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Todos los hombres se enamoran de una mujer imaginando que la pueden tener en su lecho.  Después… después las cosas cambian.

Un cuento / Basado en un mito urbano

Imagen cortesía del autor

Por David Alberto Muñoz

peregrinosysusletras@gmail.com

—Especial de Culturadoor.com—

Día de publicación: 18- Marzo- 2015

Santiago Mendoza trabajaba de camionero por rutas estadounidenses.  Manejaba un camión Ford Cargo 815, un modelo liviano, con un motor de 125 hp. Era fácil de manejar y económico,  además tenía una cabina abatible con acceso al compartimiento del motor, vidrios y seguros manuales.  Con él, Mendoza transitaba camionetas en una plancha, o simples mercancías de las grandes tiendas como Target, Wal-Mart, e incluso llevaba comida en algunas ocasiones para Safeway, Ralphs o Vons.

Tenía ya más de 10 años de laborar en medio de las carreteras que en comparación con las de su país natal, estaban muy bien construidas.  Su vida era el ir y venir, el pasar por cientos de Rest Areas, bañarse en una de tantas gasolineras que proveen una regadera con jabón y agua caliente, e incluso mucho espacio para estacionarse y dormir al menos por unas horas.

Santiago estaba separado, tenía tres hijos de dos mujeres, además de una buena cantidad de aventuras.  Cuando viajas todos los días desde las cinco de la tarde hasta las cinco de la mañana, es difícil tener una relación estable.  Te pierdes entre los freeways interestatales y las carreteras locales, que en ocasiones pueden estar cerradas, y eso te fuerza a pasar más tiempo en el camino.

Aquella noche era simplemente otra más.  La vida de Mendoza era una rutina en constante movimiento.  Su cerebro ya bien acondicionado solamente reaccionaba ante automóviles, peatones, patrullas y accidentes que eran testigos del destino dado a nuestro personaje.  Iba desde Albuquerque, Nuevo México, por el interestatal 40 hasta Glenrio, Texas, que era un distrito en la lista del National Register for Historic Places.  Un desolado lugar donde permanecían algunas construcciones y unas cuantas personas.  Llegaba por allá una vez al mes con abastecimientos de comida para los locales.  La gente hablaba de leyendas que en un momento dado perteneció a la famosa Ruta 66, y cuando se amplió el camino en los años 50s, se construyó una estación de TEXACO, un comedor que se llamaba Brownlee Diner/Little Juárez Café y eventualmente un MOTEL, cuyo nombre Santiago no conocía.

Serían eso de las una, dos de la mañana, Mendoza casi hipnotizado manejaba igual que siempre, pensando en la nada, su verdadera compañera ya de algunos años.  Se decía así mismo:

—Si no piensas en nada, no tienes problemas.

Súbitamente, lo detiene el cuerpo de una joven muchacha que aparece de pronto en media carretera.  Mendoza frena bruscamente ante la mirada impávida de la joven que ni siquiera parpadea.

Se miraba como un fantasma pero era demasiado bella como para serlo pensó Mendoza.

—Debo de estar loco—continuó con su monologo—debo de haber visto muchas películas porque ahora la muchacha bien puede ser un criminal en serie—soltó una alegre carcajada.

La vio de frente una vez que se bajó del camión y se acercó a ella.

Era una hermosa jovencita en la flor de la edad.

—¿Señorita?  ¿Está usted bien?  Do you speak Spanish? —habló el varón para asegurarse que no fuera a pensar que él no sabía el idioma del tío Sam.

—Estoy bien gracias—hablo la muchacha con voz de arcángel, aunque Mendoza nunca había escuchado a un ser divino hablar.

—¿Qué está haciendo por aquí y sola a estas horas?  Es muy peligroso, ya ve, casi la mato.

—No se apure señor, estaba caminando a mi casa.  Vivo en Glenrio, más adelante.

—Sí sé dónde es.  Precisamente para allá voy, si gusta le pueda dar un raite.

—Si no es mucha molestia, se lo agradezco, se me hizo algo tarde.

—No hay ningún problema, ahorita mismo la dejo en su casa.  ¿Vive sola?

—No, con mi madre.

Subieron al camión no sin antes ella ver lo caballero que podía ser Santiago.  Le abrió la puerta del pasajero, le puso un escalón para que la muchacha no tuviera problemas al subirse.  Se dio cuenta que tenía frío, y sin pensarlo, se quitó la chamarra para dársela a la joven.  Le ofreció la mano que ella atentamente tomó para descargar en las mismas venas de Mendoza un tonto sentimiento de enamoramiento.

