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La visita a México me dejó todo decepcionado. El país ha dejado de ser fuente de inspiración, magia y encanto, para irse convirtiendo en una burda copia de los Estados Unidos. Pobre México, como diría Don Porfirio, “tan lejos de Dios y tan cerca de los Estados Unidos.

CRÓNICA

Por Marcos Contreras

—Marcos Contrera es Doctor en Filosofía y Letras por la Universidad de California, Santa Bárbara. Es experto en el estudio y el quehacer del teatro chicano y profesor de español y literatura en Modesto College, Modesto, California–

contrerasm@yosemite.edu

Día de publicación: 18-noviembre-2021

Hacía tiempo que no visitaba mi tierra natal, y en compañía de mi esposa y nuestra mascota “Maya”,decidimos hacer el viaje. Lo primero fue ir al Consulado Mexicano en Sacramento, California para sacar un permiso para nuestro vehículo. Cuando llegamos al consulado escuche la siguiente grabación: “Ahora sirviendo B-22 en la ventanilla número siete”. “Sirviendo”, pero esta es una traducción literal del inglés “serving”, que usa en las oficinas de gobierno angloamericano. Mi segunda sorpresa fue cuando pregunté por un permiso por un año para mi carro. Según las reglas del consulado, a todo ciudadano estadounidense se le puede otorgar este permiso. La señorita que nos atendió, me preguntó el lugar de nacimiento, y le contesté que en México, pero que era ciudadano estadounidense por medio de naturalización. También le informé que desde muy chico, mis padres inmigraron a California, y ya tenía más de cincuenta años residiendo ahí. –“Ud. es considerado ciudadano mexicano, y no le puedo dar ese permiso”, me dijo. –“Mire, le contesté, estoy orgulloso de haber nacido en México, pero la realidad es que soy más de “aquí” que de “allá”. Y le recalqué: –“Soy ciudadano estadunidense con todos los derechos que cualquier “gringo”. “No entiendo por qué usted me discrimina”. Como todo burócrata gubernamental mexicano, la mujer ignoró mi petición y únicamente me otorgó el permiso por seis meses.

Salimos para México en los últimos días del mes de junio. La idea era pasar dos meses en Colima, antes de incorporarme al ciclo escolar a finales de agosto. Manejamos de Modesto a Nogales, Arizona. Ahí decidimos pasar la noche, para después continuar en territorio mexicano. A la mañana siguiente, muy de tempranito, cruzamos la línea fronteriza. Claro, antes teníamos que pasar por la aduana fronteriza mexicana. Mi mujer me sugirió que hablara inglés con los aduaneros, para que no me dieran tanto problema. –“¿Cómo que inglés, pero si soy maestro de español, y estoy orgulloso de mi lengua, y no voy a dar preferencia a un idioma extranjero en suelo mexicano”? –“Haz lo que te digo, y te evitarás problemas”, me volvió a insistir mi mujer.   Y tenía razón, por arte de magia los aduaneros se comportaron mejor conmigo que con los pobres “Paisas” que les bajaba todo el equipaje.

Hacía algunos años que no había visitado México. Como millones de paisanos, yo también tuve que inmigrar al país vecino en busca del “Sueño Americano”. En cambio, mi mujer, ha vivido gran parte de su vida aquí. ¿Qué tanto quedaba del país que tuve que abandonar en mi adolescencia? ¿Será que todo sigue igual? ¿Será que ya se ha modernizado? ¿Habrá la misma pobreza y corrupción que cuando partí? Todas esas preguntas me revoloteaban en mi mente.

