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CRONICA

De cómo los trabajadores migrantes se fueron organizando, de cómo decidieron representarse a sí mismos y de cómo, imponiendo récords, han cimbrado al imperio en su propio suelo.

Por Manuel Murrieta Saldívar

PHOENIX, ARIZONA. La mayoría de los rostros que se observan en las megamarchas son muy similares a los que alguna vez fueron acarreados de algún mitin del PRI y les prometieron, entre tortas y sodas, un pedazo de tierra pero nunca lo recibieron. Son los mismos que en la ciudad de México les dicen nacos, vendedores de tacos que imaginaban una troca, si acaso el negocito funcionaba. Son los rostros que recibieron la promesa de Fox de convertirlos en microempresarios, y acabaron sin siquiera comprar una despensa.

Muchos de los que atestan la céntrica calle Van Buren semejan militantes del PRD a la espera de algo, aunque sea más esperanza; son las caras de los que van de trampa en los trenes cargueros, pizcan verdura por un jornal miserable o mueren al cruzar el desierto escapando de sus pobres rancherías. Estos rostros recuerdan a los mineros y familiares atrapados en Coahuila mientras sus líderes gozan de mansiones millonarias. Son las caras de limpiavidrios, de sirvientas, de la morra que hace los licuados en el mercado y del bato que te carga las maletas en el aeropuerto; hartos de promesas políticas, cansados de hacer millonarios a magnates como Slim, afónicos de llorar y dar manotazos por el robo de millones a favor de banqueros o presidentes neoliberales…

Miles y miles and miles and miles…

Estos rostros, pues, son los que pudieron haber hecho una revuelta pero que ahora van marchando a mi alrededor, coreando vivas al nuevo país, exigiendo con pancartas su derecho a ser y estar. Porque mejor optaron por emigrar en busca de “un futuro mejor”, ese “sueño americano” que no es más que una casa propia, auto y salario que alcance para vacacionar, además de que los hijos tengan buena educación. Revueltas, sufrir hambre y subempleo o emigrar, esas fueron sus opciones. Entonces partieron sin imaginar jamás que, precisamente, lo que quisieron evitar en sus lugares de origen, iban a producirlo en Phoenix y en otras 70 ciudades de Estados Unidos: movilizaciones cuyo número de participantes no sólo las hace históricas, sino que pueden considerarse verdaderas rebeliones, recuerdos de resistencias no surgidas desde el sigo XIX en contra de filibusteros o invasores europeos. En efecto, no fueron las multitudinarias protestas pacifistas contra la guerra de Vietnam de los sesentas, tampoco las organizadas por afroamericanos siguiendo el sueño de Luther King, ni los campesinos boicoteando junto a César Chávez uvas o lechugas de Yuma o California. Tampoco las marchas del movimiento chicano de los setentas exigiendo derechos civiles y acceso a la educación, y ya, por último, las protestas contra la guerra en Irak. No.

Quienes establecieron récords, primero el 24 de marzo y luego el 10 de abril en ciudades como Phoenix, fueron los más de 250 mil migrantes –cifras oficiales– y quienes los apoyan. Esos rostros que habían estado ocultos por temor a la deportación y por el miedo metido bajos sus pieles cafés por los racistas, es decir, los ultra protectores territoriales – ¿si no quieren de frontera a los mexicanos por que no se mudan a Inglaterra?, rezaba una pancarta en San Diego– que, en menos de un año, introdujeron decenas de propuestas de leyes, unas tan crueles que criminalizan a una persona tan sólo por no tener papeles. Propuestas que eliminan la ciudadanía y la educación a hijos de indocumentados, meten en la cárcel a cualquiera que los ayude, autorizan a policías municipales a actuar como “migras”, penalizan a patrones con miles de dólares si contratan a los sin documentos, ¡uf! cuánta falta de humanidad.

¿Quieren más?: entonces les echan a los minutemen, los ningunean los políticos oficiales en sus oficinas de Washington o de la ciudad de México, les meten impuestos para mandar dinero, les niegan identidad al rechazarles licencias de conducir y la matrícula consular o los mantienen arrinconados por no hablar inglés ni saberse comportar en el medio anglo o chicano, por ser de clase proletaria.

Ciudades como Phoenix –o Dallas, Denver, Atlanta, Little Rock– portan entonces un galardón extraño: no es posible, no lo podemos creer, no quiero reconocerlo, mejor me mudo más al norte. La fachosa ciudad de los alguna vez campeones de beisbol Diamondbacks; la que, arrogante, construye estadios con techos móviles; la que posee los resorts, malls o centros comerciales más exclusivos; donde vive Alice Cooper y la estrella del porno Jenna Jameson; tiene un parche histórico de color moreno: el récord de la marcha más grande en la historia de Arizona alcanzado no por el anglosajón o el afro, sino por migrantes indocumentados y latinos que los apoyan. Por ello el alcalde Phil Gordon, primero no encontró para la crítica más que el ingenuo pretexto de que afectaron el tráfico vehicular, que no se solicitó permiso para una marcha tan grande, que muchos negocios dejaron de ganar.