—Muchas gracias señor, está algo frío ¿no?

Mendoza afirmó con la cabeza, mientras miraba la serena y a la vez cauta mirada de la muchacha.

Todos los hombres se enamoran de una mujer imaginando que la pueden tener en su lecho.  Después… después las cosas cambian.

Durante todo el camino platicaron amenamente.  La joven tenía una personalidad carismática.  Jugaba con su pelo largo, algo rizado, de color negro, sus ojos café oscuros intimidaban cuando la mirabas directamente de frente.  Traía puesto un vestido floreado de colores de primavera, algo corto, que dejaba lucir sus atractivas piernas color bronceado, de las cuales Santiago no podía apartar la vista, cuestión que ella bien sabía, cubriéndose momentáneamente con sus brazos pero permitiendo que el susodicho gozara del momento.

Hablaron de lugares que ambos conocían, paradas de camiones en medio de la carretera, anécdotas nunca contadas, de fantasmas aparecidos, de zonas de descanso donde se cometen pecados carnales, de persecuciones policiacas a mitad de la madrugada junto con amaneceres escondidos detrás de las ventanas de aquella inmensa línea recta que va desde Arizona hasta Texas, sí, de todo, absolutamente de todo, y con una fluidez que Santiago pensó, esta mujer la conozco de toda la vida.

Llegaron después de algún tiempo que a Mendoza se le hizo muy corto a su destino.  La muchacha le dijo que su hogar estaba detrás de una casa de adobe construida cuando el Pacific Railroad empezó a recibir visitantes en el año de 1910.  Era una de las primeras construcciones hechas en el lugar.

Al bajarse, la acompañó hasta la entrada de su vivienda y se despidió como todo un hidalgo, con el título de una nobleza inventada.

—Ha sido un verdadero placer señorita.  Por cierto me llamo Santiago Mendoza, para servirle a usted.

—Muchas gracias Santiago, yo soy Judith Fidalgo.  Perdón, tome su chamarra.

—No, no, no, por favor, quédese con ella, yo regreso mañana y la recojo.  Me dará una oportunidad más de volverla a verla.  Buenas noches.

—Buenas noches Santiago.

Mendoza pasó el resto de la noche y toda la mañana pensando en la joven Judith.

En cuanto pensó que era razonable fue de inmediato al lugar donde había dejado a la muchacha, no necesariamente para recoger su chamarra sino más bien para volver a verla.

Tocó la puerta.

Una mujer de edad ya madura abrió.

Santiago se sorprendió pero después recordó que la joven le había dicho que vivía con su madre.

—Buenos días señora, usted disculpe, fui yo quien dejó a su hija anoche y le preste mi chamarra, simplemente deseo recogerla y saludarla nuevamente.

La mujer quedó muda totalmente.  En sus ojos se veía una incomprensión total.

—¿Mi hija?

—Así es señora, la encontré ayer en la madrugada caminando de regreso solo Dios sabe de dónde.  Le ofrecí un aventón y la traje aquí precisamente.

—¿Usted conocía a mi hija?

—La conocí anoche.  Encantadora criatura, dicho con el debido respeto.

La mujer de pronto se molestó y casi le avienta la puerta en las narices de Mendoza.

—¡Vaya a reirse de otra persona, déjeme en paz!

—¿Pero señora qué le pasa?  Créame que nada pasó, su hija es encantadora de verdad, solamente la traje ayer en la noche porque la encontré en el camino.

Habrían pasado más de 10 minutos antes de que la señora recapacitara para al menos querer entender que sucedía.

Mendoza hablaba y hablaba sin parar.

La mujer se introdujo a la casa para sacar una foto y mostrársela a su inesperado concurrente.

—¿Es está la muchacha de la que está hablando?

Mendoza vio la foto casi con desesperación.

—¡Sí, ella es, ya ve, le dije, yo la traje aquí ayer por la noche o madrugada no importa.  ¿Está ella?  ¿Puedo verla?

La mujer tomó de la mano a Santiago, y lo llevó a la parte posterior de la casa.  Había tres lapidas tendidas.

—Esta es la tumba de mi madre, la de mi esposo y la de mi hija.

Sobre la última lápida se podía leer: Judith Fidalgo, bella hija y hermosa persona. 1975-1995.  Descanse en paz.

—Murió hace 10 años, tenía apenas 20 años de edad.

Santiago Mendoza quedó frio totalmente de un miedo que lo sacudió, no tanto por la muerte de la muchacha, a lo mejor no había dormido bien y todo se lo había imaginado.  Sino más bien, porque sobre la lápida, estaba su chamarra colgando.

© David Alberto Muñoz


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