El viaje de Nogales a Colima fue placentero. Los paisajes, los colores, los antojitos como los burritos de papa y frijoles de Sonora, o las empanadas de calabaza de Mochis, y los tamales de camarón de Mazatlán, me encantaron. En nuestra última escala, decidimos pasar la noche en Ixtlán del Río; una ciudad pequeña situada entre Tepic y Guadalajara. Una vez que nos instalamos, decidimos dar una vuelta por la plaza principal. La plaza no me defraudó, era como todas las plazas que en mi memoria colectiva había guardado: un oasis en medio de una ciudad llena de ruidos y tráfico. Ahí estaban los vendedores de globos, churros, pepino, jícama y coco picado, tiendas de artesanías, personas de la tercera edad contemplando el atardecer, lustradores de zapato y niños corriendo alrededor del quiosco. A mi mujer se le antojó comer churros y tostadas de pata de puerco. Como todos los “gringos”, yo también tuve miedo a la “venganza de Moctezuma”, y me abstuve de comer las patas de puerco. Ya para llegar a la fonda, escuchamos la voz de un niño cantando. Cuando llegamos, ya había terminado su canción y estaba enseguida de un puesto de papitas fritas y salchichas. Contaba y recontaba su dinero: No le alcanzaba para la orden que quería. Me acerqué y le dije a la dependienta que le sirviera lo que el niño quería, que yo lo iba a pagar. El niño sonrió, me dio las gracias y me dijo que pidiera una canción. Yo le dije que cantara la que más le gustaba y nos cantó: “Qué chulos ojos”. Al terminar la canción, le invitamos a nuestra mesa, pero nos dijo que se iba porque iba a compartir su comida con su mamá y hermanito; Y así fue, ya para irnos a nuestro hotel, lo vimos sentado en una banca de la plaza, junto a su mamá y hermanito, compartiendo su comida. Las lágrimas se me salieron al ver este cuadro tan familiar. ¡Es más, se me salen cada que me acuerdo de esta visión surrealista! ¡Qué Sagrada Familia de Miguel Ángel ni qué madres! Esta si era una sagrada familia, a la mexicana.

Por fin llegamos a Colima como a la una de la tarde. Nos hospedamos en nuestra casita, bajamos las maletas, descansamos un poco, para después pasar a visitar a mis suegros. Antes de llegar a la casa de los suegros, mi mujer sugirió que pasáramos por Walmart. ¿Walmart?, pregunté –“Sí, Walmart, en esa tienda venden de todo”, me contestó mi mujer. A diferencia de la Walmart que yo conocía, esta tenía más comestibles que ropa. Había una panadería, una tortillería, farmacia, sección de licores y cervezas, frutas y verduras, y una extensa variedad de productos enlatados. –¿Y dónde están los supermercados mexicanos, como “Comercial Mexicana”, “Soriana” o “Bodega Obrera”? –“Ahí están, pero a esas tiendas nomás va la gente pobre”. ¿Y nosotros qué somos, ricos? Compramos unas cuantas cositas para la casa y unas cervecitas para merendar con los suegros.

El viaje sacó un poco de balance a nuestra “chihuahua”. Mi mujer consideró que era necesario llevarla con un veterinario para que le hiciera un examen general. Mi suegra, que también tiene una cachorrita, nos recomendó que fuéramos a “Pet House”; que era una de las mejorcitas. Tanto nombre en inglés, empezó a irritarme. – “¿Por qué la gente está usando más el inglés, qué no estamos en México?”, le pregunté a mi mujer. —“La gente de la clase media y alta lo considera superior al español”, me contestó. –“Ahora nomás falta que el veterinario nos hable en inglés”. –“Si así fuere, pues no hay de qué preocuparnos, me dijo mi mujer, –ya que tú eres bilingüe, ¿qué no”? –“Con mucho orgullo, lo soy, pero yo vine a hablar español, y no inglés”.   Por fortuna, nuestra perrita estaba bien; era un simple cansancio del viaje.

La gente siempre dice que en México el tiempo es más largo. Que siempre hay tiempo para todo, y no como en los EE.UU. donde vive uno corriendo. Con esta idea decidí llevarme unos libros que siempre había querido leer, pero que no había tenido tiempo. Entre ellos, me traje una colección de ensayos de Enrique Florescano, “Mitos mexicanos,” “El hombre en busca de sentido” de Viktor Frankl, “Mumufied Deer” de Luis Valdez. También me traje la colección de cuentos de Juan Rulfo “El llano en llamas”, para revisar una adaptación al teatro que hice de estos cuentos hace varios años.