Nunca dijo en la TV que esos miles le ayudan a sostener la ciudad con cada compra que hacen en el comercio local y luego, tímido y asesorado, se acercó a los organizadores, en marcha posterior, reconociendo el poderío y orden de los marchantes. Cualquiera que sea su actitud, alcaldes como Gordon tendrán sus días contados si no se adaptan a los nuevos tiempos: con estas movilizaciones se ingresa a otros mundos económicos, políticos y sociales con los migrantes e hispanos como centro.

Un nuevo sector con poder

Hay quienes ya pronostican –remember Villarraigosa en Los Ángeles– una nueva generación de políticos del mañana que vendrá a sustituir a los Gordons y Schwarzeneggers. ¿Qué son, acaso, esos miles de estudiantes de preparatoria que, nacidos aquí, salieron en masa a defender a sus padres migrantes que aún son mucamas de hotel o meseros?

En el mitin, un orador pronosticó: somos lavaplatos en el restaurante o limpiadores de oficinas, pero nuestros hijos serán los dueños del negocio y del edificio. Así es, estos estudiantes no sólo contrarrestan ahora propuestas antimigrantes, sino que a futuro ocuparán alcaldías, senadurías, diputaciones, o votarán en masa para revertir el sistema a favor del que trabaja, produce y paga impuestos, sin importar su raza o procedencia.

Porque el indocumentado es ahora un nuevo sector con poder. Antes de las megamarchas nadie sabía qué hacer con él: los anglosajones se dividen entre demócratas y republicanos –y uno que otro independiente–, los afroamericanos se enfrentan a los méxicoamericanos para repartirse puestos y cotos de poder; es decir, acaparar los fondos federales. ¿Pero quién representa a los indocumentados y, sobre todo, qué hacer con ellos?

Bueno, por lo pronto, sácales la vuelta, que limpien el césped y cuiden a los niños, comes y te vas. Haz como que no existen, al cabo no votan porque son “ilegales” pero eso sí, que paguen sus impuestos locales, estatales y federales que sí son legales. Y luego no pueden pedir nada a cambio, no están organizados y, para rematar, tienen miedo de persecuciones migratorias y son el blanco favorito de los racistas “red necks”. Entonces, ¿para qué representarlos si ni siquiera me dan prestigio, no me son útiles para salir en el periódico junto a la gobernadora o el cónsul en una fiesta de coctel? ¿representar a esos que no saben enfrentarse al sistema ni dominan una pizca de inglés? Olvídalo.

No obstante, el migrante trabajaba y en silencio seguía cruzando la frontera, con o sin coyotes, con o sin visa de turista de seis meses. Y como los panes en la Biblia, se multiplicaron y se volvieron visibles por lógica demográfica, hasta convertirse en muchos, ¡en muchos! Muchos frente a los Home Depots; muchos sobre la avenida Arizona en Chandler desde plena madrugada; muchos quitando el glamour anglosajón a calles y más calles hasta hacerlas mexican friendly; muchos, que los supermercados se atascaron de moles Doña María, productos Hérdez y pulpitas de tamarindo; muchos que hicieron inventar negocios de envíos de dinero con nombres raros además de Western Union; muchos que desplazaron a restaurantes Dennys para meter marisquerías con cervezas servidas en balde; muchos, que surgió un boom de medios en español, convirtiendo a Univisión y Telemundo en emporios más poderosos que la misma ABC; muchos que exigieron revistas, periódicos y pasquines de música grupera, contenido banal pero atascadas de anuncios. Muchos que los Otros entendieron que se trataba de una invasión planeada y una reconquista ya esperada.

¿En dónde están los líderes latinos?

Estas multitudes como éxodo intensificaron la pregunta y llamaban a la acción de ¿qué hacer? Constantemente se leía en los periódicos: “¿En dónde están los lideres latinos?” Si el bombardeo contra mi origen indocumentado y racial es continuo y nadie hace nada, si no me representa ningún partido oficial, si no me incluyen en los distritos electorales, si la radio 550 AM invita a balacearme, si mi gobierno casi me dejó morir en el desierto, ¿qué hago? ¿voy al consulado? ¿con el representante de los mexicanos en el extranjero? ¿a los homenajes a líderes del pasado dentro de recintos académicos u hoteles donde no puedo entrar? ¿qué puede hacer por mí el congresista Ed Pastor en Washington que no lo haya intentado en todas esas veces que se ha venido reciclando en su puesto? ¿puedo ir al sindicato si no estoy afiliado? ¿dónde encuentro orientación si las radios de César Chávez transmiten más música norteña, pasito duranguense, que mensajes educativos y de conciencia social? ¡Por favor, se solicitan representantes para indocumentados que hagan despertar al gigante dormido! Si nadie le entra, entonces me voy a las calles y ¡ME REPRESENTO A MÍ MISMO!

