia esposa quien pretendía cobrar una póliza de seguro.

Prólogo:

Escribo esta historia por tres motivos:

·         La persona que me la narró me pidió escribirla.

·         La persona que me la narró me pidió publicarla.

·         La persona que me la narró (Vidal Gutiérrez), no estoy seguro de que exista.

Pero la historia me fue dicha. Quizá fueron hechos reales o quizá fue pura inventiva. Nada de esto importa de cualquier modo. Lo que importa es que nos recuerda que en algún lugar esto realmente está sucediendo.

La historia me fue dada en trozos dispersos e incoherentes como piezas de rompecabezas regadas en el suelo. Fue un arduo trabajo poderla enmarcar y cuadrar, porque todo lo que se me dijo en seis meses, sólo ocurrió en doce días.

Las escenas violentas han sido dosificadas por su alto impacto. De cualquier modo se sugiere leer con cautela.

Este trabajo se ha dividido en dos partes. La primera nos narra sobre el secuestro del señor Vidal Gutiérrez; la segunda parte, nos habla después del secuestro.

Procuré persuadir a mi inexistente narrador que elimináramos a uno de los personajes por restarle realismo a la historia. –Déjalo–, me dijo insistente. Y aunque aparece poco en escena, finalmente me pareció fundamental su presencia, ya que de otro modo, la segunda parte de la narración no tendría razón de ser.

No es este un trabajo de investigación como tampoco son hechos constatados. Tampoco son una apología del delito. Considérenlo, por tanto, la inventiva de un ser que me susurró al oído hechos que jamás ocurrieron aún cuando puedan tener coincidencia con la realidad.

 

INTRODUCCIÓN

     No sé cómo llegué aquí… ni sé quién soy. Estoy tendido entre el monte. Alguien tuvo que recargarme en el tronco del árbol, lo sé. Fueron manos piadosas las que me pusieron a buen resguardo en la sombra, alejado de los rayos de sol. Sus manos me arrastraron con suavidad, lo sospecho. Cuando recuperé la conciencia abrí los ojos y ahí estaba él. Lo vi por un segundo. Su imagen se difuminó casi al instante como si hubiese sido sorprendido, como si se negara a ser visto. No huyó para esconderse, simplemente su efigie se difuminó lentamente haciéndose transparente frente a mí. No hubo tiempo de hablar con él. Tampoco yo pude hacerlo. Mis ropas desgarradas estaban manchadas de sangre… de mi propia sangre. ¿Cómo pudo sucederme todo esto? No lo sé, ni siquiera recuerdo mi nombre y la sangre brota fresca de mi cabeza. Siento mi cuerpo apaleado. Allá hay una carretera asfaltada. Veo pasar autos. Seguro alguien podrá ayudarme. Mi cuerpo pesa; me duele horrores. Toda mi osamenta se lamenta de dolores agudos y las heridas me queman. Camino con mucho esfuerzo. He caído pesado tres veces sobre la hierba pero he logrado subir a la arteria asfáltica. ¿Qué pasa? ¿Por qué los conductores aceleran y se pasan de largo como si vieran en mí a un fantasma? Creo que les atemorizo. Debe ser mi aspecto ensangrentado.       

     Seguiré caminando y levantando la mano hasta que alguien se apiade y se detenga… alguien valiente, supongo. Ha caído la noche y nadie me ha prestado auxilio, ni siquiera se han detenido para averiguar mi estado maltrecho. Me siento débil, muy débil y con mucha sed. Creo que pronto caeré desmayado. ¿Qué es eso? Agua, creo que es agua que fluye más adelante. Tal vez un río. La temperatura ha descendido y el lugar se ha tornado frío y húmedo entre las ramas conforme me acerco. ¡Ahí está! ¡Sí, es agua! Es un río. Bebo algo del vital líquido con mis manos. Me siento más reconfortado pero débil como para continuar el camino. Me tumbo sobre las piedrillas de la orilla y no vuelvo a abrir los ojos hasta que un lobo solitario me despierta lamiendo mi cara. Me asusto y él corre a toda velocidad hacia el monte. Me mira desde allá. Tal vez quiere atacarme pero su mirada no es agresiva. Me examina. Hay algo de piedad en él, algo de melancolía y soledad. Se da media vuelta y ya no lo vuelvo a ver. He dejado de sangrar y la sangre de mis ropas se ha vuelto tiesa. El sol cae abrasador a esas horas tempranas. Mis dolencias han disminuido. Puedo levantarme con más soltura. Recordando a los asustados autos pasar de largo, me desvisto y me despojo de todo rastro de sangre en medio del río. Lavo mis ropas y mientras se secan tendidas sobre las ramas, los ojos del lobo me asechan otra vez tras la maleza.
   

       Esto es raro. ¡Ahí viene con algo en el hocico! Se acerca con prudencia. Yo me quedo inmóvil. No quiero alterarlo para evitar un ataque. Zigzagueando con lentitud se acerca, suelta loque trae en el hocico y se tira de panza al suelo. Me ha traído un pedazo de carne fresca y cruda. La levanto con cautela. No sé de qué animal sea la carne. La mastico y no siento su sabor, pero mi estómago lo agradece y yo agradezco al animal gris acariciando su pelo. Se va corriendo a perderse otra vez entre el monte. ¡Qué animal tan noble!, pensé. Examino mi cuerpo. Tengo tres perforaciones en el pecho que ya no sangran. Uso el agua del río como espejo para examinar mi rostro. Hay un orificio más en mi frente del lado izquierdo. Parecen estar cicatrizando todas. He perdido toda noción de quién soy. Pero de alguna forma entiendo que conservo algunos recuerdos que me ayudan a comprender un poco el entorno y la situación. Iré otra vez a la carretera, ahora con mis ropas limpias y secas… sin manchas de sangre. No sé cómo fue posible eliminar todo rastro rojo de las prendas pero evidentemente luzco mejor. Con una hoja verde he tapado el orificio de mi frente. No sé porqué lo he hecho. Ya no tambaleo al caminar y puedo levantar más firme la mano para pedir ayuda. Después de varios autos, por fin, uno se detiene. Es una camioneta Ford, manufacturada quizá hace dos décadas. Lleva cochinos enjaulados arriba. El conductor está por llegar a la tercera edad. Se ve fuerte y me invita a subir a la cabina. Va a la ciudad y pregunta por mi destino. —También —respondo con la lengua pesada. Me hace plática. Es criador de cochinos y los vende. Vive con su esposa que se ha quedado a lavar los chiqueros y darles de comer a los animales. —Y a preparar la comida para cuando yo regrese —me dice con simpatía. Creo que le caigo bien. Él también me cae bien pero no tanto como para volverlo a ver. Quiero decir… Yo no sé hacia dónde me dirijo ni por qué lo hago. Bien pude quedarme de ermitaño en el río y quizá vivir en la copa de un árbol con la compañía del amable lobo que me dio de comer carne cruda. Pero algo me llama hacia delante, hacia donde el hombre de manos gruesas y venosas sobre el volante me lleva. En cuanto yo abandone al buen hombre, seguro me olvidaré de él y mis pasos no volverán a encontrarlo, lo presiento.

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Para adquirir este obra:

Enlace de Amazon en formato Kindle: http://www.amazon.com/dp/B0055HM88U

Enlace de Editorial Atreyo: http://editorialatreyo.yolasite.com/anselmo-bautista.php


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