Como mencioné anteriormente, soy maestro de español en un colegio comunitario de Modesto, California. Además de las clases de literatura y composición que enseño, también doy español básico. Por tal motivo, le pedí a mi mujer que me llevara a una tienda donde pudiere comprar materiales académicos que pudiere usar en mis clases. Buscaba música de la trova cubana o mexicana, algunos juegos como la “Lotería Mexicana”,  películas basadas en los textos de Juan Rulfo como “Pedro Páramo”, “La tregua” de Benedetti o películas basadas en los cuentos de García Márquez. Mi mujer sugirió que primero fuéramos a “Sanborns”–¿Cómo?, pregunté asombrado. —“Sí, oíste bien, “Sanborns”. También ocupo artículos de oficina…Entonces vamos a Home Depo. –“Me cago en Dios, como dirían los mal hablados “gachupines”, ¿cómo que “Office Depo”, cómo que “Sanborns”, qué no hay librerías o tiendas de artículos escolares, aquí”? –“Sí, sí hay algunas, pero vas a encontrar mejor surtido en “Office Depo.” Y nos fuimos a “Office Depo”… La tienda no ofrecía nada de lo que buscaba, simplemente las mismas cosas que se ofrecen en el “otro lado”.

Tenemos una casita en Colima. Mi mujer dice que una vez que me jubile como docente del colegio, podremos vivir aquí. A pesar de que conseguimos que una trabajadora doméstica nos mantuviera la casa limpia, siempre suceden cosas que se deterioran con el tiempo. Noté que algunos de los inodoros, coladeras, llaves de agua, necesitaban cambiarse. Y como yo sabía un poco de esto, le pedí a mi mujer que me llevara a una ferretería. –“¿A una ferretería, para qué perder el tiempo? Mejor te llevo a “Home Depo” ahí tiene de todo”. –“Perdón, ¿cómo dijiste”?—“Como lo oíste, te llevaré a “Home Depo” para que no pierdas buscando en pequeñas ferreterías que a veces no tienen lo que buscas”. A este punto ya no sabía si estaba en México o en los Estados Unidos. Los gringos nunca  les pondrían nombres a sus tiendas como: “Bodega Obrera”, “El Porvenir”, “Las Cuatro Esquinas”, “Los Maderos de San Juan”, “El Charco de la Higuera”, “La Favorita”..Nunca!..Nunca!

Por la tarde, invitamos a mis suegros a cenar. Tenía ganas de comer antojitos mexicanos, como pozole, chiles en nogada, jocoque con tortillitas recién hechas, barbacoa, mole o birria. Mi suegra sugirió que fuéramos a “Applebee”s” o “Army Wings”, porque ahí había clima y las comidas estaban muy ricas. ¿”Applebee’s, pero si ahí no venden nada de comida mexicana”?, protesté. –“Ni en los Estados Unidos suelo ir a esos lugares”. –“Hoy en día es lo “In” dijo mi mujer, no te vas a arrepentir”. Con todo y mi disgusto fuimos al “Applebee’s”. La comida no estuvo tan mal, pero yo buscaba otra cosa. Al terminar nuestra cena, mi suegra pidió “el ticket” para pagar. ¿Cómo que “ticket”? Esta palabra ni a mis estudiantes chicanos se la permito usar en mis clases. –Bueno, comenté, no se dice “ticket”, sino cuenta.