La primera evidencia de auto representación fue no observar a migrantes recién llegados haciendo gestión y cabildeo en los recintos tradicionales y establecidos de la lucha social. Extraños incluso para los de su misma raza, luego buscaron alternativas: tímidamente lanzan su voz en programas de opinión de pequeñas estaciones AM, dialogan con semejantes su condición, comentan las nuevas leyes en su contra, de vez en cuando un periódico semanal reproduce sus denuncias. Y dentro de pequeñas oficinas e iglesias protestantes y católicas que preparan documentos migratorios, encuentran quien habla fluidamente su español. Es ahí donde vuelcan sus broncas de coyotes, de “bajadores”, de detenciones, de peticiones fallidas, ahí pronuncian bato, carnal, compadre, amigo, ahí pueden decir, en directo y sin penas, su verdadera condición: soy indocumentado.

Por favor, estoy buscando opciones, qué salidas hay para mí. Es que decir indocumentado es confesar el drama de cruzar el desierto desfalleciendo, es contar la tragedia de familias separadas, parientes muertos o devueltos en los cruces, es revelar violaciones sexuales y extorsiones de coyotes, encierros en casas de seguridad mientras alguien afuera reúne los tres mil dólares. ¿Cómo no iba a surgir, dentro de esos prestadores de servicios migratorios que abundan por decenas, alguien, uno sólo, medianamente sensible para empezar a hacer algo?

De entre ellos fue emergiendo la solidaridad, la revelación de hacer algo, lo que sea, porque estamos siendo testigos del horror: mi gente, mi sangre se me está muriendo, vamos a movilizarnos, no podemos ser apáticos ante tanto dolor, presiónenme más, vamos a crear redes, programas radiofónicos, organismos de ayuda, vamos a cohesionar al migrante que nadie quiso representar.

Por ello, en la organización y en las megamarchas, no se ven políticos tradicionales ni funcionarios consulares, tampoco agentes del servicio exterior mexicano ni líderes morales herederos de luchas pasadas. Si acaso se ven, es hasta al final, cuando la multitud es tan gigantesca que los absorbe como invitados para lograr cierta unión que impacte a Washington.

En cambio, encabezando las marchas y en los podiums, se observa al pastor de iglesia que brindo alguna asesoría migratoria, se observa a un Elías Bermúdez, cuyo nombre de su oficina encandila al recién llegado: “Centro de ayuda”, para llenar formas de migración, declarar impuestos, buscar consuelo jurídico y emocional ante la diaria deportación y el acoso racial.

Usted ve a Magdalena Swchartz, quien desde un simple cubículo y una iglesia en Mesa, Arizona, prepara documentos para después saltar, contagiada del discurso cristiano, a ser oradora clave con seguidores que exigen su presencia. ¡Y eureka! los indocumentados encontraron a sus aliados que conocen el sistema, que aprenden a gestionar, a enfrentarse al tú por tú con los políticos racistas, presionados por la misma fuerza de marchas, mítines, juntas, telefonazos, asaltos a radios y noticieros. Al fin, pues, los migrantes se hicieron visibles y fueron perfeccionando su logística: hay que vestir camisetas blancas en señal de paz, portar la bandera de USA y aislar a los provocadores. Luego sofisticaron su organización y, envalentonados, aumentaron el tono de sus demandas: reforma migratoria para doce millones de indocumentados, nada pescadito.

Y lo demás se vino en cascada hasta culminar con las megamarchas y el boicot del 1ro. de Mayo, acciones que cimbran al imperio en su propio suelo… Entonces es el rugir de las entrañas del monstruo, pero no esas que invaden a naciones petroleras. Son las entrañas de los indocumentados que no quieren ser doblemente explotados en este mundo global, antes allá, pero ahora aquí no. No en esta nación que se jacta de su sueño americano, pero que nunca soñó se le iba a exigir, adentro mismo de sus sueños de grandeza, frente a sus propios congresistas y senadores, que practicara la justicia, los derechos humanos y la democracia con la misma fuerza como lo exigen para el resto del mundo.

Contacte a Manuel Murrieta: editor@culturadoor.com


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  2. Oct 9, 2010: CULTURAdoor » » Culturadoor 52
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