Por la noche, invité a mi mujer a ver una película. Estaba interesado en ver lo último del cine mexicano. Había visto las películas del director mexicano Ulibarri, como “Amores Perros”, “Babel”, “La dictadura perfecta “de Luis Estrada y “Como agua para chocolate” de Alfonso Arau.  Cuando llegamos a Cineapolis, esta era la cartelera: “La era del hielo”, “Un espía y medio”, “Warcraft: El primer encuentro”, “Día de la Independencia: Contrataque”y “El conjuro-2”. ¡Ninguna mexicana! Ante tan poca diversidad de filmes, decidimos no ver ninguna. ¿Por qué dos de los mejores directores mexicanos, que han triunfado en Hollywood, como Guillermo del Toro y Alejandro Iñárritu, no escriben o dirigen para un público mexicano? México, al igual que Hollywood, han dejado atrás años de glorias de su cine. Aunque, de vez en cuando, saquen una que valga la pena.

A la mañana siguiente mi mujer sugirió ir al centro comercial. El calor de Colima es agotador y la gente suele ir “Window shopping”. –¿Cómo dije? Dios mío, ni los profesores de español nos escapamos de usar el inglés. ¿Cuál sería la traducción, “Ir de compras”? Aunque esto implique que tal vez vas a comprar, y el otro que simplemente vas a fisgonear. —“Mira, mi mujer me dijo, podemos ir a la “Plaza Country” o “Liverpool”. “La primera no tiene tantas tiendas como la segunda, y hay aire acondicionado en todas las tiendas”. Ya no quise preguntar por qué nombres tan sofisticados en una ciudad mexicana, pero me guardé mi pregunta.

Fuimos a “Liverpool”, el centro comercial me pareció algo así como Macy’s. La diferencia estaba en los precios. Camisas “Champion” por $60.00 DLLS., Pantalones “Duckers” por $65.00 Pantalones “Levis” por $75.00 Dlls. – ¿Y cómo le hace el pobre para comprar ropa?, pregunté a mi mujer. —“Pues, simplemente no compra, o si compra lo hace en pagos mensuales”. Hay hasta 18 mensualidades. Como todos los centros comerciales, ahí había otras tiendas pequeñas como: LOB, Duetto, Ozone, “Sally Beuty Supply”, “Shasa Accesories”, Devlyn Glasses”, “Bobois”, “Mary Ann”, “L. West”, Sears… La única tienda con sabor mexicano es “Sanborns”. En esa tienda, pero en la ciudad de México, Emiliano Zapata se reunía con sus comandantes a tomarse un chocolate y charlar sobre la Revolución. De ahí salió la frase:”Meet me at Sanborns”. Como me gustaría que reviviera Zapata y  entraran con sus comandantes al centro comercial “Liverpool” y sacaran a todos esos “Catrines” malinchistas.

Una semana en México y empecé a extrañar a mi otro país. Aquel de Abraham Lincoln, Martin L. King y César Chávez. Aquel en que un día el Che escribió: “Envidio a los norteamericanos porque están peleando la batalla más importante dentro de la bestia”. Sí, es cierto, he vivido y peleado por los derechos de los indocumentados y campesinos en California toda mi vida. Sin embargo, nunca he dejado de sentir orgullo por la patria chica. México no nada más está aquí, sino también allá. Allá se encuentran once millones de indocumentados esperando una reforma migratoria. …  “Se trata, acaso, de los hombres y mujeres más valientes y determinados de todo México. Pues toma coraje y voluntad quebrar el círculo intemporal de la pobreza y arriesgarlo todo en la apuesta de cruzar la frontera”, comenta Carlos Fuentes en su ensayo “La hispanidad norteamericana”. Allá se encuentra una población chicana, que desde 1848 ha sufrido discriminación y explotación. Allá está la ciudad de Los Ángeles, una de las terceras ciudades de habla español del mundo, después de México y Buenos Aires. Allá se encuentra San Antonio, Texas, una ciudad bilingüe desde hace 150 años. Allá se encuentran miles de paisanos que año con año envían un promedio de 40 mil millones de dólares. Y es la segunda fuente de divisas para México, después del petróleo.

Dos meses en México me hizo comprender ciertas cosas. Por un lado, observar la tremenda infiltración cultural a que está siendo sujeto el pueblo de México. También, ver la gran distancia que existe entre el pobre y el rico. Me sorprendió ver el desfile de gente pobre que a diario pasaba por mi casa. Unos vendiendo flores, bolillos; otros, pegando volantes a las puertas, y otros más  buscando, antes que pasara el camión recogedor de basura, cosas que aún podían utilizar.  De los dirigentes políticos, poco pude observar. Lo único que vi, a través de los periódicos locales, fueron fotos, reuniones y slogans. Es decir, más circo que pan.

México está aquí y allá. Sin embargo, este viaje me hizo ver que para mí, está más allá que aquí. Ya ansiaba regresar al país “bárbaro”; a comer la birria de chivo que prepara Chano. A saborear mi burrito de chile verde en el restaurante “La Morenita”,o a comprarme una torta de pollo en el Taco Truck “Cinco de Mayo”. La visita a México me dejó todo decepcionado. El país ha dejado de ser fuente de inspiración, magia y encanto, para irse convirtiendo en una burda copia de los Estados Unidos. Pobre México, como diría Don Porfirio, “tan lejos de Dios y tan cerca de los Estados Unidos.

Verano del 2016

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4 Comentarios a ““Welcome to Mexico, Paisano””

  1. Por: Beatriz en Nov 20, 2021

    Qué autoridad moral tienes para escribir esto, si eres parte de las desculturización del país, viviendo allá toda tu vida…. no entiendo.

    Beatriz
    beagutierrezm@gmail.com

  2. Por: David en Nov 21, 2021

    Muy buen texto, Marcos! Me gustó tu crítica a la norteamericanización, por imposición y/o por aceptación gustosa de un sector de acá.

    Pero vale aclarar que el México verdadero también existe, amplio y vibrante. Pero pues tu mujer no te acerca, jaja.

    David
    davidmonroy04@gmail.com

  3. Por: Laura en Dec 1, 2021

    A mí me encantó tu crónica. Aunque me dio nostalgia, yo, como tú, partí de México muy chica y todavía en mi corazón llevo el recuerdo de ese México querido.

    Laura
    lauracortezgarcia@gmail.com

  4. Por: Elisa Ibarra en Dec 9, 2021

    Hola Profesor Contreras!

    Disfruté su artículo. Desde mi punto de vista, tiene mucha razón. En mi caso yo soy residente en los Estados Unidos y llevo 7 años viviendo en Modesto desde mi llegada de México. Soy de un pequeño pueblo llamado Cocula, Jalisco. Y exactamente lo que cuenta usted, me pasó a mí. Pero con la diferencia que la gente allá te quieren llevar a lugares como Apple Bees porque creen que por ser “Americano” es mejor, y no..
    La gente agarra esos modos de imitación de “América” por creer que así no se ven “pobres”. Aunque no toda la gente. Pero la mayoría sí lo hace. En mi pueblo preferimos una ferretería que Home Depot. Y es sencillamente por el precio.

    Yo pienso que no se está convirtiendo en una copia americana, por muchas razones. Se podrá decir aquí en Estados Unido. No por haber restaurantes mexicanos se esté convirtiendo en una copia mexicana. Simplemente que la misma gente lo trae y lo llevamos a México. Mientras aquí en Estados Unidos nos encanta ir a restaurantes mexicanos. En México a la gente le gusta ir a cadenas americanas pero ahí es distinto. Es para sentirse con dinero. Y no es así.

    Simplemente todo cambia a lo largo de los años. Ya son otras generaciones y no toda la gente se va a quedar en una época.

    Pero en fin, yo iré este diciembre a México y lo último que quiero es ir a un McDonald’s. En mi pueblo todavía hay esas tradiciones. Es un pueblo antiguo y todavía se puede comer un rico menudo en la fonda de “Doña Licha” e ir a la papelería por un lápiz.

    Elisa Ibarra
    ibarraelisa015@gmail.com

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